La presencia de Cristo entre los hombres
en su vida terrena y en la Eucaristía
UNA persona que tuviese Fe y supiese que Nuestro Señor Jesucristo era Dios, asistiese a su Crucifixión y estuviese informada que después vendría la Resurrección y la Ascensión, podría preguntarse: "¿Y después de la Ascensión, ya no volverá a la Tierra? ¿Entonces, hasta el fin del mundo estará ausente? ¿Sería razonable, habiendo hecho por la Humanidad todo cuanto hizo?"
Jesucristo inmoló su vida de un modo dolorosísimo y rescató a todo el género humano. Él quiso condescender en contraer con los hombres que salvó, la relación tan especial que es el ser la Cabeza del Cuerpo Místico, que es la Iglesia. Y quiso, por la gracia, estar continuamente con todos los hombres hasta el fin del mundo, para ser, por Ella, el alma de nuestra propia alma, el principio motor de nuestra vida espiritual. ¿Podría, entonces, haber de nuestro lado tanta unión con Él y, una vez que murió, una irremediable separación tan completa y tan prolongada? ¿Seria posible que Jesús subiese a los Cielos y cesase así, su presencia real en la Tierra?
Presente en todos los lugares, en
todos los momentosEse convivio verdaderamente maravilloso de Jesucristo con los hombre se hace, exactamente, por medio de la Eucaristía.
En todos los lugares de la Tierra, a todo momento, Él está realmente presente, en las grandes catedrales y en las iglesias pobres. ¡Cuántas veces, viajando por carreteras, encontramos unas minúsculas capillitas, pobres, que pueden acoger a lo sumo veinte o treinta personas. Pasamos por una de ellas y nos conmovemos, pensando que en ella Nuestro Señor Jesucristo estuvo, está o estará realmente presente - con toda la gloria del Tabor, con toda la sublimidad del Gólgota, con todo el esplendor de la Divinidad - de tal manera Él multiplicó por la Tierra su presencia adorable!
Miramos para las personas que encontramos en una iglesia, y pensamos: "Nuestro Señor Jesucristo está presente en este hombre que comulga. En aquel otro, tal vez estará esta semana, talvez hoy mismo, talvez mañana. ¡Estará presente tantas y tantas veces! He aquí un hombre que va a ser transformado, aunque sea por algún tiempo, en un sagrario vivo. Mucho más que en un sagrario, porque el tabernáculo contiene las especies eucarísticas, pero no comulga.
De esa forma, podemos medir bien la prodigiosa obra de misericordia realizada por Nuestro Señor, al instituir la Sagrada Eucaristía. De la misma forma que su presencia tiene un valor infinito, también tiene valor infinito o hecho de que Él esté realmente presente bajo las sagradas especies por toda la Tierra, y en todos los hombres que quieran condescender en recibirlo.
Sería bueno, también, que nos imaginemos las horas y horas y horas que pasa abandonado en los sagrarios, adorado apenas por Nuestra Señora, por los Ángeles y Santos del Cielo.
Pensar en los hombres ausentes y distantes, y Él a la espera de que uno de ellos quiera recibirlo. De tal manera lo Infinito se sujeta a lo que es finito, Aquél que es la propia pureza y la propia perfección, se sujeta a las buenas disposiciones y, más aún, a veces a las malas disposiciones que aquellos que lo quieren recibir mal.
Veneración y gratitud
Por poco que pensemos en todo esto, nuestra alma no puede dejar de transbordar de reconocimiento, de veneración, de gratitud por aquello que Nuestro Señor operó en la Última Cena. Solo una inteligencia divina podría pensar en la Sagrada Eucaristía como medio de estar presente por todas partes y de entrar en todos los hombres. ¡Y sólo un Dios podía realizarlo!
por más que estas verdades sean sabidas, es imperioso que detengamos sobre ellas nuestra atención y, por intermedio de Nuestra Señora, demos gracias enormes a Dios, por la institución de la Sagrada Eucaristía.
¿Simplemente agradecer "por
intermedio" de Nuestra Señora?Si es verdad que todo don venido del Cielo para os hombres fue pedido por ella - porque sin su pedido el don no habría sido dado - es verdad que Nuestra Señora pidió la institución de la Sagrada Eucaristía, y fue por los ruegos de ella que Nuestro Señor Jesucristo la instituyó. Por tanto, no debemos utilizarla apenas como intermediaria de ese agradecimiento, mas debemos agradecer también "a ella" la Sagrada Eucaristía.
Debemos agradecer a Jesús, que condescendió en instituirla, y a María que, movida por la gracia, pidió a Dios ese favor trascendental y lo obtuvo para nosotros.
La Maravilla de la Misa
La transubstanciación se opera en el propio acto en que Nuestro Señor Jesucristo reuniera su Pasión. La esencia de la Misa, que es la renovación de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor, está en la transubstanciación, que es el prodigio por medio del cual el pan y el vino se hacen Cuerpo y Sangre de Nuestro Señor, por las palabras sacramentales pronunciadas por el sacerdote. La Misa que es al mismo tiempo ofrecimiento e inmolación, es también el acto determinante de la presencia real de Jesús bajo las especies que después se conservan en los Sagrarios.
Este hecho se renueva de un modo prodigioso por toda la Tierra, y continuará renovándose hasta el fin del mundo en la Santa Misa.
Los teólogos dicen que el Sacrificio de la Misa tiene un valor tan inapreciable y e infinito, al pie de la letra, que si en un determinado día dejase de ser celebrada, la justicia de Dios caería sobre el mundo, dándole fin.
El Jueves santo fue el día de la institución del sacerdocio. El poder de consagrar fue dado a los apóstoles en este día. Hubo, por tanto, tres maravillas, unidas entre sí: el Sacrificio, el Sacramento y el Sacerdocio, a los cuales debe juntarse el insigne acto del lavapiés.
Sin embargo, el día de la institución de la Eucaristía, que debería ser un día de alegría, un día de júbilo, es un día de júbilo mezclado con tristeza. Tristeza por causa de la Pasión que se aproxima. Tristeza por causa del odio satánico que hervía entorno del Cenáculo, donde Nuestro Señor Jesucristo estaba consumando su obra. Tristeza por causa de la tibieza de los apóstoles, de la flaqueza de aquellos que eran los primeros y los más inmediatos beneficiarios de todas esas maravillas. Tristeza por causa del hijo de la perdición, que estaba sentado entre los apóstoles y que iba a ejecutar el crimen nefasto, el peor crimen de la Historia, el de vender por treinta monedas a Nuestro Señor Jesucristo.
Él, siendo Dios, teniendo conocimiento de todos los acontecimientos que se iban a dar, sin embargo, no dudó en derramar tantas maravillas sobre esos pobres miserables que en breve harían todo cuanto hicieron, y del traidor por excelencia, que hizo todo cuanto hizo.
Nuestro Señor derramó todos esos dones sobre los apóstoles. Ellos fueron infieles, pero esos dones no se perdieron. Los apóstoles acabaron siendo fieles y las intenciones de Nuestro Señor Jesucristo acabaron realizándose.
Nueva edición del libro del Rosario
Agotada la anterior edición del libro del Rosario de autoría de Juan Clá Díaz, Presidente General de los Heraldos del Evangelio, acaba de salir una nueva edición prologada por el Excmo. Arzobispo de Oviedo D. Carlos Osoro Sierra. Esta edición se encuadra dentro de las iniciativas que promueve la Asociación Cultural Salvadme Reina de Fátima siguiendo las pautas dictadas por el Santo Padre para el año del Rosario.
Asociación Cultural Salvadme Reina de Fátima - España
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