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Oficio de la Inmaculada

D. João S. Clá Dias (http://www.joaocladias.org.br)

Comentarios al Pequeño Oficio

de la Inmaculada Concepción

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Capítulo 1

 

Maitines

V.- Abrid ahora mis labios,
R.- Glorias y gracias de la Virgen Madre de Dios.
V.- Apresuraos Señora en socorrerme.
R.- De las manos de mis enemigos, líbrame Señora.
Gloria al Padre...

Salve, oh Virgen Madre, Señora mía,
Estrella de la mañana, Reina del Cielo.
Llena eres de gracia; salve luz pura,
Socorred al mundo y a toda criatura.
Para Madre el Señor os destinó
El que los mares, Cielo y tierra creó.
Preservó Él vuestra Concepción
De la mancha que todos tenemos en Adán. Amén.

V.- Dios la escogió y la predestinó.
R.- En su tabernáculo la hizo habitar.
V.- Acoged Señora mi oración.
R.- Llegue hasta Vos mi clamor.

Oremos: Santa María, Reina de los Cielos, Madre de Nuestro Señor Jesucristo y Emperatriz del mundo que a nadie desamparáis ni despreciáis, fijad en mí, Señora, vuestros piadosos ojos y alcanzadme de vuestro Amado Hijo, el perdón de mis pecados, para que venerando ahora con amor vuestra Inmaculada Concepción, alcance después la corona de la eterna bienaventuranza: por la gracia de vuestro mismo Hijo Jesucristo, Nuestro Señor que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina en unidad perfecta, Dios, por los siglos de los siglos, Amén.


V.- Acoged Señora mi oración
R.- Y llegue hasta Vos mi clamor
V.- Bendigamos al Señor
R.- Demos gracias a Dios
V.- Las almas de los fieles difuntos, por la misericordia de Dios descansen en paz.
R.- Amén.

La predestinación de María Santísima es la idea principal de este Himno. Desde toda la eternidad, Dios la eligió para la altísima y excelsa misión de concebir y dar a luz a Nuestro Señor Jesucristo, y "para realizar en Ella y por Ella las grandiosas maravillas que se propuso hacer en toda la Creación"(1).

Escogida para Soberana del mundo y Reina de los Cielos, Virgen de las vírgenes, María poseyó en plenitud la gracia, siendo la Estrella de la Mañana que anuncia el día de nuestra Redención e ilumina a todo hombre que viene a este mundo.

Al decretar en sus eternos designios la Encarnación del Verbo, no lo hizo Dios de manera abstracta o indeterminada; fue especificando los pormenores de las condiciones necesarias, para el cumplimiento de su soberana voluntad.

Si el Hijo se encarna, necesita de una Madre que le dé a luz, permaneciendo Virgen. Además de eso, en cuanto fuera posible esta Madre debe ser digna de Él. Luego de antemano tendrá todos los privilegios que el Padre Eterno le concedió: inmune del pecado original y de pecado actual, la plenitud de la gracia y una hermosura de alma y cuerpo excedida tan solo por la del Hombre-Dios(2).

"Después de Jesucristo, Nuestro Señor -escribe San Juan Eudes-, María es la más admirable obra-prima que haya salido del Consejo sempiterno de su Divina Majestad"(3).


** Abrid ahora mis labios

** Glorias y gracias de la Virgen Madre de Dios

Expresan estos dos versículos una invitación para que nuestra alma se entusiasme en cantar las alabanzas de María Santísima. Estando una vez la gran Santa Gertrudis en subida oración, pensando qué mayor agrado podría dar a Dios en aquel momento, entonces el Señor le indicó: "Ponte delante de mi Madre que está sentada a mi lado y procura ensalzarla"(4).

 

 Honrando a la Virgen Santísima, glorificamos a Dios

En efecto, al decir de San Luis María Grignion de Montfort, mucho glorificamos a Dios venerando a su Inmaculada Madre:

"Nunca pensáis en María, sin que Ella en vuestro lugar, piense en Dios. Nunca alabais ni honráis, sin que Ella con vosotros alabe y honre a Dios. María está en total conexión con Dios, y con toda propiedad yo la llamaría: la relación de Dios, que sólo existe en referencia a Dios, el eco de Dios, que sólo habla y repite a Dios. Santa Isabel alabó a María y la llamó bienaventurada porque Ella creyó, y María, el eco fidelísimo de Dios entonó: «Magnificat anima mea Domino», -Mi alma glorifica al Señor- (Lc I, 46). Lo que obró María en esa ocasión, lo repite todos los días; cuando la alabamos, honramos, amamos, o la ofrecemos algo, Dios es alabado, honrado, amado y ese agasajo lo recibe por María y en María"(5).

Parecido es el pensamiento del Rvdo. P. Ventura según el cual la Virgen Santísima "recomienda a Jesucristo a todo aquel que la invoca y muestra un sentimiento de filial ternura para con Ella; y Jesucristo, a su vez, confía a su Madre a todo aquel que cree en Él y le ama como a su Señor. Así pues, todo hijo fiel a María, es al mismo tiempo discípulo amado de Jesucristo"(6).

 

María es digna de toda alabanza

Al recitar el Pequeño Oficio, nos asociamos a las honras que desde todos los siglos y en todas las generaciones han sido dadas a la Virgen Santísima, desde los atronadores entusiasmos del concilio de Éfeso que la proclamó Madre de Dios, hasta nuestros días, pasando por las aclamaciones universales que respondieron a la voz de Pío IX, cuando decretó su Inmaculada Concepción.

"María -escribe un docto y pío autor-, es digna de toda honra, de todo respeto y de toda alabanza, de todo elogio y de toda gloria. 

"No basta la voz de los Santos de la tierra y del Cielo unida a la de los Ángeles, para cantar sus grandezas, su poder y sus misericordias (...) La Virgen María es digna de toda alabanza porque concibió a Cristo, Hijo de Dios, lo llevó en su seno y lo dio al mundo (...) La Virgen María es digna de toda alabanza porque tuvo en sus manos al Verbo Encarnado, porque Ella lo vio con sus ojos, porque Ella le habló y con Él tuvo un trato familiar; lo acunó en su regazo, lo alimentó con su leche y cubrió con sus delicadas caricias la carne del Hijo de Dios (...)

"Jamás hubo época, ni nación, ni estado, ni orden que haya omitido o suprimido las alabanzas de esta augusta Virgen.

"Ella fue alabada por Dios, que desde toda la eternidad, la escogió por Madre y la predestinó como la primera de todas las criaturas... Fue alabada por los Ángeles, que cantaron en su nacimiento: «¿Quién es ésta que avanza brillante como la aurora, hermosa como la luna, radiante como el sol?» (Cánt. 6,9). (...)

"María Santísima fue también colmada de alabanzas por los hombres. Desde los primeros tiempos de la Iglesia, ellos siempre honraron a la Virgen, admiraron su dignidad, su majestad, su gracia y la proclamaron bienaventurada"(7).

A este santo y filial deber nos consagramos, bendiciendo a la Santísima Virgen en la recitación de las Horas de este salterio mariano.

 

** V.- En mi socorro, ven presto Señora.

** R.- Líbrame de las manos de mis enemigos.

 

Afirma San Pedro (I Pdr, V,8), que el demonio está como león rugiente a nuestro alrededor, para hacernos caer. De igual modo, desde aquel grito de sublevación: non serviam -no serviré-, que mereció los castigos eternos, él tiene aversión a toda autoridad y por eso está en continua guerra contra nosotros para tratar de arrebatarnos la salvación.

Militia est vitam hominis super terram -la vida de los hombres es milicia sobre la tierra- (Jó VII,1). Nuestra vida es constante combate contra un adversario naturalmente mucho más fuerte que nosotros. Sin embargo, un poderosísimo escudo nos fue dado: basta recurrir a la protección de la bienaventurada Virgen, que el auxilio vencedor nos vendrá de inmediato.

Esta es la súplica que iniciará cada uno de los Himnos del Pequeño Oficio.

Comenta el Santo autor de las Glorias de María que "en todas las batallas contra el infierno ciertamente saldremos siempre vencedores si recurrimos a la Madre de Dios y nuestra (...) Ella está colocada en un trono en lo alto, a la vista de todos los poderes celestiales, lo mismo que la palma es señal de segura victoria, que para sí mismos pueden prometerse todos aquellos que se acogen bajo su patrocinio.

"«Dirigí a lo alto mis ramas como la palmera en Cades» (Ecli XXIV, 18), esto es, añade San Alberto Magno, yo extiendo mi mano sobre vosotros para protegeros. «Hijos, parece querer decirnos María, cuando el demonio os asalte, recurrid a Mí, miradme y tened ánimo, porque en Mí, que os defiendo, veréis juntamente vuestra victoria».

"Por eso, el recurrir a María es el medio segurísimo para vencer todos los asaltos del infierno. (...)

 

María socorre rápidamente a los que La invocan

"[Por otra parte], conociendo María nuestras miserias -continúa San Alfonso-, se apresura con el fin de socorrernos con su misericordia. Novarino añade que Ella desconoce la demora en el deseo de hacernos bien y porque no se reserva para sí, como el avaro, sus gracias es por lo que no tarda, como Madre de Misericordia, en derramar sobre sus siervos los tesoros de su bondad.

"¡Oh!, cómo está siempre dispuesta esta buena Madre para auxiliar a los que La llaman. Explicando el pasaje de los Cánticos (IV,5), dice Ricardo de San Lorenzo que María es tan rápida en poner por obra su misericordia para con los que se la piden, como son de veloces en su correr los cabritillos. El mismo autor nos asegura la compasión de María sobre los que se La solicitan, aun cuando no haya otras oraciones por medio sino solamente un breve Ave-María. Nos dice Novarino que la Virgen no es que corra, sino que vuela en auxilio de cuantos La invocan. En el ejercicio de su misericordia Ella imita a Dios que también vuela sin tardanza en socorro de los que Lo llaman, porque es fidelísimo en el cumplimiento de su promesa: «Pedid y recibiréis» (Jn XVI,24). Así lo afirma Novarino. Lo mismo ocurre con María. En cuanto es invocada, de inmediato, está lista para ayudar a quien La llamó en su auxilio"(8).

 

 

EL PAPAGAYO QUE REPETÍA "AVE-MARÍA"

"El hermano Bernardino de Busti recuerda el hecho de que un papagayo a quien le habían enseñado a decir Ave-María, estando perseguido por un gavilán, gritó Ave-María! y de inmediato cayó por tierra muerto el depredador.

"Con este relato maravilloso quiso el Señor dar a entender que, si un animal irracional se salvó de la muerte con tan sólo pronunciar el nombre de María, ¡cuanto más libre estará de caer en las manos del demonio quien, en los asaltos del mismo, estuviese muy atento en llamar a la Divina Madre!

"«Lo que tenemos que hacer cuando el enemigo venga a tentarnos -dice Santo Tomás de Villanueva-, que a semejanza de las crías de los pájaros que, a la vista del gavilán, se refugian bajo las alas de la madre, tan pronto como nos sintamos asaltados por las tentaciones, rápidamente sin entrar en discusiones con ellas, busquemos el refugio bajo el manto de María»."

(Rvdo. P. Pascual Lacroix, La Virgen María, seguro refugio de los pecadores, Publicaciones S.C.J. Petrópolis, 1935, 2ª ed., p.134)

 

 

María es nuestra fortaleza en la muerte *

(*Véase también "Sed nuestro aliento en nuestra agonía"; cap. 8. Después del oficio)

Acordémonos de aquel postrero socorro que cada día solicitamos de la Santísima Virgen al decir el Ave-María.

"Esa buena Señora y Madre -escribe San Alfonso María de Ligorio-, no abandona a sus fieles siervos en sus angustias y especialmente en las de la muerte, que de todas son las peores. Como es nuestra vida en la etapa de nuestro destierro, así tendrá que ser de plácida en el momento de la muerte, obteniéndonos un tranquilo y feliz tránsito. Desde aquel día que sufrió el dolor juntamente con la satisfacción de asistir a la muerte de Jesús, su Hijo, Cabeza de los predestinados, obtuvo también Ella la gracia de asistir a la muerte de todos los predestinados. Por eso la Santa Iglesia manda implorar a la bienaventurada Virgen: «Rogad por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte».

"Muchas y considerables son las angustias de los pobres moribundos, ya sea por los remordimientos de los pecados cometidos, ya sea por el terror al juicio próximo, ya sea por la incertidumbre de la salvación eterna. Y mientras, el infierno echa mano de todas las armas y se empeña con todo su ahínco para perder aquella alma que pasa para la eternidad (...) Acostumbrado a tentarla durante la vida, el demonio no se contenta con ser el único que la tienta en la hora de la muerte, sino que da órdenes a sus compañeros para que lo ayuden: «llena sus casas (de Babilonia) con dragones» (Is. XIV,21). Cuando alguien está para morir, le entran por la casa los demonios que, a porfía, tratan de perderlo (...)

"¡Ah!, ¡cómo huyen, [no obstante], los demonios en presencia de Nuestra Señora! Si en la hora de nuestra muerte tuviéramos a María de nuestra parte, ¿qué podríamos temer del infierno en pleno?. Se consolaba David en las terribles angustias de la muerte, poniendo su confianza en la muerte del futuro Redentor y en la intercesión de la Virgen Madre: «Porque aún cuando esté en medio de las sombras de la muerte, nada temeré; porque tú estás conmigo, tu vara y tu cayado me sostienen» (Sl XXII,4.5). Por cayado entiende el cardenal Hugo el madero de la cruz, y por vara la intercesión de María, que fue la vara profetizada por Isaías (XI,11). Esta divina Madre, dice San Pedro Damiano, es aquella poderosa vara que vence los ataques de los enemigos infernales. Se animaba San Antonio diciendo: Si María está con nosotros, ¿quien podrá contra nosotros? (...)

"Como afirma Conrado de Sajonia, la Santísima Virgen, en defensa de los fieles moribundos, envía al Príncipe San Miguel con todos sus ángeles para protegerlos contra las tentaciones del demonio y recibir sus almas, especialmente la de aquellos siervos que se encomendaron continuamente a Ella.

 

María es nuestro auxilio en el tribunal divino

"Cuando un alma está para dejar esta vida, dice Isaías, se sobresalta el infierno todo y envía a los demonios más iracundos para tentarla antes de salir del cuerpo, y acusarla cuando se presente en el tribunal de Jesucristo. «El infierno allá abajo se remueve para venir a tu encuentro, y ante ti levanta a los grandes de la tierra» (Is. XIV,9). Pero Ricardo dice que los demonios, tratándose de un alma que está bajo el patrocinio de María, no tienen el atrevimiento de acusarla de nuevo, pues saben muy bien que el Juez nunca condenó y nunca condenará a un alma protegida por su excelsa Madre. San Jerónimo escribe a Eustoquio que María no sólo socorre a sus queridos siervos en la muerte, sino que también los va a esperar en el paso para la eternidad, con la intención de animarlos y acompañarlos hasta el Tribunal Divino"(9).

 

** Gloria al Padre...

 

Nos explica el gran y afamado teólogo Fr. Antonio Royo Marín, O.P., dominico de nuestros días, que decir el Gloria Patri es "la principal fórmula que desde los primeros tiempos usa la Iglesia para honrar a la Santísima Trinidad. Con ella se rinde a las tres beatísimas Personas un homenaje de reconocimiento, amor, adoración y honor a su Infinita grandeza. La Iglesia se ocupa constantemente en la liturgia y es obligatoria al final de cada salmo del Oficio Divino. (...)

"No debemos olvidar que la glorificación de la Santísima Trinidad es el fin último y absoluto de toda oración y de la propia existencia de toda criatura, incluyendo a María y al mismo Jesucristo en cuanto hombre. (...) Si tenemos que ir a Jesús por María, el término final no puede ser otro sino Dios Uno y Trino, en concordancia con San Pablo: «por tanto nadie se gloríe en los hombres, porque todas las cosas son vuestras (...), el mundo, la vida o la muerte, las cosas presentes, o las futuras, todo es vuestro. Sin embargo sois de Cristo, y Cristo es de Dios» (I Cor. III, 21-23)"(10).

 

 

TRES LIRIOS ATESTIGUAN
LA PERPETUA VIRGINIDAD DE MARÍA

En aquellos maravillosos tiempos en los que del rosal de la Fe brotaban las flores más hermosas, leemos en la vida del bienaventurado Egidio de Asís, discípulo predilecto de San Francisco de Asís, esta atractiva y encantadora historia, en la que resplandece la perpetua virginidad de la Madre de Dios:

"Un piadoso y docto fraile dominico, habiendo sufrido durante muchos años graves tentaciones contra el dogma de la perpetua virginidad de María, decidió ir por fin al encuentro de un humilde franciscano, que tenía la facultad de apaciguar las conciencias confusas, con la intención de exponerle las tentaciones. El bienaventurado Egidio, iluminado por el Cielo, salió a su encuentro y ya fuera de las puertas del convento, saludándolo, le dijo: «Hermano predicador, la Santísima Madre de Dios, María, fue Virgen antes de darnos a Jesús», y dicho esto golpeó la tierra con el báculo y brotó de ella inmediatamente un hermoso lirio. Volvió a golpear la tierra y repitió: «Hermano predicador, María Santísima fue Virgen al darnos a Jesús». Enseguida surgió un segundo lirio aún más bello que el primero. Golpeó por tercera vez la tierra, replicando: «Hermano predicador, María Santísima fue Virgen después de darnos a Jesús». Y nació un tercer lirio que, en belleza y blancura, sobrepasaba a los otros dos.

"Dicho esto, el bienaventurado Egidio se dio la vuelta, sin más, y entró en el convento, dejando a aquel religioso atónito y al mismo tiempo libre de sus violentas tentaciones.

"Supo después que aquel fraile era el bienaventurado Egidio de Asís, le tuvo en gran estima y mientras vivió, conservó aquellos lirios como testimonio irrefutable de la perpetua virginidad de María."

(Surio, Vida del B. Egidio, apud Pe Gabriel Roschini, Instrucciones Marianas, Ed. Paulinas, São Paulo, 1960, p.209.)

 

 

** Salve, oh Virgen Madre*

(*Véase también: "Virgen Madre", cap. 4; "Florente Virgen", cap. 7; y Ap.1,3)

 

El gran milagro obrado por el Omnipotente

Nuestra Señora, ¡Virgen y Madre!. He aquí uno de los monumentales milagros obrados por la diestra del Omnipotente. San Bernardo, el doctor Melifluo, vio en esta extraordinaria actuación de la Providencia, uno de los privilegios que más distinguen a la Santísima Virgen sobre todas las demás criaturas:

"No hay cosa más verdadera, que más me agrade, y que por otro lado me atemorice que hablar de la gloria de la Virgen Madre. Confieso mi falta de experiencia, y no oculto mi falta de valor. Porque (...) si me arriesgo a alabar su virginidad, me doy cuenta que muchas otras fueron después de Ella, vírgenes. Si trato de exaltar su humildad, podemos tropezar con algunos, aunque sean pocos, que a ejemplo de su Divino Hijo, se hicieron mansos y humildes de corazón. Si enaltezco la multitud de sus misericordias, me vienen a la memoria algunos hombres y mujeres que fueron misericordiosos.

"Una cosa hay en la que Ella no tuvo igual, ni semejante, ni lo tendrá jamás, y fue el unir las alegrías de la maternidad con la gloria de la virginidad. «María -dice Jesús- escogió para sí la mejor parte». Aunque no hay duda efectivamente que la fecundidad conyugal es buena, es infinitamente mejor la castidad virginal o la virginidad fecunda. Privilegio es éste propio de María y que nunca será concedido a ninguna otra mujer. Es prerrogativa singular suya y por eso mismo inefable: nadie podrá comprenderla, ni explicarla.

"¿Qué diríamos entonces si nos acordáramos de quien fue María Madre?. ¿Qué lengua, incluso angélica, podría alabar lo suficiente a la Virgen Madre?. Madre no de uno de nosotros, sino de Dios. Doble milagro, doble privilegio que se armonizan de modo maravilloso. Porque no era digno de la Virgen otro Hijo, ni de Dios otra Madre"(11).

Es semejante el pensamiento de Santo Tomás de Aquino al comentar este versículo del Magnificat: "Porque hizo en mí maravillas el Todopoderoso, y su Nombre es Santo" (Lc I,49):

"Manifiesta la Virgen que será proclamada bienaventurada (...) «porque hizo en mí maravillas el Todopoderoso».

"¿Qué grandes maravillas obró en Vos?. Creo que [estas]: siendo criatura, disteis a luz al Creador; siendo esclava engendrasteis al Señor para que Dios redimiera al mundo por Vos, y por Vos también le devolviera la vida. Y sois grande porque concebisteis, permaneciendo Virgen, superando por decreto divino a la propia naturaleza. Fuisteis encontrada digna de ser Madre sin conocer varón; no una madre cualquiera, sino la del Unigénito Salvador. A esto se refiere el principio del Cántico que dice: «Mi alma engrandece al Señor». Sólo aquella alma a la que Dios se dignó obrar grandes maravillas y que puede enaltecerlo con alabanzas apropiadas.

"Después continúa: «El que es todopoderoso», para que si alguno dudara de la verdad de la Encarnación permaneciendo Virgen después de haber concebido, atribuye este milagro al gran Poder de quien lo hizo"(12).

Considerando el extraordinario hecho de María, conciliar en sí la perpetua virginidad y la maternidad divina, exclama un piadoso autor del siglo pasado:

"¡Oh Virgen, la maravilla es precisamente la virginidad fecunda: el milagro es precisamente vuestra condición inaudita de Virgen Madre! (...)

"¡Oh María, Virgen Madre, sois desde este momento un ideal que entusiasmará a todos los apasionados por la verdadera belleza: Virgen Madre, los doctores y los artistas se disputan a porfía el teneros por modelo de sus más sublimes composiciones, y todos, después de agotar su talento, abandonan la pluma o el pincel sin haber podido expresar todo lo que atraía la vehemencia de su anhelo y los arrebatos de sus sentimientos!

"¡Virgen Madre, os saludamos haciéndonos eco de las palabras del Ángel en su embajada, que os habló según la inspiración de Dios! Nos gusta tanto meditar vuestras grandezas y que sean ellas la causa de nuestra esperanza en Vos. ¡Vuestra gracia, divina unión de humildad y pureza revistió a Dios de carne humana, y ella podrá revestirme con la túnica de la santidad!"(13).

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1. ) San Juan Eudes. "La Infancia Admirable de la Santísima Madre de Dios" Ed. San Juan Eudes, (Bogotá).

2. ) Cfr. Pequeño Oficio de la Inmaculada Concepción...con comentarios Ed. Paulinas.

3. ) San Juan Eudes, op. cit.

4. ) Santa Gertrudis, "Revelaciones". Ed. Benedictina, (Buenos Aires).

5. ) San Luis María Grignion de Montfort. "Tratado de la Verdadera Devoción"

6. ) Rvdo. P. Ventura de Raulica, "Tratado sobre el culto de la Santísima Virgen"

Leocardio López Ed. (Madrid).

7. ) Rvdo. P..Z. C. Jourdain," Somme des Grandeurs de Marie" Hippolyte Walzer Ed.(París)

8. ) San Alfonso María de Ligorio. "Glorias de María Santísima".

9. ) San Alfonso María de Ligorio, op. cit.

10. ) Fr. Antonio Royo Marín, op. cit.

11. ) San Bernardo, "Obras Completas" B.A.C. (Madrid)

12. ) Santo Tomás de Aquino, "Catena Aurea" Cursos de cultura católica (Buenos Aires).

13. ) Mons. Dadolle, "Le Mois de Marie" Ed.J.Gabalda (París).


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