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_______________

Salve, Virgen prudente, destinada

Para dar al Señor digna morada.

Como las siete columnas de la Escritura,

Del templo a la mesa os ornó en figura.

Fuisteis libre del mal que el mundo admira,

Y en el seno materno siempre Santa.

Puerta de los Santos: Eva, Madre de la vida,

Estrella de Jacob aparecida.

Habéis armado una escuadra contra Luzbel;

Sed amparo y refugio para la grey fiel. Amén.

 

V.- Él mismo La creó en el Espíritu Santo.

R.- Y la presentó maravillosamente en todas sus obras.

 Después de los versículos iniciales, comentados en Maitines, el presente Himno canta las honras de la Virgen Inmaculada, Santa desde el primer instante de su ser; exenta de toda mancha de pecado.

María Santísima, en esta hora será alabada como la única criatura digna de ser Madre de Dios, y que así se constituye como la puerta por la cual, obligatoriamente entran todos los justos en el Cielo, como afirma el Santo cartujo: “¿Quién se salvará?¿Quién conseguirá reinar en el Paraíso? Aquellos, sin duda, por los que haya rogado la Madre de misericordia”(1).

Nuestra Señora será venerada como la Restauradora del Orden: “Lo que hizo Eva, asociada a Adán, para la ruina del género humano, fue reparado por María, asociada a Cristo, nuevo Adán”(2).

Ella es la Virgen prudentísima, en cuyo Inmaculado Corazón ardió continuamente la lámpara del amor divino, sin ningún apego a las cosas terrenales (3). Digna mansión que edificó para sí la eterna Sabiduría, María recibió en su seno virginal al verdadero Padre de la Vida, Jesucristo Nuestro Señor.

Anunciada por los labios de Balaam, Nuestra Señora es la Estrella de Jacob que, para proteger a sus hijos, aterroriza y resiste de forma invencible al demonio.

 

+ SALVE, VIRGEN PRUDENTE

Este homenaje a Nuestra Señora tiene como punto de referencia la parábola narrada por el Divino Maestro cuando, las vísperas de la Pasión, recomendaba a los hombres vigilancia y prudencia (Mt. XXV, 1-13):

“Entonces, el Reino de los Cielos será semejante a diez vírgenes que, tomando sus lámparas, salieron al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran necias, y cinco prudentes. Las necias, tomaron las lámparas y no llevaron aceite consigo; las prudentes, sin embargo, llevaron aceite en sus vasos junto con las lámparas. Y, tardando el esposo, comenzaron a tener sueño y se durmieron. A media noche se oyó un clamor: he aquí que llega el esposo; ¡salid a su encuentro!. Aquellas vírgenes se levantaron, y prepararon sus lámparas. Las necias dijeron a las prudentes: Dadnos de vuestro aceite que se nos apagan las lámparas. Las prudentes respondieron diciendo: Para que no suceda que tal vez nos falte a nosotras y a vosotras, id a la tienda y comprad para vosotras. Pero cuando ellas fueron a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él a celebrar las bodas, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron las otras vírgenes, diciendo: Señor, Señor, ábrenos. Él respondió: En verdad os digo que no os conozco. Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora.”


La Virgen prudentísima

María Santísima es la “Virgen prudente que supo conservar bien encendida su lámpara, alimentándola copiosamente con el aceite de la divina gracia, aguardando al esposo para las bodas de Dios con la humanidad, en la Encarnación”(4).

La prudencia de Nuestra Señora es una de sus glorias, siempre admirada por los Santos y autores eclesiásticos.

Para San Efrén, María es “la primera de todas las criaturas, prudentísima, muy previsora y muy esclarecida Virgen”(5).

San Ildefonso escribe: “No se trata de una virgen cualquiera, sino una de las del número de prudentes y la primera entre las primeras, que sigue al Cordero lo más cerca posible a dondequiera que Éste vaya”(6).

El piadoso abad Raimundo Jordán: “Virgen ilustrada en el pensamiento, en el oír, en el mirar, en el olfato, en el gusto, en la risa, en la palabra, en el tacto, y en todo movimiento, de modo que de Ella se dice: «La boca del varón prudente es buscada en las asambleas, y cada uno medita en su corazón las palabras que le oye» (Ecles. XXI,20)”(7).

Exclama Santa Catalina de Siena: “¡Oh María, vaso de humildad en el que arde la luz del verdadero conocimiento con la que os elevasteis por encima de Vos misma y agradasteis por esto al Padre Eterno, y El os conquistó y atrajo hacia Sí, amandoos con singular amor! (...) Oh María, porque tuvisteis esta luz, no fuisteis necia sino prudente” (8).

Y San Bernardo comenta: “No era [María] de las vírgenes necias, sino Virgen prudente, (...) cuya ardentísima lámpara fue un asombro para los mismos Ángeles de luz, de modo que decían. «¿Quién es esta que camina como la aurora, se levanta hermosa como la luna y escogida como el sol?». Porque más claramente que las demás, brillaba Aquella a quien llenara de aceite de gracia el mismo Cristo Jesús, Hijo suyo y Señor nuestro”(9).

 

Manifestaciones de la prudencia de María

      Veamos ahora por las enseñanzas de uno de los grandes mariólogos de este siglo, como se manifestó la virtud de la prudencia en Nuestra Señora:

      “Para obrar con prudencia -escribe el Pe. Roschini-, son particularmente necesarias tres condiciones: examinar con ponderación, resolver con sentido común, ejecutar con exactitud.

      “En María se encontraba esta rara prudencia sobrenatural, elevada al grado más eminente de perfección al que puede llegar una criatura humana. Ella fue la Virgen prudente en relación con el fin que se propuso que fue sólo agradar siempre y en todo a Dios, de servirlo y amarlo con todo su corazón. Prudentísima en los medios empleados por Ella que fueron escogidos con ponderación, reserva y consejo.

      “«Ella no hizo jamás, como dice el cardenal Lepicier, cosa alguna con precipitación, falta de consideración, ligereza, sino que se aconsejaba primero de su celestial Esposo, considerando con sabia lentitud los motivos y las razones de sus obras, juzgando con paz y quietud al respecto del procedimiento a tener en cuenta, y siguiendo puntualmente los dictados de la razón y de la fe»”.


Maestra incomparable en el callar

      “Una prueba muy elocuente de la prudencia de una persona consiste en saber callar y saber hablar en el momento oportuno; pues, como dice el Eclesiástico (III,7) hay un tiempo para callar y un tiempo para hablar. En lo uno y en lo otro, María fue incomparable.

      “Podría haber hablado, observa justamente un piadoso autor, manifestando a José el secreto misterio que se había obrado en Ella, despejando así el desconcierto del amantísimo Esposo; pero eso hubiera sido revelar el secreto del Rey del Cielo; se hubiera convertido en una celebridad para Ella; prefirió, pues, callar y dejó que hablase Dios por medio del Ángel.

      “Habría podido hablar en Belén, cuando le fue negado el hospedaje, dando a conocer la nobleza de su linaje, su sublime dignidad; la humildad profunda y el deseo de sufrir, de conformarse con la voluntad divina, La llevaron al silencio y calló.

      “Cuántas cosas habría podido decir a los Pastores y a los Magos que fueron a visitar al Divino Infante. Esto podría haber alborotado la adoración y la contemplación de esos santos personajes delante de Jesús: la gloria de Dios, la caridad para con los Magos y los Pastores le impedían hablar y se calló.

      “Oía con admiración todo lo que decían para gloria del Hijo, de su celestial doctrina, de sus milagros; María, más que los demás Lo admiraba en su corazón, y en éste conservaba con cuidado aquellas palabras y aquellos hechos.

      “El anciano profeta Simeón le predijo los destinos del Hijo y sus futuros y atrocísimos tormentos; María no dice una sola palabra, pues está dispuesta para todo; no ensalza su resignación, escucha, se ofrece a Sí misma en holocausto juntamente con el Hijo y calla.

      “Por las mismas justísimas razones, se calla al pie de la Cruz, se calla en las tribulaciones, en las humillaciones, como por modestia, se calla en la alegría y en la gloria. Estas son las pruebas admirables de prudencia divina que nos ofrece el silencio de María: Tempus tacendi.

 

Maestra insuperable en el saber hablar

      “Maestra incomparable en el callar cuando se debe callar, se mostró también maestra insuperable en el hablar a tiempo, en lugar y manera conveniente, es decir, cuando y cuanto conviene para dar gloria a Dios y hacer bien a los hombres.

      “También están aquí los hechos que lo prueban. Habló al Arcángel San Gabriel y no podemos dejar de admirar la prudencia de sus palabras. Habló a su prima Santa Isabel y sus palabras hicieron saltar de gozo, antes de su nacimiento, al futuro Precursor de su Hijo. Sus palabras fueron una profesión de humildad, de gratitud, un cántico de alabanza, un himno sublime de agradecimiento al Omnipotente: Magnificat anima mea Dominum.

      “Habló con el Hijo en el Templo y sus palabras fueron una admirable demostración de afecto y de solicitud maternales.

      “Habló en las bodas de Caná y con sus palabras quedó patente su compasiva misericordia con los necesitados y su ilimitada confianza en Dios. ¡Oh admirable prudencia de María, prudencia incomparable, tanto en el hablar como en el callar!... ¡Oh Virgen prudentísima!” (10).


Prudente en el conformar sus actos a la recta razón

      A las enseñanzas anteriores podemos añadir las de D. Gregorio Alastruey, encontrado en las páginas de su Tratado de la Virgen Santísima:

      “Es propio del prudente encauzar todo lo que hace de acuerdo con la norma de la razón y la fe; de modo que nada hace sino lo que es recto y loable. Esto corresponde a la Bienaventurada Virgen María, que nunca se apartó de lo ordenado por la razón y por la fe, en ninguna de sus acciones o actos”(11).


Prudencia en comprender el presente, recordar el pasado y preparar el futuro

      “Forma parte de la prudencia -prosigue el mismo autor-, el entender las cosas presentes, recordar las pasadas y preparar las futuras.

      “La Santísima Virgen tuvo conocimiento de las cosas presentes, que consiste en decidir antes de actuar lo qué y cómo se debe hacer, porque saludada por el Arcángel que Le anuncia el misterio de la Encarnación, pensó para sí misma, reflexionando qué saludo era aquel, qué sentido tenía y dónde la llevaría, suponiendo que se solicitaba de Ella algo grande y muy por encima de lo común.  «Reflexiona, pues -dice San Pedro Crisólogo-, porque el responder inmediatamente es propio de la imprudencia humana; pero reflexionar es propio de los espíritus muy sensatos y de juicio prudente».

      “Además, María instruida por el Arcángel de que había sido elegida para ser Madre de Dios, pregunta cómo sería aquello; y preguntar de esa forma no se debe achacar a exceso de confianza, sino que se debe considerar digno de loor y atribuirse a la prudencia que interroga cuándo es conveniente y necesario conocer el modo, como le fue preciso a María, que había hecho voto de guardar perpetuamente la virginidad. Por lo que dice Ricardo de San Lorenzo: «Su prudencia fue la de, turbada, callar, entender lo que oyó y responder a lo que se le proponía».

      “María tuvo memoria de las cosas pasadas, puesto que sin cesar meditaba los oráculos dirigidos a Ella, las gracias en Ella acumuladas y los preclaros dichos y hechos de su Hijo, como dice San Lucas (II,19): «María guardaba todas esas cosas meditándolas en su corazón».

      “María también obró con precaución, no sólo custodiando a su Hijo y apartando de Él los peligros presentidos y también procurándole los cuidados materiales, vistiéndolo, alimentándolo para que en su momento Él se ofreciera a sí mismo en el ara de la Cruz, y cumpliese la obra de la Redención. Era pues sin duda alguna Virgen prudentísima”(12).

 

En el amar las cosas del Cielo y en el despreciar las de la tierra

      Profundizando en la consideración de esta virtud, el Pe. Jourdain nos presenta otras características:

      “Dice San Agustín que la prudencia es una inclinación o un movimiento del alma, por el cual se comprende que las cosas eternas son superiores a las cosas terrenas inferiores.

      “Tal fue la prudencia de la que estaba revestida la Virgen Madre de Dios.

      “Ella se apartó de su mirada y de sus afectos, despreció y dejó de lado todo el brillo de la gloria temporal, todo favor y todo lo que proporciona la fortuna. Fijó la vista en el Cielo y en las cosas celestiales, las cuales deseó y amó.


En el conocer las cosas divinas y humanas

      “Con frecuencia llamamos prudente a los que están instruidos, tienen experiencia, son sabios, y podemos con razón definir la prudencia como el conocimiento de las cosas divinas y humanas, la ciencia de lo justo y de lo injusto. La Virgen Madre de Dios estuvo dotada del más alto grado de este conocimiento, y por eso es llamada con toda justicia Virgen Prudentísima.

      “Primero, la Bienaventurada Virgen poseyó el conocimiento más perfecto de la Sagrada Escritura. Ricardo de San Lorenzo la llama El Arca de las Escrituras; San Germán, arzobispo de Constantinopla, [la honra como siendo] El sello de uno y otro Testamento; San Vicente Ferrer afirma que la Virgen conocía mejor la Biblia que los Profetas. (...)

      “La ciencia que María poseía de las cosas divinas era tal que pocas veces los propios pensamientos de su Divino Hijo le eran desconocidos, como se vio en las bodas de Caná. ¿Cómo podría aquella que fue la Madre de la ciencia y de la sabiduría esenciales de Dios, no poseer el más alto grado de esta ciencia y esta sabiduría del Verbo Divino en Ella Encarnado?.

      “Por otro lado, María leía con frecuencia las Escrituras, y descubría en ellas los más sublimes misterios; su continua oración, sus profundas y santas meditaciones eran para Ella otra fuente de luz”(13).

      Tal fue la prudencia de María.


+ DESTINADA PARA DAR AL SEÑOR DIGNA MORADA

      El capítulo noveno de los Proverbios se inicia con este versículo: “La Sabiduría edificó para Sí una casa”.

      ¿Cuál es esta sabiduría y qué morada se construyó para su uso?

      San Bernardo nos lo dice: “Esta sabiduría que era de Dios y que era venida de Dios a nosotros desde el seno del Padre, se construyó para Sí una casa, y esta casa fue la Virgen María, su Madre”(14).


Casa embellecida por el Divino Arquitecto

      Ratificado por las opiniones del Santo Abad de Claraval y de otros eminentes varones de la Iglesia, escribe el Pe. Pablo Ségneri, renombrado jesuita y predicador en la Corte Pontificia del siglo XVII:

      “Según los santos doctores, la casa que se edificó para sí la Sabiduría, es la Virgen Santa que el Verbo escogió desde toda la eternidad por Madre. Ahora, un rey poderoso y rico que desee construir para sí una mansión, desea al mismo tiempo que no se economice en la armonía, ornato y magnificencia del edificio.

      “¿La Sabiduría Eterna haría menos por su morada?

      “No. El Verbo, cuando resolvió tomar un cuerpo humano en el seno de una Virgen y permanecer en él nueve meses, no olvidó nada para embellecer este templo de su divinidad, para enriquecerlo con todos sus dones, en una palabra, para hacerlo digno de Sí. De este modo la Escritura habla del Verbo bajo el nombre de Sabiduría Sapientia aedificavit sibi domum, con el fin de manifestar que es la sabiduría que Él emplea, para escoger y formar una criatura de la que jamás se avergonzará de ser su Hijo.

      “El Verbo, pues, como hábil arquitecto que no deja nada desordenado, defectuoso, imperfecto, en la obra maestra de su arte, y que le da, por el contrario, toda la perfección de que es capaz, el Verbo, dice, lejos de permitir en su Madre cualquier defecto, cualquier desorden, se dará el gusto de perfeccionarla como una obra que gobierna su sabiduría infinita.

      “¿Qué más pruebas necesitamos después de esto de las extraordinarias prerrogativas de la Santísima Virgen? ¿Puede alguien negarle alguna, cuando sabemos que Ella es la casa que la Sabiduría se edificó para Sí: Sapientia aedificabit sibi domum?”(15).

      En esta misma línea son los comentarios del Pe. Jourdain:

      “No para un hombre, sino para el mismo Dios era preciso preparar una residencia, la cual en todo fuera digna del huésped divino que la ocuparía, no para un día de paso, sino para habitarla y tomar de ella los elementos, (el fundamento), de una nueva vida. (...)

      “Tal mansión está necesariamente a resguardo de toda mancha. O sea, María, Madre de Dios hecho hombre, creada y preparada para Él para encarnarse en su seno, estuvo necesariamente exenta de cualquier falta, actual u original. Esto no basta, añade San Agustín; convenía que Ella estuviese adornada y enriquecida de todas las virtudes: «El Hijo de Dios no construyó jamás una casa más digna de Él como María. Esta estancia nunca fue asaltada por los ladrones, jamás fue atacada por los enemigos, nunca fue despojada de sus ornamentos». (...)


La más insigne estancia de Dios

      “San Pedro Damián y San Jerónimo entienden así el capítulo III de Isaías: La Santísima Virgen es en verdad la casa de Dios, el palacio o la corte real en que el Hijo del Rey Eterno, revestido de nuestra carne, hace su entrada en este mundo. «El palacio sagrado del Rey, única estancia de Aquel que ningún lugar puede contener», como dice San Andrés de Creta. (...)

      “La Santísima Virgen María es por lo tanto la casa de Dios. Si, como dice el Apóstol, «los que viven castamente son el templo de Dios», la Virgen, la castísima Madre de Dios, ¿podría no serlo? Sí, Ella lo es, y jamás Dios tuvo casa más noble y más digna de Él. Por esto dice San Gregorio: «¡Salve, templo vivo de la divinidad! ¡Salve, casa equivalente al Cielo y a la tierra! ¡Salve, templo digno de Dios!»”(16).

 

Morada ornamentada con las más hermosas galas

      San Alfonso María de Ligorio, citando al Doctor Angélico, comenta:

      “Deben ser santas y limpias todas las cosas destinadas a Dios. Por eso David, al trazar el plano del templo de Jerusalén con la magnificencia digna del Señor, exclamó: No se prepara la morada para un hombre cualquiera, sino para Dios (I Par. XXIX, 1). Ahora, el Soberano Creador había destinado a María para Madre de su propio Hijo. ¿No debía entonces adornarle el alma con todas las virtudes, haciéndola digna morada de Dios?

      “Afirma el beato Dionisio el Cartujo: El divino artífice del universo quería preparar para su Hijo una digna morada, y por eso adornó a María con las gracias más encantadoras. Sobre esta verdad, nos da certeza la Santa Madre Iglesia. En la oración, después de la Salve Regina, declara que Dios preparó el cuerpo y el alma de la Santísima Virgen para ser en la tierra la digna morada de su Unigénito”(17).


La morada del Rey crucificado

      Finalmente, otro aspecto, tal vez el más sublime, de María Santísima en cuanto casa de Dios, nos lo presenta San Ambrosio, el padre de la Mariología occidental. Comentando el Evangelio de San Lucas (XXIII, 33-49), Él designó a Nuestra Señora, junto a la Cruz como “la morada del Rey”(18).

      Con respecto a esto, observa el benedictino D. Manuel Bonaño: “La Virgen es la corte, el palacio, la morada por excelencia del gran Rey. A los pies de la Cruz, cuando Nuestro Señor es abandonado por todos, Ella continua siendo su morada, como lo fue en la Encarnación”(19).


+ CON LAS SIETE COLUMNAS DE LA ESCRITURA...

      Este homenaje es consecuencia de lo anterior, donde llamamos a Nuestra Señora digna morada de Dios.

      En efecto, así reza el libro de los Proverbios (IX,1): “La Sabiduría se edificó una casa para Sí, levanto siete columnas”.


Las siete virtudes de María

      Escuchemos al Padre Ségneri, S.J. interpretando este pasaje de la Escritura:

      “Las siete columnas que la Sabiduría labró para el embellecimiento de su casa, son las siete virtudes que adornan el alma de María, siete virtudes principales en las que se condensan todas las demás. María poseyó en grado sumo la fe, la esperanza, la caridad, la prudencia, la justicia, la templanza y la fortaleza.

      “Las tres primeras son aquellas virtudes que llamamos teologales, sobrenaturales, divinas, porque no las encontramos sino en un alma elevada por la gracia en la participación de la naturaleza divina. Las otras cuatro virtudes son las que denominamos cardinales, y que podemos llamar también naturales y morales, dado que se encuentran en el hombre considerado en su estado natural, y que todavía no ha sido potenciado por la gracia.

      “Ahora bien, estas virtudes jamás fueron vacilantes en la Santísima Virgen como están en nosotros. Por el contrario, fueron en María como sólidas columnas que nada puede derribar. Confirmada en gracia, Ella ignoraba esa perturbación moral íntima que nos hace vacilar, constantemente entre el bien y el mal: «Ego confirmavi columnas ejus» (Sl LXXIV,3).

      “El Espíritu Santo dice que la propia Sabiduría talló las siete columnas de su casa para darnos a entender que esas columnas no debían ser obra vulgar, sino rara, singular, extraordinaria. Quiere esto decir que las mismas virtudes que son comunes a todos los justos, tuvieron en la Santísima Virgen un carácter de excelencia muy particular, que fueron de un orden superior a las virtudes que normalmente poseen los Santos. María debería tener la fe, la esperanza, la caridad y todas las otras virtudes en grado más eminente de lo que las tuvo Adán, para satisfacer con mayor exactitud y disposición los deseos del Señor, por lo que desde toda la eternidad, descansaron sobre Ella sus ojos y La escogió por Madre”(20).

 

Fe en la Santísima Trinidad

      Muy parecido es el pensamiento de San Bernardo al discurrir sobre lo expuesto de los Proverbios:

      “¿Qué significa esculpir siete columnas (en su casa) sino la de hacer una digna morada con la fe y las buenas obras?. El número tres ciertamente pertenece a la fe en la Santísima Trinidad, y el cuatro a las cuatro principales virtudes. Que estuvo la Santísima Trinidad en María (me refiero a la presencia en la majestad), en la que únicamente el Hijo estaba para tomar la naturaleza humana, lo confirma San Gabriel, quien descubriendo los misterios ocultos, dice: «Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo»; y a continuación «El Espíritu santo vendrá sobre ti y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra» (Lc.I 28-35). Así pues, tiene al Señor, tiene la virtud del Altísimo, tiene al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. No puede estar el Padre sin el Hijo, ni el Hijo sin el Padre, y sin los dos El que procede de ambos, el Espíritu Santo, según lo dice el mismo Hijo: «Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí». Y también «el Padre, que permanece en mí, Él obra milagros» (Jn. 14,10). Está claro, entonces, que en el Corazón de la Virgen estuvo la fe en la Santísima Trinidad.


Las virtudes cardinales de la Virgen

      “Debemos ver ahora porqué Ella tuvo las cuatro virtudes cardinales como cuatro columnas.

* Fortaleza

      “Primero, veamos si tuvo fortaleza. ¿Cómo puede estar alejada de esta virtud, la que apartada de las ostentaciones profanas y despreciados los deleites de la carne, se propuso vivir sólo para Dios virginalmente? Si no me equivoco esta es la Virgen de la que se lee en Salomón: «¿Quién hallará mujer fuerte? Ciertamente, su precio es incalculable» (Prov XXXI, 10). La que fue tan valiente que aplastó la cabeza de aquella serpiente a quien dice el Señor: «Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya; y Ella te aplastará la cabeza» (Gen. III, 15).

* Templanza

      “Que fue moderada, prudente, justa, lo comprobamos a la clara luz del Ángel en su plática y en su respuesta. Habiéndola saludado el Ángel con tanto honor, diciéndola: «Dios te salve llena de gracia», no se mostró altiva ni soberbia por ser bendecida por un privilegio singular de la gracia; muy al contrario, se calló y consideró en su interior lo que significaba aquella insólita cortesía. ¿Qué otra cosa resalta así sino es la templanza?

* Prudencia

      “Incluso cuando el mismo Ángel le aclaraba los misterios celestiales, preguntó con rapidez cómo concebiría y daría a luz, la que no conocía varón; y así, sin duda alguna, fue prudente.

* Justicia

      “Da una señal de justicia cuando se confiesa esclava del Señor (Lc.I 28-38). Que la confesión es propia de los justos lo atestigua aquel que dice: «Con todo eso, los justos confesarán tu nombre y los rectos vivirán en tu presencia» (Sl. CXXXIX,14); y en otra parte se dice de los mismos: «Y diréis en la confesión: todas las obras del Señor son excelsas» (Ecli. XXXIX,21).

“Fue, pues, la Bienaventurada Virgen María firme en el propósito, moderada en el silencio, prudente en la interrogación, justa en la confesión. Por lo tanto, con estas cuatro columnas y las tres anteriores de la fe, la Sabiduría Celestial construyó en Ella una casa para Sí misma”(21).

 

Columnas que sustentanla sabiduría de la Santísima Virgen

Otra interesante interpretación de la alabanza expresada en el encabezamiento, se lo debemos a la ilustre pluma del Cardenal Lepicier. Comentando el don de sabiduría con que el Espíritu Santo adornó el alma de la Santísima Virgen, escribe:

      “Cuando leemos que la Sabiduría edificó para Sí misma una casa y levantó siete columnas, debemos entenderlo como si la espiritual y celestial sabiduría de María hubiera sido señalada con siete características que son, por así decir, otros tantos fundamentos suyos.

      “La Sabiduría de lo alto es, antes que nada, pura; después pacífica, modesta, dócil, actuando lo mismo que los buenos y llena de misericordia y de excelentes frutos; sin el hábito de criticar y ajena a la hipocresía.

      “Pensemos qué sólidas deberían ser las bases de estas siete columnas en María y con qué majestad se levantaba sobre ellas su sabiduría”(22).


+ DEL TEMPLO A LA MESA OS ADORNÓ EN FIGURA

      Este honor que rendimos a la Santísima Virgen se relaciona con el siguiente pasaje del Éxodo(XXV, 23-30), cuando en lo alto del Sinaí, el Señor ordenó a Moisés la construcción del Tabernáculo, destinado al culto divino:

      “Harás también una mesa de madera de acacia(23), que tenga dos codos de longitud(24), uno de latitud y codo y medio de altura. Y la cubrirás con láminas de oro purísimo, la ceñirás con una guirnalda de oro. Harás a su alrededor un reborde de un palmo y labrarás con él otra guirnalda de oro.

      “Harás asimismo cuatro anillos de oro, y los pondrás en las cuatro esquinas de la mesa, uno en cada pie. Los anillos de oro estarán debajo de la guirnalda para meter por ellos las varas, a fin de que la mesa pueda ser transportada. Harás también de madera de acacia estas varas, cubriéndolas con planchas de oro, y servirán para llevar la mesa. Prepararás también de oro purísimo, tazas y redomas; incensarios y copas en que se han de ofrecer las libaciones. Y sobre la mesa siempre tendrás puesto ante mi presencia los panes de la proposición.”

      Los doce panes de la proposición representaban las doce tribus de Israel, que así, quedaban simbólicamente en continuo homenaje ante el Creador. Esos panes sólo se podían consumir por las personas consagradas al servicio divino, como eran los sacerdotes y levitas(25).


La mesa sobre la que reposó el Pan de Vida

      No obstante, aquellos panes contenían un simbolismo más sublime todavía: eran imágenes del verdadero Pan del Sacrificio, Nuestro Señor Jesucristo. Y la mesa sobre la cual se encontraban representaba, a su vez, la Santa Madre de Dios. Así lo piensa el Pe. Terrien que nos dice: “Si Cristo es el pan sagrado de la proposición, el Pan vivo y vivificante, María es la mesa sobre la que Él fue puesto”(26).

      La misma idea encontramos en el Pe. Jourdain, según el cual: “María es la mesa mística, magníficamente adornada y fabricada con madera incorruptible que Dios preparó para los que se complacen en meditar las cosas divinas. Ella es la mesa santa y sagrada, portadora del Pan de vida, Jesucristo Nuestro Señor, el sustento del mundo. Por la Encarnación, trajo María [en su inmaculado seno] ese Pan que es el propio Dios, uniendo a su divinidad la naturaleza que recibimos de Adán, y comunicando a aquellos que de Él se alimentan, una nueva vida y la gracia de hacerse semejantes a Dios”(27).

 

Nuestra Señora y la Sagrada Eucaristía

      Esta última consideración pone ante nuestro espíritu la estrechísima relación que hay entre Nuestra Señora y la Sagrada Eucaristía. “Ésta, como pone de relieve D. Alastruey, es en cierto modo una extensión y complemento de la Encarnación, no únicamente porque gracias a ella Cristo está y continuará presente en la tierra hasta la consumación del mundo, sino porque además los inmensos beneficios de la Encarnación y de la Redención se unen maravillosamente en este misterio, y en él se derraman sobre los hombres.

      “María, otorgando su consentimiento en la Encarnación del Verbo, consintió, al menos implícitamente, con todas las consecuencias de la misma, entre las cuales sobresale de manera especial, por su grandeza, la Sagrada Eucaristía”(28).

      Es lo que indica San Bernardo cuando, aludiendo a la parábola del fermento o levadura que una mujer puso en tres medidas de harina (Mt. XIII,33), dice: “Estas son aquellas medidas del Evangelio, fermentadas para que se haga el pan de los Ángeles que el hombre come, el pan que fortalece el corazón humano. Dichosa la mujer, bendita entre todas las mujeres, en cuyas castísimas entrañas, con el fuego del Espíritu Santo, se coció este pan. Dichosa la mujer, repito, que en estas tres medidas introdujo la levadura de su fe”(29).

      Junto con San Bernardo, no pocos fueron los Santos y autores eclesiásticos que enaltecieron a la Santísima Virgen, porque concibió y nos dio el Pan de Vida. Por ejemplo el monje benedictino Roberto de Deutz exclama: “Cuando el Ángel dijo a María: «concebirás y darás a luz un Hijo, y le pondrás por nombre Jesús», entonces abrió el Señor las puertas de los Cielos, e hizo llover el maná que habríamos de comer, pan del Cielo, pan de los Ángeles”(30).

      Y Ricardo de San Lorenzo: “Cristo es el Pan vivo que descendió del Cielo (Jn.VI, 32 y ss.). La Trinidad Divina mezcló el agua de la humanidad con el vino de la divinidad cuando unió la naturaleza humana y la divina, y también la Santísima Virgen cuando creyó y consintió en la unión”(31).

      En la introducción de uno de sus famosos sermones, se expresa así San Juan de Ávila: “Señora, ¿en qué veremos vuestra predilección para con nosotros? Dadnos una señal cierta de que nos amáis. «Si os amo o no -dice la Virgen-, ved lo que hice por vosotros; considerad mis obras y los frutos».

      “Ved el fruto de su vientre, el Santísimo Sacramento que de sus entrañas salió. Y entonces Ella nos dice: «Venid y comed este Pan bendito, esta Carne que mi seno engendró» ¡Con cuanta benevolencia nos convida! Si, pues, por el fruto conocemos al que nos lo dio, Vos, Señora, alcanzadnos que lo saboreemos”(32).

      Y San Pedro Damián dice: “Detengámonos aquí, hermanos míos, y pensemos en lo agradecidos que tenemos que estar con la Santísima Virgen, la Bienaventurada Madre de Dios, y la acción de gracias que debemos rendir por un beneficio tan grande; pues este Cuerpo que Ella engendró y que tuvo en su seno, este Cuerpo que Ella envolvió en pañales y alimentó con su leche, prodigándole cuidados y ternuras maternales es, digo, ese mismo Cuerpo que recibimos en el altar. Por muchos loores y alabanzas que le queramos rendir, estarán siempre muy por debajo de sus méritos, pues Ella fue quien nos preparó en sus castas entrañas la Carne purísima que se nos da en alimento”(33).


+ FUISTEIS LIBRE DEL MAL QUE AL MUNDO ATERRA

      Comentando las palabras del salmo 90: “No llegará hasta ti la desgracia, ni el castigo pasará por tu casa”, dice San Bernardo que “la verdadera vida del alma es Dios, del que únicamente puede separar el pecado. El mal de alma, ¿qué otra cosa es sino el pecado?”(34).

 

El pecado: causa de todos los males

      “El mal que aterroriza al mundo” es, pues, el pecado, que arruina todos los bienes que Dios concede a los hombres para que se unan a Él en esta vida y en la otra. Esto es lo que recalca el Pe. Texier, confirmado por las palabras de la Santísima Virgen, tomadas de revelaciones particulares:

      “En el camino que conduce a Dios, el primer obstáculo que encontramos, y el mayor, es el pecado: frena la marcha y puede arrojarnos fuera del camino. A propósito de este enemigo del Señor, María quiere darnos a conocer el sentimiento de su alma; Ella nos dirá con el salmista: «Los que amáis a Dios, aborreced el mal» (Sl. XCVI,10).

      “Lo que hace tan terrible al pecado es el hecho de que sea él la causa de todos los males.

      “«Yo soy la salud de los enfermos, declara la Santísima Virgen a María Lataste (Su vida, por Pascal Darbinis,II,199). Ahora, hay dos tipos de enfermedades; las del cuerpo y las del alma. Curo igualmente unas y otras. Todas tienen por principio el pecado. Éste, en efecto, encadenó al hombre a la muerte y a las diversas dolencias que afligen su cuerpo en las pruebas de la vida. Y, al mismo tiempo, inclinó desgraciadamente al alma humana hacia el mal».

      “¡Cuántas veces, a través de los siglos, la Santa Madre de Dios recordó a los hombres este desastroso privilegio del pecado! En La Salette, en Lourdes, Ella advirtió el gran mal contra el que es preciso protegerse, porque provoca la cólera del Altísimo y atrae los castigos sobre el mundo”(35).

 

MAL QUE ATERRA AL MUNDO

Causa de los pecados del individuo, el pecado, lo es también de los desórdenes sociales. Así nos lo indica uno de los grandes teólogos contemporáneos, Fr. Victorino Rodríguez y Rodríguez, O.P., recalcando la enseñanza del Magisterio de la Iglesia:

“Toda vida humana, la individual y la colectiva, se presenta como lucha, seguramente dramática, entre el bien y el mal. (...)

“Es cierto que el desorden, comprobado tan frecuentemente en el orden social, sucede, en parte, debido a las propias tensiones que existen en las estructuras económicas, políticas y sociales. Sin embargo, en lo más profundo, se origina en la soberbia y el egoísmo de los hombres, que trastornan el ambiente social. Y donde más atacado es el orden de las cosas por las consecuencias del pecado, el hombre, inclinado al mal desde su nacimiento, encuentra enseguida nuevos estímulos para el pecado. [Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, nn. 13 y 25]”.

(Fr Victorino Rodríguez Rodríguez, O.P., Temas Claves de Humanismo Cristiano, Speiro, Madrid, 1984, pp. 173-174).


La única criatura en la que el demonio no tomó parte

      A respecto de cómo Nuestra Señora fue “libre del mal que al mundo horroriza”, es también categórica la enseñanza del P. Domingos Bertetto, S.D.B.:

      “Entre los seres humanos, María es la única de quien se puede decir: «Satanás no tuvo en Ella parte alguna. Todo en Ella pertenece a Dios».

      “Efectivamente, no sólo es admirable en Ella la inocencia original y la ausencia de todo pecado mortal, sino también la inmunidad de cualquier culpa venial, así como de la más mínima imperfección moral. Esto se debe -dice el Concilio de Trento-, a un «especial privilegio de Dios», que la Iglesia considera que le fue concedido a la Santísima Virgen (cfr. Sess VI, can. 23, Denz, 833).

      “De hecho, a la Virgen María le convenía aquella pureza moral reclamada por su prerrogativa de Madre de Jesús, Cordero sin mancha, nacido para abolir el pecado en el mundo. (...)

      “Por eso la saludó el Arcángel como la llena de gracia y de presencia del Señor: «¿Qué defecto -dice San Pedro Damián- podría caber en la mente y en el cuerpo de Aquella que, tal como es el Cielo, fue el sagrario de toda la Divinidad?».

      “María, por consiguiente, actuó siempre bajo la inspiración y el impulso del Espíritu Santo, de manera que «nunca quiso otra cosa sino aquello que le mostraba la Divina Sabiduría -añade San Bernardino de Siena-, y siempre amó a Dios cuanto sabía que debía amarlo». Por esto hay que excluir de Ella todas las imperfecciones morales”(36). 

 

Privilegiada y singular santidad

      Acerca de la incomprensible santidad de la Madre de Dios, se encuentran otros fervorosos testimonios consignados en las páginas de la Mariología. Podemos citar, por ejemplo, el de San Bernardo: “Creo que descendió sobre Ella una abundantísima bendición santificadora, que no sólo la santificó en su nacimiento, sino que también la conservó inmune durante su vida de todo pecado; lo cual se cree que no fue concedido a ningún otro nacido de mujer. Era preciso a la Reina de las vírgenes el privilegio de una santidad especial, por cuya virtud transcurriera toda su existencia sin un solo pecado, para que de este modo, la que habría de dar a luz al Vencedor de la muerte y del pecado, obtuviese para todos el don de la vida y de la justicia”(37).

      Enumerando los excelsos privilegios de Nuestra Señora, escribe el P. Mathias Faber, S.J. (Siglo XVII):

      “La cuarta estrella de la corona de María fue la inmunidad de todo pecado actual, incluso el venial. Los Santos Padres multiplican sus testimonios sobre este punto. San Agustín muestra en el libro De la naturaleza y de la gracia, que no quiere, en absoluto, que se haga mención, cada vez que se trate del pecado, a la Bienaventurada Virgen María. San Bernardo, San Buenaventura, San Ambrosio, San Efrén, todos, en fin, se expresan al respecto en el mismo sentido. Además, el Ángel en la Anunciación, ¿no lo indicó con toda claridad cuando le dijo a María: «Ave María, llena de gracia»?

      “Mientras andamos por los cenagosos caminos de este mundo, nosotros los hombres, (...) no podemos vivir mucho tiempo sin caer en alguna falta, a causa de los continuos cambios de la concupiscencia, que nos excita al pecado. No fue, pues, digno de la Madre de Dios el estar sujeta a esta enfermedad. Si hubiese Ella cometido un sólo pecado, ¿se hubiera podido convertir en la Madre de Dios que bajó a la tierra para extirpar todo pecado? ¿No sería esa falta algo ignominioso para su Hijo?

      “María fue impecable y confirmada en gracia de modo tan perfecto, que no podía pecar, ni siquiera venialmente. Esta es la enseñanza de los doctores y de la Santa Madre Iglesia, que celebra la Concepción y la Natividad de la Madre de Dios, y atestigua su creencia en la incontestable santidad de María, no sólo en su nacimiento, sino también en el primer instante de su Purísima e Inmaculada Concepción”(38).

      Y una vez más la célebre y hermosa opinión del Doctor Angélico:

     “Aquellos a los que Dios elige para una misión, los prepara de tal forma que sean idóneos para poder desempeñarla.

      “Ahora bien, la Bienaventurada Virgen María fue escogida por Dios para ser su Madre y no hay duda alguna de que Él la hizo, por la gracia, apta para semejante misión, según las palabras del Ángel: «Hallasteis gracia delante de Dios y he aquí que concebirás», etc. Con toda seguridad no hubiera resultado idónea si hubiese pecado, bien porque la honra de los padres recae en los hijos, y, al contrario, recae en el hijo la ignominia de la madre; bien por la afinidad de la Virgen con Cristo que de Ella recibió la Carne, pues se dice en la segunda carta a los Corintios: «¿Qué armonía puede existir entre Cristo y el diablo?»; bien también porque de manera singular, el Hijo de Dios, que es la Sabiduría Divina, habitó en Ella, y no sólo en su alma, sino también en su seno. Y en el libro de la Sabiduría se dice: «La Sabiduría no entrará en el alma perversa, ni habitará en el cuerpo esclavo del pecado».

      “De manera que debemos decir categóricamente que la Bienaventurada Virgen María no cometió ningún pecado actual, mortal ni venial, para que en Ella se cumpla lo que se lee en el Cantar de los Cantares: «Sois toda hermosa, amiga mía, y no hay en ti mancha alguna»”(39).

 

+ EN EL SENO MATERNO, SIEMPRE SANTA

      Afirma un eminente mariólogo que “la remisión del pecado original no se puede verificar sin la acción y efecto de la gracia santificante. Por eso, la Inmaculada Concepción no se distingue, en realidad, de la primera santificación de la Madre de Dios y puede llamarse su gracia original”(40).


María, Santa desde el primer instante de su ser natural

      Los Santos y otros destacados autores, expresan de distinta forma esta doctrina.

      En uno de sus arrebatadores sermones dedicado a Nuestra Señora, Santo Tomás de Villanueva enseña: “Era necesario que la Madre de Dios fuese también purísima, sin mancha, sin pecado. Y no sólo cuando era adolescente, sino desde pequeñita fue santísima, y santísima en el seno de su madre, y santísima en su Concepción. Pues no era conveniente que el santuario de Dios, la mansión de la Sabiduría, el relicario del Espíritu Santo, la urna del maná celestial, tuviese en sí la más mínima mancha. Por lo que antes de recibir aquella alma santísima fue completamente purificada la carne hasta del residuo de toda mancha, y así, al ser infundida el alma, no heredó ni contrajo por la carne mancha alguna de pecado como está escrito: «Quedó su casa en paz»(Sl.LXXV,3). Es decir, la mansión de la Divina Sabiduría fue construida sin inclinación para el pecado”(41).

      Al señalar los principales privilegios que acompañaron a la Inmaculada Concepción de María, escribe San Juan Eudes:

      “La gloriosa Virgen no sólo fue preservada del pecado original en su Concepción, sino que también fue adornada con la justicia original y confirmada en gracia desde el primer instante de su vida, según muchos eminentes teólogos, para ser más digna al concebir y dar a luz al Salvador del mundo. Privilegio que jamás fue concedido a criatura alguna, ni humana ni angélica, reservado únicamente a la Madre del Santo de los Santos, después de su Hijo Jesús. (...)

      “Todas las virtudes, con todos los dones y frutos del Espíritu Santo, y las ocho bienaventuranzas evangélicas se encuentran en el Corazón de María desde el momento de su Concepción, de manera completa y estableciendo en Ella su trono en un grado altísimo y proporcionado a la eminencia de su gracia”(42).

      San Alfonso Mª de Ligorio, a su vez, comenta:

      “Nuestra niña celestial, tanto por su oficio de medianera del mundo, como a la vista de su vocación de Madre del Redentor, recibió, desde el primer instante de su vida, una gracia mayor que la de todos los Santos juntos. ¡Y que admirable espectáculo para el Cielo y para la tierra, sería el alma de esa bienaventurada niña, encerrada en el seno de su madre! Era la criatura más amable a los ojos de Dios, pues, llena de gracias y méritos, podía decir: «Cuando era niña, agradé al Altísimo». Y al mismo tiempo era la criatura más amante de Dios, de cuantas hasta entonces habían existido.

      “Habiendo nacido inmediatamente después de su Inmaculada Concepción, ya vino al mundo más rica y más santa que toda la corte de los Santos. Imaginemos ahora ¡cuánto más santa nació la Virgen, viendo la luz del mundo después de nueve meses, que pasó adquiriendo nuevos merecimientos en el seno materno!”(43).


Preciosa perla en el seno de Santa Ana

Con su gracioso estilo el Pe. Manuel Bernardes nos presenta a María en el seno materno siempre santa:

“Una perla dio la reina Cleopatra a Marco Antonio, que se valoraba en muchos miles de talentos. ¿En cuánto valoraríamos nosotros esta perla animada que se formó en la concha del vientre de Santa Ana? Existen perlas en la India, que, debido a su diferente grandeza y forma, se llaman perlas Avemarías y perlas Padrenuestros. ¿Qué riquezas se descubrirían hoy en la casa de la gloriosísima y felicísima madre Santa Ana, de donde nos vino tal perla Avemaría, que nos dio tal perla Padrenuestro? Aunque todo el firmamento fuese un libro (como lo considera San Juan en el Apocalipsis), y se escribiese todo con letras, no sumaría el valor de estas dos perlas. Porque, así como decimos, y es cierto, todo lo que debemos a Cristo, Hijo de Dios, debemos, también, a María, escogida para Madre de Dios, y que fue la que dio los pies a Dios, para andar con los hombres en la Tierra”(44).

_____________________

1. ) Dionisio, el Cartujo, en San Alfonso María de Ligorio, Glorias de María, p.158.

2. ) Fr. Royo Marín, op.cit., p.51.

3. ) Cfr. Pe. Z.-C. Jourdain, op.cit., t. III, p. 125.

4. ) Del Pequeño Oficio de la Inmaculada Concepción, ... con comentarios [Ed. Paulinas], pp. 89-90..

5. ) San Efrén, Serm. de Ss. Dei Genitr. V. M. Laudibus, apud D.Alastruey, op. cit., p. 304..

6. ) San Ildefonso, Serm. 1, De Assumpt. B. M., ídem, ibid.

7. ) Abad Raimundo Jordán, Contempl. de B. Virgine, 8, ídem, ibid.

8. ) Santa Catalina de Siena, El Diálogo, B.A.C., Madrid, 1955, pp. 600-601.

9. ) San Bernardo, op.cit., t. I, pp. 711-712.

10. ) Padre Gabriel Roschini, Instrucciones marianas, Ed. Paulinas, São Paulo, 1960, pp. 167-168.

11. ) D. Alastruey, op.cit., p. 304.

12. ) D. Alastruey, op.cit., pp. 305-306.

13. ) Padre Z.-C. Jourdain, op.cit., t. III, pp. 124-128.

14. ) San Bernardo, op.cit., t. I, p. 1070.

15. ) Padre Paulo Ségneri, S.J., Meditaciones, apud P. Z.-C. Jourdain, op.cit., t. VIII, pp. 1-2.

16. ) Padre. Z.-C. Jourdain, op.cit., t. I, p. 132; t. V, pp. 39-40, t. III, pp. 247-248.

17. ) San Alfonso María de Ligorio, op.cit., p. 192.

18. ) San Ambrosio, Obras, B.A.C., Madrid, 1966, t. I, p. 612..

19. ) D. Manuel Bonaño, in San Ambrosio, op.cit., p. 612, nota 47.

20. ) Padre Paulo Ségneri, S.J., Meditaciones, apud P. Z.-C. Jourdain, op.cit., t. VIII, pp. 3-4.

21. ) San Bernardo, op.cit., t. I, pp. 1071-1072.

22. ) Cardenal Lépicier, Il piú bel fiore del Paradiso, pp. 68-69, apud P. Roschini,op.cit., p. 180.

23. ) Madera de Acacia nilótica. En toda la región del Sinaí, este es el único árbol que puede servir para la construcción. (Nota de P. Matos Soares, en la Biblia traducida y comentada por él).

24. ) Antigua medida de longitud, que tenía tres palmos, equivalente a 66 cm.

25. ) Cfr. Pequeño Oficio de la Inmaculada Concepción, ... con comentarios [Ed. Paulinas], p. 92.

26. ) Padre J. B. Terrien, op.cit., parte I, t. I, p. 120.

27. ) Padre Z.-C. Jourdain, op.cit., t. I, pp. 467-468.

28. ) D. Alastruey, op.cit., p. 678.

29. ) San Bernardo, op.cit., t. I, p. 278.

30. ) Ruperto de Deutz, De gloria et hon. Filii hominis, apud D. Alastruey, op. cit., pp. 677-678.

31. ) Ricardo de San Lorenzo, De laud. B. Mariae, t. I, apud D. Alastruey, op. cit., p. 678

32. ) San Juan de Ávila, Obras Completas, B.A.C., Madrid, 1853, t. II, pp. 911-912.

33. ) Padre Z.-C. Jourdain, op.cit., t. II, p. 641; t. X, pp. 795-797.

34. ) San Bernardo, Obras Completas, t. I, p. 424.

35. ) Padre Texier, Les Paroles de la Sainte Vierge, Librairie Religieuse H. Oudin, París, 1913, t. II, pp. 283-285.

36. ) Padre Domingos Bertetto, S.D.B., La Virgen Inmaculada Auxiliadora, Centro de las Ediciones Salesianas, Oporto, 1957, pp. 15-16.

37. ) San Bernardo, op.cit., t. II, p. 1179.

38. ) Padre Mathias Faber, S.J., In Festo Conceptionis B.V.M., apud P. Z.-C. Jourdain, op. cit., t. V, pp. 69-70.

39. ) Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, t. XII, pp. 32-33.

40. ) D. Alastruey, op.cit., p. 260.

41. ) Santo Tomás de Villanueva, op.cit., p. 210.

42. ) San Juan Eudes, op.cit., pp. 63 y 66.

43. ) San Alfonso María de Ligorio, op.cit., p. 214.

44. ) Padre Manuel Bernardes, Las más bellas páginas de Bernardes (2000 Trechos seleccionados por Mario Ritter Nunes), Mejoramientos, São Paulo, 1996, p. 412.


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