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Miércoles, 08 Abril 2015

La fe y la verdadera paz


Comentario al Evangelio — Domingo 2º de Pascua
Mons. João Scognamiglio Clá Dias, E.P.

Presidente General de los Heraldos del Evangelio

Sitio Web: www.joaocladias.org.br

Para beneficio nuestro los Apóstoles vieron a Jesús resucitado, creyeron en la Resurrección y dieron testimonio de ella: para que creyendo nosotros, tengamos la vida eterna.

 

Evangelio:

Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz sea con vosotros. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz sea con vosotros. Como me envió el Padre, así os envío yo». Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: «¡Hemos visto al Señor!» Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré». Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Estando cerradas las puertas, se presentó Jesús en medio y dijo: «La paz sea con vosotros». Luego dijo a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente». Tomás respondió: «Señor mío y Dios mío». Díjole Jesús: «Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído».

Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro. Estas se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre (Jn 20, 19-31).

João Scognamiglio Clá Dias, E.P. - Comentarios al Evangelio - V Domingo de Pascua

I – “Estando cerradas las puertas”

Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo:«La paz sea con vosotros».

Debido a diversos motivos, la redacción de los Evangelios, aunque de insuperable precisión, es sintética. Por un sabio soplo del Espíritu Santo sus autores no sólo eligen los términos ideales, sino también los aspectos esenciales y más importantes de los episodios relatados para transmitir a los fieles el mensaje inspirado. Vemos, por ejemplo, lo expresivo de esta sucinta afirmación: “Estando cerradas las puertas”.


Miedo e inseguridad de los Apóstoles

Muchos comentaristas resaltan esta particularidad. Beda muestra que el motivo de la dispersión de los apóstoles a raíz de la Pasión –el miedo a los judíos– es el mismo que después los mantiene reunidos a puertas cerradas. Según Crisóstomo, el miedo entre ellos habría aumentado en intensidad al caer la tarde. Es realmente probable que la inseguridad cundiera en el alma de todos a partir de la comunicación de Magdalena y la confirmación de Pedro y Juan; es decir, desde que el Cuerpo del Divino Maestro desapareciera del sepulcro. Era seguro que el Sanedrín tomaría medidas de represalia cuando los guardias informaran del acontecimiento.

El miedo es casi siempre un factor aglutinante, como a veces de dispersión. Esta última ya se había verificado. Sin embargo, perseguidos por el peso de conciencia y por la completa pérdida de rumbo en que se hallaban sumergidos, sólo reunidos podrían obtener cierto apoyo moral. El instinto de sociabilidad exigía la unión de todos frente a la gran perplejidad causada por los trágicos acontecimientos de aquellos días.

Tales son los aspectos de orden natural y psicológico que explican dicha situación. Entre tanto, de más relevancia son los designios de Dios.


Demostración irrefutable de la Resurrección

El miedo, que por una eficaz acción de la gracia no tuvo acogida en el corazón de María Magdalena ni de los Discípulos de Emaús, en los apóstoles caló hasta la médula, mezclándose con las angustias de tantos sufrimientos acumulados. ¿Cuál es la razón? Si para unos la Providencia reservaba pruebas de mucho consuelo y cariño, a otros destinaba la demostración de una irrefutable y auténtica resurrección. Las puertas trancadas e infranqueables hacían evidentes las cualidades del glorioso estado del cuerpo del Salvador. Es la opinión que comparten autores de peso como Teófilo, al hacer notar que Jesús ingresó en aquel recinto fuertemente cerrado usando la misma capacidad con que había salido del sepulcro. San Agustín hace una aproximación entre el nacimiento del Divino Infante, que dejó el claustro materno de María Santísima sin tocar su Virginidad, y este ingreso en el ambiente de los apóstoles, afirmando que nada podría impedir el paso de un cuerpo habitado por la Divinidad.


Características del cuerpo glorioso

De hecho, la Teología enseña que la gloria del cuerpo encuentra su causa en la gloria del alma, ya que siendo el hombre una criatura mixta, tanto el cuerpo como el alma han de ser objeto de la glorificación celestial; por ende, cuando el alma es glorificada, el cuerpo debe serlo también. Santo Tomás de Aquino expresa esta doctrina claramente:

“Vemos que cuatro cosas del alma proveen al cuerpo, y lo hacen con tanta más perfección cuanto más vigorosa es el alma. Primero, le da el ser; y así, cuando el alma alcance la suma perfección, le dará un ser espiritual. Segundo, lo preserva de la corrupción […]; luego, cuando ella sea perfectísima, el cuerpo se conservará del todo impasible. Tercero, le da hermosura y esplendor […]; y cuando llegue [el alma] a la suma perfección, hará al cuerpo luminoso y refulgente. Cuarto, le da movimiento, y tanto más ligero será el cuerpo cuanto más potente sea el vigor del alma sobre él. Por eso, cuando el alma ya esté en el extremo de su perfección, dará agilidad al cuerpo” 1.

Es el resultado de esa entrañada unión, en donde el alma es la forma del cuerpo. En el estado de prueba en que nos encontramos, el cuerpo casi siempre es un lastre y un obstáculo para los vuelos del alma, tal como nos dice el Evangelio: “el espíritu está pronto, pero la carne es débil” (Mt 26, 41). En la bienaventuranza eterna, en cambio, el cuerpo espiritualizado guardará plena armonía con el alma, que dominará absolutamente sobre todos los movimientos corpóreos; y en esto consistirá su agilidad. Los propios sentidos físicos, dentro de su naturaleza, podrán ser usados por el alma conforme quiera disponer de ellos. Por eso, después de nuestra resurrección, podremos pasear por los astros y planetas sin auxilio de ninguna nave espacial; y al extremo opuesto, será facilísimo contemplar las moléculas o los átomos que conforman una bella piedra preciosa.

Dejando de lado las otras características de los cuerpos gloriosos – también extraordinariamente maravillosas–, para fascinarnos bastaría considerar ésta: la sutileza, utilizada por el Salvador para entrar al recinto del Cenáculo a través de las “puertas cerradas”. Santo Tomás explica que los cuerpos gloriosos tendrán “cada vez y siempre que así lo quieran” la facultad de pasar o no a través de otros cuerpos 2. Y cita como ejemplo precisamente la salida de Jesús resucitado del Santo Sepulcro, como también su entrada al Cenáculo con las puertas cerradas, que analizamos ahora, además de su Nacimiento3.


Jesús los saludó deseándoles la paz

Los apóstoles estaban sumergidos en una dolorosa orfandad y Jesús sentía pena del gran sufrimiento que les ocasionaba aquella circunstancia, por eso no deja terminar el día sin mostrarse una vez más a los hombres. Anteriormente se había dejado ver por las santas mujeres, por Pedro y por los discípulos de Emaús. Esta vez, por la noche, se presenta a los apóstoles reunidos, “estando cerradas las puertas”, y así hace patente su milagrosa resurrección.

Jesús aprovechó la llegada de la noche, momento en que todos estarían juntos, y se puso en medio de ellos para que todos lo pudieran analizar.

Según un hermoso comentario de san Gregorio Nacianceno, Jesús los saluda deseándoles la paz –algo común entre los judíos– no sólo para que lo reconocieran de inmediato, sino también para servirnos de ejemplo. Cristo sólo se aparece a quienes cierran las puertas del alma a las deletéreas influencias del mundo, para ofrecerles los consuelos de la verdadera paz.

 

II – Jesús envía a los apóstoles

Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor.

Todo hace pensar que había diez apóstoles en el Cenáculo, y como lo comentábamos anteriormente, un fuerte miedo los dominaba a todos. Aunque Juan omita la afirmación de Lucas: “Creían ver un espíritu”, la pregunta que Jesús les hace muestra el estado en que se hallaban: “¿Por qué os turbáis?” (Lc 24, 37-38). Es comprensible el temor de todos viendo entrar al Señor cuando estaban bien cerradas las puertas y ventanas, ya que no conocían aún la enseñanza teológica respecto a las características de los cuerpos gloriosos, y ni siquiera pasaba por su mente la consideración que san Agustín formularía en los siguientes términos: “Las puertas cerradas no podían impedir el paso a un cuerpo en quien habitaba la Divinidad, y así pudo penetrar las puertas el que al nacer dejó inmaculada a su Madre” 4.


“Les mostró las manos y el costado”

Por esta razón lleva la atención de los apóstoles hacia sus llagas; es decir, para dejar patente que se trataba del que fue crucificado, murió y resucitó. Los autores son unánimes a propósito de esta observación, como, por ejemplo, san Agustín: “Los clavos habían taladrado las manos, la lanza había abierto el costado, y las heridas se conservaban para curar el corazón de los que dudaran” 5.

Tres cuestiones emergen de este versículo:

1) ¿Cómo fue posible que los apóstoles contemplaran la gloria de Jesús resucitado, cuando en el Tabor tres de ellos no habían soportado verlo en su transfiguración?

San Agustín explica esta pregunta:“Es de creer que la claridad como el sol con que resplandecerán los justos en su resurrección fue velado en el cuerpo de Cristo resucitado a los ojos de los discípulos, porque la debilidad de la mirada humana no la hubiese podido soportar, cuando debían conocerle y oírle” 6.

2) Siendo las cicatrices un defecto ocasionado por las heridas, ¿cómo pudieron conservarse en el Sagrado Cuerpo del Señor?

Los autores se expresan de las más variadas formas a tal respecto, pero concuerdan en observar que se trata de cicatrices de triunfo, y por lo tanto, gloriosas y no defectuosas. En el Cielo, todos los mártires traerán a la vista sus cicatrices como símbolo triunfante de su testimonio, tal como lo hacen en la tierra los militares que vencieron sus batallas.

3) Los apóstoles, ¿sólo vieron las llagas o también las tocaron? ¿Habrá sido Tomás el único en palpar las cicatrices del Señor?

El Evangelista Juan sólo dice que Jesús mostró sus llagas. Lucas va más lejos: “Tocad y ved. Un espíritu no tiene carne ni huesos como veis que yo tengo” (24, 39).

Entre tanto, la frase de san Juan en su primera Epístola:“Lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de Vida” (1, 1), y la condición puesta por santo Tomás para dar su adhesión de fe: “Si no veo en sus manos … y no meto mi mano…” (v. 25) llevan a los autores a concluir que, de hecho, no sólo Tomás sino también los demás tocaron las Santas Llagas de Jesús.

¿Cuál no habrá sido el consuelo de los apóstoles al tocar el Sagrado Cuerpo del Salvador? Nosotros tenemos hoy la gracia no de tocarlo sino, mucho más, de recibirlo en comunión.

¡Oh sacrosantas llagas, manantial de toda santidad, cuántos dones recibieron los apóstoles al tocarlas!

Sin embargo, que Jesús las haya mostrado en esa ocasión no significa que siempre deba ostentar las señales de su Pasión. Se apareció como peregrino a los discípulos de Emaús, y para la fe robusta de la Magdalena no sólo se presentó sin las llagas, sino que le impidió tocarlo para no disminuir sus méritos. A los apóstoles los invita a palparlas por razones didácticas. La forma de presentarse depende de su voluntad y conveniencia.

La alegría que sintieron en esa ocasión era el cumplimiento de la promesa del propio Salvador: “Volveré a veros y se alegrará vuestro corazón” (Jn 16, 22).


Jesús les da el Espíritu Santo

Jesús les dijo otra vez: «La paz sea con vosotros. Como me envió el Padre, así os envío yo».

Jesús les desea nuevamente la paz. Los quiere serenos y confiados para recibir la gran misión que les otorgará. Con la misma autoridad con que el Padre envió al Hijo, éste envía a sus discípulos. Autoridad que reside en él como Hombre: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra” (Mt 28, 18); y como Dios, la posee por naturaleza. Los apóstoles son“enviados”, por lo tanto poseen un poder por delegación.

Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo».

La exégesis se inclina a interpretar este pasaje en el sentido que Cristo no sopló sobre cada uno de los apóstoles, sino que lo hizo solamente de modo genérico, lo que era suficiente para todos incluyendo al mismo Tomás, ausente en aquel momento.

¿Cómo entender la anterior afirmación de Jesús: “Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré” (Jn 16, 7)?

Es preciso distinguir entre “enviar” y “dar”. En el presente versículo, Jesús “da” a los apóstoles el Espíritu Santo con el único objetivo –como luego veremos– de conferirles el poder de perdonar los pecados, uno de los varios dones del mismo Espíritu. En Pentecostés sí que fue “enviado”, sobre María y las demás personas reunidas en el Cenáculo, el Espíritu Santo con sus dones.

A este propósito, dice san Agustín: “El soplo corporal de su boca [de Cristo] no fue la sustancia del Espíritu Santo, sino una conveniente demostración de que el Espíritu Santo no procede sólo del Padre, sino también del Hijo” 7.

Y San Gregorio Magno añade:“¿Por qué, pues, lo da primero a sus discípulos sobre la tierra, y después lo envía desde el cielo, sino porque son dos los preceptos de la caridad, a saber, el amor a Dios y el amor al prójimo? En la tierra se da el Espíritu de amor al prójimo, y desde el cielo el Espíritu del amor a Dios; […] porque en el amor al prójimo se aprende cómo puede llegarse al amor de Dios” 8.


El Sacramento de la Reconciliación

«A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Cuando se realiza una ordenación sacerdotal, el obispo ordenante profiere las palabras de estos dos versículos (22 y 23), por las cuales los sacerdotes se constituyen en ministros del Sacramento de la Penitencia y jueces de los pecados, con la facultad de retenerlos o perdonarlos. Ministerio de indecible elevación, pero que exige luces, prudencia, pureza de corazón y, sobre todo, celo por las almas. “Noblesse oblige!”, dicen los franceses. A tal punto es así que san Juan Crisóstomo llega a opinar: “Si el sacerdote llevase bien su vida, pero no cuidase con diligencia la de los otros, se condena con los réprobos” 9.

Por otro lado, dicho ministerio baña en consuelo el corazón de los fieles, puesto que, pese a hacerles necesaria la confesión, les confiere la certeza del perdón. E incluso si el sacerdote retiene algún pecado, lo hará para un mejor provecho del penitente cuando, en el futuro, sea perdonado. Hoy tomamos con naturalidad la inconmensurable dádiva de disponer del Sacramento de la Reconciliación, pero es tan extraordinario que nuestra limitada inteligencia no llega a entenderlo por entero.

 

III – El apóstol incrédulo

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: «¡Hemos visto al Señor!» Pero él les contestó:«Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré».

Aunque no haya una indicación expresa en los Evangelios, de los hechos narrados se deduce que los apóstoles se dispersaron durante la Pasión. Además, parece que no vivían juntos en Jerusalén hasta la orden dada por el Señor con motivo de la Ascensión10. La terrible acusación de violadores del Santo Sepulcro – uno de los actos más criminales, sancionado con duras penas– que había lanzado el Sanedrín contra ellos los hizo buscar formas de seguridad personal extremamente cautelosas. Por tales razones, sólo se reunían en ocasiones esporádicas. Con santo Tomás en concreto sucedió que no buscó a los demás ni supo de las noticias sobre las distintas apariciones por puro temor a las persecuciones. A eso se debe su ausencia durante la primera aparición de Jesús a los apóstoles.

Ningún motivo válido tenía Tomás para dejar de creer en testigos tan numerosos y fidedignos. Se percibe en él una imaginación fértil acompañada por una robusta obstinación, dificultándole cualquier conclusión por más obvia que fuera. Además, es de notar su presunción, ya que pone condiciones a su fe: “Si no veo… si no meto mi dedo… si no meto mi mano…”. Es una verdadera temeridad. Tomás determina los caminos a seguir por Dios, y si no se atienden las condiciones que impone, no creerá. El Señor deberá rendirse a su voluntad.


En el trato con Tomás fulgura la extremada bondad de Jesús

Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Estando cerradas las puertas, se presentó Jesús en medio y dijo: «La paz sea con vosotros».

A falta de relatos, podemos imaginar el fervor de los comentarios e intercambios de impresiones, así como la variedad de las conjeturas durante la semana que medió entre una aparición y otra. Tomás, al encontrarse con estos o aquellos, escucharía callado las manifestaciones de incontenible euforia de sus hermanos de vocación. Su fondo de alma era bueno; no había malicia en su duda, sino pura franqueza. Esos ochos días de ansiosa espera fueron, por divina didáctica, ciertamente benéficos para todos.

Era necesario encontrarlos reunidos en plenario a la primera ocasión, lo que sólo sería posible la semana siguiente. Algunos autores piensan que Jesús quiso iniciar la sustitución del sábado judaico por el domingo católico; otros aplican a Tomás la sentencia de Pablo: “Corrige a los que pecan en presencia de todos” (1 Tim 5, 20), por lo cual era bueno que quien había faltado a la fe delante de todos, fuera corregido frente a los testigos de su falta.

Tengan razón o no, lo cierto es que Jesús, repitiendo todo el proceder de la primera aparición, se valió de una extremada bondad con Tomás. Manifestaba así su completo perdón al apóstol incrédulo.

No es difícil imaginar la sorpresa de Tomás al reencontrar al Señor. Esa situación la pasaremos todos cuando dejemos atrás los umbrales del tiempo y nos adentremos en la infinitud de la eternidad… ¿Qué grado de fe nos acompañará para la ocasión?

Luego dijo a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente».

Jesús no espera la iniciativa de Tomás, sino que se dirige al discípulo incrédulo repitiendo sus mismas palabras condicionales. Aquí vemos cuánto mejor es ser amado que amar; en este amor que desciende del Sagrado Corazón, nuestras faltas son consumidas y somos afectuosamente corregidos. Este versículo también apunta una demostración más de la divinidad de Jesús, que conocía perfectamente las afirmaciones de incredulidad de Tomás sin haberlas presenciado.

Los exégetas debaten si Tomás tocó las santas llagas o si le bastó con ver otra vez al Salvador, como también si le fue posible, o no, tocar un cuerpo glorioso. Prevalece la opinión de la mayoría, según la cual Jesús, en su infinita bondad, hizo que sus adorables cicatrices fueran tocadas por aquel apóstol sujeto a la falta de fe. Si el borde de su manto y hasta su sombra curaban las más terribles enfermedades, ¿qué decir de su Cuerpo?

¿Y cuál fue la reacción de Tomás?

Tomás respondió: «Señor mío y Dios mío».

Entre los Padres de la Iglesia, Teófilo es uno de los mejores en comentar este pasaje: “Aquel que primero se había mostrado infiel, después de tocar el costado del Señor se convierte en el mejor teólogo, pues disertó sobre las dos naturalezas de Cristo en una sola persona; porque diciendo ‘Señor mío’ confesó la naturaleza humana, y diciendo‘Dios mío’ confesó la divina y un solo Dios y Señor” 11.

Otros autores resaltan el poder de la gracia sobre ciertas almas, transformándolas desde un extremo del mal al polo opuesto de la virtud, y hacen una aproximación entre la conversión de Pablo y la buena actitud final de Tomás.


Testigos preparados para nuestro futuro beneficio

Díjole Jesús: «Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído».

Con mucha claridad, objetividad y discernimiento, Fray Manuel de Tuya, O. P. (de quien guardo afectuosos recuerdos) explica este versículo. La intención de Cristo “no es [de] censura a los motivos racionales de la fe”, ni a las personas a que se había mostrado; era, eso sí, bendecir “a los fieles futuros que aceptan, por tradición ininterrumpida, la fe de los que fueron‘elegidos’ por Dios para ser ‘testigos’ de su resurrección y para transmitirla a los demás. Es lo que Cristo pidió en la ‘oración sacerdotal’: ‘No ruego sólo por éstos (por los apóstoles), sino por cuantos crean en mí por su palabra’ (Jn 17, 20)” 12.

Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro. Estas se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

Ante el escándalo de la Crucifixión, los apóstoles requerían este auxilio. Después de comprobar los milagros más grandes hechos por el Divino Maestro, lo vieron arrestado, flagelado, desplazado por un Barrabás, levantado en el Madero entre dos criminales y muerto en medio del rechazo general. Estos elegidos del Padre para ser los heraldos no sólo de la Pasión sino también de la Resurrección, necesitaban ver al Mesías en su Sagrado Cuerpo glorificado. Su incredulidad, culpable o no, ha de tomarse como extremadamente ventajosa para nosotros: “Para que creáis”. En su sabiduría eterna e infinita, la Providencia Divina concibió estos insuperables testigos, estos primerísimos heraldos del Evangelio. Vieron por nosotros, fueron probados por nosotros, creyeron por nosotros, escribieron por nosotros. Y ahora llegó el turno de dar nuestro testimonio; si no creemos, ya no tendremos excusa. Estamos destinados a la bienaventuranza de creer sin haber visto, e ingresar así a la vida eterna.


* * *

En este mundo ateo, relativista e impregnado de orgullo, levantemos nuestros ojos hasta Aquella que jamás vaciló en la fe ni en virtud alguna, e imploremos su poderosa intercesión para obtener de su Hijo resucitado gracias eficaces y superabundantes con que practicar en grado heroico las virtudes teologales y cardinales. O sea, para alcanzar una plena santidad de perfil mariano.

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1 Santo Tomás de Aquino, Super Epistolas B. Pauli lecturam t. 1: Super primam Epistolam ad Corinthios lectura, cap. 15, 1. 6.

2 Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, Suppl., q. 83, a. 2, ad. 4.

3 Idem

4 Apud santo Tomás de Aquino, Catena Aurea.

5 Ibidem.

6 Ibidem.

7 Ibidem.

8 Ibidem.

9 Ibidem.

10 Cfr. Lc 24, 49 y Hch 1, 4.

11 Apud santo Tomás de Aquino, CatenaÁurea

12 Biblia Comentada, BAC, Madrid, 1964, v. II, p. 1.316. 

 
 
(Transcrito de la Revista “Heraldos del Evangelio - Salvadme Reina” Nº 33 - Abril 2006)

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