Alma de Cristo, santifícame.

Cuerpo de Cristo, sálvame.

Sangre de Cristo, embriágame.

Agua del costado de Cristo, lávame.

Pasión de Cristo, confórtame.

¡Oh buen Jesús!, óyeme.

Dentro de tus llagas, escóndeme.

No permitas que me aparte de Ti.

Del enemigo malo, defiéndeme.

En la hora de mi muerte, llámame.

Y mándame ir a Ti,

para que con tus santos te alabe por los siglos de los siglos. Amén.

 

(San Ignacio)

Ya que llenáis de favores

A todo el que en Vos confía,

¡Oh Corazón de María!,

Rogad por los pecadores

 

Ya que sois, Madre divina,

De todos corredentora

De siglos restauradora

De salvación rica mina,

Hallen en Vos medicina

Tantos prevaricadores.

¡Oh Corazón…!

 

Del que va errado sois guía,

Ancora del naufragante;

En Vos halla el navegante

Sosiego, puerto, alegría;

Sin Vos, Madre, ¿qué sería

Del mundo lleno de errores?

¡Oh Corazón…!

 

Por el pecador mostrásteis

En el templo tal ternura

Que por él la espada dura

De Simeón aceptásteis;

Así, Madre, consolásteis

Nuestros llantos y clamores.

¡Oh Corazón…!

 

Jesús puesto en agonía

Rica prenda nos legó,

Pues por Madre nos dejó

A Vos, ¡oh dulce María!

Sí, nacimos, Virgen pía,

Mas ¡ay! de vuestros dolores.

¡Oh Corazón…!

 

Cuando su brazo irritado

Levanta el divino Asuero,

Y al pecador con su acero

Va a dejar exterminado,

Tierna Ester, a Vos es dado

Desarmarle en sus rigores.

¡Oh Corazón…!

 

Si Abigail la prudente

A Nabal logró el perdón,

También Vos la remisión

Obtendréis del delincuente;

Pues vuestro pecho ferviente

No interrumpe sus clamores.

¡Oh Corazón…!

 

Acordaos ¡oh Maria!

Que nadie jamás oyó,

Que sin consuelo volvió

Quien su cuita a Vos confía;

Defiéndanos, madre pía,

Ese Corazón de amores.

¡Oh Corazón…!

 

Por el dolor vehemente

Que a vuestro pecho oprimió

Cuando el buen Jesús murió

De amor víctima inocente,

Sienta el mismo impenitente

De su culpa los horrores.

¡Oh Corazón…!

 

Los cofrades, que a millones

Junta la Archicofradía

Del Corazón de María,

Os hacen mil peticiones,

Demandando conversiones

Siempre más, siempre mayores.

¡Oh Corazón…!

 

Vive libre de temores

El que dice cada día:

¡Oh Corazón de María,

Rogad por los pecadores!

 

V/ Qui me invénerit, inveniet vitam.

R/ Et háuriet salútem a Dómino.

 

Oremus

 

Omnípotens sempitérne Deus, qui in Corde Beatae Mariae Virginis dignum Spíritus Sancti habitáculum praeparásti: concede propítius, ut ejúsdem puríssimi Cordis festivitátem devóta mente recoléntes, secúndum Cor tuum vívere valeámus. Per Christum Dóminum nostrum. R/ Amén.

 

 


¡Oh dulcísimo Jesús!, que habéis venido al mundo para dar a todas las almas la vida de la gracia, y que para conservar y aumentar en ellas esta vida habéis querido ser el manjar de cada día y el remedio continuo de su cotidiana debilidad; humildemente os suplicamos, por vuestro Corazón abrasado en amor nuestro, que derraméis sobre todas las almas vuestro divino Espíritu. Haced que vuelvan a Vos y recobren la vida de la gracia aquellas que estén en pecado mortal; y que las almas dichosas, que por vuestra bondad viven de esta vida divina, se acerquen devotamente cada día, siempre que puedan, a vuestra sagrada Mesa, a fin de que por medio de la Comunión diaria reciban cada día el antídoto de sus pecados veniales cotidianos, y alimentando en ellas cada día la vida de la gracia y hermoseándose más con ella, lleguen por fin a poseer con Vos la vida bienaventurada. Amén.


Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen María!, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a vuestra protección, implorando vuestra asistencia y reclamando vuestro socorro, haya sido abandonado de Vos. Animado por esta confianza, a Vos también acudo, oh Madre, Virgen de las vírgenes, y gimiendo bajo el peso de mis pecados me atrevo a comparecer ante vuestra presencia soberana. Oh madre de Dios, no desechéis mis súplicas, antes bien, dignaos escucharlas y atenderlas favorablemente Virgen gloriosa y bendita. Amén.

La Comunión Reparadora de los Cinco Primeros Sábados

pedida por Nuestra Señora de Fátima

 

 ¿En qué consiste la comunión reparadora de los cinco primeros sábados de mes?

En la tercera aparición en Fátima, el 13 de julio de 1917, Nuestra Señora había dicho:

«Vendré a pedir la consagración de Rusia a mi Inmaculado Corazón y la comunión reparadora de los primeros sábados«.

El mensaje de Fátima no estaba, pues, definitivamente concluido con el ciclo de las apariciones de Cova de Iría en 1917.

Así, en el día 10 de diciembre de 1925, la Santísima Virgen, teniendo a su lado al Niño Jesús sobre una nube luminosa, se apareció a la Hna. Lucía en su celda, en la Casa de las Doroteas de Pontevedra. Poniéndole la mano en el hombro, le mostró un corazón rodeado de espinas, que tenía en la otra mano. El Niño Jesús, señalándolo, exhortó a la vidente con las siguientes palabras: «Ten pena del Corazón de tu Santísima Madre, que está rodeado con las espinas que los hombres ingratos constantemente le clavan, sin haber quién haga un acto de reparación para quitárselas«.

Más adelante, la Virgen añadió:

«Mira, hija mía, mi Corazón rodeado de espinas que los hombres ingratos, a cada momento,me clavan con blasfemias e ingratitudes. Tú, al menos, haz algo por consolarme y di que a todos aquelos que durante cinco meses, en el primer sábado, se confiesen, reciban la sagrada comunión, recen el rosario y me acompañen quince minutos meditanto sus misterios con el fin de desagravarme, yo prometo asistirlos en la hora de la muerte con todas las gracias necesarias para su salvación«.

El día 15 de febrero de 1926, la Hna. Lucía expone al Niño Jesús, en una nueva aparición que tuvo en Pontevedra, las dificultades que tenían algunas personas de confesarse el sábado, y pidió que fuese válida la confesión dentro de los ocho días. Jesús respondió:

«Sí, puede ser, y hasta de muchos días más, con tal de que cuando me reciban estén en gracia y tengan la intención de desagraviar al Inmaculado Corazón de María«.

La Hna. Lucía incluso levantó la hipótesis de que alguien se olvide de poner la intención al confesarse, a lo que Nuestro Señor respondió: «Pueden ponerla en la confesión siguiente, aprovechando la primera ocasión que tengan para confesarse«.

En la vigilia del 29 al 30 de mayo de 1930, Nuestro Señor, hablando interiormente a la Hna. Lucía, resolvió también otra dificultad: «Será igualmente aceptable la práctica de esta devoción el domingo siguiente al primer sábado, cuando mis sacerdotes, por justos motivos, así lo determinen«.


Condiciones para hacer una buena confesión

¿Qué es necesario para hacer una buena confesión?

Para hacer una buena confesión son necesarias cinco cosas: 1º. Examen de conciencia; 2º. Dolor de los pecados; 3º. Propósito de la enmienda; 4º. Decir los pecados al confesor; 5º. Cumplir la penitencia.

¿Cómo debemos hacer el examen de conciencia?

Para hacer el examen de conciencia, debemos ponernos en presencia de Dios y examinarnos con diligencia sobre los pecados cometidos por pensamientos, palabras, obras y omisiones contra los mandamientos de la Ley de Dios y de la Iglesia y contra las obligaciones del propio estado.

¿Qué es el dolor de los pecados?

El dolor de los pecados es un sentimiento o pena espiritual de haber ofendido a Dios, con firme propósito de nuna más pecar.

Para que sea bien hecha la confesión, ¿es necesario el arrepentimiento?

El arrepentimiento es absolutamente necesario para que sea bien hecha la confesión. Tanto es así, que no habiendo arrepentimiento, los pecados no quedan perdonados.

¿Qué pecados estamos obligados a confesar?

Estamos obligados a confesar los pecados mortales, pero es bueno confesar también los pecados veniales.


Condiciones para hacer una buena comunión

¿Cuáles son las condiciones necesarias para recibir la Sagrada Comunión?

Para recibir bien la Sagrada Comunión son necesarias tres cosas: 1º. Estar en estado de gracia; 2º. Guardar el ayuno eucarístico; 3º. Saber a quién recibimos y acercarse a comulgar con devoción.

¿Quién está en gracia de Dios?

Está en gracia de Dios el que está limpio de pecado mortal.

¿Qué ayuno debe guardarse antes de la Sagrada Comunión?

Para comulgar se exige el ayuno de una hora antes de comulgar. El agua no rompe el ayuno eucarístico


San Pedro

 

 

Señor Jesucristo, Tú quisiste edificar tu Iglesia sobre la Roca de Pedro y los papas que lo han sucedido a través de los siglos.

Derrama tu gracia sobre nuestro Santo Padre, que él pueda ser una señal viva y un promotor infatigable de la unidad de la Iglesia.

Ayúdalo a proclamar tu mensaje a todos los pueblos y a escuchar el mensaje que le llega a él del consentimiento de todos sus miembros del mundo que Tú has hecho.

Haz que él sirva a los demás siguiendo tu ejemplo y según su título tradicional de «Siervo de los siervos de Dios».

Unenos cerca de él y haznos dóciles a sus enseñanzas. Amén.

 

 

 

 

¡Oh Virgen Santísima!, como una madre que visita a sus hijos, habéis bajado del cielo para visitarnos y decirnos lo que hemos de hacer para salvar nuestras almas; quiero aprovecharme de vuestras enseñanzas, a fin de ir un día a Vos y gozar para siempre con Vos de las delicias de la gloria. Amén.

1. La primera lección que nos dais es que recemos cada día el santo Rosario. Ya que vos lo deseáis, así lo haré con toda la familia, reunida en vuestro nombre, sin que la negligencia ni las ocupaciones me retraigan de hacerlo. Avemaría.

2. La segunda lección que de Vos recibimos es la devoción a vuestro Inmaculado Corazón, a vuestro corazón de Virgen, de Madre, de Reina y de Abogada. Así lo haré desde hoy, y digo y diré siempre con toda confianza: Dulce Corazón de María, sed la salvación mía. Avemaría.

3. La tercera lección que de Vos hemos aprendido es, sobre todo evitar el pecado, porque ya demasiado ofendido está el Señor, huir del pecado, que es la ruina de nuestra alma y el que nos conduce a nuestra eterna perdición. A vuestros pies lo digo, Madre mía: Antes morir que cometer un pecado mortal.

Madre, aquí tenéis a vuestro hijo: guárdadme.

Madre, aquí tenéis a vuestro hijo: sálvadme.

Madre, aquí tenéis a vuestro hijo: llevadme con Vos al cielo, donde en vuestra compañía pueda ver y poseer a Dios. Así sea.

 

 

Mae¡Oh María! Virgen Purísima y sin mancha, casta esposa de San José, Madre tiernísima de Jesús, perfecto modelo de las esposas y madres, llena de respeto y confianza, a ti recurro y con los sentimientos más profundos de veneración, me postro a vuestros pies e imploro vuestro socorro. Mira, Purísima María, mis necesidades y las de mi familia, atiende los deseos de mi corazón, pues me entrego al tuyo que es tan tierno y tan bueno. Espero que, por tu intercesión, alcanzaré de Jesucristo la gracia de cumplir como debo las obligaciones de esposa y de madre. Alcánzame el santo temor de Dios, el amor al trabajo y a las buenas obras, a las cosas santas y a la oración, la dulzura, la paciencia, la sabiduría; y todas las virtudes que San Pablo recomienda a las mujeres cristianas y que hacen la felicidad y ornamento de las familias.

 

Enséñame a honrar a mi marido, como tu honrastes a San José, y como la Iglesia honra a Jesucristo; que él vea en mi la esposa según su corazón; que la santa unión que contrajimos sobre la tierra, subsista eternamente en el cielo. Protege a mi marido, dirígelo en el camino del bien y de la justicia, pues quiero tanto como la mía, su felicidad.

 

Encomiendo también a tu materno corazón a mis pobres hijos. Sé tú Madre, inclina su corazón a la piedad, no permitas que se aparten del camino de la virtud, dales felicidad, y haz con que después de nuestra muerte se acuerden de sus padres y rueguen a Dios por ellos, honrando su memoria y sus virtudes. Tierna Madre, hazlos piadosos, caritativos y siempre buenos cristianos para que sus vidas estén llenas de buenas acciones y sean coronadas con una santa muerte.

 

¡Oh María!, haz que un día nos encontremos reunidos en el cielo, y desde allí podamos contemplar tu gloria, celebrar tus beneficios, gozar de tu amor y alabar eternamente a tu amado Hijo, Jesucristo, Señor nuestro. Amén.