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Domingo, 23 Marzo 2014

Amor a toda prueba


Comentario al Evangelio — Domingo 3º de Cuaresma
Mons. João Scognamiglio Clá Dias, E.P.

Presidente General de los Heraldos del Evangelio

Sitio Web: www.joaocladias.org.br

El encuentro con una pobre mujer de Samaría prefigura el amor de Jesús a todos nosotros. Fatigado por el calor del camino, el Redentor necesita agua; pero su sed por convertir esa alma es incomparablemente mayor.

João Scognamiglio Clá Dias, E.P. - Comentarios al Evangelio - III Domingo de Cuaresma

Evangelio:

Allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, fatigado del camino, se había sentado junto al pozo. Era alrededor de la hora sexta. Una mujer de Samaría fue a sacar agua, y Jesús le dijo: «Dame de beber». Sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar alimentos. La samaritana le respondió: «¡Cómo! ¿Tú que eres judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?». Pues los judíos no se trataban con los samaritanos. Respondió Jesús y le dijo: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: “Dame de beber”, tú le habrías pedido y él te habría dado agua viva». «Señor, le dijo ella, no tienes nada para sacar el agua y el pozo es profundo. ¿De dónde sacas esa agua viva? ¿Eres acaso más grande que nuestro padre Jacob, que nos ha dado este pozo, del cual bebió él, sus hijos y sus ganados?». Jesús le respondió: «Todo el que bebe de este agua tendrá nuevamente sed, pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más volverá a tener sed. El agua que yo le daré será en él un manantial que salta hasta la vida eterna». «Señor, le dijo la mujer, dame de esa agua para que no tenga más sed ni haya de venir hasta aquí a sacarla». (Jn 4, 6-15)

I – INTRODUCCIÓN


Los judíos doctos y los discípulos de San Juan

Inmediatamente después del Bautismo de Jesús surgieron los primeros discípulos. Formados en la escuela del Precursor, estaban a la espera del Mesías y por eso lo siguen con prontitud. El comienzo del Evangelio de san Juan describe muy bien la relación de Jesús con la comunidad elegida por el Bautista, orientada en la fe, la esperanza y el amor. La narración de los actos iniciales de la primera fase de vida pública del Salvador culmina en el episodio de las Bodas de Caná y la expulsión de los mercaderes del templo.

Después de mencionar a los discípulos, el Evangelista enfoca a otra categoría de personas pertenecientes a la comunidad judía: los ancianos, que pese a creer en Nuestro Señor en alguna medida, no se atrevían a declararlo públicamente a causa de un extremado respeto humano. Los representa Nicodemo, que afirma al acercarse a Jesús: “Maestro, sabemos que Dios te ha enviado para enseñarnos” (Jn 3, 2). Dice “sabemos” y no confiesa creer en la divinidad de Jesús. Puede verse que había llegado a tal conclusión por un estricto razonamiento desprovisto de fe, aplicando su inteligencia y apoyándose en datos culturales. Es un típico representante de la corriente de los hombres doctos instruidos en la ciencia farisaica.

El contraste entre la vertiente de los discípulos del Bautista y la de los ancianos permite comprender mejor –por la semejanza hacia una y la diferencia con la otra– la figura de la samaritana, contemplada en la Liturgia de hoy.


Samaría, un país paganizado

Esa región de la Palestina central tiene a Judea al sur y a Galilea al norte. La Escritura nos relata la forma en que se produjo la separación entre samaritanos y judíos. El año 721 a. C. el rey asirio conquistó Samaría, deportó a sus habitantes y trajo gentes de Babilonia y otras ciudades para ocuparla. Pero como los nuevos pobladores no rendían culto al Señor cuando empezaron a habitar esa tierra, Dios envió contra ellos leones que los devoraban. Ordenó entonces el soberano asirio: “Llevad uno de los sacerdotes que trajisteis cautivos, para que viva allí y les enseñe a dar culto al Dios de aquella tierra” (2 Re 17, 27).

Fue, pues, a residir allá uno de los sacerdotes israelitas deportados, y les enseñaba a esos paganos cómo deberían adorar al Señor. A pesar de ello “aquellas gentes se hicieron cada una sus dioses en las ciudades que habitaban y los pusieron en los altos edificados por los samaritanos.” (id., v. 29).

Al regresar los israelitas del cautiverio a Samaría, se dejaron corromper con la idolatría de esos pueblos y rompieron así el pacto de la Alianza que obligaba la exclusión de cualquier culto idólatra. No obstante, se mantuvieron monoteístas, se ufanaban de ser hijos de Abraham, y de las Escrituras sólo admitían el Pentateuco.

Por estos motivos, Samaría era tratada por los israelitas como un país pagano. El odio mutuo llegó a tal grado, que era muy arriesgado para un judío (o un galileo) cruzar ese territorio. Preferían dar una vuelta a través de Perea, como lo hizo el Divino Maestro en su último viaje a Jerusalén, al serle negado el hospedaje (1).

Cualquier judío que se viera en la eventualidad de tomar contacto con un samaritano era considerado legalmente impuro; no estaba permitido servirse pan ni vino de aquel pueblo sin mancharse, según los preceptos de la Ley. A su vez, los samaritanos tenían a los israelitas por rivales y enemigos.


El amor de Jesús a las almas humildes

Antes de entrar en consideraciones sobre el Evangelio de hoy, hagamos una comparación entre el proceder de Jesús con Nicodemo y con la samaritana.

Debido al respeto humano, Nicodemo prefiere camuflarse en las sombras de la noche para visitar al Maestro. La iniciativa de la búsqueda es suya.

Muy por el contrario, en el caso de la samaritana, y a pesar del cansancio producido por un largo camino en terrenos accidentados –unos treinta kilómetros de distancia– Jesús va en busca de la oveja perdida, en pleno mediodía y bajo un fuerte calor. Además, dispone las circunstancias para poder quedarse a solas, a fin de tener la oportunidad de desarrollar su apostolado cuando se acerque a ella. Los detalles del acontecimiento reflejan claramente el delicado cariño de Jesús hacia las almas humildes y modestas.

 

II – EL EVANGELIO

6 Allí estaba el pozo de Jacob.

El libro del Génesis describe algunos pozos excavados por orden de Jacob (Gn 26, 18-32). Acostumbrados como estamos hoy a las tuberías de agua potable, no tenemos idea de la fundamental importancia de un manantial o de un pozo en el Oriente de aquellos tiempos. Éste, en concreto, había sido cavado ciertamente para evitar la contaminación con las aguas de los vecinos cananeos, puesto que en las cercanías había algunas generosas fuentes.

Jesús, fatigado del camino, se había sentado junto al pozo.

En aquellas tierras el calor del verano escuece. Se buscaba caminar fuera de los horarios de máxima insolación a fin de evitar el agotamiento. En este pasaje del Evangelio vemos a Jesús comportarse, en su humanidad, como cualquier persona que siente el disgusto del bochorno en esa estación del año.

Esto nos lleva a una interesante consideración sobre la paradoja de la unión de dos naturalezas en la Persona de Jesús: una creada, y otra divina. En particular, a propósito de este episodio con la samaritana, los autores clásicos se complacen en tejer los más variados comentarios. San Juan, que escribió su Evangelio para resaltar la sustancia divina del Salvador, muestra en este trecho su empeño en retratar su lado humano. Uno de los Padres de la Iglesia que trató el asunto bellamente y con vuelo de águila, fue san Agustín:

No en vano se fatiga la Virtud de Dios. No en vano se fatiga Aquel por quien los fatigados recobran sus fuerzas. No en vano se fatiga Aquel cuya ausencia nos causa fatiga, y cuya presencia nos reconforta. […]

Jesús es fuerte y es débil. Fuerte, porque ‘en el principio era el Verbo y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba al principio en Dios’ (Jn 1, 1).

¿Queréis ver cuán fuerte era el hijo de Dios? ‘Todas las cosas fueron hechas por Él y sin Él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho’ (Jn 1, 3). Y todo fue hecho sin trabajo. ¿Habrá algo más fuerte que Aquel por quien fueron hechas todas las cosas sin esfuerzo alguno?

¿Queréis ver a Jesús reducido a la debilidad? ‘El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros’ (Jn 1, 14).

La fuerza de Cristo nos dio la vida, y la debilidad de Cristo nos da una vida nueva. La fuerza de Cristo hizo existir lo que no existía; la debilidad de Cristo hizo que no pereciera lo que existía. Nos creó con su fuerza y nos salvó con su debilidad” (2).

Era alrededor de la hora sexta.

O sea, casi mediodía.

7Una mujer de Samaría fue a sacar agua, y Jesús le dijo: «Dame de beber».

Según san Agustín, el que se tratara de una mujer simboliza de algún modo la fundación de la Iglesia. La samaritana representaría la institución que habría de nacer del sagrado costado de Nuestro Señor Jesucristo.

En cuanto a que no fuera judía, el gran Doctor lo interpreta como referencia a los gentiles de quienes nacería la Iglesia: “La Iglesia vendría de los gentiles, y la raza judaica la habría de considerar extranjera” (3) Ahora bien, los samaritanos eran considerados extranjeros incluso por Jesús, conforme al relato del Evangelio. De los diez leprosos curados, sólo uno volvió para agradecer: “Era un samaritano. […] «¿Ninguno volvió a dar gracias a Dios, sino este extranjero?»” (Lc 17, 16-18).

Se trata, en fin, de una mujer común y corriente ante el Creador. La samaritana jamás se imaginaría quién era Él, y menos aún el poder que estaba en sus manos, el de ofrecer la salvación eterna. Él, a su vez, rebosa deseos de tenerla consigo por toda la eternidad.

El Señor le pide agua. ¿Su sed será sólo física? Se trata de la misma locución (“tengo sed”) que Él pronunció en lo alto de la Cruz; su gran anhelo es redimir al género humano, y en este caso concreto quiere salvar esa alma.

Pongamos toda nuestra atención en este encuentro extremadamente ejemplar de la teología sobre el llamado de la gracia. Tanto la actitud de Jesús como la de la samaritana son paradigmáticas. Es Él quien toma la iniciativa sin contar con ninguna oración, pedido, deseo o mérito de la samaritana. Como lo hace con todos los hombres, Él procede de manera enteramente gratuita. Ella, a su vez, nada sospecha de las generosas intenciones de su interlocutor; por el contrario, piensa que Jesús, siendo judío, repudia por completo a los samaritanos.

Nuestro Señor acostumbra actuar adaptándose a los modos de ser de cada cual. A Natanael le dirá que lo vio bajo una higuera (Jn 1, 50), para Andrés y Juan será una proclamación sobre el Cordero de Dios (Jn 1, 29), para los Reyes Magos era la estrella aparecida en Oriente (Mt 2, 2). Y a esta mujer le pide agua.

¡Qué misteriosa es la bondad de Dios!

8Sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar alimentos.

De hecho, Jesús quiso estar a solas. No le costaría nada conservar algunos apóstoles consigo, y le bastaría insinuar el deseo de que otros lo acompañaran, para ser atendido con alegría.

9La samaritana le respondió: «¡Cómo! ¿Tú que eres judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?». Pues los judíos no se trataban con los samaritanos.

Sea por las ropas, por el porte y quizá hasta por la pronunciación de las palabras, la samaritana reparó que se trataba de un judío. Ahora bien, como dijimos más arriba, el pueblo elegido no tocaba ni siquiera la vasija de un samaritano a fin de evitar la impureza. De ahí la perplejidad manifestada por ella.

La correspondencia a este primer llamado de Nuestro Señor podría condicionar su perseverancia y hasta su propia salvación, pero su reacción fue levantar obstáculos. Jesús, sin embargo, no desistirá de llamarla a la conversión.

10Respondió Jesús y le dijo: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: “Dame de beber”, tú le habrías pedido y él te habría dado agua viva».

Una didáctica insuperable, perfectísima. Es bien sabida la curiosidad femenina, y Jesús trata de sacarle partido. Con enorme afecto, entretiene y atrae la atención de la samaritana con algo llamativo. Agua viva es la que brota de la fuente, siempre más apreciada que la del pozo. Jesús va presentándose poco a poco como un personaje fuera de lo común, con ciertas características misteriosas, poseedor de un don de Dios.

Esta frase de Jesús en modo condicional ya contiene un comienzo de adoctrinamiento, y hacía imposible a la samaritana dejar de interesarse más a fondo por el judío sentado al borde del pozo.

Dos tipos distintos de sed acometen al Divino Maestro. Jesús necesita agua común y corriente, pero su sed por convertir esa alma es incomparablemente más grande, y por tal razón quiere despertar en el interior de su interlocutora un interés hecho de fe.

11«Señor, le dijo ella, no tienes nada para sacar el agua y el pozo es profundo. ¿De dónde sacas esa agua viva? 12¿Eres acaso más grande que nuestro padre Jacob, que nos ha dado este pozo del cual bebió él, sus hijos y sus ganados?».

La gracia empieza a trabajar en su alma con suavidad y vigor al mismo tiempo. Sus primeras palabras fueron un tanto agrias: “¡Cómo! ¿Tú que eres judío…?” A partir de este corto diálogo empieza a llamarlo “Señor”, pues vislumbra algo del misterio de Jesús, lo que significa un enorme paso para una samaritana en la consideración de un judío.

Aunque no llega a entender bien la sustancia de las afirmaciones hechas por Jesús, ciertamente se sentía atraída por el Divino Maestro en su conjunto, y por eso no lo contradice, tan sólo exterioriza su perplejidad, dispuesta a aceptar una explicación. Por ahora su atención se centra, de hecho, en el “agua viva” que desea, y en lo profundo de su subconsciente se va formando la creencia de estar frente a un hombre grandioso, comparable a “nuestro padre Jacob”.

Los samaritanos se preciaban de que su tierra había sido habitada por los patriarcas (Gn 12, 6; 33, 18; 35, 4; 37, 12; etc.), pretendiendo ablandar con eso la abyección de los judíos, oriunda de las mezcolanzas de raza y religión. De ahí el recuerdo del pozo de Jacob.

13Jesús le respondió: «Todo el que bebe de este agua tendrá nuevamente sed, 14pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más volverá a tener sed. El agua que yo le daré será en él un manantial que salta hasta la vida eterna».

Dios creó al hombre con sed de lo infinito. Nuestra alma sólo reposa en Dios ya que Él es nuestro último fin, y nada que no sea Él nos satisface plenamente.

La Sagrada Escritura nos dice: “Ni el ojo se sacia de ver, ni el oído de oír”(Ecl 1, 8). Lo que es un hecho sumamente real, repitiéndose a cada momento en nosotros y en torno a nosotros: ninguna criatura nos proporciona la ilimitada felicidad que buscamos. San Agustín comenta que ahí, en el pozo de Jacob, estaba el símbolo de las pasiones humanas. Un placer que no sea de Dios, por más gozo que produzca, acabará por no causar más que tedio y decepción. Pero el alma se esclavizará, lo buscará de nuevo en sus más variadas formas. El agua del pozo simboliza nuestras inclinaciones, que siempre nos atraerán para regresar.

Sin despreciar en nada la memoria de Jacob –antes bien, respetándola mucho– Jesús ofrece a la samaritana un agua extraordinariamente superior a la del Patriarca. Todavía más, promete “un manantial que salta hasta la vida eterna”.

15«Señor, le dijo la mujer, dame de esa agua para que no tenga más sed ni haya de venir hasta aquí a sacarla».

Con la fe más robustecida, ella cree en el poder de Dios para crear un agua capaz de eliminar definitivamente la sed, y en consecuencia, eximirla del trabajo de sacar del pozo el agua de todos los días. Ya sería una maravilla crear agua semejante, pero Jesús le habla de un prodigio incomparablemente mayor: las aguas de la gracia. “El bien de la gracia de un solo individuo supera y está por encima del bien natural de todo el universo”, afirma santo Tomás de Aquino (4).

San Agustín glosa este mismo versículo, mostrando que solamente existe una clase de agua capaz de saciar la sed por completo, de hacer brotar en nuestro interior una fuente permanente que manará hasta el feliz día de nuestro paso a la eternidad (5).

Si pidiéramos como la samaritana: “Te lo ruego, Señor, dame de esa agua”, Jesús nos respondería: “«Si alguno tiene sed, que venga a mí y beba. Quien cree en mí, como dice la Escritura, de sus entrañas brotarán ríos de agua viva». Esto lo dijo refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él.” (Jn 7, 37-39). No obstante, en un primer momento la mujer no descubre aún el verdadero sentido de las palabras de Nuestro Señor. Pueden aplicársele las palabras de san Pablo: “El hombre animal no capta las cosas del Espíritu de Dios” (1 Cor 2, 14).

Pese a ello el Salvador no desiste, sino que sigue trabajando en su alma con ahínco divino. Quien lo viera conversando con la samaritana, sentado junto al pozo, jamás podría imaginarse el tenor de la conversación ni el amor que manifiesta Él hacia aquella pobre oveja descarriada.

En este momento del diálogo concluye el trecho escogido por la Liturgia de hoy. Las maravillas descritas en los versículos siguientes son todavía más grandes; Jesús se le revela como el Mesías, después de mostrar que conocía su mala vida matrimonial. Transformada por la gracia del Redentor, ella asume la función de verdadero apóstol con todos sus conocidos.

Este lindísimo episodio nos permite comprender mejor las palabras de san Pablo que la Liturgia también selecciona hoy en la Segunda Lectura: “En verdad, apenas hay quien muera por un justo; por un hombre de bien quizás se atreviera alguno a morir. Pero Dios nos demuestra su amor en que, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Rom 5, 7-8).

 

III – CONCLUSIÓN

La samaritana, aun cuando no llevaba una vida virtuosa y era una extranjera, con todas las implicaciones de la Ley, poseía un alma impregnada de conmovedora simplicidad, verdaderamente candorosa. Su modo de ser es humilde y modesto, cumplidora de sus obligaciones y versada en los principios y tradiciones de su religión. Su conversación es elevada y sincera, como cuando manifestó su fe en Jesús. Esas cualidades atrajeron el amor del Redentor y lo movieron a ir en busca de la oveja perdida.

En el caso de Nicodemo, por el contrario, es éste quien toma la iniciativa de buscar al Maestro. Confiado en la ciencia farisaica, le costó más adherir al Señor. Además, temía perder su posición social. Aún así terminó por defender a Jesús en los momentos más difíciles, porque correspondió a las muchas gracias recibidas para ello.

En la ciencia o en la ignorancia, en la virtud o en el pecado, lo fundamental es buscar el agua de la vida en las fuentes de la Santa Iglesia. Es indispensable que no nos apeguemos a ciertos conocimientos que podamos haber adquirido, y huyamos así del orgullo de la ciencia. O bien, asumir la sencillez de espíritu y la humildad de corazón de la samaritana, aunque infelizmente estemos en un camino pecaminoso como ella.

En síntesis, roguemos especialmente este domingo a la Santísima Virgen que nos obtenga de su Divino Hijo el agua de la vida, haciendo saltar en nuestros corazones el líquido precioso de la gracia que nos conduce a la morada eterna.

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1 Cf.Lc 9, 51-56.

2 O Verbo de Deus, Gráfica de Coimbra, 1954, pp. 388-389.

3 Op. cit. pág. 394.

4 Suma Teológica, I-II, 113, 9 ad 2

5 Cfr. De diversis c. 62 – PL 37, 53

 
 
 
(Transcrito de la Revista “Heraldos del Evangelio - Salvadme Reina” Nº 19 - Febrero 2005)

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