BrasilEspañaCanadáColombiaArgentinaItaliaCosta-RicaPeru_1Guatemala_1ParaguayPortugal

 

Oficio de la Inmaculada

Capítulo 3


TERCIA
__________________

Sois el Arca de la Alianza, el trono de Salomón,

Arco iris de bonanza, zarza ardiente de visión.

Vos sois la Virgen florida, el velo de Gedeón,

Divino portal cerrado, panal de miel de Sansón.

Convenía, pues, ciertamente,

Que la Madre de tan noble Hijo

No tuviese de Eva la mancha

Y resplandeciese con todo el brillo.

Y habiendo el Verbo escogido

Por Madre a la Virgen casta,

No quiso que estuviese sujeta

A la culpa que el mundo arrastra. Amén.


V.- Yo habito en lo más alto de los cielos.

R.- Y mi trono está sobre una columna de nubes.

 

En conformidad con San Juan Eudes: “todos los libros sagrados de la Ley de Moisés están llenos de figuras y de símbolos de las dignísimas Personas de Nuestro Señor Jesucristo y de su sacratísima Madre. Y todos los Santos Padres en sus escritos, se complacen en descubrirnos tales figuras y en hacernos ver su esplendor y su belleza”(1).

El Himno Tercia del Pequeño Oficio evoca algunos de esos símbolos sugeridos por el Espíritu Santo en las páginas del Antiguo Testamento, para dar a conocer y amar por los hombres a la futura Madre de Dios, incluso antes de que Ella apareciese en la tierra.

Así, entre otras, fueron imágenes de Nuestra Señora: el Arca de la Alianza, que contenía las tablas de la Ley; el magnífico trono de Salomón; el arco iris que apareció en el cielo después del castigo del diluvio universal; la vara de Aarón, que floreció dentro del arca del Testamento; el velo de Gedeón, bien seco, mientras toda la tierra a su alrededor estaba empapada por la lluvia, bien lleno de rocío, cuando aquella permanecía árida; la zarza ardiente, desde dentro de la cual Dios habló a Moisés; el panal de miel que Sansón encontró en el cadáver del león que él mató; y la puerta oriental del Templo, que Ezequiel discernió, cerrada, en una de sus proféticas visiones.

El recuerdo de estos símbolos de la Santísima Virgen, acompañado de nuevas y afectuosas alabanzas a su Inmaculada Concepción, compone la bella Hora Mariana que a continuación meditaremos.

 

+ SOIS EL ARCA DE LA ALIANZA

En medio de “la gloria del Señor” que abrasaba la cima del Monte Sinaí, Moisés recibió de Dios esta orden (Ex. XXV, 10-16): «Harás un Arca con madera de acacia, que tenga de longitud dos codos y medio, de anchura un codo y medio y de altura otro codo y medio. Lo revestirás por dentro y por fuera con oro purísimo y lo cubrirás con una corona de oro; harás cuatro anillas de oro, que pondrás en los cuatro ángulos del arca, dos a un lado y dos al otro. Harás también unas varas de madera de acacia y las cubrirás con láminas de oro, que servirán para transportarlo. Las varas estarán siempre dentro de las anillas y jamás se sacarán de ellas. Y pondrás en el Arca el Testamento que Yo te daré.»

 

Símbolo de las múltiples dignidadesde Nuestra Señora

En su precioso conjunto, ese Arca constituía la elocuente imagen de la futura Madre del Verbo Encarnado. Tal relación fue así establecida por San Buenaventura, en una de sus admirables pláticas mariológicas:

“Según la exposición de los Santos, el Arca, en el sentido alegórico, se refiere a Cristo y a la Iglesia; (...) en lo místico, representa a la Virgen gloriosa, Santa María, felicísima Madre de Dios y Señora nuestra. (...)

“Bajo la figura del Arca del Testamento se sugiere la múltiple dignidad de la Virgen según los diversos aspectos que la Escritura nos enseña para que meditemos al considerar aquella mística Arca.

“En efecto, la Escritura nos propone que consideremos este Arca bajo cuatro aspectos, a saber: conforme a lo que es (construcción); según lo que encierra (contenido), según lo que de ella procede (virtud), y según lo que a ella se refiere (honor).

 

María, Arca del Testamento, en cuanto a su construcción

“Aquel Arca, como dice la Sagrada Escritura, fue construida con material incorruptible, de proporciones precisas, de bella forma y de figura cuadrangular, en lo cual se indica la grandeza y la dignidad de la gloriosa Virgen, elaborada conforme a la maestría del Hijo de Dios y del Espíritu Santo.

 

Virginidad incorruptible

“María es el Arca del Testamento en cuanto a su construcción, primero por ser de materia incorruptible, debido a la integridad de su cuerpo. (...) Integridad que la libró del peso de la carne y la hizo incorrupta, separándola del contagio de la corrupción, que tiene origen en esa misma carne.

 

Virtudes proporcionadas

“Segundo, la Virgen fue el Arca del Testamento en cuanto a su construcción, porque fue de medidas proporcionadas, debido a la humildad de corazón, según el capítulo XXXVII del Éxodo: «Y Beseleel hizo el Arca de madera de acacia, la cual tenía dos codos y medio de largo, codo y medio de ancho y codo y medio de alto». Por codo entero de medida se entiende la virtud perfecta en la realización de los actos; por mitad de codo se entiende la humildad perfecta en la consideración de los defectos. (...) y esas dos cosas las tuvo, de modo eminentísimo, la Virgen María, pues, poseyó al mismo tiempo, una virtud perfecta y una profunda humildad.

 

Belleza en la forma, fruto de la honestidad de la vida

“Tercero, María fue el Arca del Testamento en cuanto a su construcción, porque fue bella en su forma, debido a la honestidad de su vida, según las palabras del capítulo XXXVII del Éxodo: «Y la revistió de oro finísimo por dentro y por fuera. Y le hizo una corona de oro alrededor». Por este revestimiento de oro se entiende la plenitud de la suma honestidad, que adornó por dentro y por fuera a la Virgen María. (...) Y advierte que se dice que tenía una corona de oro alrededor, por la honestidad que brilló en todos sus actos.

 

Eximia observante de la Ley Divina, según las virtudes cardinales

“Cuarto, la Virgen fue Arca del Testamento en cuanto a su construcción, por ser de forma cuadrangular, debido a la igualdad de las cuatro maneras de virtud, según las palabras del capítulo XXV del Éxodo: «Y harás cuatro anillas de oro, que pondrás en los cuatro ángulos del Arca. Harás también cuatro varas de madera de acacia y las cubrirás de oro y las harás pasar por las anillas que están en los ángulos del Arca, para que sirvan para su transporte».

“Por los cuatro ángulos se entiende las cuatro virtudes cardinales. Por las cuatro anillas en los ángulos, la obediencia perfecta de los preceptos divinos según la exigencia de las cuatro virtudes. Por las varas se entienden dos cosas: el temor y el amor que nos llevan por el camino de las buenas costumbres.

“La Virgen gloriosa poseyó todo esto de manera perfecta, pues observó de modo eximio la Ley Divina, sometiéndose a ésta según las cuatro virtudes cardinales, a saber: prudencia, justicia, templanza y fortaleza, que, aunque distintas, tiene conexión e igualdad entre sí, se conducen por el temor y por el amor perfecto, y por ellas, el Arca llegó hasta el Cielo. Y advierte al decir que las varas deberán estar siempre metidas en las anillas, y jamás se sacarán de ellas, porque el temor y el amor deben estar siempre unidos a las virtudes cardinales, para cumplir los mandamientos divinos; y así lo estuvieron en la gloriosa Virgen.

 

María, Arca del Testamento en cuanto a su contenido

“En el interior de aquella Arca material –prosigue San Buenaventura–, se guardaba el maná, la vara [de Aarón] y las dos tablas de la Ley; y por encima, rematándolo, había dos Querubines haciendo sombra al propiciatorio. En ese contenido se significa adecuadamente cuánto la Virgen tuvo en su interior. La Bienaventurada María, en efecto, fue el Arca que contenía dentro: el maná, por la dulzura de la gracia; la vara, por la virtud de la confianza; la Ley, por la recta inteligencia. Tenía, además, por encima, dos Querubines, por la plenitud de la Sabiduría.

 

La dulzura de la gracia (maná)

“En primer lugar, cuando fue construida y nació ese Arca, fue completada con la dulzura de la gracia, no sólo para su persona, sino también para todas las generaciones sucesivas.

 

La virtud de la confianza (vara)

“En segundo lugar, fue también Arca que contenía la vara de Aarón, que floreció, por la virtud de la confianza. (...) Virtud que hizo apto el brote del tronco de Jessé para, sin obra de varón, producir la flor de Nazareth, por la promesa de Dios y la sombra del Espíritu Santo, a quien la Virgen María se unió estrecha y confiadamente.

 

La recta inteligencia (Ley)

“En tercer lugar, fue Arca de la Alianza, que contenía las Tablas de la Ley, por la recta inteligencia, según las palabras del capítulo XXV del Éxodo: «Y pondrás en el Arca el Testamento que Yo te daré».

“Esta Ley fue escrita y puesta en el Arca del Testamento, o sea, en el corazón de la Bienaventurada Virgen. Así lo afirma San Lucas, en el capítulo II de su Evangelio: «Sin embargo, María conservaba todas esas cosas, meditándolas en su corazón». Como el Arca del Testamento conservaba la Ley de Moisés, así Ella guardaba la Ley del Evangelio por la recta inteligencia de la verdad de la fe y de toda la Ley de Cristo.

 

La plenitud de la sabiduría (Querubines)

“En cuarto lugar, fue Arca del Testamento porque contenía a los Querubines, por la plenitud de la sabiduría. (...) La Virgen encerraba en sí los recónditos misterios de la sabiduría divina, por haber llevado en su seno la Carne de Cristo, en quien están contenidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia.

 

María, Arca del Testamento, en cuanto a su eficacia

“Después de todo lo expuesto, consideremos la eficacia del Arca, en la cual se representaba a la Virgen María, en lo que de ella procede.

 

Eficaz en llevar los hombres al Cielo

“En efecto, aquel Arca, símbolo de María, fue eficaz para dirigir a los caminantes, según lo dicho en el capítulo X del Libro de los Números: «Partirán, pues, del monte del Señor, y caminarán tres días, y el Arca de la Alianza irá delante de ellos, indicándoles durante los tres días el lugar para acampar».

“Por esos tres días, se entiende la vida entera, desde el comienzo, su curso y el fin, o los tres votos que conducen al hombre al desierto de la Religión, como por un camino de tres días, a saber: de la continencia, la pobreza y la obediencia, gracias a la ayuda de la Virgen María, que fue pobrísima, humildísima y castísima. Ella va delante y prepara el camino hasta introducirnos en la Tierra de Promisión, como dice el capítulo III de Josué: «He aquí que el Arca de la Alianza del Señor de toda la tierra irá delante de vosotros por medio del Jordán», y continúa el texto diciendo que, a la entrada del Arca [en el río], se secarán las aguas, queriendo decir con esto que con el auxilio de la Virgen se hace más fácil lo que antes parecía difícil.

 

Eficaz en socorrer a los hombres en sus peligros y en sus angustias

“En segundo lugar, el Arca, figura de la Virgen, fue eficaz para defender a los que combatían, según se dice en el capítulo VI del libro II de los Paralipómenos: «¡Levántate oh Señor Dios! Y ven al lugar de tu morada, Tu eres el Arca de tu poderío».

“Se dice de tu poderío, porque es fuerte para defender, según cantamos: «Dame poder contra tus enemigos». Para significar esto, los ancianos de Israel dicen en el capítulo IV del primer libro de los Reyes: «Hagamos venir de Silo el Arca de la Alianza del Señor y pongámoslo en medio de nosotros, para que nos salve de las manos de nuestros enemigos», porque él puede realmente salvar.

“A pesar de todo, se añade que no salvó a todos, debido a que los que estaban manchados por la idolatría, despreciaban en su interior lo que veneraban exteriormente. Por lo que dice San Bernardo: «En los peligros, en las angustias, piensa en María, invoca a María; y para conseguir la ayuda de su intercesión, no dejes de seguir el ejemplo de su conducta». Porque quien invoca con los labios y se contradice con sus obras, no merece ser oído ni salvado, sino que merece recibir la sentencia de la condenación.

 

Eficaz en reconciliar a los pecadores arrepentidos con Dios

“En tercer lugar, el Arca era eficaz para reconciliar a los arrepentidos según se dice en el capítulo XXVI del Éxodo: «Pondrás también el propiciatorio sobre el Arca del Testamento del Santo de los Santos».

“¿Qué es el propiciatorio sino aquel por quien se alcanza la remisión de los pecados? Así se dice en el capítulo II de la primera carta de San Juan: «Tenemos por abogado, junto al Padre, a Jesucristo, el Justo. Él es la propiciación por nuestros pecados», etc.; y este propiciatorio se halla sobre el Arca, porque llegamos a él por medio de la Virgen María que, como Madre de misericordia, ruega al Hijo por nosotros y aplaca a Dios, encolerizado por nuestros pecados.

 

Eficaz en derrotar a los enemigos de nuestra salvación

“En cuarto lugar, el Arca fue eficaz para derrotar a los enemigos rebeldes, como se dice en el capítulo X del libro de los Números: «Y cuando se levantaba el Arca, Moisés decía: Levántate Señor y dispersa a tus enemigos», por eso, refiriéndonos a la Virgen, cantamos: «Alégrate, ¡oh Virgen María!». Ella es, en efecto, la mujer que aplastó la cabeza de la serpiente; y, del mismo modo, el Arca que hirió de muerte a los filisteos, como se describe en el capítulo V del primer libro de los Reyes: «Y llevando ellos el Arca de ciudad en ciudad, la mano del Señor hacía gran mortandad en cada ciudad». Como figura de esto, se dice en el capítulo VI del libro de Josué que, dando vueltas el Arca del Señor alrededor de la ciudad de Jericó, cayeron sus muros, porque Ella es quien derrota a sus enemigos y a los de Cristo, como Ester a Amán, y como Judith a Holofernes, y como Jahel a Sísara, pues Ella es tan terrible para nuestros enemigos como un ejército en orden de batalla.

 

María, Arca del Testamento, en cuanto al honor que le es debido

 

Honrada con unánime favor

“Para acabar, debemos considerar el Arca en cuanto al honor que se le tributaba, para deducir de ahí el honor y la reverencia que se ha de tributar a la gloriosa Virgen.

“Ella, figurada en el Arca, ha de ser honrada con unánime favor, como se simboliza en el capítulo VIII del libro tercero de los Reyes: «Entonces todos los ancianos de Israel y los príncipes de las tribus, y los jefes de las familias de los hijos de Israel, se reunieron junto al rey Salomón en Jerusalén, para trasladar el Arca de la Alianza del Señor de la ciudad de David»; con esto se entiende que tanto grandes como pequeños deben unirse para honrar y reverenciar unánimemente a la gloriosa Virgen.

 

Honrada con humilde favor

“En segundo lugar, ha de ser honrada con humilde favor, como se describe en el capítulo VI del segundo libro de los Reyes: «David estaba ceñido con un cíngulo de lino. Y David y toda la casa de Israel condujeron el Arca del Testamento del Señor con júbilo y al son de trompetas». David, que honraba humildemente el Arca, simbolizaba a Cristo, que venera humildemente a su Madre, la Virgen gloriosa. Del mismo modo que, a ejemplo del rey, humillado, se humillaban con gusto los demás para glorificar el Arca, así, a ejemplo del verdadero David, Cristo, que se humilló para rendir honor a este Arca [María] –pues en el capítulo II de San Lucas consta que estaba sujeto a su Madre– los cristianos deben humillarse y rendirle tributo de honor. Porque como Ella es la maestra de la humildad, cuanto más alguien se humilla a sus pies, tanto mayor honra le tributa.

 

Honrada con solemne favor

“En tercer lugar, ha de ser honrada con solemne favor, como se dice en el capítulo VI del libro segundo de los Reyes: «Fue pues David y llevó el Arca de Dios de la casa de Obededon; y David llevaba consigo siete coros de músicos». Por estos siete coros, reunidos para tributar homenaje al Arca, se simboliza la comunidad de todos los fieles, que deben proceder distinta pero no confusamente, esto es, con orden, para cantar las alabanzas divinas. Y porque estos deben ser cantados con toda el alma, se añade que David tocaba los instrumentos de música y danzaba delante del Señor con todas sus fuerzas.

 

Honrada con infatigable favor

“En cuarto lugar, concluye San Buenaventura, el Arca ha de ser honrada con infatigable favor, como dice el capítulo III del libro primero de los Reyes: «Samuel dormía en el templo del Señor, donde estaba el Arca de Dios», porque atendía sin descanso al cuidado del Arca, cumpliendo lo que dice el Evangelio: «El que persevera hasta el fin, ese será salvo»”(2).

 

Garantía de protección divina

Haciéndose eco de la luminosa enseñanza del Doctor Seráfico, el P. Jourdain escribe:

“María es nuestra Arca de la Alianza. Cuando la elevamos y la conducimos delante de nosotros, siguiendo las sendas de la vida, Dios está con nosotros y podemos decir con Moisés: «Levántate Señor, y sean dispersos tus enemigos, y huyan de tu cara los que te aborrecen». Elevemos por tanto a María Santísima, glorificándola; conduzcámosla delante de nosotros, rogando a Ella sin cesar, imitando sus virtudes, y caminemos con confianza, bajo su poderosa protección. El propio Dios construyó la nueva Arca de la Alianza, y se dignó habitar en Ella. Él exaltó su obra predilecta sobre todas las criaturas, desde su Inmaculada Concepción. Y la elevó aún más alto cuando se encarnó en su seno, haciéndose su Hijo, sin quitar nada al brillo de su virginidad.

“Ese Arca santa es, pues, para nosotros, la fuente de innumerables bienes. En medio de los peligros, Ella es nuestro socorro, nuestra luz, nuestro consejo (...) y nuestro consuelo. Ella nos separa del mundo para unirnos con Dios, como el Arca separaba las aguas del Jordán: las aguas inferiores, el amor del mundo, corran; elévense las aguas superiores, el amor de Dios”(3).

 

Arca que detuvo las olas del pecado original

En el mismo milagro obrado por el Arca, al entrar en el río Jordán, San Francisco de Sales ve un simbolismo con la Concepción Inmaculada de María:

“Así como las aguas del Jordán se detuvieron al entrar en ellas el Arca, y dejaron cruzar a los israelitas, para entrar en la Tierra Prometida, así también las aguas del pecado original suspendieron su curso en señal de reverencia, respetando a María, el Tabernáculo de la Eterna Alianza”(4).

 

Fuente de gracia para los hijos, principio de muerte para los enemigos

Terminamos estas consideraciones sobre Nuestra Señora, Arca de la Alianza, con las palabras del P. Rolland, misionero apostólico de principios de este siglo, refiriéndose a aquella prefigura de la Virgen: “¡Qué hermoso símbolo de María, toda enriquecida del oro de las más bellas virtudes, y en quien los siete dones del Espíritu Santo brillaron con tan vivo fulgor! De María, en quien se escondió la divinidad, en quien reposó el Pan vivo, y que fue el santuario del divino alimento de nuestras almas, del supremo Rey, del supremo Sacerdote, del supremo Legislador. De María, la Madre de Dios, la Madre de las misericordias, por medio de quien el alma se libera de la esclavitud del demonio, atraviesa el Jordán, derriba las murallas de Jericó y conquista los más bellos triunfos. De María, fuente de gracias para sus fieles súbditos, pero principio de muerte para los que la insultan”(5).

 

+ EL TRONO DE SALOMÓN

El libro tercero de los Reyes, describiendo las glorias y riquezas de Salomón, hijo de David, nos presenta así su magnífico trono (X, 18-20): “Hizo el rey Salomón un gran trono de marfil y lo recubrió de oro puro. Tenía seis gradas y un escabel de oro; dos brazos a uno y otro lado de la silla y cerca de los brazos dos leones, y otros doce leones más pequeños sobre las seis gradas, de una y otra parte. No se hizo obra semejante en ningún otro reino (del mundo).”

Sin embargo, más que por su esplendor material, ese regio asiento valía por el hecho de simbolizar a Aquella que sería el riquísimo trono del verdadero Salomón, Nuestro Señor Jesucristo.

 

Obra-prima destinada al Divino Salomón

Recorramos algunas de las bellas páginas de la Mariología que evidencian a Nuestra Señora como representada por el trono del Rey Sabio.

Escribe el P. Jourdain:

“Entre las figuras que Dios produjo en el Antiguo Testamento para simbolizar a María y proporcionarnos una idea de sus sublimes perfecciones, cabe señalar el trono de Salomón, ese gran trono de marfil revestido de oro purísimo, ese trono maravilloso del cual el Espíritu Santo afirma que no existe otro semejante en reino alguno. Ese trono de marfil y de oro era la obra prima destinada al Rey Salomón: ¿Quién lo podrá comparar al trono que Dios preparó para sí mismo, la Bienaventurada Virgen María?

“¡Qué preciosa es la materia de ese trono! La carne de María debía proporcionar los primeros elementos del adorable Cuerpo de Jesús; y su alma había de ser aún más pura que esta carne virginal. ¿Con qué arte el Creador de todas las cosas, Aquel cuyas menores obras exceden todas las conjeturas del genio humano, con qué arte, digo, no trabajaría Él esta materia, al lado de la cual el oro y el marfil son menos que el polvo?

“El Padre trabajaba para la gloria de su Hijo, el Hijo trabajaba para su Madre, el Espíritu Santo trabajaba para su celestial Esposa. ¡Oh trono del Divino Salomón, qué bello sois, qué perfecto! (...)

 

Trono revestido de las más bellas virtudes

“Ese trono es grande por la propia humildad de María, cuya bajeza fue objeto de la mirada del Señor, para elevarla por encima de todas las criaturas. Es grande porque María poseyó, de modo incomparable, todos los dones naturales y sobrenaturales que Dios distribuía, con medida, entre las demás obras salidas de su adorable mano.

“Ese trono es de marfil, pues María es la Virgen de las vírgenes. Está completamente recubierto del oro más puro, porque Dios concedió a María la más ardiente y perfecta caridad, superando incluso la de los propios Querubines y Serafines.

“El trono de Salomón tenía seis gradas. La humildad de María, su virginidad, su espíritu de pobreza, su pudor, su paciencia y su templanza fueron las seis gradas de ese trono místico.

“La parte superior del trono era redondeada, lo que hace recordar la esperanza en las cosas celestiales. Los dos brazos que sustentaban el trono representan el respeto y el temor. María, en efecto, respetaba y temía a su Hijo: Ella veía en Él a su Señor y a su Dios. Había dos leones junto a los dos brazos, y otros doce leones más pequeños sobre las gradas. Las virtudes de María estaban bien guardadas, y los más poderosos Ángeles del Señor velaban junto a Ella para rechazar al enemigo de todo el bien.

 

Trono espiritual del verdadero Salomón

“Jesús encuentra su reposo en la virginidad de María, porque Ella ama la pureza. Él reposa sobre su caridad, pues ama la concordia entre los hermanos. Él reposa sobre su humildad, porque Le agrada el alma tranquila. María es su trono favorito, el lugar de su paz y de sus delicias”(6).

Este aspecto de Nuestra Señora en cuanto trono espiritual del Hijo de Dios nos es presentado también por otros ardorosos entusiastas de la Santísima Virgen. Para Fray Luis de Granada, Ella “es figura del hermosísimo trono de Salomón, del cual dice la Escritura que era hecho de marfil, y estaba revestido de un oro resplandeciente, y que obra como esa nunca fue realizada en ningún reino del mundo (III Reyes, X, 20). Todas estas cosas, todas perfectísimas convienen a esta sacratísima Virgen, como el trono espiritual de Aquel verdadero Salomón, pacificador del Cielo y de la tierra”(7).

A su vez, Santo Tomás de Villanueva comenta:

“El trono de Salomón era de marfil y de oro finísimo, con seis gradas y dos brazos. La Virgen es el trono de nuestro pacífico Salomón, de Nuestro Señor Jesucristo según la carne; la Virgen, digo, que Él formó de marfil y oro finísimo y limpísimo, porque la creó purísima e inmaculada.

“Las seis gradas son las virtudes de todas las jerarquías eclesiásticas que tuvo en sí, esto es, patriarcas, profetas, apóstoles, evangelistas, mártires, confesores, vírgenes, anacoretas. Y los dos brazos, la creación y la preservación del pecado. Escultura maravillosa y admirable obra del Excelso(8).

Y San Pedro Damián dice que “Nuestro Salomón, no solamente el más sabio de los Reyes, sino la propia sabiduría del Padre, no sólo el Rey pacífico, sino la paz, (...) preparó para sí un trono, el seno de la purísima Virgen. Sobre ese trono reposa la Majestad que, con una señal, estremece la tierra. (...)

“El marfil merecía ser empleado en esa obra maravillosa y sin igual. El marfil, en efecto, resplandece con admirable blancura; es sólido y resistente; es frío al natural. ¿Existe blancura más fulgurante que la virginidad de María, que atrae todas las miradas de admiración de la corte celestial? ¿Existe fuerza mayor que aquella de la que se sirvió la propia fuerza de Dios, para arrebatar al demonio sus armas? ¿Existe sustancia más extraña a todo fuego impuro, que la sustancia sombreada por la virtud del Altísimo, y defendida contra todo pecado por la plenitud del Espíritu Santo que descendió sobre ella?”(9).

 

Trono de Dios para los pecadores

Magnífico trono del Rey de reyes, “María es también un trono de Dios para los pobres pecadores. San Pablo en su Carta a los Hebreos, nos convida a aproximarnos a Ella: «Aproximémonos con confianza, dice él, al trono de la gracia».

“Aquellos que pecaron, arrastrados por deseos impuros, encontrarán misericordia al aproximarse a este trono. Aquellos que pecaron por ignorancia o ceguera, obtendrán la gracia de Dios, según la oportunidad del momento: «Ut gratiam inveniamus in tempore opportuno».

“María será el trono de Dios en el día del juicio; trono del cual partirá el rayo que espantará a los miserables, y que brillará como el sol, para alegrar a los buenos”(10).

 

+ BELLO IRIS CELESTE

La tierra volvió a su normalidad, después de la terrible inundación del diluvio. Noé, con sus hijos y todos los animales que se salvaron del castigo, desembarcaron. Iba a recomenzar la historia del mundo.

Después de bendecir a su fiel siervo, Dios dijo a Noé (Gen. IX, 9-17): “He aquí que voy a hacer una alianza contigo y con tu descendencia, y con todos los animales que salgan del Arca, y con todas las bestias de la tierra. Hago contigo el pacto de no volver a exterminar a todo viviente por las aguas del diluvio, y de que no habrá ya más un diluvio que destruya la tierra.

“Y Dios añadió: Ved aquí la señal del pacto que establezco con vosotros, y cuantos vivientes están con vosotros, por generaciones sempiternas: pondré mi arco en las nubes como señal de mi pacto con la tierra, y cuando cubriere yo de nubes la tierra, aparecerá el arco, y me acordaré de mi pacto con vosotros, y con toda alma viviente que anima la carne; y no volverán las aguas del diluvio a destruir toda carne que vive. Estará el arco en las nubes y Yo lo veré y me acordaré del pacto eterno que fue hecho entre Dios y toda alma viviente de toda carne que hay sobre la tierra.

“Y dijo Dios a Noé: Esta es la señal del pacto que establezco entre Mí y toda carne (que vive) sobre la tierra”.

 

ARCO-IRIS SOBRE LA IGLESIA DE DIOS

Atribuyéndose a sí misma la imagen del arco-iris, Nuestra Señora dirigió a Santa Brígida (1303-1373), palabras llenas de maternal y vigilante solicitud para con la Esposa Mística de Cristo. Pronunciadas en aquel lejano siglo XIV, muchas de ellas se aplican hoy en los confusos días en que vivimos.

Así se expresa la Santísima Virgen:

“Yo me extiendo sobre el mundo en continua oración, igual que sobre las nubes se encuentra el arco-iris que parece volverse hacia la tierra y tocarla en sus extremidades.

“Este arco-iris soy yo misma que, por mis oraciones, desciendo y me inclino sobre los buenos y los malos habitantes de la tierra. Me inclino sobre los buenos para ayudarlos a permanecer fieles y devotos en la observancia de los preceptos de la Iglesia; y sobre los malos, para impedirles que continúen en su maldad y se vuelvan peores.

“Pero os hago saber que, de una parte de la tierra, se elevan horribles nubes para obscurecer el brillo de este arco radiante. Por esas nubes entiendo aquellos que llevan una vida incontinente, que son insaciables del dinero, como los remolinos y los abismos del mar, o que por orgullo derrochan insensatamente la fortuna, como un torrente impetuoso vierte sus aguas.

“Varios, ya entonces, administradores de la Iglesia, se abandonan a esos tres excesos, y sus horribles pecados llegan hasta el Cielo, en presencia de la Divinidad, para estorbar mi oración, como las nubes lo hacen contra el brillo del arco-iris. Además los que deberían unirse a Mí para calmar la cólera de Dios, antes la provocan y la atraen sobre sí. Tales ministros no debían ser glorificados en la Iglesia.

“Por tanto, todo aquel que quiera trabajar para que permanezca inquebrantable el fundamento de la Iglesia, y se renueve esa bendita viña que el Señor plantó con su Sangre, que ese se anime, y caso de que se juzgue incapaz para esa tarea, Yo, Reina del Cielo, vendré a él con todos los Ángeles para ayudarlo, extirpando las hierbas dañinas, arrancando los árboles estériles y lanzándolos al fuego, sustituyéndolos por plantas vigorosas y fructíferas.

“Por esta viña entiendo la Iglesia de Dios, en la cual hay que renovar la humildad y el amor divino”. (Santa Brígida.- Celestiales revelaciones, Apostolado de la Prensa, Madrid 1901. Libro III, rev. III, pp. 143-44.)


La Inmaculada Concepción: preámbulo de la era de paz entre Dios y los hombres

Si, pues, un hermoso y diáfano arco-iris nos evoca el solemne pacto establecido entre Dios y los hombres, aquel nos debe recordar también a la Santísima Virgen, de quien es la armoniosa figura.

En efecto, el iris de la bonanza “encierra un simbolismo de reconciliación entre Dios y los hombres, y de paz, bien histórica (Génesis), bien literaria. Los dos caracteres que en él se encuentran –belleza y pacificación– los vemos realizados en María, y en su inmaculada belleza que es considerada, desde el primer instante, la obra-prima de Dios.

“El hecho de una hija de Adán ser concebida sin pecado original, es el preámbulo de una nueva era de paz y de reconciliación que Cristo trajo a la tierra”(11).

 

Arco-iris que une la Iglesia triunfante a la Iglesia militante

Ilustrando su discurso sobre el Santo Nombre de María, San Bernardino de Siena comenta:

“Las estrellas del firmamento sirven para mantener el orden y la estabilidad en el mundo inferior: ellas son como las medianeras entre el Cielo y la Tierra. Tal es precisamente la función de la Bienaventurada Virgen, Señora y Reina de este mundo. Ella une y concilia la Iglesia triunfante y la Iglesia militante. Su nacimiento anuncia que, de ahora en adelante, habrá paz entre el Cielo y la Tierra.

“Ella es el arco-iris dado por el Señor a Noé en señal de alianza, y como signo de que el género humano no será destruido más. ¿Y por qué? Porque Ella dio a la luz a Aquel que es nuestra paz, Aquel que de dos naturalezas hizo una sola Persona, Aquel que reúne en Sí mismo a Dios y al hombre, para confirmar la paz”(12).

 

Arco-iris que aplaca la cólera divina

El P. Jourdain, en su obra dedicada a las grandezas de María escribe: “El arco-iris alegra la tierra y le proporciona una lluvia abundante y benéfica. De igual modo, María consuela a los débiles, llenando de júbilo a los afligidos e inundando copiosamente los áridos corazones de los pecadores, por la fecunda lluvia de la gracia. (...)

“Dios contempla ese arco-iris —María Santísima—, extendiendo su protección sobre la tierra. Y a pesar de los pecados de los hombres, a pesar de las nubes acumuladas por su justa cólera, Él se acuerda de su misericordia. Perfectamente se refiere a María cuando Dios dice a Noé: «Pondré mi arco en las nubes y él será la señal de la alianza entre Mí y la tierra»(13).

 

Arco-iris formado con los siete dones del Espíritu Santo

Con sugerente unción, el P. Thiébaud interpreta del siguiente modo este símbolo de Nuestra Señora:

“Cuando después de una tempestad, observamos el arco-iris desde las nubes hasta la tierra, no podemos impedir el admirar ese bello manto, tejido con los siete colores básicos, verdadero símbolo de la misericordia. Pero el esplendor de ese fenómeno se eclipsa en presencia de María, en la cual los siete dones del Espíritu Santo refulgen con tanta magnificencia. Si, durante la tormenta del Calvario, María quiso tomar el nombre de Nuestra Señora de los Siete Dolores, fue también para que su rica vestimenta, reflejando esperanza, se volviese para nosotros un verdadero arco-iris, en las tristes circunstancias de nuestra vida”(14).

 

En María, Dios cumple su promesa de alianza con el mundo

Sobre esa luminosa prefigura de la Virgen, otro ilustre mariólogo comenta:

“El arco que Dios hizo aparecer entre las nubes, para tranquilizar a su siervo Noé y a sus descendientes; para ser un brillante testimonio de su reconciliación con el mundo, del pacto que Él contrajo con toda carne viviente sobre la tierra; ese arco-iris que no centellea sino con el brillo radiante de los rayos del sol, ¿no es él una conmovedora imagen de María, la Madre de Jesús, por la cual Dios cumplió su promesa, una vez que de Ella salió Aquel en quien son bendecidas todas las naciones?”(15).

El arco-iris es, pues, el gracioso símbolo de Nuestra Señora, “reconciliadora del Cielo con la tierra. María es el instrumento de la alianza entre Dios y los hombres. Cuando nuestras iniquidades irritan al Señor y piden venganza, la Santísima Virgen interviene, tan eficazmente, que Dios se deja doblegar y perdona: Refugium peccatorum, ora pro nobis, — Refugio de los pecadores, ruega por nosotros!”(16).

 

+ LA ZARZA ARDIENTE DE LA VISIÓN

Este símbolo de María Santísima se nos presenta en el siguiente pasaje de la Escritura (Ex. III, 1-8):

“Apacentaba Moisés el ganado de Jetró, su suegro, sacerdote de Madián. Llevóle un día más allá del desierto; y llegando al monte de Dios, Horeb, se le apareció el ángel de Yavé en llama de fuego en medio de una zarza. Veía Moisés que la zarza ardía y no se consumía, y se dijo: Voy a ver qué gran visión es ésta y por qué no se consume la zarza. Vio Yavé que se acercaba para mirar, y le llamó en medio de la zarza: ¡Moisés!, ¡Moisés!. Él respondió: Aquí estoy. Yavé le dijo: No te acerques. Quítate las sandalias de tus pies, que el lugar en que estás es tierra santa; y añadió: Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob. Moisés se cubrió el rostro, pues temía mirar a Dios.

“Y Yavé le dijo: He visto la aflicción de mi pueblo en Egipto y he oído los clamores a causa de sus capataces, pues conozco sus angustias. Y he bajado para librarle de las manos de los egipcios y subirle de esa tierra a una tierra fértil y espaciosa, una tierra que mana leche y miel.”

 

Símbolo de María virgen durante el parto

A respecto de la zarza ardiente e incombustible, en cuanto imagen de Nuestra Señora, San Bernardo comenta:

“¿Qué prefiguraba en otro tiempo aquella zarza de Moisés, ardiendo, pero sin extinguirse, sino a María dando a luz sin experimentar los dolores del parto?”(17).

Semejante es la consideración del P. Juan Colombo, que escribe:

“¡Cuántos siglos habían esperado a María, llamándola con lágrimas y suspiros! (...) La esperó el tiempo de Moisés y no la vio sino simbolizada en una zarza ardiendo e incombustible; así como aquella zarza podía arder y no se consumía, así también María podía dar a luz al Hijo de Dios sin dejar de ser Virgen”(18).

Y Santo Tomás de Villanueva, con elocuente entusiasmo, exclama:

“Bien recordáis ¡oh Virgen!, aquella zarza que ardía y no se quemaba. Así formáis Vos, sin corromperos, un sólo cuerpo con el divino fuego; lo revestís de carne y Él os bañará de esplendor; Vos lo coronaréis con la diadema de la mortalidad y Él os ceñirá la corona de gloria. Seréis una virgen fecunda, una madre sin corrupción. Sólo en Vos estarán asociadas la virginidad y la maternidad; poseeréis al mismo tiempo, la felicidad de ésta y el pudor de aquella”(19).

 

Llamas de amor divino que purifican la tierra

“María Santísima — escribe el docto Nicolás —, es la zarza ardiente en la cual el Señor se apareció a Moisés entre las llamas de un fuego que salía de la misma zarza sin consumirla. Zarza virginal que en nada se quema con el fuego de un parto divino, y de donde brotan esas llamaradas de amor celestial que abrasarán y purificarán la tierra”(20).

 

Zarza ardiente, en la cual habitó el Señor

También sobre este símbolo de la Santísima Virgen, encontramos en el P. Rolland estas bellas y fervorosas palabras:

“En la soledad del desierto, Moisés contempla la zarza ardiente: en el desierto del mundo, tan árido para el bien, María hace su aparición. La zarza está toda penetrada de llamas abrasadas por los Ángeles, en medio de las cuales Dios se manifiesta y habla a su siervo. Dios es un fuego que consume y Él viene a habitar en María, y dirige a su corazón las más sublimes palabras. Ante el milagro de la zarza que arde sin consumirse, Moisés se queda maravillado: ante el prodigio de María que recibe en sí el Verbo hecho carne y que mantiene el tesoro de su virginidad, hay una razón incomparablemente mayor para maravillarse.

“Todo es milagro en María, pero sobre todo en el misterio de la Encarnación, principio de la Salvación del mundo, fuente fecunda de la pureza y de la virginidad. Así debemos ofrecer a Dios el homenaje de nuestra alabanza por ese insigne acto de su Omnipotencia”(21).

 

Veneración y amor a María, “zarza ardiente de la visión”

“¡Ah! si Dios dijo a Moisés desde la ardiente zarza: «No te acerques; quítate las sandalias de tus pies, porque el lugar en que estás es tierra santa»; ¿qué obsequio, qué reverencia no debemos profesar a la Mujer vestida de sol, de justicia y de santidad, de la cual sólo era una figura la zarza incandescente?

“Pero a su inmensa grandeza, une María una profunda bondad. ¿Y quién podrá decir, de cuantos encontraron en su clemente benignidad el perdón, el refugio y la salvación del alma, que se vieron obligados a bendecirla como Reina de misericordia?

“Así, pues, veneremos a María como súbditos a la Soberana; pero al mismo tiempo, amémosla como hijos a la Madre. No nos apartemos de su presencia sin encomendar nuestra vida, nuestra muerte, nuestra eterna salvación. Y Ella, llena de bondad, escuchará nuestras súplicas; llena de poder, atenderá nuestras oraciones, y sin duda experimentaremos los saludables efectos de su protección”(22).

 

+ VOS SOIS LA VIRGEN FLORIDA

La alabanza, en síntesis, se remonta al estupendo milagro obrado por Dios en el Antiguo Testamento, cuando hizo florecer la vara de Aarón. Quiso el Señor por medio de ese admirable hecho, declarar que el oficio divino quedaría vinculado a la familia del hermano de Moisés.

En efecto, Aarón ejercía el cargo de Sumo Sacerdote, auxiliado por los hijos de Leví. Ambiciosos por los honores, los otros judíos se pusieron a murmurar.

Dijo entonces el Señor a Moisés (Núm. XVII, 1-9): «Habla a los hijos de Israel y haz que te entreguen una vara cada uno de los príncipes de la casa patriarcal, una por cada una de las doce casas patriarcales, y escribe en cada una el nombre de una de ellas. Ponlas todas en el tabernáculo, delante del testimonio, desde el que Yo hablo. Florecerá la vara de aquel a quien Yo elija y (de esta manera) cesarán las quejas y murmuraciones de los hijos de Israel contra vosotros. Habló Moisés a los hijos de Israel, y todos sus jefes le entregaron las varas, una por cada casa patriarcal, doce varas; a ellas se unió la vara de Aarón, y Moisés las puso todas ante el Señor en el Tabernáculo del Testimonio. Al día siguiente, vino Moisés al tabernáculo, y la vara de Aarón, la de la casa de Leví, había echado brotes, yemas, flores y almendras. Devolvió Moisés las varas a los hijos de Israel y tomó cada uno su vara».

 

Vara de la cual nació Jesucristo, flor de salvación y fruto de la vida

Según el P. Jourdain, “la vara de Aarón cubierta de hojas, de flores y de frutos, fue también figura de María.

“Esa vara que floreció por un prodigio y dio su fruto sin haber sido plantada, y sin tener raíces ni savia fecundante, simboliza admirablemente a María que, colocada en el Tabernáculo y siendo Ella misma el templo vivo del Espíritu Santo, concibió sin intervención humana, y sin ninguna ayuda terrenal dio a luz ese bendito fruto que proporciona a todos los hombres y en ellos conserva la vida sobrenatural del alma”(23).

Considerando el milagro de la vara cubierta de flores, escribe Henry Le Mulier, basándose en los testimonios de los Santos Padres:

“¿Quién no reconocerá, bajo este emblema, a la Virgen salida de la raíz de Jesé, a la verdadera Madre de Dios? La vara de Aarón dio flores y frutos: así María dio a luz a Nuestro Señor Jesucristo, verdadera flor de salvación, único fruto de la vida.

“Esta vara no fue plantada, no pudo tomar de los nutrientes que sirven habitualmente para alimentar la planta. Sin embargo, se llenó de savia y se cubrió de yemas; así la Virgen concibió sin ayuda terrenal, sin nada que estuviese en contacto con la corrupción del mundo.

“La vara de Aarón es toda blanca, sin corteza y sin nudos, para representar mejor la albura y la pureza de María, en quien no se encuentra el meollo del pecado original, ni la corteza del pecado actual.

“Aquella vara se yergue derecha, sin semillas ni brotes, llevando en su extremo, flores y frutos; así, la Virgen de Jessé, aunque salida de la sinuosa raíz de los patriarcas y de los profetas, se eleva enhiesta como el junco de los pantanos, trayendo en su ápice la flor de los Cánticos.

 

Vara que dio testimonio en favor del Divino Sacerdote

“La vara del hermano de Moisés era una rama de almendro, como lo hicieron saber la flor y el fruto, para significar que, así como el almendro anuncia la venida del sol y testimonia su presencia, ya que es la primera de todas las plantas que se llena de flores en primavera y la última que pierde sus hojas, así la venida de María fue el anuncio del Adviento de su Hijo, y su presencia es señal segura de la presencia del Hijo.

“La vara de Aarón se volvió fértil milagrosamente para dar testimonio en favor del Sumo Sacerdote figurativo. El propio Espíritu de Dios descendió sobre María y la hizo fecunda, para la consagración del Sacerdote eterno según la orden de Melquisedec”(24).

 

Vara sublime que se eleva hasta el trono de Dios

Inspirado por su ardoroso amor a la Virgen florida, exclama San Bernardo:

“¿Qué significaba aquella vara de Aarón, que floreció estando seca, sino a María concibiendo sin concurso de varón? No dañó el verdor de la vara la salida de la flor, ni el pudor de la Virgen el parto sagrado.

“La Virgen Madre de Dios es esta vara, y su Hijo, la flor. Flor sin duda es el Hijo de la Virgen, flor cándida y amarilla, elegida entre mil, flor en la que los Ángeles desean mirarse, flor cuya fragancia resucita a los muertos, y, como él mismo afirma, la flor es del campo y no de huerto. Florece sin participación alguna del hombre. Nadie la siembra, ni es tratada con abonos. Así floreció completamente el seno de la Virgen. Así, las entrañas íntegras, intactas y castas de María, como prado de eterno verdor, produjeron la flor, cuya hermosura no experimentará la corrupción, y cuya gloria es imperecedera por siempre.

“¡Oh Virgen, vara sublime, a qué altura elevas tu sagrada copa! ¡Hasta Aquel que está sentado en el trono, hasta el Señor de la Majestad!”(25).
___________________________

1. ) San Juan Eudes, op.cit., p. 49

2. ) San Buenaventura, op.cit., t. IV, pp. 935-951

3. ) P. Z.-C. Jourdain, op.cit., t. I, pp. 481-482

4. ) San Francisco de Sales, en Pequeño Oficio de la Inmaculada Concepción, ...... con comentarios [Ed. Paulinas], p. 109..

5. ) P. Ch. Rolland, op.cit., t. I, pp. 148-149.

6. ) P.Z.-C.Jourdain, op.cit., t. I, pp. 536-537; t. VII, pp. 264-265.

7. ) Fr Luis de Granada, op.cit., p.734.

8. ) Santo Tomás de Villanueva, op.cit., p.130.

9. ) San Pedro Damián, Serm. 1 de Nativ. B.M.V., apud P. Z.C. Jourdain, op.cit., t. I, p. 215.

10. ) P. Z.-C. Jourdain, op.cit., t. I, pp. 536-537.

11. ) Del Pequeño Oficio de la Inmaculada Concepción, ... con Comentarios [Ed. Paulinas], pp. 105-105..

12. ) San Bernardino de Siena, “Serm. en la fiesta del Santo Nombre de María”, apud P. Z.-C. Jordain, op., cit., t. V, p. 620.

13. ) P. Z.-C. Jourdain, op.cit., t. III, p. 155; t. I, p. 432.

14. ) P. Thiébaud, Les Litanies de la Sainte Vierge expliquées et commentées, Jacques Lecoffre, París, 1864, 3ª ed., t. I, p. 64.

15. ) Henry Le Mulier, De la Très-Sainte Vierge d'aprés les Saintes Écritures et les Pères de l'Église, Pilon, París, 1854, t. I, p. 77.

16. ) P. Ch Rolland, op.cit., t. I, p. 152.

17. ) San Bernardo, op.cit., t. I, p. 195.

18. ) P. Juan Colombo, Pensamientos sobre los Evangelios, Ed. Paulinas, São Paulo, 1960, 2ª ed., pp. 1211-1212.

19. ) Santo Tomás de Villanueva, op.cit., p. 306.

20. ) Auguste Nicolas, op.cit. t. II, p. 99.

21. ) P. Ch Rolland, op.cit., t. I, pp. 149-150.

22. ) Fr. Ramon Buldú, O.F.M., y otros, Tesoro de Oratoria Sagrada, Pons y Cia Editores, Barcelona, 1883, 2ª ed., t. IV, p.231.

23. ) P. Z.-C. Jourdain, op.cit., t. I, p. 485.

24. ) Henry Le Mulier, op.cit., t. I, pp. 82-83.

25. ) San Bernardo, op.cit., t. I, pp. 165-166, 195-196.


Volver al Índice