«Si nos pasa algo, seguimos estando en las manos de Dios»: testimonio de dos religiosas mártires en proceso de beatificación
Madrid (Lunes, 02-09-2013, Gaudium Press) Las Hermanas Caridad Álvarez y Esther Paniagua son dos de los 19 misioneros martirizados entre 1994 y 1996 en Argelia, cuyo proceso de beatificación avanza de manera grupal. Según la Hermana María Paz Martín, religiosa agustina misionera, su intención de permanecer en el territorio en medio de la violencia «no se explica con la Sociología o la antropología. Sólo es posible cuando se ha hecho un hueco en el corazón para el amor de Dios».
Era el verano de 1994. La Embajada de España en Argel aconsejó a todos los españoles residentes en el país regresar a sus tierras debido a la situación de violencia. Ante el peligro especial que corrían los religiosos, el Arzobispo de Argel, Mons. Henri Teissier, contactó alas comunidades para que éstas discenieran sobre su permanencia en el territorio.
La Hermana María Jesús Rodríguez, superiora provincial de las Agustinas Misioneras visitó las tres comunidades de la ciudad para considerar con las religiosas la decisión en oración. «El 6 y 7 de octubre de 1994 hicimos ese discernimiento. Fue un momento muy fuerte de experiencia de fe. Nos acompañó el Arzobispo de Argel y rezamos en un ambiente sereno», realtó la religiosa en declaraciones difundidas por la agencia ACI. «Todas ellas eran muy conscientes del peligro que corrían, pero todas libremente y a nivel individual decidieron quedarse en Argelia».
Las valientes mujeres explicaron a su superiora que decidían esto libremente por fidelidad al Evangelio, amor por el pueblo argelino y su intención de compartir la misma suerte de la comunidad local. «En ningún momento querían morir, eran amantes de la vida, pero también amantes de su pueblo y decidieron permanecer allí», explicó la superiora. Esta decisión fue consultada de nuevo desde España periódicamente, para establecer si alguna de las religiosas había cambiado de parecer. La respuesta era siempre negativa. «Pero, ¿y si os pasa algo?», preguntaban. «Pues si nos pasa algo, seguimos estando en las manos de Dios», era la respuesta de las Hermanas.
El día de la prueba
La Hna. Esther Paniagua servía en un hospital local y el día 23 de octubre recibió la visita del embajador de España, quien le insistió que las religiosas debían abandonar el país. «Nos contó que el embajador quería haberla sacado en el coche blindado y ella dijo que no, que volvería a casa a pie, como siempre». A su regreso a casa portaba un libro titulado: «Tu entrega por amor».
Ese mismo día, la Hna. Caridad Álvarez recibió una sugerencia similar, esta vez de parte de la entonces superiora, pero ella rechazó la propuesta. «‘Es mi fidelidad a la misión», expresó la religiosa. «Les he dicho en casa que si me sucede algo, quiero que me entierren en Argelia».
En la tarde, las tres religiosas de la casa se dispusieron a asistir a al Eucaristía en el vecino monasterio de las Hermanas de Foucault, junto con la Hna. María Jesús Rodríguez. «Para ir a la capilla decidimos hacerlo según las normas de seguridad que la embajada nos había dicho: ‘Salir siempre de dos en dos'», recordó la Hna María Jesús. «Por eso primero fueron Caridad y Esther y cinco minutos después salimos Lourdes y yo. Íbamos a unos 100 metros de distancia».
Cuando las religiosas dieron vuelta en la esquina y quedaron fuera de la vista de sus compañeras religiosas, ocurrió la tragedia. «En ese momento sonaron dos disparos. Instantes después la gente comenzó a correr y una señora nos metió en su casa», relató. «Oímos llorar y supimos que un cristiano había muerto. Subimos al tejado de la casa, desde donde se veía la capilla de las Hermanas de Foucauld y vimos los cuerpos de Cari y Esther tirados en el suelo».
La Hna Caridad estaba tocando a la puerta de la casa de las Hermanas de Foucault y el agujero de la bala aún se conserva en la puerta. Junto a ella, cayó la Hna. Esther. Sus vidas, terminadas por odio a la fe, se ofrecieron junto a las del Obispo de Orán y su chófer en 1996, los siete monjes cistercienses de Tibhirine y otros ocho mártires. Su historia hace parte del testimonio de fe hasta las últimas consecuencias que aún hoy dan numerosos cristianos que viven bajo la persecución en territorios de África y Asia.
Con información de ACI.
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Noticias religiosas - archivoFuente:: Gaudium Press
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Beatificado el Padre Vladimir Ghika, mártir rumano
Noticias religiosas - archivoBucarest (Lunes, 02-09-2013, Gaudium Press) El pasado sábado 31 de agosto fue beatificado en Bucarest, Rumania, el Padre Vladimir Ghika, quien murió mártir víctima de la represión comunista.
La ceremonia de beatificación, que tuvo lugar en el pabellón central de Romexpo, inicio a las 11:00 horas, horario local, con la presencia de unos 8 mil fieles rumanos y procedentes de diversos países, especialmente de Francia.
«Acordamos junto a nuestra autoridad apostólica que el venerable servidor de dios Vladimir Ghika, sacerdote diocesano y mártir, (…) pueda a partir de ahora ser llamado Beato», fue lo que dijo el Cardenal Angelo Amato, Prefecto de la Congregación para la Causa de los Santos, legado del Papa Francisco para presidir la ceremonia de beatificación.
Un descendiente de príncipes ortodoxos
El Padre Vladimir Ghika, quien nació en la Navidad de 1873 en Constantinopla -hoy Estambul-, era nieto del último rey de Moldavia, el príncipe Gregory V. Bautizado en la Iglesia Ortodoxa se convirtió al catolicismo en el año 1902 dedicándose inicialmente al apostolado seglar y luego, a sus 50 años de edad (7 de octubre de 1923), al servicio de la Iglesia como presbítero cuando se ordenó sacerdote.
Gran parte de su servicio pastoral como sacerdote transcurrió en Francia, fue diplomático del Vaticano, labor con la que pudo recorrer gran parte del mundo, y fundó el primer dispensario gratuito en Rumania, país al que regresó en 1939.
En el contexto de la Segunda Guerra Mundial permanece allí para acompañar a los pobres y enfermos. Tras la llegada al poder de los comunistas, en el año 1947, se niega de nuevo a dejar Rumania para permanecer con su comunidad.
El 18 de noviembre de 1952 es detenido por los comunistas y tras un largo periodo de torturas muere mártir cerca de Bucarest, el 16 de mayo de 1954.
Con información de Radio Vaticano y Religión Digital.
Fuente:: Gaudium Press
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Madrid (Lunes, 02-09-2013, Gaudium Press) Las Hermanas Caridad Álvarez y Esther Paniagua son dos de los 19 misioneros martirizados entre 1994 y 1996 en Argelia, cuyo proceso de beatificación avanza de manera grupal. Según la Hermana María Paz Martín, religiosa agustina misionera, su intención de permanecer en el territorio en medio de la violencia «no se explica con la Sociología o la antropología. Sólo es posible cuando se ha hecho un hueco en el corazón para el amor de Dios».
Era el verano de 1994. La Embajada de España en Argel aconsejó a todos los españoles residentes en el país regresar a sus tierras debido a la situación de violencia. Ante el peligro especial que corrían los religiosos, el Arzobispo de Argel, Mons. Henri Teissier, contactó alas comunidades para que éstas discenieran sobre su permanencia en el territorio.
La Hermana María Jesús Rodríguez, superiora provincial de las Agustinas Misioneras visitó las tres comunidades de la ciudad para considerar con las religiosas la decisión en oración. «El 6 y 7 de octubre de 1994 hicimos ese discernimiento. Fue un momento muy fuerte de experiencia de fe. Nos acompañó el Arzobispo de Argel y rezamos en un ambiente sereno», realtó la religiosa en declaraciones difundidas por la agencia ACI. «Todas ellas eran muy conscientes del peligro que corrían, pero todas libremente y a nivel individual decidieron quedarse en Argelia».
Las valientes mujeres explicaron a su superiora que decidían esto libremente por fidelidad al Evangelio, amor por el pueblo argelino y su intención de compartir la misma suerte de la comunidad local. «En ningún momento querían morir, eran amantes de la vida, pero también amantes de su pueblo y decidieron permanecer allí», explicó la superiora. Esta decisión fue consultada de nuevo desde España periódicamente, para establecer si alguna de las religiosas había cambiado de parecer. La respuesta era siempre negativa. «Pero, ¿y si os pasa algo?», preguntaban. «Pues si nos pasa algo, seguimos estando en las manos de Dios», era la respuesta de las Hermanas.
El día de la prueba
La Hna. Esther Paniagua servía en un hospital local y el día 23 de octubre recibió la visita del embajador de España, quien le insistió que las religiosas debían abandonar el país. «Nos contó que el embajador quería haberla sacado en el coche blindado y ella dijo que no, que volvería a casa a pie, como siempre». A su regreso a casa portaba un libro titulado: «Tu entrega por amor».
Ese mismo día, la Hna. Caridad Álvarez recibió una sugerencia similar, esta vez de parte de la entonces superiora, pero ella rechazó la propuesta. «‘Es mi fidelidad a la misión», expresó la religiosa. «Les he dicho en casa que si me sucede algo, quiero que me entierren en Argelia».
En la tarde, las tres religiosas de la casa se dispusieron a asistir a al Eucaristía en el vecino monasterio de las Hermanas de Foucault, junto con la Hna. María Jesús Rodríguez. «Para ir a la capilla decidimos hacerlo según las normas de seguridad que la embajada nos había dicho: ‘Salir siempre de dos en dos'», recordó la Hna María Jesús. «Por eso primero fueron Caridad y Esther y cinco minutos después salimos Lourdes y yo. Íbamos a unos 100 metros de distancia».
Cuando las religiosas dieron vuelta en la esquina y quedaron fuera de la vista de sus compañeras religiosas, ocurrió la tragedia. «En ese momento sonaron dos disparos. Instantes después la gente comenzó a correr y una señora nos metió en su casa», relató. «Oímos llorar y supimos que un cristiano había muerto. Subimos al tejado de la casa, desde donde se veía la capilla de las Hermanas de Foucauld y vimos los cuerpos de Cari y Esther tirados en el suelo».
La Hna Caridad estaba tocando a la puerta de la casa de las Hermanas de Foucault y el agujero de la bala aún se conserva en la puerta. Junto a ella, cayó la Hna. Esther. Sus vidas, terminadas por odio a la fe, se ofrecieron junto a las del Obispo de Orán y su chófer en 1996, los siete monjes cistercienses de Tibhirine y otros ocho mártires. Su historia hace parte del testimonio de fe hasta las últimas consecuencias que aún hoy dan numerosos cristianos que viven bajo la persecución en territorios de África y Asia.
Con información de ACI.
Fuente:: Gaudium Press
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