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Domingo, 16 Julio 2017

La palabra de Jesús es viva y eficaz


Comentario al Evangelio — Domingo 15º del Tiempo Ordinario
Mons. João Scognamiglio Clá Dias, E.P.

Presidente General de los Heraldos del Evangelio

Sitio Web: www.joaocladias.org.br

Con todo propósito, Dios lanza abundantemente en nuestras almas la semilla de su palabra. Nos corresponde a nosotros hacerla fructificar para mayor gloria del Creador.

 

Evangelio:

“Aquel día salió Jesús de casa y se sentó junto al mar. 2 Y acudió a Él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó y toda la gente se quedó de pie en la orilla.

3 Les habló muchas cosas en parábolas: «Salió el sembrador a sembrar. 4 Al sembrar, una parte cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se la comieron. 5 Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y como la tierra no era profunda brotó enseguida; 6 pero en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. 7 Otra cayó entre abrojos, que crecieron y la ahogaron. 8 Otra cayó en tierra buena y dio fruto: una, ciento; otra, sesenta; otra, treinta. 9 El que tenga oídos que oiga».

10 Se le acercaron los discípulos y le preguntaron: «¿Por qué les hablas en parábolas?». 11 Él les contestó: «A vosotros se os han dado a conocer los secretos del Reino de los Cielos y a ellos no. 12 Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. 13 Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. 14 Así se cumple en ellos la profecía de Isaías: ‘Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; 15 porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure’. 16 Pero bienaventurados vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. 17 En verdad os digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron.

18 Vosotros, pues, oíd lo que significa la parábola del sembrador: 19 si uno escucha la palabra del Reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino. 20 Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que escucha la palabra y la acepta enseguida con alegría; 21 pero no tiene raíces, es inconstante, y en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, enseguida sucumbe. 22 Lo sembrado entre abrojos significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas ahogan la palabra y se queda estéril. 23 Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ese da fruto y produce ciento o sesenta o treinta por uno»” (Mt 13, 1-23).

João Scognamiglio Clá Dias, E.P. - Comentarios al Evangelio.

I – El poder de la palabra

Todas las acciones que Nuestro Señor Jesucristo, como Hombre Dios, llevó a cabo en su vida terrena las realizó con suprema y absoluta perfección. Esto fue lo que ocurrió, por ejemplo, con la fundación de su Iglesia que se expandió en seguida en los primeros años de evangelización con una vitalidad más allá de cualquier expectativa, a pesar de todos los obstáculos.

El hombre de hoy que está acostumbrado a las modernas técnicas de comunicación se sorprende en muchas ocasiones cuando ve que el divino Maestro no dejó nada escrito en sus treinta y tres años de vida terrena. Predicó incontables veces, obró innumerables y espectaculares milagros, incluso resurrecciones, pero los Evangelios no dan noticia de ningún escrito de Jesús, a excepción de las palabras escritas sobre la arena en el episodio de la mujer adúltera (cf. Jn 8, 3-11).

¿Cuál es la sabia razón de ese divino proceder?

De hecho, no dejó nada grabado en tablas o pergaminos que pudiéramos conservar para siempre, sin embargo, se comunicó con los hombres de manera maravillosa mediante la palabra hablada. Por medio de ésta reunió a sus primeros discípulos, y de la misma forma también ellos debían comenzar la evangelización del mundo. En este sentido, llama la atención el hecho de que los Apóstoles, para certificar la veracidad de lo que predicaban, presentasen tan sólo su palabra y su testimonio. ¡Y eso era suficiente! Innumerables personas se convertían, cambiaban de vida y muchas sufrieron posteriormente el martirio.

Sólo más tarde habrían de escribirse los Evangelios, las Epístolas, los Hechos de los Apóstoles y después, a lo largo de los siglos, todo el acervo doctrinal elaborado paulatinamente por los Padres y Doctores de la Iglesia.


La palabra humana es un precioso don de Dios

La fuerza de la palabra de Dios es evocada por la Liturgia de hoy en la parábola del sembrador, imagen del apóstol: como aquel que echa la semilla, así debe ser el heraldo de la Palabra, cuya vitalidad es figurada por la semilla que germina.

Ésta es, en cierto sentido, como un arma de doble filo, según afirma San Pablo y comenta Santo Tomás: “Compárase la palabra de Dios a la espada de dos filos, porque los tiene afilados y agudos tanto para obrar como para conocer. O dícese de dos filos respecto a la operación, porque los tiene para llevar adelante lo bueno y destruir lo malo”.1

La palabra humana es, por tanto, un precioso don de Dios que debe estar siempre al servicio de Cristo Jesús, la Palabra por excelencia que nos abre las puertas de lo infinito y nos muestra la vida de Dios.


La palabra de Dios es eficaz

Obedeciendo a una divina pedagogía, Dios se ha ido comunicando gradualmente a los hombres desde nuestros primeros padres, preparándonos para acoger la Revelación sobrenatural que haría en la Persona y en la misión del Verbo encarnado.2 “En muchas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a los padres por los profetas. En esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo, y por medio del cual ha realizado los siglos” (Hb 1, 1). Él es “la Palabra única, perfecta e insuperable del Padre. En Él lo dice todo, no habrá otra palabra más que ésta”.3

En la primera lectura de la Liturgia de este domingo, Isaías nos advierte que la Divina Providencia no promueve nada sin total eficacia: “Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo, y no vuelven allá, sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será la palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que cumplirá mi deseo y llevará a cabo mi encargo” (Is 55, 10-11).

Es decir, cuando Dios decide realizar algo, más tarde o más temprano, siempre logra su objetivo, por mucho que los hombres rechacen su palabra, y a pesar de que las apariencias demuestren lo contrario.

Los supuestos anteriores nos permiten comprender mejor las enseñanzas dadas por Jesús en el Evangelio de este XV Domingo del Tiempo Ordinario.

 

II – Una parábola rica en significados

1 “Aquel día salió Jesús de casa y se sentó junto al mar. 2 Y acudió a Él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó y toda la gente se quedó de pie en la orilla.

Cada pequeño detalle de este fragmento está lleno de significado y de superior belleza. El Maestro sale de su casa de Cafarnaúm —¡cómo nos gustaría conocer esa casa!— y baja hasta la playa. 4 El mar de Galilea debía de estar sereno, sin el rumor de las olas, haciendo posible que la voz de Cristo fuese oída con facilidad por la multitud dispuesta a lo largo de ese anfiteatro natural. Todo de grandiosa sencillez, de tal manera que si esa barca se hubiese conservado merecería, sin duda, ser venerada en una catedral-relicario. Maravilloso escenario preparado para este solemne momento: ¡Es Dios el que va a hablar!


Los diferentes terrenos

3 Les habló muchas cosas en parábolas: «Salió el sembrador a sembrar. 4 Al sembrar, una parte cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se la comieron. 5 Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y como la tierra no era profunda brotó enseguida; 6 pero en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. 7 Otra cayó entre abrojos, que crecieron y la ahogaron. 8 Otra cayó en tierra buena y dio fruto: una, ciento; otra, sesenta; otra, treinta. 9 El que tenga oídos que oiga».

Para llamar la atención de los presentes, Jesús utiliza una imagen accesible a aquella sociedad dedicada a la agricultura y al pastoreo: la del labrador que sale a sembrar. A diferencia de hoy, donde las semillas se esparcen de forma automática por medio de máquinas en enormes plantaciones, en aquella época todo se hacía a mano: el agricultor llevaba un saco de semillas y las iba lanzando sobre la tierra.

En esta sugerente parábola algunas de ellas caen en el camino, otras en terreno pedregoso, o incluso entre abrojos, imaginando las diferentes maneras de recibir la predicación de la palabra divina, como explicará el Señor más adelante a sus allegados.


La necesaria apertura en relación con la palabra divina

10 Se le acercaron los discípulos y le preguntaron: «¿Por qué les hablas en parábolas?». 11 Él les contestó: «A vosotros se os han dado a conocer los secretos del Reino de los Cielos y a ellos no. 12 Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. 13 Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. 14 Así se cumple en ellos la profecía de Isaías: ‘Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; 15 porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure’».

Es muy esclarecedor a este respecto —la indagación por parte de los discípulos sobre la manera de proceder del Señor en sus predicaciones— el comentario que hace el Doctor Angélico: “De esta suerte Cristo ocultaba algunas cosas a la muchedumbre cuando le exponía en parábolas los misterios que no eran capaces o dignos de recibir. Sin embargo, todavía le era mejor recibirlos así y bajo el velo de parábolas oír la doctrina espiritual que del todo quedar privados de ella. Y aun exponía luego la verdad clara y desnuda de las parábolas a los discípulos, por medio de los cuales había de llegar a otros que fueran capaces de recibirlas”.5

El Señor hace referencia a la mala voluntad de los oyentes cuyos corazones se han hecho insensibles, y les advierte: quien no corresponde a las gracias o lo hace de forma incompleta puede perder incluso lo que tiene, al no ser ya digno de los favores del Cielo, como sería, por ejemplo, en ese momento la explicación de esa parábola. Por el contrario, el que es humilde, diligente y fervoroso recibe renovadas gracias para aumentar su comprensión y con ello poder amar aún más. En consecuencia, atraerá dones sobrenaturales cada vez mayores, en un proceso ascensional de la vida espiritual.

Por tanto, quien no ejercita su fe, su amor a Dios y su conocimiento de las cosas divinas, o sea, el que no avanza rumbo a la perfección, termina perdiendo incluso lo poco que le queda.

Y el divino Maestro hace referencia al pasaje de Isaías del que se deduce la necesidad de ver, oír y entender “con el corazón”. Es decir, no es suficiente comprender las cosas de forma racional: es necesario, sobre todo, amar.


La bienaventuranza de convivir con Jesús

16 Pero bienaventurados vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. 17 En verdad os digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron.

El Señor declara bienaventurados a los Apóstoles por el hecho de que recibieron una gracia que a los patriarcas, a los profetas y a los justos de la Antigua Ley no les había sido concedida: la de ver y oír al Salvador.

A causa de las sucesivas infidelidades a su vocación, el pueblo elegido acabó creando a lo largo de los siglos una serie de doctrinas e interpretaciones completamente equivocadas a respecto del reino del Mesías, según las cuales la Redención prometida por Dios se llevaría a cabo mediante el establecimiento de la tan anhelada supremacía de Israel sobre los demás pueblos de la región. Muchos judíos, llevados por esta errónea visualización, tuvieron la oportunidad de ver y de oír a Jesús, pero fueron “duros de oído” y cerraron sus ojos “para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón”.

A los Apóstoles, no obstante, el mismo Mesías les concedió la inestimable ventura de explicarles amorosamente todo a respecto del Reino, como en el caso de la parábola del sembrador. Por este motivo, San Jerónimo se congratula con ellos en estos términos: “Abrahán vio en enigma, vio en apariencia, pero vosotros lo tenéis en presencia, y tenéis a vuestro Señor y lo interrogáis a vuestra voluntad y coméis en su compañía”.6


El peligro del endurecimiento del corazón: una fe débil

18 Vosotros, pues, oíd lo que significa la parábola del sembrador: 19 si uno escucha la palabra del Reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino.

Al borde del camino no encontramos una tierra arada, preparada para recibir la semilla, sino, por el contrario, un suelo duro y estéril. Cuando el grano cae en un sitio así no produce nada y acaba sirviendo de alimento para los pájaros.

Esto es lo que ocurre con las almas que le dieron la espalda a Dios y se apegaron desordenadamente a las criaturas. En esos pecadores el corazón se queda endurecido como la tierra pisada por los pasos de los caminantes; su fe se vuelve insuficiente, la palabra divina no penetra en su interior, porque la oyen con displicencia, “como si de ningún modo perteneciera a ellos lo que se dice: no entran en su corazón, no examinan sus costumbres, no piensan si acaso lo que oyen se ha dicho para ellos”.7 Éstos, por tanto, no están preparados para aprovechar las palabras de Dios.


La superficialidad impide que la palabra crezca

20 Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que escucha la palabra y la acepta enseguida con alegría; 21 pero no tiene raíces, es inconstante, y en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, enseguida sucumbe.

Otras semillas cayeron entre las piedras y llegaron a germinar, pero las plantas no consiguieron echar raíces, por insuficiencia de tierra, y enseguida se secaron. Ese terreno representa la inconstancia de corazón, la superficialidad de espíritu de los que oyendo la palabra de Dios, a veces incluso con verdadero encanto, inmediatamente se distraen con alguna banalidad. En esas almas las gracias recibidas no logran arraigarse.

Cuando empezamos a recorrer el camino de la virtud, en general, por especial misericordia divina, los primeros momentos son acompañados de grandes gracias sensibles que nos llenan de entusiasmo y encanto. Pero más tarde el viento de las probaciones nos sacude y la aridez nos invade. Entonces se trata de que, una vez oída y comprendida la Palabra, continuemos firmes en el camino, enfrentando la tempestad interior, actuando durante la insensibilidad como si estuviéramos en el tiempo de la consolación. En esto consiste la fidelidad a la palabra de Dios.


El apego a las cosas del mundo asfixia la palabra

22 Lo sembrado entre abrojos significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas ahogan la palabra y se queda estéril.

Los abrojos representan el apego al dinero y a los bienes de este mundo.

El hombre, afirma Benedicto XVI, “lleva en sí mismo una sed de infinito, una nostalgia de eternidad, una búsqueda de belleza, un deseo de amor, una necesidad de luz y de verdad, que lo impulsan hacia el Absoluto; el hombre lleva en sí mismo el deseo de Dios”.8

Si el alma no se vuelve a Dios —el único que puede satisfacerla por completo—, esa apetencia se desvía hacia las riquezas materiales que nunca llenarán su anhelo de lo absoluto. Muy a propósito nos advierte San Gregorio Magno a respecto de esas ilusorias riquezas: “Son engañosas, porque no pueden permanecer siempre con nosotros; son engañosas, porque no pueden satisfacer las necesidades de nuestro corazón”.9

De manera que quien tiene una desproporcionada preocupación por los bienes materiales, al punto de preferirlos a los valores sobrenaturales, está listo para sofocar la palabra divina. Es, por ejemplo, el defecto del que se esfuerza tan sólo en cuidar sus negocios. Cuando recibe la palabra, en el primer momento se siente atraído, pero luego se deja absorber enteramente por el apego al mundo. Como su atención está centrada en la posesión de los bienes terrenos, y no en su propia santificación, los abrojos de las ambiciones mundanas crecen y sofocan la palabra.

Ésa es la semilla que ha caído en el abrojo del apego al dinero. ¡No produce nada!


La palabra bien recibida

23a Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ese da fruto.

La semilla que cayó en tierra buena y se desarrolla es la figura del que oye la palabra de Dios con entusiasmo y después toma la decisión seria de cambiar de vida, abandonar el pecado, la superficialidad de espíritu y los apegos desordenados; es decir, rompe de hecho con todo lo que significa tierra endurecida, piedra o abrojo, y se entrega por entero a la práctica de la virtud. ¡Ése si produce todos los frutos!

Santo Tomás nos enseña que los oyentes de la palabra de Dios deben ser humildes, a semejanza de la tierra, pero también firmes por la rectitud de espíritu; deben ser igualmente fecundos como la tierra para que en ellos fructifiquen las palabras recibidas de la sabiduría. Se requiere humildad para oír, integridad para juzgar lo que se oye, y fecundidad para sacar muchas consecuencias de las pocas cosas oídas.10


Un consuelo para el apóstol

23b Y produce ciento o sesenta o treinta por uno.

El divino Redentor quiere hacer hincapié en la diversidad de fructificación de la semilla de la palabra en las almas: treinta, sesenta o ciento por uno. Una demostración más de que Dios todo lo crea con jerarquía. Unos son llamados a dar treinta, de otros el Señor exigirá cien, o tal vez más, de acuerdo a la cantidad de dones concedidos a cada cual. “Al que mucho se le dio, mucho se le reclamará” (Lc 12, 48), advierte el divino Maestro.

Esto no nos debe atemorizar. Por el contrario, lo fundamental es que tengamos confianza en el auxilio de Dios, cuya gracia nunca nos falta, y estemos seguros de que, cuando Él actúa en nosotros y nosotros correspondemos con generosidad, el resultado supera ampliamente cualquier expectativa. En nuestras actividades apostólicas, tengamos, por tanto, esa fe: si es obra de Dios, en determinado momento habrá una expansión en la proporción de, al menos, treinta o sesenta o hasta un ciento por uno. Y en las horas de éxito, no nos olvidemos de que todo viene de Jesús, pues Él mismo es el sembrador. Recordemos sus palabras: “Sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15, 5).

 

III – El alma que dio frutos en plenitud

¿Quién ha oído y comprendido por completo esta parábola, sino María Santísima, que seguramente de ella tomaría conocimiento con insuperable admiración y amor? Al hablar de “tierra buena” y de semilla que produce ciento por uno, muy comprensible sería que Jesús estuviera pensando en su Inmaculada Madre, la tierra fertilísima por excelencia para hacer florecer la semilla divina en plenitud.

La vida entera de la Santísima Virgen fue un continuo sí a la voluntad de Dios. Cuando Él la inspiró a que hiciera voto de virginidad, Ella asintió con todo entusiasmo. Al serle anunciada la Encarnación del Verbo, su respuesta fue: “Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38), y la Palabra se hizo carne en esa tierra inmaculada. Al oír de los pastores lo que los ángeles les habían comunicado, Ella guardó en su corazón todas estas palabras (cf. Lc 2, 51). Y lo mismo hizo durante toda su vida con todo lo que los adorables labios de su divino Hijo pronunciaban, hasta el “Consummatum est!”.

Constata el P. Garrigou-Lagrange, escribiendo con fervor marial: “Es un consuelo pensar que hay un alma que recibió plenamente todo lo que Dios quería darle y que nunca detuvo el resplandor de la gracia sobre las demás almas. Existe un alma absolutamente perfecta, que, sin obstáculo alguno, dejó manar en sí misma el río de vida divino que nunca estuvo un solo instante por debajo de lo que Dios deseaba de Ella”.11

En fin, el Corazón Inmaculado de María Santísima es un Evangelio vivo, cuyas maravillas aún están por ser conocidas.

Roguémosle a Ella, protectora por excelencia de todos los que quieren oír y poner en práctica la palabra de Dios, la gracia de que no dejemos ninguna semilla que hayamos recibido sin que produzca todos los frutos esperados por el Creador. 

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1 SANTO TOMÁS DE AQUINO. Super Epistolam B. Pauli ad Hebraeos, c. 4, l. 2.

2 Cf. CIC 53.

3 Ídem, 65.

4 Recordemos que después de que Juan el Bautista fue arrestado, Jesús “dejando Nazaret se estableció en Cafarnaúm, junto al mar [de Galilea]” (Mt 4, 13). Tuya afirma que esa casa está muy bien determinada y “debía ser la suya” (TUYA, OP, Manuel de. Biblia Comentada. Evangelios. Madrid: BAC, 1964,
v. II, p. 302).

5 SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica, III, q. 42, a. 3, resp.

6 SAN JERÓNIMO. Obras Completas. Comentario a Mateo. Madrid: BAC, 2002, v. II, p. 167.

7 SAN BERNARDO. Obras Completas. Madrid: BAC, 1953, v. I, p. 338.

8 BENEDICTO XVI. Audiencia General,11/5/2011.

9 SAN GREGORIO MAGNO. Las parábolas del Evangelio. 2ª ed.Madrid: Rialp, 1999, p. 76.

10 Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO. Principium Rigans montes, c. 3.

11 GARRIGOU-LAGRANGE, OP, Reginald. El Salvador y su amor por nosotros. Madrid: Rialp, 1977, p. 477.

 

 
 
(Transcrito de la Revista “Heraldos del Evangelio - Salvadme Reina” Nº 96 - Julio 2011)
 

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