“Vosotros sois la sal de la tierra
y la luz del mundo”

(Mt. 5,13)

 


Amadísimos jóvenes de la XVII Jornada Mundial de la Juventud; amadísimos hermanos y hermanas:

      ... Jesús ofrece una cosa; el “espíritu del mundo” ofrece otra. En la lectura de hoy, san Pablo afirma que Jesús nos lleva de las tinieblas a la luz (cf. Ef. 5,8). El gran Apóstol estaba pensando en la luz que lo había cegado a él, el perseguidor de los cristianos, en el camino de Damasco. Cuando recobró la vista, ya nada era como antes. Pablo había renacido y ya nada podía quitarle la alegría que le había inundado el alma.

      También vosotros, queridos jóvenes, estáis llamados a ser transformados.

      El “espíritu del mundo” ofrece muchos espejismos, muchas parodias de la felicidad. Quizá no haya tiniebla más densa que la que se introduce en el alma de los jóvenes cuando falsos profetas apagan en ellos la luz de la fe, de la esperanza y del amor. El engaño más grande, la mayor fuente de infelicidad es el espejismo de encontrar la vida prescindiendo de Dios, de alcanzar la libertad excluyendo las verdades morales y la responsabilidad personal.

      El Señor os invita a elegir entre estas dos voces, que compiten por conquistar vuestra alma. Esta elección es la esencia y el desafío de la Jornada Mundial de la Juventud. (...)

      Lo que heredaréis es un mundo que tiene necesidad urgente de un renovado sentido de fraternidad y solidariedad humana. Es un mundo que necesita ser tocado y curado por la belleza y la riqueza del amor de Dios. El mundo actual necesita testigos de ese amor. Necesita que vosotros seáis la sal de la tierra y la luz del mundo.

      El mundo os necesita; el mundo necesita la sal, os necesita como sal de la tierra y luz del mundo.

      Y si escucháis que resuena en lo más íntimo de vuestro corazón esa misma llamada al sacerdocio o a la vida consagrada, no tengáis miedo de seguir a Cristo por el camino real de la cruz. En los momentos difíciles de la historia de la Iglesia el deber de la santidad resulta aún más urgente. Y la santidad no es cuestión de edad. La santidad es vivir en el Espíritu Santo, como hicieron Catalina Tekakwitha aquí en América y muchísimos otros jóvenes.

      Vosotros sois jóvenes, y el Papa es anciano; 82 u 83 años de vida no es lo mismo que 22 o 23. Pero el Papa aún se identifica con vuestras expectativas y vuestra esperanzas. Aunque he vivido entre muchas tinieblas, bajo duros regímenes totalitarios, he visto lo suficiente para convencerme de manera inquebrantable de que ninguna dificultad, ningún miedo es tan grande como para ahogar completamente la esperanza que brota eterna en el corazón de los jóvenes.

      Vosotros sois nuestra esperanza, los jóvenes son nuestra esperanza. No dejéis que muera esa esperanza. Apostad vuestra vida por ella. Nosotros no somos la suma de nuestras debilidades y nuestros fracasos; al contrario, somos la suma del amor del Padre a nosotros y de nuestra capacidad real de llegar a ser imagen de su Hijo.

      (Trechos de la homilía del Santo Padre en la misa conclusiva de la Jornada mundial de la Juventud. Toronto, Parque Downsview, domingo 28 de julio de 2002)


“Haz de ellos el nuevo pueblo de las Bienaventuranzas, para que sean la sal de la tierra y la luz del mundo al inicio del tercer milenio cristiano. María, Madre de la Iglesia, protege y guía a estos muchachos y muchachas del siglo XXI. Abrázalos a todos en tu corazón materno. Amén.”



Asociación Cultural Salvadme Reina de Fátima - España
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