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Domingo, 18 Mayo 2014

Las dudas de algunos ayudan a la fe de otros


Comentario al Evangelio — Domingo 5º de Pascua
Mons. João Scognamiglio Clá Dias, E.P.

Presidente General de los Heraldos del Evangelio

Sitio Web: www.joaocladias.org.br

Las antiguas revelaciones eran conocidas y aceptadas por los apóstoles. Pero las innovaciones manifestadas por el Señor ampliaron mucho sus horizontes, causándoles cierta perplejidad. Las dudas positivas de Tomás y las ingenuas de Felipe contribuyeron a enriquecer todavía más las nuevas revelaciones.

 

João Scognamiglio Clá Dias, E.P. - Comentarios al Evangelio - V Domingo de Pascua

Evangelio:

No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios: creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, ¿os hubiera dicho que voy a prepararos un lugar? Y cuando me vaya y os haya preparado un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros. Y para ir adonde yo voy, sabéis el camino.”

Tomás le dijo: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?” Jesús le respondió: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me habéis conocido a mí, conoceréis también a mi Padre. Desde ahora lo conocéis y lo habéis visto”. Felipe le dijo: “Señor, muéstranos al Padre y nos basta”. Jesús le dijo: “¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: ‘Muéstranos al Padre’? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? Las palabras que os digo no las digo por mi cuenta; el Padre que permanece en mí es el que realiza las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Al menos, creedlo por las obras. En verdad, en verdad os digo: el que crea en mí, hará también las obras que yo hago, y hará mayores aún, porque yo voy al Padre” (Jn 14, 1-12).

I – No se turbe
vuestro corazón

“No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios: creed también en mí.”

La predicción hecha por Jesús a sus discípulos acerca de la triple negación de Pedro, antes que cantara el gallo, así como el anuncio de la traición que sería perpetrada por Judas, no podían sino perturbar sus corazones 1. Por eso afirma Maldonado: “Esta frase, en el sentir de todos los autores griegos, fue dicha por Cristo para que no se asustasen los demás apóstoles al oír la predicación hecha a Pedro (que le negaría) y pensasen que ellos también, contra su voluntad, irían a traicionarle, puesto que el jefe y más valiente de todos ellos había de caer” 2. Por eso, también algunos de esos autores concluyen que este consejo de Cristo representa una prueba de su divinidad, al demostrar que conocía el pensamiento de sus discípulos.

Los apóstoles tenían fe en Dios desde la infancia por haber sido educados en los principios de la religión verdadera por los padres. Por otro lado, en innumerables ocasiones tuvieron la oportunidad de manifestar esa creencia. Pero a partir de entonces, Jesús quiere un paso más en este camino. “Es el propio ‘leitmotiv’ de todo aquel discurso: Jesús exige a sus discípulos que tengan tanta fe en Él como la tienen en el Padre, que crean que Él está en el Padre y que el Padre está en Él 3.

Cristo les levanta, ante su partida, el optimismo: que no haya ‘turbación’. Pues ‘creeis en Dios, creed también en Mí.’ Puesto que ya ‘creen’ en Dios, que ‘crean’ también en Él; que esa fe en Él se mantenga y aumente en su ausencia, a pesar de que van a presenciar su muerte de cruz; que ‘crean’ en Él como en el Hijo de Dios, tema del Evangelio de Juan […] Por eso parece que el primer verbo se tome en presente, y el segundo en imperativo” 4.

La creencia en el Hijo de Dios brinda al corazón una tranquilidad imperturbable, la confianza y sosiego verdaderos, en una palabra, una paz sólida, puesto que a pesar de todos los obstáculos, luchas y debilidades que podamos sufrir, Dios y su Cristo triunfan en su omnipotencia, como comenta Crisóstomo: “La fe que tenéis en mí y en mi Padre que me engendró, es más potente que todos los acontecimientos que sobrevengan: ningún trabajo puede nada contra ella. De esta suerte manifiesta el poder de la Divinidad, que ponía en evidencia los pensamientos que estaban latentes en sus almas, diciendo: ‘No se turbe vuestro corazón’” 5.

Ese consejo de Jesús también se aplica a nosotros, porque si tenemos a Cristo que gobierna todas las cosas con su providencia divina, y que de todos los acontecimientos puede sacar fruto para su gloria, ¿cómo puede turbarse nuestro corazón? Él es nuestro Salvador, que todo lo ha previsto y que, aparte de soportar todas las pruebas, nos acompaña paso a paso con profusión de gracias y dones, en aras de nuestra propia glorificación. Por onde, no tener
fe o tenerla de manera débil, e incluso no saber apoyarse en ella durante las dificultades, aflicciones y angustias, es ser infeliz. Peor aún si se busca el consuelo en el mundo o en la carne, porque ambos son incapaces de ayudarnos.

 

II – La promesa del
Reino de los Cielos

«En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, ¿os hubiera dicho que voy a prepararos un lugar? Y cuando me vaya y os haya preparado un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros. Y para ir adonde yo voy, sabéis el camino».

En estos tres versículos, Jesús aborda realidades eternas y sobrenaturales relacionadas con nuestra fe; pero como su alma se encuentra en la visión beatífica desde su creación, discurre sobre estos asuntos con toda autoridad y claridad, sin perder la sencillez del que describe lo que ve. Las figuras que emplea llegan a ser cándidas y al mismo tiempo llenas de consistencia. Gracias a su pedagogía divina, se expresa de manera completamente accesible. Las verdades contenidas en estos versículos son transmitidas a fin de infundir a los discípulos la confianza de no estar excluidos de su reino, aunque no pudieran seguirlo en ese momento.

Él los consuela asegurándoles que no por eso quedan excluidos, aunque de momento no le sigan. Ya lo harán a su tiempo, y no les faltará lugar allí, porque en casa de su Padre, esto es, en su reino, son muchas las mansiones y a cada cual se le guarda la suya, sin peligro de que otro la ocupe” 6.

El reino de los Cielos es el paraíso de los bienaventurados, creado desde el principio del mundo, cuyas puertas se cerraron por el pecado del hombre. Cristo anuncia, ya no que abrirán esas puertas con su muerte, resurrección y ascensión, sino que tomará posesión del Reino en su nombre y por sus méritos, y preparará en él un lugar para cada
uno de nosotros.

Por otro lado, pese a que este Evangelio coloca el acento en la multitud de las moradas 7, ellas son diferentes y por ende, desiguales. A tal respecto, san Gregorio comenta con propiedad: “Las muchas mansiones convienen con el único denario, que si bien unos más que otros se alegrarán y regocijarán, todos, sin embargo, gozarán en la fruición única de la visión de su Creador. […] No sienten tampoco los efectos de esta desigualdad, porque allí cada cual recibe de gloria lo que le basta” 8.

Jesús preparará el lugar y
volverá a llevarnos consigo

A este comentario se añade lo dicho por san Agustín: “Y así Dios será todas las cosas para todos, porque siendo Dios la caridad, se obrará por esta caridad que sea común a todos el bien que uno posea. De esta manera, cada uno posee lo que él no tiene, en tanto que lo ama en otro. No habrá, pues, envidia en la desigualdad de gloria, porque reinará la unidad de amor” 9.

A su vez, comentando a san Agustín, el padre Manuel de Tuya, O.P., va más lejos: “La enseñanza no es que el cielo sea para unos pocos; tiene una inmensa capacidad; allí caben todos. La imagen probablemente tiene por base el plano del templo, con sus múltiples estancias y compartimentos, y al que Cristo un día llamó también ‘la casa de mi Padre’ (Jn 2, 16). Precisamente Él va al cielo como Hijo a la casa de su Padre”.

Esto les hace ver ya la solicitud por ellos, pues va a ‘prepararles el lugar’. San Agustín pensaba que esto lo hacía preparando aquí a los futuros moradores; pero esta interpretación ‘modifica’ sustancialmente la metáfora. La razón de esta ‘preparación’ es que nadie podía ingresar en el cielo hasta que lo hiciese la humanidad de Cristo resucitado, ya que Él es la ‘primicia’ de toda la humanidad”.

Pero Cristo no sólo va a ‘prepararles’ el lugar –aunque directamente se dirige a ellos, la doctrina es universal– sino que, después de dejar ‘preparado’ el cielo a los hombres con su ingreso en el mismo, anuncia su retorno para venir a llevarlos con Él a su morada. Es lo que pedía al Padre en su ‘oración sacerdotal’ (Jn 17,24). ¿A qué momento se refiere esta venida? Se ha propuesto al momento de la muerte, a la parusía, o, sin precisar el momento se afirmaría sólo el hecho”.

No parece referirse al momento de la muerte. Es un tema no relatado con esta exclusiva y específica precisión en los evangelios”.

Generalmente se admite la parusía. Es el tema frecuente y esperanzado de la primera generación cristiana. Son muchas las alusiones que a ello hacen los escritos neotestamentarios. Especialmente San Pablo habla de la parusía de Cristo, en la que los justos salen al ‘encuentro’ del Señor, que viene a buscarles, ‘y así estaremos siempre en el Señor. Consolaos con estas palabras’ (1 Tes 4,17-18)” 10.

Nuestra gran habitación
es el propio Dios

La teología explica que nuestra gran habitación es Dios mismo; Él es nuestro templo. Quienes creen en Él con esperanza y amor, habitan en Él propiamente y en verdad. Las figuras empleadas por Jesús en estos versículos son infinitamente inferiores a la realidad, a tal grado que en esta tierra no logramos un conocimiento cabal acerca de ella. Solamente Cristo lo tenía en plenitud, y por eso habla con total propiedad sobre esta materia. Como Dios, este conocimiento y amor nunca se interrumpió; a partir de su naturaleza humana, su cuerpo glorificado estará puesto en el centro activo de la renovación de toda la obra de la creación, incluidos los seres minerales (cf. Rom 8, 18-25). Por eso, superando nuestro estado de animalidad y la propia muerte, regresará a elevarnos en naturaleza para estar con Él donde ahí se encuentra.

¿Qué más nos falta? Nuestro lugar está preparado, Dios nos ha hecho una promesa y ha dado su palabra… es indispensable que emprendamos los esfuerzos necesarios para cumplir el único requisito: estar preparados para esa gran venida.

 

III – “Yo soy el Camino,
la Verdad y la Vida”

Tomás le dijo: «Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?»

Jesús les había dicho en otras ocasiones que regresaría al Padre después de ser entregado al sanedrín, de ser crucificado y resucitar; ese sería su camino. Por lo mismo, anteriormente había respondido a Pedro: “Adonde yo voy, tú no puedes seguirme ahora, me seguirás más tarde” (Jn 13, 36). Por tanto, los apóstoles ya sabían.

Según san Juan Crisóstomo, Tomás pregunta con todo respeto, con el deseo de darle a Jesús la oportunidad de ser más explícito. Teofilacto hace notar la diferencia de objetivos en las cuestiones planteadas por Pedro y Tomás; el primero quería seguir al Maestro, el otro se sentía lleno de incertidumbre ante la posibilidad de que todos ellos afrontaran situaciones de riesgo. Maldonado se inclina a ver en esa actitud de Tomás “una tácita queja y amorosa reprensión por no haberles querido decir nunca abiertamente adónde iba” 11.

También puede deducirse fácilmente de esta pregunta que algunos apóstoles, cuando no todos, tenían la idea errónea de que el Divino Maestro les anunciaba un viaje en su compañía, igual a tantos otros. Tal deducción se apoya con fuerza en nuestras propias reacciones, puesto que innumerables veces olvidamos las enseñanzas recibidas o las guardamos en la pura teoría, sin aplicarlas a casos concretos. En la riqueza olvidamos la obligación del desprendimiento; en la pobreza, la virtud de la resignación; en la enfermedad, el mérito del sufrimiento; en la gloria, la humildad. En fin, en toda circunstancia deberíamos vivir –¡no sólo conocer!– de cara a nuestra última finalidad, la eternidad.

Volviendo al análisis de la actitud de los discípulos frente a la afirmación de Jesús, atendamos a lo que dice el padre Manuel de Tuya, O.P., respecto de este trecho: “Los apóstoles aparecen con una rusticidad grande, no comprendiendo, como en otras ocasiones, las enseñanzas de Cristo. Anunciándoles que va al Padre, al cielo, debían comprender lo que ya les había dicho, en otras formas, tantas veces: que había que aceptar su ‘mensaje’” 12.

Jesús le respondió: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí».

Maldonado procura mostrar que es difícil entender por qué Jesús agrega “Verdad” y “Vida” después de “Camino”. En cuanto a eso, nos muestra cómo Cristo es camino para nosotros por su doctrina, por la fe que necesariamente debemos tener en Él para llegar a la vida eterna, por la imitación que debemos hacer de Él, obligatoria para nosotros, y finalmente por habernos abierto de nuevo con sus méritos las puertas que se nos habían cerrado 13.

Lagrange no concuerda con las dificultades que aduce Maldonado: “Basta con que esa verdad y esa vida sean las del Mediador que las posee absolutamente, tal como su Padre” 14.

De hecho, no puede haber equívoco ni inseguridad toda vez que el Padre es la fuente inmutable, eterna e infinita del ser, de la vida, del amor, de la verdad, etc. El Hijo del Hombre se encamina hacia este último fin, no para ser consumido sino para ser glorificado, abriendo camino a todos los que viven de Él y creen en su verdad. Nadie puede ir al Padre más que por su intermedio. Por eso, san Hilario comenta: “Aquel que es el camino, no puede llevarnos por lugares extraviados, ni engañarnos con falsas apariencias el que es la verdad, ni abandonarnos en el error de la muerte el que es la vida” 15.

 

IV – Jesús revela
su divinidad

«Si me habéis conocido a mí, conoceréis también a mi Padre. Desde ahora lo conocéis y lo habéis visto». Felipe le dijo: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». Jesús le dijo: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? Las palabras que os digo no las digo por mi cuenta; el Padre que permanece en mí es el que realiza las obras».

Si los apóstoles hubieran reconocido toda la divinidad que había en el Hombre que les hablaba, si distinguieran su única personalidad, se darían cuenta de la unidad de naturaleza que lo ligaba con el Padre. Pero ellos no llegaban a percatarse de este profundo misterio, la consubstancialidad entre el Hijo y el Padre. En este episodio es cuando Jesús los sumerge en esa maravilla, que ni siquiera está al alcance de la pura y natural inteligencia angélica, confiándoles esta revelación en plena intimidad, al tiempo que les infunde grados de fe más elevados en su divinidad, y como consecuencia impregna sus almas de consuelo.

Frente a ellos estaba el Hijo que, siendo hombre, posee dos naturalezas: una humana, semejante a nosotros excepto en la Persona, y otra divina, por la cual es igual a su Padre. Pero, ¿cómo podrían ellos descorrer los tupidos velos de tal arcano? San Juan Crisóstomo hace justas consideraciones a este respecto: “Como diciendo: Si conocieseis mi sustancia y dignidad, conoceríais también la de mi Padre. Porque aunque lo conocían no era como convenía, hasta que después, con la venida del Espíritu Santo, conociéronle de una manera perfecta. Por esta causa continúa: ‘Y desde ahora le conoceréis (se refiere a la cognición intelectual), y le habéis visto” (por mí), manifestando que quien a Él ve, ve al Padre; pero le vieron no en su esencia pura, sino velada por la carne” 16.

Las preguntas de Felipe y Tomás

Felipe tenía un temperamento y una psicología bien distintas a las de Tomás. Éste era bastante positivo y desconfiado. La pregunta del otro evidencia ingenuidad: “La pregunta de Felipe que pide les muestre al Padre, pensando que Cristo, que hizo tantos milagros, se lo manifestase ahora con una maravillosa teofanía, al estilo de lo que se pensaba de Moisés o Isaías, que habían visto a Dios, hace ver, una vez más, la rudeza e incomprensión de los apóstoles hasta la gran iluminación de Pentecostés” 17.

Muchas veces nos vienen al alma curiosidades ingenuas al estilo de Felipe; nos gustaría ver, comprender y realizar ciertas verdades de nuestra fe. La visión clara que deseamos no se dará en este mundo. Debemos contentarnos con las luces envueltas en penumbras que ofrece nuestra creencia.

En Jesús, lo Invisible
se hizo visible

Por otro lado, las preguntas positivas de Tomás y las ingenuas de Felipe dan cabida a un enriquecimiento del acervo de la Revelación: el misterio de la unión esencial y absoluta entre el Hijo y el Padre. Como no podemos ver a Dios cara a cara, no podemos conocerlo más que por sus obras (cf. Rom 1, 18-32). El universo creado nos lleva a concluir la existencia de un poder absoluto, infinitamente superior a nosotros.

Además, nuestra conciencia nos hace imaginar un Dios radical y justo contra nuestras flaquezas y miserias, en permanente litigio con nosotros. En Jesucristo constatamos la Misericordia, al Dios que perdona, revela, ama y salva, en fin, al Padre de Bondad. Quien contempla a Jesús en sus actos de cariño infinito, ve al Padre; quien admira sus acciones, adora al Padre; quien escucha como oveja humilde su voz de Pastor, sigue al Padre. En Jesús no hay nada que sea una mera inspiración humana. Todo refleja en él el pensamiento eterno y omnisciente del Padre. Todos sus actos tienen como fuente la perfectísima voluntad del Padre. En su naturaleza creada encontramos la expresión de la sabiduría, amor y poder infinitos del Padre. En él, el Invisible y eterno se hizo visible.

“Yo estoy en el Padre y
el Padre está en Mí”

De cara a este versículo, “de dos maneras pudo conocerse la divinidad de Cristo: por sus palabras y doctrina y por sus obras, esto es, por los milagros que hacía. Ambas cosas las tenía comunes con el Padre, porque el Padre era el que hablaba por Cristo como por su Verbo, y por Él también, como por virtud y brazo suyo, obraba y hacía milagros, según Leoncio y Cirilo interpretan. Pues entonces ¿cómo dice que no habla de sí mismo? Agustín y Beda piensan que Cristo se expresa así, no ya como hombre, sino también como Dios, y afirma que no habla de sí mismo, sino del Padre. El Padre, al comunicarle la naturaleza, le da también las palabras y las obras. Pero mejor entienden Cirilo, Leoncio y Teodoro de Mopsuestia que habla el Salvador como hombre, cual si dijera: ‘Aunque me veis hombre, sin embargo, las palabras que hablo y las obras que hago no son humanas, sino divinas. Por ellas, pues, deberéis conocer que soy algo más que hombre y ver en mí al Padre” 18.

“El Padre que permanece en
mí es el que realiza las obras”

Sobre el versículo siguiente, el Padre Manuel de Tuya, O.P., explica: “De ese ‘conocer’ al Padre y al Hijo se sigue que también han de saber que ‘están’ el uno en el otro. ¿Cómo? Podría pensarse que por la unión vital e inmanencial del uno en el otro, por razón de la persona divina de Cristo; lo que la teología llama perijóresis o circuminsesio. Pero probablemente se refiera al Verbo encarnado, como Juan lo considera en el evangelio. Y así, el Padre está presente en Él, aparte de otras presencias, por las ‘obras que le da a hacer’. Dice en un texto, que es la mejor interpretación de éste: ‘Si no me creéis a mí, creed a las obras (milagros), para que sepáis y conozcáis que el Padre está en mí y yo en el Padre’ (Jn 10,38; cf. Jn 14,20). El Padre está por la comunicación que le hace, y Él está en el Padre por la dependencia que su humanidad tiene de Él para realizar los milagros y el ‘mensaje’.

Por último, a las ‘obras’ que el Padre hace en Él remite para la garantía de esta mutua presencia y de la verdad de que el que lo ve a Él ve al Padre” 19.

 

V – “Todo lo puedo en
Aquel que me conforta”

«Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Al menos, creedlo por las obras. En verdad, en verdad os digo: el que crea en mí, hará también las obras que yo hago, y hará mayores aún, porque yo voy al Padre».

Santiago dirá más tarde en su epístola que la fe sin obras está muerta. Aquí, el Salvador afirma que esa fe que exige será fecunda en realizaciones divinas. Esa virtud crea un lazo divino. El propio san Pablo afirmará: “Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2, 20) y además: “Todo lo puedo en Aquel que me conforta” (Flp 4, 13). Yendo al Padre a fin de ser glorificado en su humanidad triunfante, extenderá a los discípulos que creen en Él el poder para hacer milagros que recibió del propio Padre. Si los misterios son difíciles de alcanzar, las obras hablan por sí mismas y facilitan nuestra creencia.

Que este don concedido por el Salvador a sus fieles servidores no los envanezca, como advierte san Agustín: “Que el siervo no se encumbre por encima del Señor, ni el discípulo por encima del Maestro. Dice que los discípulos han de realizar mayores obras que Él, pero se entiende que Él obra en los discípulos o mediante los discípulos, y no los discípulos por sí mismos. Tenemos la costumbre de cantar al Señor: ‘Oh Señor, tú eres mi fuerza, has que yo te ame’.

Finalmente, ¿cuáles son estas obras mayores? ¿Serán porque, cuando ellos pasaban, su sombra curaba a los enfermos? De hecho, era una obra más admirable curar un enfermo con la sombra que con el borde del vestido. Pero el Señor curó enfermos con el borde del vestido por sí mismo, y con la sombra mediante sus discípulos. En uno y otro caso, siempre fue Él el autor de la obra” 20.

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1 LAGRANGE O.pp., M-J. – Évangile selon Saint Jean – París, Librería Lecoffre – J. Gabalda y Cía. Editores, 1936, pág. 372.

2 MALDONADO S.j., P. Juan de – Comentarios a los cuatro Evangelios. BAC, Madrid, 1954, vol. III, pág. 782.

3 LAGRANGE, ibídem, pág. 372.

4 TUYA, O.P., P. Manuel de – Biblia Comentada. BAC, Madrid, 1964, vol. II, pág. 1228.

5 Apud AQUINO, Sto. Tomás de. Catena Áurea.

6 MALDONADO, ibídem, pág. 784.

7 LAGRANGE, ibídem, pág. 372.

8 Apud AQUINO, Sto. Tomás de. Catena Áurea.

9 Ídem, ibídem.

10 TUYA, ibídem, pág. 1230.

11 MALDONADO, ibídem, pág. 786.

12 TUYA, ibídem, pág. 1230.

13 MALDONADO, ibídem, pág. 787.

14 LAGRANGE, ibídem, pág. 375.

15 Apud AQUINO, Sto. Tomás de. Catena Áurea.

16 Ídem, ibídem.

17 TUYA, ibídem, pág. 1231.

18 MALDONADO, ibídem, p. 793.

19 TUYA, ibídem, pág. 1231.

20 Evangelio de San Juan, comentado por San Agustín – La Cena del Señor. Coimbra: Imprenta Coimbra, 1952, vol. IV, pág. 123.

(Transcrito de la Revista “Heraldos del Evangelio - Salvadme Reina” Nº 57 - Abril 2008)

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