El broche de oro de la Creación
ENTRE el Padre Eterno y la creación existe el Hombre-Dios: enteramente Dios, como las otras Personas de la Santísima Trinidad y tan hombre cuanto cada uno de los descendientes de Adán.
Hay, sin embargo, un tal abismo separando a Nuestro Señor Jesucristo de las demás criaturas, que la pregunta se impone: ¿en el orden de las cosas no debería haber un otro ser que, al menos de alguna forma, llenasen este vacío?
Ahora bien, la criatura llamada a completar ese vacío en el conjunto de la creación, la criatura excelsa, infinitamente inferior a Dios, pero al mismo tiempo insondablemente superior a todos los Ángeles y a todos los hombres de todas las épocas, es precisamente Nuestra Señora.
La Virgen Santísima es, para Dios Padre, la más amada de las criaturas, escogida por Él mismo, desde toda la eternidad, para que fuese Esposa del Espíritu Santo y Madre de Dios Hijo. Para estar a la altura de esta dignidad, María tenía que ser la punta de la pirámide de toda la creación, por encima de los propios Ángeles, elevada a una inimaginable plenitud de gloria, de perfección y de santidad.
Se entiende. Siendo la Madre de Jesucristo, Ella fue verdaderamente Esposa del Divino Espíritu Santo. Y no podía corresponder a tan elevada prerrogativa si no fuese mayor que el mayor de los Ángeles. Así, Ella, mera criatura humana, es más perfecta y más santa que toda la corte angélica, e incomparable con cualquier otro ser.
Eslabón de oro entre Dios y
los hombresPor esta causa, Dante Alighieri, el gran poeta italiano del Renacimiento, en su Divina Comedia (a la que algunos dicen ser la Suma Teológica de Santo Tomás puesta en verso), registra de modo emocionante el momento en que se encuentra a la Santísima Virgen en el Cielo.
Después de haber pasado por el Infierno y por el Purgatorio, él recorre los varios círculos de los bienaventurados, hasta llegar al más alto coro angélico, o sea, en la cima de la mansión celeste, donde comienza a divisar la gloria de Dios. Es una luz difusa, que sus ojos no consiguen sostener. Él repara entonces en otro ser que está por arriba de los Ángeles: es Nuestra Señora. La Virgen Santísima le sonríe, y Dante contempla en sus ojos el reflejo de la luz increada de la Eterna Majestad.
Se acabó la Divina Comedia
Después de la persona haber puesto sus ojos en los ojos virginales de Nuestra Señora, sólo le falta contemplar a Dios cara a cara. Pues la mirada humana vio la mirada purísima, la mirada sacralísima, la mirada sumamente regia, la mirada indeciblemente materna de María. Todo está consumado: la Divina Comedia termina en el más alto de los pensamientos que puede alcanzar un hijo de Eva.
Nuestra Señora es el broche de oro que une a Nuestro Señor Jesucristo con toda la creación, de la cual Ella es el ápice y la suprema belleza.
EN lo alto del Calvario
compartiendo los
indecibles
sufrimientos del
Divino Redentor,
Nuestra Señora
intercedió por las
almas de todos sus
hijos.
Piedad, Hugo Van der Goes
Papel único en la salvación de
las almasAunque la maternidad divina, por sí sola, fuese suficiente para dar a Nuestra Señora el título de la primera de las criaturas, para ello también contribuyen todas las demás prerrogativas, virtudes y dones con que la Santísima Trinidad la enriqueció, como también todos los excelentísimos méritos que Ella obtuvo en su vida terrena, por la práctica constante y creciente de un indecible amor a Dios, de una incansable caridad para con el prójimo.
Dicen los teólogos que desde lo alto de la Cruz, Nuestro Señor, cuya inteligencia era infinita, conocía a todos los hombres, por los cuales Él estaba derramando su preciosísima sangre. Y que Él veía todos y cada uno de los pecados que estos hombres cometerían hasta el fin del mundo, sufría por todos ellos y, al mismo tiempo, inmolaba su vida para que se salvasen y alcanzasen la bienaventuranza eterna.
Ahora bien, unida de modo indisociable a su Divino Hijo, compartiendo con Él todos sus dolores inenarrables y, por eso mismo, siendo Co-redentora del género humano, la Santísima Virgen también conoció a cada uno de nosotros en aquella ocasión. Para que su compasión fuese completa, Ella sufrió por nosotros junto con Jesús, y rezó por la remisión de cada uno de nosotros, pidiendo al Redentor por las almas de todos sus hijos.
De tal manera que, en aquella misma hora en que el Verbo Encarnado preveía la multitud de pecados que se desprendía de la historia a lo largo de los siglos, Ella suplicaba el perdón de cada hombre, y Él los iba perdonando en atención a los ruegos de su Madre amantísima. Solamente Ella, siendo inocente, podría merecernos la indulgencia que nosotros, pecadores, no merecemos.
Y ahí vemos el papel de María, ápice de todo el orden de la creación, como nuestra Madre y nuestra Abogada.
Madre de Cristo, Ella es Madre de todos aquellos que nacieron para la gracia del Hijo de Dios. Madre de Jesús, se volvió Madre de los hombres, y Madre particularmente solícita de los pobres pecadores. En esta calidad, Ella desempeña un papel que, de alguna manera, el propio Dios no podría desempeñar. Porque Dios es el Juez y, una vez ofendido, ultrajado, en el rigor de su justicia infinitamente perfecta, Él tiene que castigar. Sin embargo, María es la Madre, y todos sabemos que las madres no se arrogan el papel de juzgar. Por el contrario, son naturalmente las abogadas de sus hijos. Y por más miserable, por más inmundo, por más asqueroso, por más crápula que sea uno de ellos, y aunque estas ingratitudes tengan por objeto a la misma madre, ella perdona y pide al padre para que lo perdone. Ella es solidaria con el hijo, aun cuando el padre lo abomine por entero.
Así es Nuestra Señora, la Madre supremamente buena que reza por todos y por cada uno de nosotros. Ella, considerando que aquellas llagas abiertas en el santísimo cuerpo de su Divino Hijo fueron hechas, en parte, por mis pecados, le suplica: Dios mío, Hijo mío, por mi inocencia, por mi virginidad, por el amor que vos sabéis que yo os tengo, os ruego por él. Y esa herida que sufrís por su causa, os pido, en nombre de ese dolor, que tengáis clemencia con el.
Y de esta forma cada uno de nosotros fue perdonado. Entonces, por medio de Nuestra Señora, Dios vino a nosotros en su Nacimiento en la gruta de Belén, en el momento de la Cruz, en la hora de la Pasión, en los sufrimientos de la Redención en lo alto del Calvario.
Madre de Jesús, María
se hizo también Madre
de todos los hombres;
por medio de Ella, todo
sube de la tierra al trono
del Altísimo, y por
medio de Ella, recibimos
los tesoros celestiales.
Divina protectora que jamás
nos abandona
Esta compasión y este desvelo maternos de María, lejos de aminorarse con la muerte de Jesús, redoblaron y crecieron en intensidad, con el deseo de abarcar el corazón de todos sus hijos; de llevar a todas las almas los méritos infinitos de la inmolación regeneradora del Verbo Divino. Por eso, Ella continuó siendo la gran intercesora, la gran intermediaria que nunca jamás abandonó a ningún hombre.
La Santísima Virgen reúne a los Apóstoles después que Nuestro Señor expiró en el madero; los agrupa, también cuando el Salvador parte para el Cielo; Nuestra Señora está junto a ellos en Pentecostés, cuando viene el Espíritu Santo; Ella acompaña a la Iglesia en los primeros pasos de su vida y después, a lo largo de toda su existencia. María es la suprema protectora de la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana.
María estuvo siempre presente en las batallas que los católicos han trabado a lo largo de la historia, en defensa de los más valiosos intereses de la Fe. Ella se encuentra presente en las luchas incesantes de cada hombre contra sus defectos, de manera que, noche y día, mientras combatimos nuestras imperfecciones, nuestros vicios y defectos morales, mientras nos esforzamos para adquirir mayor virtud, aunque no nos acordemos de Nuestra Señora, Ella está acordándose de nosotros en lo alto de los Cielos. Y está pidiendo por nosotros, con una misericordia que ninguna forma de pecado puede agotar.
Con toda propiedad la Iglesia la llama Puerta del Cielo. Es por esta puerta que todas las oraciones y súplicas de los hombres llegan a Dios; y es también por esta puerta que todas las gracias y favores de Dios bajan de lo alto para los hombres. Todo va al Señor y todo nos viene por la intercesión de nuestra Madre, Reina y Medianera Universal: María Santísima.
Basta con que nos volvamos hacia Ella, que seremos atendidos con una profusión de bondad y de misericordia inimaginables. Nuestra Señora nos atiende y nos limpia el alma, nos da fuerzas para practicar la virtud y nos transforma de pecadores en hombres y mujeres justos. Nunca nos faltará ánimo y vigor para practicar la Ley de Dios, desde que, llenos de esperanza y filial devoción, lo pidamos a la Santísima Virgen. Los que se acercan a Ella, reciben todo de Aquella que todo lo puede.