¿Cómo interpretar la muerte
de la Hermana Lucía?

   Imagen de Nuestra Señora de la Asunción venerada en la Iglesia  de San Roque, Lisboa

      EL FALLECIMIENTO de la Hermana María Lucía de Jesús y del Corazón Inmaculado parece haber cogido al mundo por sorpresa. A pesar de la avanzada edad de esta religiosa carmelita –97 años–, su existencia hacía parte de nuestro panorama psicológico. Estábamos habituados a oír hablar de ella al tratar del asunto Fátima; y, cuando hablábamos de ella, era imposible no acordarnos de Nuestra Señora de Fátima.

      La muerte de la humilde carmelita, en la serenidad de la clausura en la que vivió cerca de 60 años, conmocionó los corazones en todo el orbe y trajo de nuevo a los periódicos el tema «Fátima». En el interior del Carmelo de Santa Teresa, en Coimbra, la célebre vidente era apenas una más entre las otras religiosas. Sin embargo, para quien pasaba junto a los altos muros de la clausura, aquel era «el convento de la Hermana Lucía», a quien Nuestra Señora se le apareció en Fátima en 1917.

      Al trasponer los umbrales de la muerte, la Hermana Lucía fue repentinamente elevada del voluntario recogimiento en el que vivía al pedestal de la notoriedad. La declaración de luto nacional, la suspensión de la campaña electoral, el paternal mensaje de Juan Pablo II, la presencia del Cardenal Arzobispo D. Tarcisio Bertone, enviado pontificio a los funerales, el episcopado portugués y las numerosas autoridades civiles, mostraron la importancia de las apariciones de Fátima en el panorama de los acontecimientos contemporáneos.

      La Hermana Lucía vio a Nuestra Señora, habló con Ella y fue durante décadas la depositaria celosa y fiel de la parte del secreto revelado por el Papa en el 2000, después de la beatificación de Francisco y Jacinta.

La rápida divulgación de las
apariciones de Fátima

      Sin embargo, ¡cuántos enigmas encierran aún el asunto «Fátima»!... Por una singular paradoja y a pesar de los esfuerzos hechos por los videntes para mantenerlos en secreto, las apariciones ocurridas entre los meses de mayo y octubre de 1917 rápidamente se transformaron en un acontecimiento nacional.

      Fue Jacinta, la más joven, la primera que reveló lo ocurrido a su madre. La pequeña pastora no conseguía contener en sí la alegría que le causara la bellísima visión de la Reina de los Cielos, aquella linda Señora, «más brillante que el sol», y no paraba de exclamar: «¡Ay, qué señora tan bonita!» Hasta que en cierto momento confesó a su progenitora: «¡Madre, he visto a Nuestra Señora!».

      En pocas horas toda la aldea de Aljustrel tomó conocimiento de la aparición. La noticia corría como un reguero de pólvora por valles y montes. Cada mes aumentaba la multitud que acudía a la Cova de Iria hasta alcanzar la cantidad de cerca de 70.000 personas el 13 de octubre de 1917.

      Nuestra Señora había prometido hacer en ese día un portentoso milagro para que todos creyesen en la autenticidad de las apariciones.

      Y el milagro se realizó. A las doce del mediodía, el sol «danzó» vertiginosamente durante varios minutos delante de la multitud atónita, dando la impresión de precipitarse sobre la tierra, para después volver a su lugar habitual.

      Ilusión colectiva del pueblo crédulo –decían muchos– aunque hubiese gente de todas las clases y condiciones sociales constatando el milagro. Pero hasta el testimonio de los incrédulos contribuyó para confirmar la veracidad del acontecimiento.

La esencia del Mensaje de
Fátima

      A partir de ese día, Fátima marcó la Historia con sus profecías y enigmas.

      Sin embargo, lo más importante de esas apariciones no son sus misterios y secretos ni las profecías relativas a los acontecimientos ya ocurridos, como la aurora boreal que antecedió a la Segunda Guerra Mundial mencionada en la segunda parte del secreto, y el «obispo vestido de blanco» muerto a tiros, del que habla la tercera parte.

      La esencia del Mensaje de Fátima se encuentra en las maternales palabras de esperanza de la Madre de Dios y en los medios que Ella pone a nuestro alcance para solucionar la crisis contemporánea. Ella dijo: «Rezad el Rosario todos los días, para alcanzar la paz».

      El Mensaje es tan simple que casi somos tentados a exclamar: «¿Sólo eso? ¿Nuestra Señora se apareció y 'arrancó' el sol de su lugar sólo para pedir que recemos?».

      Sí, esa es la gran profecía. Porque si retomamos en nuestras manos el Rosario, como tantas veces ha pedido también el Santo Padre, la guerra se apartará del mundo, la humanidad abandonará el pecado, la paz reinará en la tierra, en las familias y en las conciencias y el reinado del Inmaculado Corazón de María, finalmente, se realizará.

      Todas las otras profecías de Fátima no son sino señales de la Providencia de que Nuestra Señora hará cumplir la esperanzadora previsión de Su triunfo maternal sobre los corazones endurecidos por el pecado.

      ¿Qué milagros de la gracia hará la Madre de Dios para cambiar el rumbo de los acontecimientos y abrir los corazones de los hombres al Mensaje del Evangelio?

      No lo sabemos, y es éste, seguramente, uno de los grandes enigmas que la revelación del Tercer Secreto no desvendó.

      ¿Será por medio del Rosario? Sí, pero no solo. En Fátima, Nuestra Señora anunció que Dios quería establecer en el mundo la devoción al I n m a c u l a d o Corazón de María y que más tarde Ella vendría a pedir la devoción de la Comunión reparadora de los Cinco Primeros Sábados.

      Fallecida la Hermana Lucía y revelado el Tercer Secreto, aún existe una última duda para ser esclarecida.

La séptima aparición de
Nuestra Señora en Fátima

      Nuestra Señora, al aparecérsele a los pastorcitos, les dijo: «Vine a pediros que vengáis aquí seis meses seguidos, el día 13 a esta misma hora. Después os diré quién soy y lo que quiero. Después volveré aún una séptima vez».

      ¿Nuestra Señora habrá cumplido ya su promesa?

      En las Memorias de la Hermana Lucía encontramos la respuesta. Esa séptima aparición de María Santísima se habrá dado el día 16 de Junio de 1921, en las vísperas de la partida de la vidente para el colegio de Vilar en Porto. «Fue una aparición con mensaje personal para Lucía». Por eso, nunca fue revelada al público en general.

      A pesar de la muerte serena de la Hermana Lucía, tan característica de las almas que duermen en la paz del Señor, el Mensaje de Fátima continúa siendo el punto de referencia para el cual se vuelven todas las miradas, cuando la magnitud de los acontecimientos hace tambalearse la seguridad y la estabilidad del mundo moderno.

      Los que tienen fe, miran hacia Fátima con esperanza y alegría. Los incrédulos se esfuerzan en negar su autenticidad, temerosos de verse obligados a ceder ante las evidencias. Los indiferentes se encogen de hombros sin analizar los hechos, pues la autenticidad del Mensaje de Fátima los llevaría a actuar en consecuencia. Pero todos tienen bien presente que las profecías de la Santísima Virgen se realizarán.

      Solo Ella sabe cual es el momento oportuno para tocar el fundo del alma del hombre contemporáneo con maternales palabras de paz y consolación, realizando así lo que reveló a los tres pastorcitos, en 1917: «¡Por fin, Mi Inmaculado Corazón triunfará!».


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Asociación Cultural Salvadme Reina de Fátima - España
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