En Lourdes, el Papa Juan Pablo II celebra el
150º Aniversario del Dogma
de la Inmaculada Concepción
EL PAPA JUAN PABLO II quiso marcar el 150° aniversario del dogma de la Inmaculada Concepción, que tanta alegría trajo a la Cristiandad, celebrando la fiesta de la Asunción de María Santísima al Cielo en Lourdes, uno de los mayores santuarios marianos de Europa, en donde millones de peregrinos de todas las partes del mundo van a confiar a la Madre del Señor las intenciones que llevan en el corazón y a pedir a su intercesión.
Durante la homilía de la Misa solemne, el Santo Padre explicó la relación entre Lourdes y la Inmaculada Concepción:
Que soy era Inmaculada Councepciou. Las palabras que María dirigió a Bernardita el 25 de marzo de 1858 resuenan con intensidad muy particular en este año, en el que la Iglesia celebra el 150° aniversario de la definición solemne del dogma proclamado por el beato Papa Pío IX en la constitución apostólica Ineffabilis Deus.
Deseaba vivamente realizar esta peregrinación a Lourdes, para recordar un acontecimiento que sigue dando gloria a la Trinidad una e indivisa. La concepción inmaculada de María es el signo del amor gratuito del Padre, la expresión perfecta de la redención llevada a cabo por el Hijo y el inicio de una vida totalmente disponible a la acción del Espíritu.
María, testimonio vivo
de la victoria de Cristo
sobre el malEn aquellos días, María se puso en camino hacia la región montañosa, dirigiéndose apresuradamente a una ciudad... (Lc 1, 39). Las palabras del relato evangélico nos hacen ver con los ojos del corazón a la joven de Nazaret en camino hacia la ciudad de Judá, donde habitaba su prima, para prestarle sus servicios. En María nos impresiona, ante todo, la atención, llena de ternura, hacia su prima anciana. Se trata de un amor concreto, que no se limita a palabras de comprensión, sino que se compromete personalmente en una asistencia auténtica. La Virgen no da a su prima simplemente algo de lo que le pertenece; se da a sí misma, sin pedir nada a cambio. Ha comprendido perfectamente que el don recibido de Dios, más que un privilegio, es un deber que la compromete en favor de los demás con la gratuidad propia del amor.
Proclama mi alma la grandeza del Señor... (Lc 1, 46). Los sentimientos que María experimenta en el encuentro con Isabel afloran con fuerza en el cántico del Magníficat. Sus labios expresan la espera, llena de esperanza, de los pobres del Señor, así como la conciencia del cumplimiento de las promesas, porque Dios "se acordó de su misericordia" (cf. Lc 1, 54).
Precisamente de esta conciencia brota la alegría de la Virgen María, que se refleja en todo el cántico: alegría por saberse mirada por Dios, a pesar de su "humildad" (cf. Lc 1, 48); alegría por el servicio que puede prestar, gracias a las maravillas a las que la ha llamado el Todopoderoso (cf. Lc 1, 49); alegría por gustar anticipadamente las bienaventuranzas escatológicas, reservadas a los humildes y a los que tienen hambre (cf. Lc 1, 52-53).
Después del Magníficat, viene el silencio: de los tres meses de permanencia de María al lado de su prima Isabel no se nos dice nada. O, tal vez, se nos dice lo más importante: el bien no hace ruido, la fuerza del amor se manifiesta en la discreción serena del servicio cotidiano.
Con sus palabras y su silencio, la Virgen María se nos presenta como modelo en nuestro camino. No es un camino fácil: por el pecado de nuestros primeros padres, la humanidad lleva en sí la herida del pecado, cuyas consecuencias pesan también sobre los redimidos. Pero el mal y la muerte no tendrán la última palabra. María lo confirma con toda su existencia, como testigo vivo de la victoria de Cristo, nuestra Pascua.
Los fieles lo han entendido. Por eso, acuden en multitudes a esta gruta para escuchar las exhortaciones maternas de la Virgen, reconociendo en ella la mujer vestida de sol (Ap 12, 1), la Reina que resplandece al lado del trono de Dios (cf. Salmo responsorial) e intercede en su favor.
Hoy la Iglesia celebra la gloriosa Asunción de María al cielo en cuerpo y alma. Los dogmas de la Inmaculada Concepción y la Asunción están íntimamente unidos entre sí. Ambos proclaman la gloria de Cristo Redentor y la santidad de María, cuyo destino humano ya desde ahora está perfecta y definitivamente realizado en Dios.
Cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros, nos ha dicho Jesús (Jn 14, 3). María es la prenda del cumplimiento de la promesa de Cristo. Su Asunción se convierte así, para nosotros, en "signo de esperanza segura y de consuelo" (cf. Lumen gentium, 68).
Lourdes: un mensaje actual
¡Amadísimos hermanos y hermanas!, desde la gruta de Massabielle la Virgen Inmaculada nos habla también a nosotros, cristianos del tercer milenio. ¡Escuchémosla!
Escuchad ante todo vosotros, jóvenes, que buscáis una respuesta capaz de dar sentido a vuestra vida. Aquí la podéis encontrar. Es una respuesta exigente, pero es la única respuesta que vale. En ella reside el secreto de la alegría verdadera y de la paz.
Desde esta gruta os hago una llamada especial a vosotras, las mujeres. Al aparecerse en la gruta, María encomendó su mensaje a una muchacha, como para subrayar la misión peculiar que corresponde a la mujer en nuestro tiempo, tentado por el materialismo y la secularización: ser en la sociedad de hoy testigo de los valores esenciales que sólo se perciben con los ojos del corazón. A vosotras, las mujeres, corresponde ser centinelas del Invisible.
A todos vosotros, queridos hermanos y hermanas, os dirijo un apremiante llamamiento para que hagáis todo cuanto esté a vuestro alcance a fin de que la vida, toda vida, sea respetada desde la concepción hasta su término natural. La vida es un don sagrado, del que nadie puede hacerse dueño.
La Virgen de Lourdes tiene, por último, un mensaje para todos. Es éste: sed mujeres y hombres libres. Pero recordad: la libertad humana es una libertad marcada por el pecado. Ella misma necesita también ser liberada. Cristo es su liberador, pues para ser libres nos ha liberado (Ga 5, 1). ¡Defended vuestra libertad!
Queridos amigos, sabemos que para esto podemos contar con Aquella que, al no haber cedido jamás al pecado, es la única criatura perfectamente libre. A ella os encomiendo. ¡Caminad con María por las sendas de la plena realización de vuestra humanidad!
(Homilía del Papa Juan Pablo II en la Misa del día 15 de Agosto de 2004, en el Santuario de Lourdes)
La definición del Dogma
En los primeros años del Pontificado de Beato Papa Pío IX, se elevaron a la Sede Apostólica más de 220 peticiones de cardenales, arzobispos y obispos (sin contar con las de los cabildos y órdenes religiosas) para que se definiese el dogma.
El Beato Papa Pío IX escribió a los Obispos de todo el mundo, interrogando a cada cual acerca de la devoción de su clero y de su pueblo al misterio de la Inmaculada Concepción. La casi totalidad se manifestó favorable. Estaba confirmada la creencia universal de la Iglesia.
Por último, el 8 de diciembre de 1854, en solemne ceremonia en la Basílica de San Pedro, S.S. Pío IX, con voz profundamente emocionada, en medio de lágrimas de alegría, pronunció las solemnes palabras que declaran ser artículo de Fe la Inmaculada Concepción de María:
Declaramos, afirmamos y definimos que ha sido revelada por Dios, y de consiguiente, que debe ser creída firme y constantemente por todos los fieles, la doctrina que sostiene que la Santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original, en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo, salvador del género humano.
(Epístola apostólica "Ineffabilis Deus")
Asociación Cultural Salvadme Reina de Fátima - España
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