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Domingo, 25 Mayo 2014

El amor íntegro debe ser causa del bien total


Comentario al Evangelio — Domingo 6º de Pascua
Mons. João Scognamiglio Clá Dias, E.P.

Presidente General de los Heraldos del Evangelio

Sitio Web: www.joaocladias.org.br

Practicar el bien exige cumplir los Mandamientos de la Ley de Dios, sin admitir ninguna concesión al mal. Ahora bien, la caridad es la condición para que los preceptos divinos sean observados. Entonces, ¿cómo alcanzar ese amor íntegro y sin mancha que nos conduce al bien total?

 

Evangelio:

“En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: 15 “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. 16 Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, 17 el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros. 18 No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros’. 19 Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. 20 Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros. 21 El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él” (Jn 14, 15-21).

 

João Scognamiglio Clá Dias, E.P. - Comentarios al Evangelio

I – El Espíritu Santo es el alma de la Iglesia

¡Qué maravilloso es el don de la vida! La inocencia y exuberancia de un niño nos encantan, al igual que nos impresiona gravemente la consideración de un cuerpo humano sin vida. Inerte, se encuentra en estado de violencia, de tragedia, disonante de su normalidad. Poco antes se notaba en él cómo sus miembros y órganos, tan diferentes entre sí, se ordenaban de acuerdo a la unidad dada por el alma. Ausente esta última, el cuerpo entero entra en descomposición.


Fuente de unidad, vida y movimiento

Lo que le ocurre a la naturaleza humana es imagen de algo mucho más alto y misterioso: la relación de la Iglesia con el Espíritu Santo. San Agustín explica al respecto: “Lo que nuestro espíritu, es decir, nuestra alma, es para nuestros miembros, eso mismo es el Espíritu Santo para los miembros de Cristo, para el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia”.1

En efecto, el Espíritu Santo, con toda propiedad, es el alma de la Iglesia en el sentido de que no le comunica su ser sustantivo divino, sino que le da unidad, vida y movimiento. Más aún, la santifica, promueve su crecimiento y esplendor, convirtiéndola en “el templo del Dios vivo” (2 Co 6, 16).

De modo que ese cuerpo moral extraordinario que es la Iglesia sólo goza de verdadera vitalidad sobrenatural por acción del Espíritu Santo. Es lo que afirma el Papa Pablo VI: “El Espíritu Santo que habita en los creyentes, y llena y gobierna toda la Iglesia, efectúa esa admirable unión de los fieles y los congrega tan íntimamente a todos en Cristo, que Él mismo es el principio de la unidad de la Iglesia”.2


Acción santificadora sobre las almas

En Jesucristo, la unión de la naturaleza divina con la humana tiene por hipóstasis al Verbo, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. En las almas de los justos, la gracia santificante, que nos hace partícipes de la naturaleza divina, es atribuida por apropiación al divino Espíritu Santo.3 Él es, por tanto, el promotor de nuestra divinización (con “d” minúscula), de nuestra unión con Dios. “En el cristiano —explica fray Royo Marín— la inhabitación equivale a la unión hipostática en la persona de Cristo, aunque no sea ella, sino la gracia santificante, la que nos constituye formalmente hijos adoptivos de Dios. La gracia santificante penetra y empapa formalmente nuestra alma divinizándola. Pero la divina inhabitación es como la encarnación en nuestras almas de lo absolutamente divino: del mismo ser de Dios tal como es en sí mismo, uno en esencia y trino en personas”. 4

Para que aprovechemos convenientemente las gracias de la conmemoración de Pentecostés, que está cerca, la Liturgia de este domingo nos invita a meditar la maravilla de la acción santificadora del Espíritu Santo en nuestras almas. ¡Qué necesitado está el mundo, en las actuales circustancias, de un soplo especial suyo para cambiar los corazones y renovar completamente la faz de la Tierra! Es en este contexto donde debemos reflexionar sobre las sublimes palabras del divino Maestro, que la Iglesia nos propone en este día para nuestra admirativa meditación.

 

II – El amor, condición para cumplir la Ley

El pasaje del Evangelio que examinamos hoy integra el gran “Sermón de la Cena”, pronunciado por Jesús al término del banquete pascual, después que Judas Iscariote se había retirado para consumar su traición. San Juan fue el único evangelista que consignó este discurso, tal vez el más hermoso y admirable proferido por los adorables labios del Redentor.

La humildad que Cristo manifestó momentos antes de lavarle los pies a cada uno de sus discípulos —que se disputaban hacía poco el primer lugar...— había dejado grabada en sus almas una profunda impresión de la bondad divina y, al mismo tiempo, había intensificado aún más en ellos la noción de su propia indignidad. Por otro lado, el conmovedor anuncio de la traición de uno de ellos probablemente les había dejado desconcertados y aterrorizados. Por fin, la institución de la Sagrada Eucaristía, gran sacramento de amor, había estrechado todavía más los lazos que les unían al Señor, infundiéndoles confianza y abriéndoles los horizontes de la vida eterna.

“El hecho de que Jesús hablara a sus Apóstoles solos, a quienes acababa de instituir sacerdotes y de comunicarles su Cuerpo y Sangre, y de que fuese la última conversación que con ellos debía sostener antes de su muerte, […] dan a este discurso un relieve extraordinario. En él abrió el divino Maestro de par en par su pensamiento y su corazón, dándoles a sus Apóstoles lo que podríamos llamar la quinta esencia del Evangelio”.5

15 “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos...

Cuando contemplamos una bella imagen de la Virgen, quedamos fascinados con la expresión que el artista supo imprimir a sus rasgos, realzando esta o aquella virtud a fin de estimular la piedad de los fieles. Sin embargo, bastaría un pequeño arañón en el rostro para descalificar la obra entera.

Santo Tomás, repitiendo el principio de Dionisio Areopagita, enseña que el bien procede de una causa íntegra, mientras que el mal lo hace de cualquier defecto: “Bonum ex integra causa, malum quocumque defectu”.6 Y si deseamos la perfección en una imagen de la Santísima Virgen, debemos quererla también, por coherencia, en el bien que practicamos, porque si hubiera en éste algún defecto, el mal ya estaría presente. Así pues, debemos esforzarnos en practicar los Mandamientos en su integridad.

Un significativo testimonio al respecto lo brinda el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira, evocando sus entusiasmadas reacciones en las clases de Catecismo acerca de los Diez Mandamientos: “¡Qué hermosos son y cómo apaciguan el alma! Recuerdo —¡hace cuántos años!— cuando los aprendí; los memorizaba y me decía a mí mismo: ‘¡Qué cosa más linda! No mentir, no robar, honrar padre y madre, amar a Dios sobre todas las cosas, no tomar su Santo Nombre en vano, etc.’ Y encantado, pensaba: ‘Si todas las personas actuaran así, ¡qué bello sería el mundo y qué diferente del actual!’”.7

Si amáramos esos divinos preceptos con el ímpetu y la fuerza que el Creador espera de nosotros, tendríamos más facilidad en observarlos, porque ante todo es preciso amar, como se lee en el Deuteronomio: “Y ahora, Israel, ¿qué es lo que te pide el Señor tu Dios, sino que le honres, que sigas todos sus caminos, lo ames y sirvas al Señor tu Dios con todo tu corazón y toda tu alma, observando los mandamientos y las leyes del Señor que yo te prescribo hoy para que seas feliz?” (Dt 10, 12-13). Por tanto, es necesario que acojamos en nuestro corazón sus mandamientos y los amemos; es decir, no es suficiente que tratemos de entenderlos racionalmente. Teniendo verdadero amor y entusiasmo por el Supremo Legislador veremos cómo es bonita la practica de la virtud y qué horrenda es cualquier ofensa a Él.

Ahora bien, ¿cómo tener ese amor y dónde encontrar fuerzas para cumplir íntegramente ese deseo del Señor?

 

III – Preparación para la venida del Espíritu Santo

16 ...y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros:”

El término Defensor —Paráclito, traducción del original griego Parakletos— significa etimológicamente “llamado a auxiliar”, como el vocablo latino Advocatus. Jesús, refiriéndose al Espíritu Santo como Defensor, emplea esta palabra con el sentido de Abogado. Le compete al abogado la función de defender en juicio la causa de sus clientes, presentando todos los argumentos y pruebas para que éstos no sean condenados.

Ahora, dada la condición humana, todos nosotros cometemos faltas. Como afirma San Juan, con excepción de la Santísima Virgen y del propio Jesucristo, Hombre-Dios, el que diga que no tiene pecado es un mentiroso (1 Jn 1, 8).

Así, todos somos reos y, con razón, tememos la justicia divina. ¿Cómo nos presentaremos ante el Juez con esas lagunas, sin tener la integridad que menciona el versículo anterior? Por esa razón, el divino Pastor nos promete enviar al Defensor para auxiliarnos en la práctica de la Ley.

De hecho, cuando actuamos bien, debemos tener la absoluta certeza de que nuestra buena acción no es fruto de nuestra pobre naturaleza caída, sino del indispensable auxilio de la gracia divina. Santa Teresita experimentaba claramente esta insuficiencia al escribir: “Sentimos que, sin el socorro divino, hacer el bien es tan imposible como traer el Sol de vuelta a nuestro hemisferio durante la noche”.8

Este Defensor, afirma además el Señor, permanecerá con nosotros para siempre. Es decir, estará actuando sin cesar, protegiendo y consolando, aunque no con igual intensidad y a veces de manera imperceptible. Nos cabe por tanto escuchar lo que nos dice en el fondo del alma, siguiendo los principios y los dictámenes de nuestra conciencia. También para eso necesitamos una gracia divina.

Si somos fieles a esas inspiraciones, contaremos con un Abogado contra las acusaciones presentadas por nuestra conciencia y las que el demonio formulará contra cada uno de nosotros en nuestro juicio particular.


Oposición entre el Espíritu Santo y el mundo

17a “el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce”.

¿Qué es lo que lleva al mundo a no ver ni conocer al Espíritu de la Verdad?

Quien decide seguir principios contrarios a la Ley de Dios, trata de deformar y apaciguar su conciencia, para no oír la voz del Espíritu Santo que siempre está indicándole los rectos caminos de la virtud y de la santidad a la cual todos están llamados, sin excepción alguna, según la doctrina explicitada por el Concilio Vaticano II: “El divino Maestro y Modelo de toda perfección, el Señor Jesús, predicó a todos y cada uno de sus discípulos, cualquiera que fuese su condición, la santidad de vida, de la que Él es iniciador y consumador: ‘Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto’ (Mt 5, 48). […] Es, pues, completamente claro que todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad”.9


Participar en las relaciones de las tres Personas divinas

17b “vosotros, en cambio, lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros. 18 No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros. 19 Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. 20 Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros”.

La escena es emocionante. En este discurso de despedida, Nuestro Señor quiere dejar patente que cada uno de nosotros, bautizados, forma parte de esas relaciones de familiaridad entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Como el Padre está en el Hijo, la Trinidad estará en mí si yo amo a Dios y cumplo la Ley. El Espíritu Santo estará en mí, y seré su templo vivo.

¡Cuánto debemos cuidar ese templo, ese tabernáculo que somos nosotros mismos, sin nunca permitir que en él entre el desorden y el pecado!


No existe amor sin humildad

21a “El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama”.

Aquí el divino Maestro retoma la idea inicial del Evangelio de este domingo: amar a Dios sobre todas las cosas significa practicar los Mandamientos. En esto consiste la prueba del verdadero amor.

Ahora bien, podemos decir que la base fundamental para dar acogida a los Mandamientos de la Ley de Dios se llama humildad. El orgulloso confía en sí, se cree capaz de todo y por ello no verá necesidad de creer en un Dios omnipotente. Para acoger los Mandamientos se debe rechazar aquello a lo que la naturaleza humana caída aspira: ser considerada dios. A partir del momento en que la persona se inclina hacia el pecado, comienza a ceder en materia de orgullo o de sensualidad, y si no recibe una protección muy especial de la gracia, irá hasta el último límite del mal. Al respecto observa el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira: “Las malas pasiones, como los cataclismos, tienen una fuerza inmensa, pero para destruir. Dicha fuerza posee ya potencialmente, en el primer instante de sus grandes explosiones, toda la virulencia que se hará patente más tarde en sus peores excesos”.10


El peligro de las concesiones

De hecho, las concesiones al pecado son comparables a una bola de nieve que se desprende de lo alto de la montaña, va creciendo mientras rueda cuesta abajo y acaba por provocar una avalancha. Aunque al principio tengan apariencia insignificante, de no ser combatidas pueden arrastrar el alma al extremo de esta absurda pretensión: “Escalaré los cielos, levantaré mi trono por encima de las estrellas de Dios, me sentaré en el monte de la reunión, en la morada divina; subiré más alto que las nubes, seré igual al Altísimo” (Is 14, 13-14).

El delirio de querer ser Dios se halla incrustado en todo defecto consentido. Muy bien lo ilustra la tentación que el demonio propuso a Eva, incitándola a comer el fruto prohibido: “En el momento en que comáis […] seréis como dioses” (Gn 3, 5). ¡Comer el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal era la única prohibición que había en el Paraíso! Con todo, Adán cayó y su pecado produjo, según Lacordaire, “efectos desastrosos, tales como el oscurecimiento del espíritu, el debilitamiento de la voluntad, el predominio del cuerpo sobre el alma y de los sentidos sobre la razón, consecuencias penosas que nos son reveladas por la experiencia que hacemos, en nosotros mismos, del imperio del pecado”.11

Hasta hoy la humanidad entera padece las consecuencias de esa primera trasgresión a un mandato divino, cometida en el Paraíso, y para cuya reparación Nuestro Señor Jesucristo tuvo que encarnarse y derramar voluntariamente toda su sangre. Así podemos evaluar cuánta vida interior, oración y vigilancia se requieren para cortar desde el primerísimo momento todo cuanto pudiera llevarnos a pecar.

Lo opuesto a esta situación está declarado en la maravillosa invitación del versículo siguiente.


Una idea equivocada de teofanía

21b “y el que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él”.

Los Apóstoles, todavía demasiado influenciados por la falsa concepción mesiánica vigente en Israel, esperaban una manifestación extraordinaria de Nuestro Señor para el mundo entero, como a veces ocurriera en el Antiguo Testamento. Se imaginaban así una glorificación terrena de Jesús, el cual sería reconocido por el pueblo como el Mesías libertador.

¡Meros intereses mundanos en esos hombres llamados, no obstante, a ser las columnas, los fundamentos de la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana!

Ahora bien, una demostración inequívoca de la divinidad de Jesús haría menos meritoria la fe. Escuchar una voz proclamando “Yo soy el Dios de Israel” en medio de temblores de tierra, nubes de humo elevándose de la montaña y toques de trompeta, llevaría a una aceptación del Mesías más por la evidencia que por la fe, lo cual acabaría por ser inútil. En efecto, ¿no habían sido suficientes los innumerables milagros realizados por el divino Maestro frente a multitudes? ¡Cuántos ciegos volvieron a ver, cuántos paralíticos a caminar, cuántos leprosos quedaron limpios! Eso, sin contar las multiplicaciones de los panes y de los peces. El pueblo contempló todo eso con el corazón endurecido. ¿Acaso en la hora suprema de la Pasión alguno de esos bendecidos con los milagros del Señor —¡y fueron muchos!— se levantó en defensa de su gran Benefactor?

A ese pueblo le hacía falta una conversión, un cambio de mentalidad. Cuando Nuestro Señor dijo que se manifestaría a quien cumpliera su palabra y lo amase, causó sorpresa en los Apóstoles, como lo revela la pregunta hecha en seguida por Judas Tadeo: “Señor, ¿por qué te vas a manifestar a nosotros y no al mundo?” (Jn 14, 22). La voz de este Apóstol no era sino el eco del pensamiento de los demás, porque poco antes pedía Felipe: “Muéstranos al Padre” (Jn 14, 8), e indagaba Tomás: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo vamos a conocer el camino?” (Jn 14, 5).


La manifestación de Jesús a quien lo ama

Los Apóstoles, preocupados en presenciar algo retumbante, no veían la grandiosa sublimidad que tenían frente a sus ojos. Comenta Royo Marín: “Al revelarnos su vida íntima y los grandes misterios de la gracia y la gloria, Dios nos hace ver las cosas, por decirlo así, desde su punto de vista divino, tal como las ve Él. Nos hace percibir armonías del todo sobrenaturales y divinas que jamás hubiera podido llegar a percibir naturalmente ninguna inteligencia humana ni angélica”.12

A través de la fe se desvelaba una maravillosa realidad espiritual. “La fe infusa —comenta Garrigou-Lagrange— por la cual creemos todo cuanto Dios nos ha revelado, porque Él es la Verdad, es como un sentido espiritual superior que nos permite oír una armonía divina, inaccesible a cualquier otro medio de conocimiento. La fe infusa es como una percepción superior del oído, para la audición de una sinfonía espiritual que tiene a Dios por Autor”.13

Nuestro Señor nos promete aquí la más grande de las recompensas, la cual explicita todavía más en el siguiente versículo: “Si alguien me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14, 23).

De hecho, ¿qué más se podría dar al hombre además de transformarlo en morada del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo? Más que eso, imposible. Santo Tomás dice que todo podría haber sido creado por Dios de manera más bella, más excelente, con la sola excepción de tres criaturas: Jesús, en su humanidad santísima; María, en su humanidad y santidad perfectísima, y la visión beatífica.14 Pues bien, Jesús nos dice aquí que ya en esta misma Tierra comenzamos a ser morada del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, teniendo, por consiguiente, una vida incoactiva, semilla de gloria plantada en nuestra alma, la cual florecerá por completo en la eternidad.

En esto consiste la manifestación de Nuestro Señor a quien ame y conserve su palabra: ¡será transformado en un tabernáculo de la Santísima Trinidad! Sin fenómenos extraordinarios, en el silencio, en el recogimiento, sucederá algo indecible entre el alma y las Tres Personas de la Santísima Trinidad. ¿Cuántas veces no hemos sentido en lo íntimo del alma la presencia de Nuestro Señor Jesucristo, por ejemplo cuando por amor a Él resistimos la tentación y evitamos el pecado?

 

IV – Pidamos a María la venida de su divino Esposo

La liturgia del 6º domingo de Pascua, insistiendo en la necesidad del amor para el cumplimiento de la Ley, nos invita a estar siempre abiertos a las inspiraciones del Defensor y, en consecuencia, seremos más mansos y bondadosos, enteramente flexibles y ansiosos por hacer el bien a todos.

La Divina Providencia, por misericordia, nos concede además una incomparable intercesora que jamás se cansará de ayudarnos: “María es la puerta oriental de donde sale el Sol de Justicia, la puerta abierta al pecador por la misericordia […] Ella será abierta y no será cerrada. El pueblo se aproximará sin temor. Glorificando a la Madre del Señor, lo adorará. Recurriendo a María y rindiéndole homenajes, cosechará los frutos del holocausto ofrecido por Jesús”.15

Pidamos a la divina Esposa del Paráclito, Madre y Señora nuestra, que nos obtenga cuanto antes la gracia de la venida de este Espíritu regenerador a nuestras almas, conforme la súplica de la Santa Iglesia: “Emitte Spiritum tuum et creabuntur, et renovabis faciem terræ” — Envía tu Espíritu y todo será creado, y renovaréis la faz de la tierra.

Por tanto, todo está a nuestro alcance para ser lo que debemos ser, y recibir así el premio inmerecido de convivir junto a la Santísima Trinidad, eternamente. 

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1 SAN AGUSTÍN – Sermón 268, 2: PL 38, 1232, apud CIC 797.

2 PABLO VI – Unitatis redintegratio, nº 2.

3 Cf. SAURAS, OP, Emilio – El Cuerpo Místico de Cristo. 2ª Ed. Madrid: BAC, 1956, pp. 811-814.

4 ROYO MARÍN, OP, Antonio – Somos hijos de Dios. Madrid: BAC, 1977, p. 48.

5 GOMÁ Y TOMÁS, Isidro – El Evangelio explicado. Barcelona: Casulleras, 1930, vol. 4, p. 196.

6 Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO – Suma Teológica I-II, q. 18, a. 4 ad 3; q. 19, a. 6 ad 1; q. 71, a. 5 ad 1; II-II, q. 79, a. 3 ad 4.

7 CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio – Consagración a la Santísima Virgen y la gracia divina. In: Dr. Plinio. São Paulo. Año VIII. Nº 89 (Agosto 2005); p. 24.

8 SAINTE THÉRÈSE DE L’ENFANT JESUS – Histoire d’une âme. Bar-le-Duc: St. Paul, 1939, p. 183.

9 CONCILIO VATICANO II – Lumen Gentium, nº 40.

10 CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio – Revolución y Contra-Revolución. 5ª ed. São Paulo: Retornarei, 2002, p. 44.

11 LACORDAIRE, OP, Henri-Dominique – Conférences de Notre-Dame de Paris. Paris: J. de Gigord, 1921, vol. 4, p. 312.

12 ROYO MARÍN, OP, Antonio – Teología de la Perfección Cristiana. 5ª ed. Madrid: BAC, 1968, p. 475.

13 GARRIGOU-LAGRANGE, OP, Réginald – Les trois ages de la vie intérieure. Montréal: Lévrier, 1955, vol. 1, p. 67.

14 SANTO TOMÁS DE AQUINO – Suma Teológica I, 25, a. 6, ad 4: “La humanidad de Cristo por estar unida a Dios; la bienaventuranza creada por ser goce de Dios; la bienaventurada Virgen por ser Madre de Dios, tienen una cierta dignidad infinita que les proviene del bien infinito que es Dios. Y en este sentido, nada se puede hacer mejor, pues nada puede ser mejor que Dios”.

15 JOURDAIN, Z.-C – Somme des Grandeurs de Marie. 2ª ed.París: Hippolyte Walzer, 1900, vol. 1, p. 694.

 
 
(Transcrito de la Revista “Heraldos del Evangelio - Salvadme Reina” Nº 94 - Mayo 2011)
 

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