Corpus Christi en Roma

EL Papa Juan Pablo II presidió, el jueves 30 de mayo pasado, la tradicional Misa de Corpus Christi en el atrio de la Basílica de San Juan de Letrán. Desde allí, al anochecer, él siguió en un vehículo especial la procesión eucarística hasta la Basílica de Santa María Mayor.

El Papa durante la Celebración Eucarística

Inolvidable Fiesta de
Corpus Christi en la
Ciudad Eterna

      La procesión del Corpus Christi por las calles de Roma fue re-introducida por Juan Pablo II en su primer año de pontificado. Esta había sido suspendida durante un siglo, cuando en 1870 el gobierno italiano anexionó los Estados Pontificios y recluyó a los Papas tras los muros vaticanos.

      El Santísimo Sacramento fue también nuevamente honrado públicamente desde las ventanas de los edificios, decoradas con centenares de velas y tapices.

      Durante el recorrido, Juan Pablo II, cubierto con la capa pluvial, estuvo en un sillón junto a un reclinatorio, en adoración ante el sacramento expuesto en un ostensorio, sobre la plataforma de un vehículo blanco, adecuadamente decorado.

      La participación de los fieles fue más numerosa que los años anteriores. Entre antiguas y venerables asociaciones religiosas, llamó la atención la presencia oficial, por primera vez, de los Heraldos del Evangelio. Cerca de medio centenar de Heraldos en perfecta formación se presentaron con sus hábitos de ceremonia. Dos grandes estandartes de la institución ondeaban con la brisa vespertina durante el transcurso de esta gran fiesta eucarística romana.

Terminada la Misa, tuvo lugar la procesión eucarística hasta la Basílica de Santa María la Mayor

"Este pueblo tiene
necesidad de la
Eucaristía"

      El Papa pronunció una bella homilía dedicada al Misterio Eucarístico:

      1."Lauda, Sion, Salvatorem, lauda ducem et pastorem in hymnis et canticis". "Alaba, Sión, al Salvador, tu guía y tu pastor con himnos y cánticos".

      Acabamos de cantar con fe y esperanza estas palabras de la tradicional secuencia, que forma parte de la liturgia del Corpus Domini.

      Hoy es fiesta solemne, fiesta en la cual revivimos la primera Cena Sagrada. Mediante un acto público y solemne glorificamos y adoramos el Pan y el Vino que se tornaron verdadero Cuerpo y verdadera Sangre del Redentor. "Aquello que aparece es un signo" –realza la secuencia–, pero "esconde en el misterio realidades sublimes"

      2. "Pan vivo que da la vida: este es el tema de tu canto, objeto de tu alabanza".

      Celebramos hoy una fiesta solemne que expresa la admiración del pueblo de Dios. Una admiración repleta de reconocimiento por el don de la Eucaristía. En el Sacramento del Altar, Jesús quiso perpetuar Su presencia viva entre nosotros, de la misma manera que la entregó a los Apóstoles en el Cenáculo. Nos deja lo que estableció en la Última Cena y nos lo renueva fielmente.

      Según las costumbres locales ya consolidadas, la solemnidad del Corpus Domini está constituida por dos momentos: la santa Misa, en la cual se realiza la ofrenda del Sacrificio y la procesión, que manifiesta públicamente la adoración del Santísimo Sacramento.

Los Heraldos con sus estandartes teniendo al fondo Santa María la Mayor      3. "Obedientes a su mandato, consagramos el pan y vino, hostia de salvación". Se renueva, en primer lugar el memorial de la Pascua de Cristo. Pasan los días, los años, los siglos, pero no pasa este gesto santísimo en el cual Jesús condensó todo su Evangelio de amor. Él no deja de ofrecerse a sí mismo, Cordero inmolado y resucitado, para la salvación del mundo. Con este memorial la Iglesia responde al mandamiento de la Palabra de Dios que también hoy oímos en la primera Lectura: "Recuérdate ... No te olvides" (cf.. Dt 8, 2.14).

      ¡La Eucaristía es nuestra memoria viva! en la Eucaristía, como recuerda el Concilio, "está contenido todo el bien espiritual de la Iglesia. Es decir, el propio Cristo –nuestra Pascua y pan vivo– el Cual, por su carne, bajo la acción del Espíritu Santo, da vida a los hombres, que de esta manera son convidados e incitados a ofrecerse a sí mismos, sus trabajos y todas las cosas creadas" (Presbyterorum Ordinis, 5).

      De la Eucaristía, "fuente y punto culminante de toda evangelización" (ibid.), también nuestra Iglesia de Roma debe sacar todos los días la fuerza y el impulso para la propia acción misionera y para cualquier forma de testimonio cristiano en la ciudad de los hombres.

      4. "Buen pastor, verdadero pan, oh Jesús, ten piedad de nosotros: aliméntanos y defiéndenos".

      Tú, Buen Pastor, pasarás de aquí a poco, por las calles de nuestra ciudad. En esta fiesta, todas las ciudades, tanto la metrópolis como la aldea más pequeña del mundo, se vuelven espiritualmente la Sión, la Jerusalén, que alaba al Salvador. El nuevo Pueblo de Dios reunido de todas las naciones y alimentado con el único Pan de vida.

      Este pueblo tiene necesidad de la Eucaristía. De hecho, es la Eucaristía que hace a la Iglesia misionera. ¿Pero esto es posible sin los Sacerdotes que renuevan el misterio eucarístico?

      He aquí por qué, en este día solemne, os convido a rezar por el buen éxito del Congreso eclesial diocesano, que será celebrado en la Basílica de San Juan a partir del próximo lunes y que dedicará especial atención al tema de las vocaciones para el sacerdocio y para la vida consagrada.

      ¡Jóvenes romanos! Os repito las mismas palabras que dirigí durante el Día Mundial de la juventud de 2000, a los jóvenes reunidos en Tor Vergata: "Si alguno de vosotros... siente dentro de sí el llamado del Señor para entregarse totalmente a Él y a amarlo ´con corazón indiviso´ (cf. 1 Cor 7, 34), no se deje retraer por la duda ni por el miedo. Sino, con coraje, diga su ´sí´ sin reserva, confiando en Él que es fiel a todas sus promesas" (Homilía, n. 6).

Los Heraldos del Evangelio saludan al Santo Padre al término de la Procesión      5. "Ave, verum Corpus, natum de Maria Virgine". "Salve, verdadero Cuerpo nacido de María Virgen".

      Te adoramos, nuestro Santo Redentor, que Te encarnaste en el seno purísimo de la Virgen María. Al templo mariano más insigne de Occidente, la Basílica de Santa María la Mayor, nos llevará de aquí a poco la solemne procesión. Te damos gracias, Señor, por tu presencia eucarística en el mundo.

      Por nosotros Tú aceptaste sufrir y en la cruz manifestaste hasta el extremo tu amor por toda la humanidad. ¡Te adoramos, viático cotidiano de todos nosotros, peregrinos sobre la tierra!

      Tú que todo sabes y puedes, que nos sustentas en la tierra, guía a tus hermanos para la mesa del cielo en la gloria de tus santos.

      ¡Amén!