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Jueves, 07 Junio 2012

Festividad del Corpus Christi en Roma

Benedicto XVI ante la fachada de la Basílica de San Juan de Letrán, catedral de Roma, celebró la Santa Misa de la Solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo. Al final de la celebración, como cada año, el Santo Padre presidió la Procesión Eucarística a lo largo de la romana vía Merulana, hasta llegar a la basílica de Santa María la Mayor. Al final de la misma el sucesor de san Pedro impartió la Bendición con el Santísimo Sacramento.

Benedicto XVI terminó así su homilía: “Me complace subrayar también que lo sagrado tiene una función educativa, y su desaparición empobrece inevitablemente la cultura, en especial la formación de las nuevas generaciones. Si, por ejemplo, en nombre de una fe secularizada y no necesitada ya de signos sacros, fuera abolida esta procesión ciudadana del Corpus Christi, el perfil espiritual de Roma resultaría «aplanado», y nuestra conciencia personal y comunitaria quedaría debilitada. O pensemos en una madre y un padre que, en nombre de una fe desacralizada, privaran a sus hijos de toda ritualidad religiosa: en realidad acabarían por dejar campo libre a los numerosos sucedáneos presentes en la sociedad de consumo, a otros ritos y otros signos, que más fácilmente podrían convertirse en ídolos. Dios, nuestro Padre, no obró así con la humanidad: envió a su Hijo al mundo no para abolir, sino para dar cumplimiento también a lo sagrado. En el culmen de esta misión, en la última Cena, Jesús instituyó el Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre, el Memorial de su Sacrificio pascual. Actuando de este modo se puso a sí mismo en el lugar de los sacrificios antiguos, pero lo hizo dentro de un rito, que mandó a los Apóstoles perpetuar, como signo supremo de lo Sagrado verdadero, que es él mismo. Con esta fe, queridos hermanos y hermanas, celebramos hoy y cada día el Misterio eucarístico y lo adoramos como centro de nuestra vida y corazón del mundo. Amén”.

La fiesta del Corpus Christi

El motivo más inmediato de la introducción de esta fiesta fueron las revelaciones de la beata Juliana, religiosa Agustina del convento de Mont Cornillon, quien compartió sus visiones con teólogos, e inclusive el Papa Urbano IV, y por ellas se instituyó la fiesta el jueves dentro de la octava de la Santísima Trinidad. La promulgación definitiva de la fiesta para toda la Iglesia la hizo el Papa Juan XXII en el año 1317.

La procesión eucarística prácticamente se realiza desde sus inicios, y hay testimonios que indican que ya en el año 1350 se realizaba en Roma. La procesión se asoció en sus inicios a la súplica por el buen tiempo y la buena cosecha. En cuatro altares se cantaban los inicios de los cuatro evangelios: era común la convicción de que el canto de estos pasajes traería una particular protección de todos los peligros.

La procesión suplicante se fue volviendo cada vez más importante para los fieles, y durante la reforma adquirió otro carácter, el de ser una profesión de fe en la presencia real de Jesús en el Santísimo Sacramento del altar. Y así la celebramos hoy, en toda la Iglesia, como nuestra profesión de fe en la presencia real, en todo su ser y divinidad de Jesucristo, Nuestro Señor.

(Fuentes: SIC)