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Oficio de la Inmaculada

 

+ EL VELO DE GEDEÓN

Nos relata el Libro de los Jueces que los judíos imploraron socorro a Dios contra sus perseguidores, pues hacía siete años que se encontraban bajo la esclavitud de los madianitas.

Envió entonces el Señor un Ángel a Gedeón “el más valiente de los hombres”, confiándole la misión de liberar a Israel del yugo madianita.

Sin embargo, no sólo por ser él el último hijo de la última familia de la tribu de Manasés, sino también por el hecho de ser 140.000 los guerreros adversarios, Gedeón tuvo miedo de no tener éxito en la empresa que Dios le había confiado. Sin la asistencia certera del Cielo, seguro que sucumbiría. Así propuso al Señor (Jc. VI, 36-40): “Gedeón dijo a Dios: «Si verdaderamente vas a salvar por mi mano a Israel, como has dicho, yo voy a tender un vellón sobre la era; si hay rocío solamente sobre el vellón y todo el suelo queda seco, sabré que tú salvarás a Israel por mi mano, como has prometido.»

“Así sucedió. Gedeón se levantó de madrugada, estrujó el vellón y exprimió su rocío, una copa llena de agua.

“Gedeón dijo a Dios: «No te irrites contra mí si me atrevo a hablar de nuevo. Por favor, quisiera hacer por última vez la prueba con el vellón: que quede seco sólo el vellón y que haya rocío por todo el suelo.» Y Dios lo hizo así aquella noche. Quedó seco solamente el vellón y por todo el suelo había rocío.”

 

Símbolo de la Inmaculada Concepción y de la plenitud de la gracia de María Santísima

Admirable símbolo de María Santísima fue el velo de Gedeón, prueba milagrosa de la soberana e irreversible promesa de asistencia, por parte de Dios. Así como lo hizo con relación a este vellón de lana, “también en favor de la Santa Oveja que debía dar a luz al Cordero de Dios, se dignó el Señor obrar milagros de excepción.

“Sólo Ella fue completamente santificada desde el primer instante de su Concepción. Mientras que las almas son, al comienzo de su existencia, totalmente privadas de la gracia santificante, áridas para el bien, desprovistas de toda flor, de todo fruto, de toda virtud, María es inundada de las gracias de Dios, ella es toda hermosa ante el Señor, y posee la plenitud de la santidad.

“Sólo María, en medio del diluvio de iniquidad que cubre la tierra y mancha a los hijos de Adán, fue totalmente preservada del pecado, y ni siquiera la menor sombra de falta tocó su alma. Ella fue la señal que anuncia la derrota de nuestros enemigos, la liberación del universo. Sólo ella fue la Madre de la divina gracia, que se extendió sobre el mundo para purificarlo y santificarlo.

“Por tanto, con un entusiasmo lleno de reconocimiento la Iglesia canta, dirigiéndose al verdadero Gedeón, al vencedor del demonio, a Nuestro Señor Jesucristo: «Cuando nacisteis inefablemente de la Virgen, se cumplieron entonces las Escrituras: bajasteis como la lluvia sobre un velo para salvar al género humano. Nosotros os alabamos, ¡oh Dios nuestro!»”(1).

Comenta Fray Tiago Monsabré, O.P.: “El velo de Gedeón, ora empapado de rocío celestial en un suelo árido, ora intacto bajo los torrentes de lluvia que corren a su alrededor, es María inundada por la gracia de Dios, desde el primer instante de su Inmaculada Concepción, cuando aquella falta en cualquier criatura humana; es María preservada del pecado, cuando éste penetra en toda alma viviente”(2).

 

Velo que recibió el Divino Rocío

También sobre esta maravillosa figura de Nuestra Señora, Nicolás escribió:

“María es el blanco velo de Gedeón, que recibe el rocío del Cielo, mientras ninguna parte de la tierra lo disfruta todavía. Rocío del que decía el Profeta: «Cielos, haced llover al Justo»; y del que cantaba David: «Descenderá como el rocío sobre la lana de los rebaños», sin ruido ni pérdida, recogido y mantenido completamente por la dulce consistencia de este velo [María], cuya flexibilidad no le opone resistencia alguna, sin sufrir por esto la menor pérdida en su casta integridad”(3).


Conmovedora figura de la humanidad de Nuestra Señora

Resumiendo la opinión de los autores eclesiásticos a respecto del Velo de Gedeón, Le Mulier enseña:

“Los Santos Padres consideran este velo como una de las más conmovedoras figuras de la humanidad de la Madre de Dios, verdadera imagen de dulzura y de mansedumbre, sagrado fragmento de pureza y de inocencia, destinado para ser teñido en escarlata, y servir en la confección del manto real del Salvador.

“En efecto, ¿no es de este velo bendito del que fueron tejidas todas las vestiduras de salvación para todas las naciones de la tierra?. ¿No salió de él el Cordero sin mancha, el cual, revestido de esta lana, esto es, de la carne de su Madre, vino a sanar y a curar las llagas del mundo?

“Aunque el toisón ciña el cuerpo, no se resiente de las pasiones ni de las enfermedades de la carne; así la Santísima Virgen, viviendo en un cuerpo mortal y corruptible, fue exenta de todos los vicios, de todas las imperfecciones inherentes a la humanidad.

“Fueron su candura, su pureza, las que hicieron descender el celestial rocío en el seno de María, como sobre un velo blanco y limpio. Fue atraída por María que la Divinidad habitó completa en nuestra carne, a fin de que, estando un día clavada sobre el Madero, ella irrigase toda la tierra con la deseada lluvia de la salvación.

“El velo de Gedeón fue inicialmente inundado de rocío , permaneciendo seca toda la tierra. Así, la Virgen fue la primera llena de la gracia del Señor, de la cual era la única digna y la única capaz de atraerla hasta nosotros.

“Y el velo, habiendo sido empapado, al día siguiente toda la tierra fue inundada de este celestial rocío. Es así como María, siendo la primera en recibir la plenitud de la Divinidad, por el hecho de ser ella la única digna de tal [esplendor], la lluvia, antes caída sobre el toisón, se precipitó después en torrentes sobre el mundo, por la palabra de los Apóstoles y de los predicadores, como el agua de los tejados por los regueros en un día de tempestad.

 

Señal de Redención del género humano

“Gedeón toma el velo empapado por el rocío, lo exprime y llena un gran vaso de agua, para darnos a entender que, así como Dios, en su Sabiduría, llena ese toisón de rocío antes de dejar caer una sola gota sobre la tierra, queriendo rescatar al mundo, encerró Él, primeramente, en el seno de María, todo el precio de nuestra Redención.

“Y, del mismo modo que esa señal fue dada a Gedeón como indicio de que Dios quería librar a su pueblo de la mano de los madianitas, así la venida del Verbo Divino en el seno de la Virgen fue un testimonio cierto de que Dios deseaba liberar al mundo de la tiranía de Satanás”(4).

“¡Oh! hombre —exclama el Pe. Jourdain—, admira los designios de Dios, reconoce las vías de su Sabiduría y de su Misericordia. Queriendo derramar el rocío celeste sobre la tierra, Él empapó antes el velo; queriendo rescatar al género humano, su precio lo depositó en María. Elevemos, por tanto, nuestros ojos y consideremos con qué sentimientos de devoción Él desea que honremos a María, pues Él La enriqueció con la plenitud de sus bienes. Esto significa que toda nuestra esperanza debe estar en ella, y que es por ella, como de una fuente abundante, por donde deben llegar sobre nosotros las gracias de la salvación”(5).

 

+ DIVINO PORTAL CERRADO

Así escribe Ezequiel al registrar una de sus proféticas visiones (Ez.XLIV,1-2):

“Y (el Ángel) me hizo volver después para el camino de la puerta del santuario exterior, que miraba hacia oriente, y que estaba cerrada. Y el Señor me dijo: Esta puerta estará cerrada; no se abrirá y nadie pasará por ella; porque el Señor Dios de Israel entró por esta puerta, y ella permanecerá cerrada”.

 

Símbolo de la perpetua virginidad de María

“En esta puerta misteriosa —escribe el Pe. Félix Cepeda, C.F.M.—, los Santos Padres, especialmente San Agustín y San Jerónimo contra Elvidio, ven figurada la virginidad de María después de su glorioso parto, hasta su muerte. Fue Virgen al concebir y al dar a luz a Jesucristo, y será perpetuamente Virgen. Había ofrecido a Dios como voto esa fragantísima azucena, y no faltó a su promesa. El Hijo perfecto, que es unigénito en el Cielo, ha de ser también único en la tierra.

“Después del parto ¡oh Virgen!, permaneciste Inmaculada!”(6).

Enumerando los símbolos de la excelsa virginidad de Nuestra Señora, comenta Fr. Luis de Granada:

“Es igualmente simbolizada por aquella puerta oriental que vio el profeta Ezequiel (...). Porque nadie entró por aquella puerta, sino exclusivamente el Hijo de Dios, porque sólo Él era su amor, su pensamiento, su deseo, sus cuidados y su continua añoranza”(7).

también San Ambrosio basa su opinión en favor de la perpetua virginidad de Nuestra Señora en el citado párrafo de Ezequiel. Dice él:

“¿Cuál es esta puerta, sino María? ¿Y por qué esta puerta está cerrada, sino porque la virginidad de María no sufrió con su maternidad divina?. «Esta puerta estará cerrada y no se abrirá», dice el profeta. María es esta puerta. Jesucristo entró por ella en este mundo, respetando el sello virginal con que estaba marcada, así como Él salió del sepulcro sin quebrar la piedra, y entró en el cenáculo estando las puertas cerradas.

“Esta puerta misteriosa permaneció cerrada antes y después de pasar el Señor, porque estaba reservada únicamente para Él. «Ella no se abrirá y nadie pasará por ella; porque el Señor Dios de Israel», entró por esta puerta para habitar entre nosotros.

 

Puerta que dio paso al Sol de Justicia 

“Esta puerta miraba hacia oriente, porque de ella salió el Oriente; ella dio a luz al Sol de Justicia. Y el que pasó por esta puerta es el mismo de quien dice David en el salmo CXLVII: «Alabad ¡oh Jerusalén! al Señor; alabad ¡oh Sión! a vuestro Dios; porque Él fortificó los cerrojos de vuestras puertas». Alaba a tu Dios ¡oh María! porque el nacimiento de tu Divino Hijo consagró e hizo para siempre gloriosa vuestra purísima virginidad"(8).

Y San Jerónimo, animado de ardiente celo en favor de la intacta virginidad de María, escribe:

“Virgen fue Cristo, virgen perpetua fue su Santísima Madre; madre y virgen al mismo tiempo, en cuyo seno cerrado entró Cristo. Esta es la puerta oriental, como dice Ezequiel, siempre cerrada y siempre brillante, ocultándose y dándonos de sí misma el Sancta Sanctorum; [puerta] a través de la cual entra y sale el Sol de Justicia y Pontífice nuestro, según el orden de Melquisedec"(9).

Conforme a las enseñanzas de San Ambrosio y de San Jerónimo, y con análogo fervor, comenta Santo Tomás de Villanueva:

“¿Qué significa puerta cerrada, sino el sello del pudor, la integridad de la carne inmaculada? Pues no sufrió detrimento en el parto La que en la concepción recibió aumento de santidad.

“También se ha de notar, en esta profecía de Ezequiel, que aquella puerta del santuario cerrada, miraba hacia oriente, y que solamente el Señor Dios de Israel entró por ella, precisamente para ofrecer el sacrificio.

“¿Qué puerta oriental es ésta sino la Virgen, mediante la cual brilló la luz en todo el mundo? ¿No es propiamente oriental la que engendró el Sol de Justicia?. pues de ti nació el Sol de Justicia, nuestro Dios. Sólo Cristo, Príncipe y Sacerdote, entró a través de esta puerta en el mundo para ofrecer el sacrificio; esto es, su muerte en la Cruz, pues vino al mundo para ofrecerlo al Señor”(10).


+ EL PANAL DEL FUERTE SANSÓN

Juez de Israel, dotado de una fuerza extraordinaria cuando el Espíritu Santo lo tomaba, Sansón decidió desposarse con una mujer de los filisteos, pueblo que entonces oprimía a los hijos de Jacob.

Al conocer este insólito deseo de Sansón, su padre y su madre, perplejos, le dijeron (Jc. XIV, 3-19): “¿No hay ninguna mujer entre las hijas de tus hermanos y en todo mi pueblo, para que vayas a tomar mujer entre esos filisteos incircuncisos? Pero Sansón respondió a su padre: Toma a ésa para mí, porque esa es la que me gusta. Su padre y su madre no sabían que esto venía de Yahveh, que buscaba un pretexto contra los filisteos, pues por aquel tiempo los filisteos dominaban a Israel.

 

Sansón y el panal de miel

“Sansón bajó a Timná y al llegar a las viñas de Timná, vio un leoncillo que venía rugiendo a su encuentro. El espíritu del Señor le invadió, y sin tener nada en la mano, Sansón despedazó al león como se despedaza un cabrito; pero no contó ni a su padre ni a su madre lo que había hecho. Bajó y habló con la mujer, la cual le agradó.

“Algún tiempo después, volvió Sansón para casarse con ella. Dio un rodeo para ver el cadáver del león y he aquí que en el cuerpo del león había un enjambre de abejas con miel. La recogió en su mano y según caminaba la iba comiendo. Cuando llegó donde su padre y su madre les dio miel y comieron, pero no les dijo que la había cogido del cadáver del león.


Enigma propuesto por Sansón

“Su padre bajó donde la mujer y Sansón hizo allí un banquete, pues así suelen hacer los jóvenes (novios). Pero, al verle, eligieron treinta compañeros para que estuvieran con él. Sansón les dijo: «Os voy a proponer una adivinanza. Si me dais la solución dentro de los siete días de la fiesta y acertáis, os daré treinta túnicas y treinta mudas. Pero si no podéis darme la solución, entonces me daréis vosotros treinta túnicas y treinta mudas.» Ellos le dijeron: «Propón tu adivinanza, que te escuchamos.» El les dijo: «Del que come salió comida, y del fuerte salió dulzura.»

“A los tres días aún no habían acertado la adivinanza. Al cuarto día dijeron a la mujer de Sansón: «Convence a tu marido para que nos explique la adivinanza. Si no, te quemaremos a ti y a la casa de tu padre. ¿O es que nos habéis invitado para robarnos?» La mujer de Sansón se puso a llorar sobre él, y dijo: «Tú me odias y no me amas. Has propuesto una adivinanza a los hijos de mi pueblo y a mí no me la has explicado.» Él le respondió: «Ni a mi padre ni a mi madre se la he explicado ¿y te la voy a explicar a ti?»

“ella estuvo llorando encima de él los siete días que duró la fiesta. Por fin el séptimo día se la explicó, porque lo tenía asediado y ella explicó la adivinanza a los hijos de su pueblo. El séptimo día, antes que entrara en la alcoba, la gente de la ciudad dijo a Sansón: «¿Qué hay más dulce que la miel, y qué más fuerte que el león?» El les respondió: «Si no hubierais arado con mi novia(11), no habríais acertado mi adivinanza.»

“Luego el espíritu del Señor le invadió, bajó a Ascalón y mató allí a treinta hombres, tomó sus despojos y entregó las mudas a los acertantes de la adivinanza; luego, encendido en cólera, subió a la casa de su padre.”

 

Panal que trajo al autor de la vida

En el panal de miel, extraído del cadáver de un león, “se considera la imagen de la vida que se encuentra en el propio seno de la muerte, y la dulzura de la miel sabrosa, recogida en un lugar que naturalmente provoca asco y repugnancia.

“Así como el panal trae la miel, María aunque poseedora de una naturaleza mortal, trajo dentro de sí al autor de la vida. No podía la miel celestial querer otro panal que no fuese el purísimo y blanquísimo panal del inmaculado seno de María”(12).


Los labios de María son como un panal de miel

Y el Pe. Rolland refiere así la extraordinaria dulzura de la Madre de Dios:

“Si es verdad que la [virtud de la] dulzura está en proporción con la de la pureza, la humildad y la caridad, ¿qué cima de perfección alcanzaría la dulzura de María, la más pura, la más humilde y la más amable de las criaturas?

“en María no hubo jamás dureza, ni frialdad, ni inconstancia de ánimo, sino la gracia , la amenidad, y la cordialidad perfectas. ¡Qué dulce y amable fue ella en la casa de San Joaquín y Santa Ana, en el templo de Jerusalén, en el exilio, en Nazaret, durante la Pasión y durante su permanencia en la tierra, después de la Ascensión!. ¡Aproximarse a ella, verla, oírla, era una felicidad indecible!.

“Su inigualable dulzura nos es afirmada por el propio Espíritu santo. Se refería a ella cuando, describiendo a la mujer ideal, dijo: «ella abrió su boca a la sabiduría, y una ley de dulzura reside en sus labios».

“La Santa Iglesia, en su liturgia, no deja de resaltar la amabilidad de María, en estos breves y expresivos términos: «Vuestros labios son como un panal de miel que destilan suavidad; la leche y la miel están sobre vuestra lengua, vuestras palabras son deliciosas».

“Que la inefable dulzura de María excite, por tanto, nuestra entusiasmada admiración, nuestra confianza sin límites y, sobre todo, nuestra generosa imitación"”(13).

 

+ CONVENÍA, CIERTAMENTE, QUE LA MADRE DE TAN NOBLE HIJO NO TUVIESE

+ DE EVA LA MANCHA, Y RESPLANDECIESE CON TODO SU BRILLO.

 

Incomparable brillo de la Inmaculada Concepción

Cuenta el P. Bernardes que “a un siervo de Dios (Juan Brebencio, jesuita), que mereció la aureola del martirio, y era devotísimo de la Virgen María, se dignó la mismísima Señora aparecérsele acompañada de tantas vírgenes, que parecían innumerables. Estaban todas en orden en un vastísimo y altísimo monte, decreciendo el número a medida que el monte se iba estrechando piramidalmente, hasta que en la cima estaba únicamente la soberana Virgen de las vírgenes. Y desde este lugar, único y solitario entre tanta multitud de almas puras, emanaba una gloria incomparable.

“Así —deduce el Pe. Bernardes—, puedes tú, alma mía, meditar y gozarte en la gloria de la Señora que, entre la multitud casi infinita de hijos de Adán, ella es la única que ocupa el ápice de la pirámide, siendo preservada de mancha que todos llevamos y que en este espeso bosque de generaciones humanas, sólo este ramo de oro brilla tanto con los resplandores de la divina gracia, desde el primer instante de su naturaleza”(14).

Sí, “el brillo de la luz eterna resplandece en esta sencilla criatura que, por una perfecta virginidad de corazón, una singular continencia de espíritu, única entre todas, conservó pura y sin mancha la imagen del Señor”(15).


Convenía a la dignidad de la Madre de Dios un alma inmaculada

Ese admirable fulgor con que el Padre Eterno revistió a la Inmaculada Concepción, tiene por principal motivo el haber escogido a la Santísima Virgen para Madre de su Hijo unigénito, como afirma Fr. Luis de Granada:

“que un alma encerrada en un cuerpo sujeto a tantas miserias y cercado por tantos sentidos, pase a volar sobre todos los Ángeles en perfección, y sea más pura que las estrellas del Cielo, esto es cosa de gran admiración. (...)

“Pues tal convenía que fuese, y sobremanera convenía que naciese aquella que ab aeterno fue escogida para ser Madre de Dios. Porque es norma de Dios adecuar los medios a los fines, o sea, hacer tales los medios para la excelencia del fin para los que se crearon.

“Al escoger Dios esta benditísima Virgen para la mayor dignidad de cuantas hay debajo de Él, que es para ser Madre del mismo Dios, convenía que le diese el espíritu, la santidad y la gracia proporcionadas a la excelencia de esta dignidad. Por eso, así como aquel templo material de Salomón fue una de las más famosas obras que hubo en el mundo, porque era casa que se edificó no para hombres, sino para Dios, así convenía que este templo espiritual donde Dios había de morar fuese una obra perfectísima, pues para tal huésped se preparaba.

“Porque, ¿cómo convenía que fuese el alma que el Hijo de Dios había tomado por especial morada, sino llena de toda la santidad y pureza?

“¿Y cómo convenía que fuese la carne de la cual había de tomar nuestra naturaleza el Hijo de Dios, sino libre de todo pecado y corrupción? porque así como el cuerpo de aquel primer Adán fue hecho de tierra virgen antes que la maldición de Dios cayese sobre él, como sucedió después del pecado (Gn. II, 7), así convenía que fuese formado el cuerpo del segundo [Adán] de otra carne virginal, libre y exenta de toda maldición y pecado”(16).

 

El honor y la nobleza del Hijo exigían una Madre Inmaculada

La frase que acabamos de subrayar es común entre los autores eclesiásticos, como perfectamente nos demuestra San Alfonso María de Ligorio. Escribe el Fundador de los Redentoristas:

“Así habla San Bernardo a la Señora: Antes que toda criatura fuisteis destinada en la mente de Dios para Madre del Hombre-Dios. Si no por otro motivo, al menos por el honor de su Hijo, que es Dios, era necesario que el Padre Eterno la crease pura de toda mancha. (...)

“Como es sabido, la primera gloria para los hijos es nacer de padres nobles. «La gloria de los hijos son sus padres» (Pr. XVII, 6).

“Por eso en la sociedad mortifica menos ser pobre y poco inteligente, que haber sido villano en el nacimiento. Pues trabajando, el pobre puede enriquecerse, y el ignorante puede hacerse docto con los estudios. Pero quien nace villano, difícilmente puede ennoblecerse, [y] aunque lo consiga está expuesto a que le digan a la cara la bajeza de su origen.

“Dios, sin embargo, podía dar a su Hijo una Madre nobilísima y exenta de la culpa original. ¿Cómo admitir entonces que le hubiera dado una manchada por el pecado? ¿Cómo dar a Lucifer la ocasión de censurar al Hijo de Dios la vergüenza de haber nacido de una madre que otrora fue esclava suya y enemiga de Dios? No; el Señor no lo permitió. Respetó el honor de su Hijo, haciendo que María fuese siempre Inmaculada. Así la hizo digna Madre de tal Hijo, como atestigua la Iglesia Oriental.

 

Convenía a la Madre de Dios una brillante e inigualable pureza

“Jamás se concedió don alguno a ninguna criatura, del que no fuese enriquecida también la Virgen. Este es un axioma común entre los teólogos. Para confirmarlo, he aquí las palabras de San Bernardo: Lo que a pocos mortales fue concedido, no le fue negado a la excelsa Virgen; no hay sombra de duda en eso. Santo Tomás de Villanueva lo expone así Ninguna gracia fue concedida a los Santos, sin que María la poseyese desde el comienzo de su plenitud. Hay, sin embargo, entre la Madre de Dios y los siervos del Señor una distancia infinita, según la célebre sentencia de San Juan Damasceno. Luego, a su Madre, Dios habrá conferido privilegios de gracias, en todo sentido mayores que las que otorgó a sus siervos. Forzosamente así lo debemos concluir con Santo Tomás.

“Esta hipótesis, pregunta San Anselmo, el gran defensor de la Inmaculada Concepción: ¿Faltaría poder a la Sabiduría divina para preparar a su Hijo una morada pura y para preservarla de la mancha del género humano? pues, continúa el Santo, Dios, que puede eximir a los Ángeles del Cielo de la ruina de los otros, ¿no habría podido preservar a la Madre de su Hijo, la Reina de los Ángeles, de la caída común de los hombres? Y añado yo: Dios, que pudo conceder a Eva la gracia de venir al mundo inmaculada, ¿no habría podido concederla también a María?

“¡Ah!, ¡ciertamente que sí. Dios podía hacerlo, y así lo hizo. Dice, por eso, San Anselmo: La Virgen, a quien Dios quiso dar a su Hijo único, tenía que brillar en una pureza que obscureciese la de todos los Ángeles y la de todos los hombres, y que fuese la mayor que se pueda imaginar, por debajo de Dios. Por todos los motivos, eso era conveniente. San Juan Damasceno explica el mismo pensamiento con más claridad: «El Señor la conservó tan pura en el cuerpo y en el alma, como realmente convenía a aquella que iba a concebir a Dios en su seno. Pues, santo como es, procura morar sólo entre los santos. Por tanto el Eterno Padre podía decir a esta hija: Como el lirio entre los espinos eres Tu, amiga mía, entre las hijas. (Ct. II, 2). pues, mientras las otras fueron manchadas por el pecado, Tu fuiste siempre Inmaculada y llena de gracia»”(17).

 

+ Y HABIENDO EL VERBO ESCOGIDO A LA VIRGEN CASTA,

+ NO QUISO QUE FUESE SUJETA A LA CULPA QUE EL MUNDO ARRASTRA


La alabanza que aquí rendimos a la Santísima Virgen es una extensión de la anterior. He aquí como, bella y cabalmente, el autor de las glorias de María nos explica el asunto:

 

Nuestro Señor quiso crear para sí una Madre Inmaculada

“Ningún otro hijo puede escoger a su madre. Pero si a alguno de ellos le diesen tal oportunidad, ¿cuál sería aquel que, pudiendo tener por madre una reina, escogiese una esclava? ¿O, pudiéndola tener noble, la tuviese villana? ¿O, pudiéndola tener amiga, la tuviese enemiga de Dios? Ahora, el Hijo de Dios, y solamente Él, pudo escoger a su Madre a su gusto. Por consiguiente, se tiene por cierto que la escogió tal y como convenía a Dios. Pero a un Dios purísimo, convenía una Madre exenta de toda culpa. La hizo, por eso, Inmaculada, escribe San Bernardino de Siena.

“Aquí encaja un párrafo de San Pablo: «pues convenía que hubiese para nosotros un pontífice tal, santo, inocente, impoluto, segregado de los pecadores» (Hb.VII,26). Un docto autor observa que, según el Apóstol, fue conveniente que nuestro Redentor fuese separado tanto del pecado como de los pecadores. También Santo Tomás lo afirma al decir: Aquel que vino a arrancar el pecado, debía ser segregado de los pecadores, debido a la culpa que pesaba sobre Adán. Pero, ¿cómo podría Jesucristo decirse separado de los pecadores, si su Madre hubiese sido pecadora? (...)

“Con San Pedro Damián y con San Pablo debemos tener por cierto que el Verbo Encarnado escogió para símismo una Madre digna, de la que no tuviese que avergonzarse. Los judíos llamaban con desprecio a Jesús, el Hijo de María, esto es, hijo de una mujer pobre: «¿No es su madre esa que llaman María?» (Mt. XIII, 55). No alcanzó ese desprecio a Aquel que venía a dar al mundo ejemplos de humildad y paciencia. Pero ciertamente sería un oprobio si hubiese de escuchar de los demonios: ¿No es su madre esa que es pecadora? que Jesús naciese de una mujer deforme y mutilada en el cuerpo, o poseída del demonio, sería igualmente inadmisible. ¿Cuánto más, por consiguiente, sería el nacer de una mujer, cuya alma por algún tiempo hubiese estado deformada y poseída por Lucifer?

“Dios es la propia Sabiduría. ¡Oh!, ¡cómo supo fabricar la casa en la que había de habitar en la tierra, y cómo consiguió hacerla realmente digna de sí mismo!

 

Convenía al Legislador del IV Mandamiento preservar a su Madre del pecado original

“El Señor nos dio el precepto de honrar a nuestros padres. Él mismo no quiso dejar de cumplirlo al hacerse hombre, anota San Metodio, y por eso llenó a su Madre de todas las gracias y honores. Por tanto, según el Pseudo-Agustín, se debe creer ciertamente que Jesús preservó de la corrupción el cuerpo de María, después de su muerte. Ahora bien, ¿cuánto menos habría atendido el honor de su Madre, si no la hubiese preservado del pecado de Adán? Ciertamente, pecaría el hijo que, pudiendo preservar a su madre del pecado original, no lo hiciese, observa el agustino Tomás de Estrasburgo. Pero —continúa él—, lo que para nosotros sería pecado, no sería ciertamente decoroso para el Hijo de Dios. Pudiendo hacer a su Madre Inmaculada, ¿dejaría de hacerlo? No; eso es imposible, asevera Gerson. (...)

 

Digna Madre de un digno Hijo

“En conclusión, recuerdo las palabras de Hugo de San Victor: Si el Cordero fue siempre Inmaculado, siempre sin mancha tuvo que ser la Madre, pues por el fruto se conoce el árbol. Y por ello la saluda así: ¡oh digna Madre de un digno Hijo! María era de hecho digna Madre de tal Hijo y sólo Jesús era digno Hijo de tal Madre. Añade después: ¡oh hermosa Madre de tan bello Hijo!, ¡oh excelsa Madre del Altísimo!

“Digámosle pues con San Ildefonso: Alimenta con vuestra leche ¡oh Madre!, a vuestro Creador; alimenta a Aquel que os hizo, y tan pura y tan perfecta os creó, que merecisteis que de Vos, Él mismo tomase el ser humano”(18).

 

Espejo de la inmaculada pureza de Jesús

Haciéndose eco de las sugerentes enseñanzas de San Alfonso, escribe un piadoso dominico:

“El más amante de los hijos puede imaginar, pero no realizar, la perfección de su madre. La encuentra hecha según la voluntad divina, y no según su propio deseo. (...)

“Un único hijo pudo crear a su agrado a la madre de la cual Él debía nacer, la perfeccionó constantemente a fin de amarla siempre más, sin recelo de ver un límite impuesto a la generosidad y a la alegría de su amor. Ese hijo es Jesús, el Verbo Encarnado, el Dios que depositó todas sus complacencias en María, mucho antes de llamarla a la vida terrena. La sola previsión de la parte que ella tendría en la Encarnación, la unía íntimamente a Él. Y para resguardarse a símismo en su humanidad, de la ofensa del pecado, Él la purificó anticipadamente de la mancha original y la revistió de una pureza inmaculada. «Tota pulchra es, amica mea, et macula nos est in te» (Ct. IV, 7), decía Él por los labios del profeta. «Ni siquiera la sombra del pecado podría tocaros, y vos sois el espejo de mi propio esplendor»” (19).

 

Perla Inmaculada

Para acabar, degustemos una sabia y graciosa consideración hecha por San Francisco de Sales:

“Nuestra Señora, la Santísima Virgen, fue concebida por vía ordinaria de gestación; sin embargo Dios, habiéndola predestinado en su mente, desde toda la eternidad, para Madre suya, la preservó pura y limpia de toda mancha. Me resulta forzoso servirme de una comparación para hacerlo comprender.

“¿Sabéis cómo se forman las perlas?. Las madreperlas hacen como las abejas: tiene su reina, y eligen como tal la mayor entre ellas, a la cual siguen todas. Suben a la superficie del mar a la hora más fresca del día, que es el amanecer, principalmente en el mes de mayo. Cuando están ahí, abren sus conchas hacia el cielo, y las gotas de rocío caen dentro de ellas. Enseguida las cierran y se sumergen de nuevo en el mar, donde incuban ese rocío y lo convierten en perlas, que después se aprecian tanto. Observad que ellas cierran tan bien sus conchas, que no dejan entrar ni una gota de agua salada.

“Esta lección conviene mucho para mi discurso. El Señor hizo lo mismo con la Santísima Virgen. En el instante de su Concepción, Él se puso, por decirlo así, debajo de ella, para impedir que cayera en el pecado original. Y así como la gota de rocío que no encuentra concha para recibirlo, cae en el mar y se convierte en agua amarga y salada, así, si una concha la recibe, se transforma en perla; así María vino a este mundo de la forma normal de la gestación, pero preservada de las aguas saladas de la corrupción del pecado.

“Debía tener ese privilegio especial, porque no era razonable que el demonio echase en cara a Jesús, alguna vez, que quien lo había llevado en sus entrañas había sido esclava de Satanás” (20).

 

+ V.-YO HABITO EN LO MÁS ALTO DE LOS CIELOS

Encima de los coros de los Ángeles y de los Santos

En virtud de la insondable dignidad que le confiere la Maternidad Divina, y de los singulares privilegios con que el Señor la enriqueció, María Santísima constituye, en el Cielo, una jerarquía especial, superior a todos los coros de Ángeles y de Santos.

Es lo que, confirmado por el sentir común de los doctores, enseña el eminente mariólogo D. Alastruey:

“La Bula Ineffabilis Deus elogia así a María: «por lo que la elevó tan maravillosamente y mucho más que a todos los Ángeles y Santos con la abundancia de todas las gracias sacadas del tesoro de la Divinidad, libre por completo de todo pecado, toda hermosa y perfecta, posee aquella plenitud de inocencia y de santidad que, después de Dios, no se pudo concebir mayor».

“Dice San Efrén: «Pura Madre de Dios, Reina de todos, más excelsa que los habitantes del Cielo, más honorable que los Querubines, más Santa que los Serafines y más gloriosa que todos los demás ejércitos celestiales».

“San Pedro Damián: «Así la Virgen, levantada sobre las almas de los Santos y de los coros de los Ángeles, supera los méritos de cada uno y los títulos de todos».

“Raimundo Jordán, llamado el Idiota: «túeres, pues, Reina coronada en los Cielos, elevada sobre los coros angélicos; túestás sentada a la diestra de tu Hijo bendito».

“Gerson: «La Virgen, sola, forma la segunda jerarquía por debajo de Dios, Uno y Trino, primera y suprema jerarquía, junto a tal Jerarca, sólo la Humanidad sublimada del Hijo se sienta a la diestra del Poder de Dios».

“San Bernardino de Siena: «Con toda certeza se ha de admitir que ella fue elevada en la gloria sobre toda criatura, como formando y completando un estado íntegro y total, al cual, según la recta razón, no puede tener acceso ninguna otra persona, porque el Hijo de Dios no tiene sino una sola Madre natural».

“Y la Sagrada Liturgia: «La Santa Madre de Dios fue elevada sobre todos los coros angélicos». «La Virgen María fue elevada al tálamo celestial en que el Rey de los reyes se sienta en solio estrellado».

“San Antonio: «Dista más la Virgen en dignidad y gloria de los Serafines, que los Serafines de los Querubines; pero los Serafines, por la excelencia de su dignidad, tienen un orden superior a los Querubines; luego la Virgen estará sobre toda la jerarquía de los Ángeles».

“El mismo santo afirma: «Más desproporción existe entre el siervo y el señor que entre el siervo y el siervo; pero los Ángeles son espíritus de servicio del ministro, esto es, siervos, y, sin embargo, entre ellos hay diversas ordenes, en cuanto que la Bienaventurada Virgen es la Señora de los Ángeles. Luego fue elevada desproporcionadamente sobre los Serafines y sobre todas las jerarquías de Ángeles».

“Y ciertamente — concluye D. Alastruey —, siendo la dignidad de la Maternidad Divina de un orden superior, (...) fue necesario que María formase en el Cielo una jerarquía especial, sobre todas las categorías de los Ángeles y de los Santos” (21).

 

Regio y elevadísimo solio

Al considerar la entrada de Nuestra Señora en el Cielo, San Bernardo exclama:

“¿Quién será capaz de expresar con palabras con cuánta honra fue recibida [María], con cuánto gozo, con cuánta alegría? ni en la tierra hubo jamás lugar tan digno de honra como el templo de su seno virginal, en el cual recibió María al Hijo de Dios, ni en el Cielo habrá otro solio regio tan excelso como aquel al que fue elevada María por el Hijo de María.

“Porque cuanta mayor gracia alcanzó ella en la tierra sobre todas las demás [criaturas], tanto más obtiene en el Cielo de gloria singular. Y si el ojo no vio, ni oído escuchó, ni cabe en corazón humano lo que Dios tiene preparado para los que le aman, ¿quién podrá decir lo que reservó Él para Aquella que Lo engendró y Lo amó más que todos los hombres?” (22).

Lleno de semejante fervor mariano, dice el venerable Tomás de Kempis:

“Alabanza y gloria a Dios Altísimo, que os confirió ¡oh María!, mayor gracia que a todas las hijas de los hombres que en el mundo existieron. Y luego colocó vuestro asiento junto al trono de vuestro Hijo en el Reino de los Cielos; en el lugar más eminente sobre todos los coros de los Ángeles y de los Santos, que Él os había preparado con suprema belleza desde toda la eternidad” (23).

 

Confianza en Aquella que habita en la altura

Ahí está el pensamiento de San Juan Bosco, gran ejemplo de Devoción a la Auxiliadora de los Cristianos:

“Desde su altísimo trono de gloria, [María] nos dirige sus maternales miradas y nos dice: «Yo habito en la altura, para enriquecer a los que me aman y llenarlos de tesoros». por consiguiente, desde su Asunción al Cielo, comenzó el constante e ininterrumpido recurso de los cristianos a María, y nunca se oyó, dice San Bernardo, que alguien haya recurrido con confianza a ella, que es Madre piadosa, y no haya sido atendido.

“Esta es la razón por la cual todo siglo, año, día y, podríamos decir, momento, está marcado, en la Historia, por algún favor concedido a quien La invocó con fe” (24).

 

+ R.- Y MI TRONO ESTÁ SOBRE UNA COLUMNA DE NUBE

Aunque este versículo insinúe, nuevamente, la sublime exaltación de Nuestra Señora a lo más alto de los Cielos, nos evoca también otro símbolo de María Santísima: la columna de nube que guiaba al pueblo elegido, a través del desierto, en busca de la Tierra Prometida.

Así dice el Libro de los Números (Nm IX, 15-23): “El día en que fue alzado el Tabernáculo, la nube lo cubrió, y desde la tarde hasta la mañana hubo sobre el Tabernáculo como un fuego. Así sucedía constantemente: de día lo cubría la nube y de noche la nube parecía de fuego. Cuando la nube se alzaba del Tabernáculo, partían los hijos de Israel; y en el lugar en que se paraba la nube, allí acampaban los hijos de Israel. A la orden del Señor, partían los hijos de Israel y a la orden del Señor asentaban su campamento. Todo el tiempo en que la nube estaba parada sobre el Tabernáculo, permanecían en el mismo lugar, y los hijos de Israel estaban a las órdenes del Señor, y no partían durante el tiempo en que la nube estaba sobre el Tabernáculo. A la orden del Señor levantaban las tiendas, y a su mandado las desarmaban. (...) Y estaban siempre atentos a la orden del Señor, como el Señor se lo había dicho a Moisés.”

 

Columna de nube que conduce a los hombres a la Patria Celestial

Interpretando este texto sagrado, el Pe. Jourdain comenta:

“San Epifanio enseña que esta columna de nube era la figura de María: «vos sois» — dice él —, «esta nube, semejante a una columna, que conducía al pueblo en el desierto».

“San Juan Crisóstomo también dice que esta augusta Virgen es semejante a la columna de nubes en que Dios habitaba, para servir de guía a su pueblo en el desierto.

“Ella es, añade Ricardo de San Lorenzo, la nube que Dios extendió sobre nosotros, para protegernos contra los ardores del Sol de Justicia. Semejante a aquella que conducía a los israelitas por el desierto, ella nos defiende contra las celadas de las tentaciones, ilumina las tinieblas de nuestra ignorancia, y nos muestra la vía que nos lleva a la Patria Celestial.

 

Nube siempre radiante de luz

“El gran San Jerónimo, para mostrar que María está realmente simbolizada por la nube misteriosa que guiaba a los descendientes de Jacob a través del desierto, recuerda la imagen de esa otra nube de la cual habla el profeta Isaías en el capítulo XIX: «He aquí que el Señor viene a Egipto sobre una nube ligera»; y también este versículo de los Salmos: «El Señor los conducía durante el día por medio de una nube». La nube, debemos reconocerlo, es la Bienaventurada Virgen María. Ella es ligera; su Maternidad, sin concurso de varón, en nada le pesó. «Él los conducía durante el día por medio de una nube».

“dice bien el Salmista: Durante el día, porque esta nube jamás fue tenebrosa, sino siempre radiante de luz.

 

Nube que nunca se aparta de los hombres

“María es, pues, una nube, pero una nube ligera y luminosa. Sigamos a esa nube misteriosa, paso a paso, imitando sus ejemplos, pues con ella llegaremos al Cielo.

“Columna de fuego, ella brillará delante de nosotros en la soledad de este mundo. Ella no permitirá que nos extraviemos en las sendas peligrosas; ella nos defenderá contra los ataques de nuestros enemigos, contra las presa de los animales feroces que rondan en torno a las tinieblas.

“La nube luminosa y la columna de fuego de las que nos habla la Escritura no se apartaban de los hijos de Israel, incluso cuando este pueblo, de dura cerviz, ofendía al Señor. María no se aparta de nosotros aunque seamos infieles a las gracias que ella nos obtiene de Dios, y ofendamos a nuestro Soberano Juez. Ella permanece junto a nosotros, intercediendo y calmando la cólera divina, abrasada por nuestros pecados.

“Ella es nuestra guía y nuestra protectora que nos introducirá en la Tierra Prometida” (25).

 

Nube en la cual se refleja la magnificencia de Dios

También sobre este símbolo de Nuestra Señora escribe le Mulier, a cuyas devotas palabras nos asociamos, para acabar estos comentarios de la Hora Tercia:

“La nube, una vez formada en el seno de la tierra, se eleva, atraída por los rayos del sol. Así, después de concebido en el seno de su Santísima Madre, Dios atrajo a María hasta Él, elevándola hasta su perfecta semejanza, y a la más alta dignidad a la cual fue capaz una mera criatura.

“La nube está entre el cielo y la tierra; la Virgen está entre Dios y los hombres.

“La magnificencia de Dios aparece en las nubes, dice David; mucho más aparece ella en su Santísima Madre, tan elevada por encima de cualquier criatura.

“La nube, dice el santo Job, es la vestimenta del mar, las fajas que lo envuelven; ¿y la Virgen, no vistió ella al Salvador, que es como un inmenso Océano, del cual manan todas las gracias, sin número ni medida?

“¡oh María! que sois esta nube ligera sobre la cual el Salvador vino a visitar los pueblos de Egipto y derribó a sus falsos ídolos, venid a nosotros, para que el Señor nos mire en su misericordia y disperse a los malos espíritus que nos persiguen” (26).

 

+ V.- PROTEGED, SEÑORA, ETC.

(Se repiten las mismas oraciones que al final de Maitines).

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1. ) P. Ch Rolland, op.cit., t. I, p. 147

2. ) Fr. Tiago María L. Monsabré, O.P., in Pequeño Oficio da Imaculada Conceição, ... com comentários [Ed. Paulinas], p. 112.

3. ) Auguste Nicolas, op.cit., t. II, p. 99

4. ) Henry le Mulier, op.cit., t. I, pp. 85-87.

5. ) P. Z.-C. Jourdain, op.cit., t. I, p. 513.

6. ) P. Félix Alejandro Cepeda, C.F.M. Virgo Veneranda, Editorial del Corazón de María, Madrid, 1928, pp. 193-194.

7. ) Fr. Luis de Granada, op.cit., p. 734.

8. ) San Ambrosio, De Institut. Virg., c. VIII y ss., apud P. Z.-C. Jourdain, op. cit., t. III, p. 96.

9. ) San Jerónimo, Epístola 48, o Libro apolog. a Pammaq. En defensa de los libros contra Joviniano, n. 21. Apud, Santo Tomás de Villanueva, op. cit. p. 289.

10. ) Santo Tomás de Villanueva, op.cit., p. 289

11. ) Es decir, "si no os hubieseis aprovechado de mi débil y tímida esposa" (Nota del P. Matos Soares, en la Biblia por él traducida y comentada).

12. ) Del Pequeno oficio da Imaculada Conceição, .... com comentários [Ed. Paulinas], p. 114.

13. ) P. Ch. Rolland, op.cit., t. I, pp. 581-582.

14. ) P. Manuel Bernardes, op.cit., p. 412.

15. ) Henry le Mulier, op.cit., t. I, p. 24.

16. ) Fr. Luis de Granada, op.cit., 731 y 733.

17. ) San Alfonso María de Ligorio, op.cit., pp. 192-193.

18. ) San Alfonso María de Ligorio, op.cit., pp 194, 196-199.

19. ) Fr. Marie-Joseph Ollivier, O.P. Les amitiés de Jesus, P.Lethielleux, París, 1929, p.3.

20. ) San Francisco de Sales, Obras Selectas, B.A.C., Madrid, 1953, t. I, p. 503.

21. ) D. Alastruey, op.cit., Pp. 516-517.

22. ) San Bernardo, op.cit., t. I, pp. 704-705

23. ) Tomás de Kempis, La Imitación de María, Editorial Regina, Barcelona, 1959, pp. 68-69.

24. ) San Juan Bosco, Obras fundamentales, B.A.C., Madrid, 1979, 2ª ed., p. 761.

25. ) P. Z.-C. Jourdain, op.cit., t. I, pp. 218-219, 480-481.

26. ) Henry le Mulier, op.cit., t. I, pp. 90-92.


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