Una prefigura del Cielo

      SI todos los hombres cumpliesen los diez Mandamientos, un gran número de las leyes se evaporarían por innecesarias, y el mundo sería perfecto.

      San Agustín, gran Doctor de la Iglesia, tiene esta famosa sentencia:

      "Imaginad un país donde el rey y todo el pueblo cumplan los diez Mandamientos; imaginad un hogar donde el padre, la madre y también todos los hijos cumplan el decálogo; imaginad un colegio donde todos los profesores y todos los alumnos cumplan la Ley de Dios en su integridad; imaginad lo mismo con todos los oficiales y soldados de un ejército; imaginad, en fin, los diez Mandamientos observados en cualquier campo de la actividad humana. Existiría una cosa llamada perfección. La organización social se tornaría eximia y tendería a ser perfecta.

      Mientras los Mandamientos fuesen cumplidos, los frutos serían los mejores, los más excelentes, los más magníficos. El orden es esto."

Por la acción de la gracia, el
hombre tiende a buscar la
perfección

      Ese orden fue llevado a su plenitud por Nuestro Señor Jesucristo, y Él dio a los hombres la fuerza necesaria para ponerlo en práctica. Los diez Mandamientos son muy bonitos, arrebatan. Cada uno de ellos es lindísimo: "No matarás... Amarás a Dios sobre todas las cosas... No tomarás su santo nombre en vano", etc. El hombre comienza a cumplirlos, y siente como son hermosísimos. Después de algún tiempo, sin embargo, ¡qué peso! Porque no es fácil observarlos. A tal punto que la Iglesia nos enseña que no somos capaces de obedecerlos de forma duradera, sin el apoyo de la gracia de Dios.

      Dios concede esa gracia a todos los hombres, y por causa de eso, todos tienen la posibilidad de cumplirlos. Siendo así, el movimiento natural de todas las cosas es elevarse, camino de la perfección. Y esa tendencia, propia al alma cristiana, de hacer todo de manera excelente, desde lo más insignificante hasta lo más elevado, marca al hombre: en su cortesía, en el modo de doblar una hoja para introducirla en un sobre, en el modo de decir "sí" o "no", en la forma de levantarse, de sentarse y de andar, todo deja trasparecer una inclinación para la perfección.

      Esa tendencia es tal que el hombre intenta llevarla hasta el ápice de lo concebible por él. Es decir, no intenta tan solo lo perfecto, sino lo perfectísimo. Él quiere unirse a Dios en el Cielo.

Una sociedad precursora
del Cielo Empíreo

      Para tener una idea de como esa excelencia es alcanzable en la tierra, imaginemos un ambiente donde todas las conversaciones estén marcadas por la presencia de la fe, en una atmósfera al mismo tiempo leve y seria, amena y fuerte, donde las personas sepan tratar de cualquier asunto, incluso de las menores cosas, de manera apacible y profunda.

      Imaginemos una ciudad donde toda la población que anda por las calles es así, donde las personas se ven y se saludan con atención, continuando después su camino, dejando por la atmósfera, un rastro de perfumes espirituales.

      Del interior de una casa con las ventanas abiertas se oye una música suave, temperante, prudente y fuerte. Más adelante, se aprecia una conversación, eventualmente una risa cristalina, y se siente un aroma de un plato bien preparado.

      Todas esas cosas producen sobre nosotros algo del efecto que la acción de los ángeles ejercerá sobre las almas y los cuerpos cuando estemos en el Cielo empíreo.

      En suma, toda esa sociedad así formada sería ya una especie de realidad precursora del Paraíso Celestial.


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