Resurrección
y Felicidad Eterna

“AHORA, si se predica que Jesús resucitó de entre los muertos, ¿cómo dicen algunos de vosotros que no hay resurrección de los muertos? (1 Cor. 15 - 12-13). La conmemoración de la resurrección de Nuestro Señor es un anuncio de nuestra propia resurrección.

Escenas de la resurrección, Notre Dame, París.

 

ANTES de ser enseñada y difundida por la Iglesia Católica la creencia en la resurrección de los cuerpos, esta verdad era motivo de gran perplejidad para las religiones y los filósofos paganos. Sin creer en la inmortalidad del alma humana, ellos estaban convencidos de que, con la muerte, una persona o desaparecía completamente, o algo de ella se incorporaría —perdiendo la identidad de sí misma— en la naturaleza o en un dios impersonal existente más allá.

Sorprendente doctrina que dividió al mundo antiguo

      Con la venida del Cristianismo y la predicación de los Apóstoles, la doctrina de la resurrección de los muertos causó una inmensa atracción. En efecto, la idea de que el hombre está constituido por un alma espiritual y un cuerpo material, y la noción de que un Dios Omnipotente nos resucitará a todos por toda la eternidad, como se resucitó a sí mismo, reuniendo nuevamente en cada persona los dos elementos que la componen, realmente sorprendió y maravilló a aquellos pueblos de la antigüedad.

      Sin embargo, delante del Evangelio, o sea, de la buena noticia de que el Verbo de Dios se había hecho carne, nos había redimido, resucitó y abrió el camino de la resurrección para todos nosotros, los espíritus se dividieron. Unos se mostraron antipáticos a estas enseñanzas nuevas, prefiriendo sus viejas convicciones de que la existencia del hombre termina con su muerte y, por lo tanto, se trataba de prolongar y aprovechar al máximo la vida terrena.

      Otros, más elevados y ligeros, pensaban: "Después de la serie de tormentos que soportamos en este mundo, yo juzgaba que me hundiría en la oscuridad de la sepultura, deshaciéndome en la nada. Y ahora viene un hombre llamado Pedro, y me dice que él tiene las llaves del reino de los Cielos. Y me enseña que se dará esa resurrección gloriosa, que un día, lleno de luz, me levantaré de la sepultura para una felicidad de la cual las cosas terrenas ni siquiera dan una idea. ¡Qué maravilla!".

      Se comprende que la nueva doctrina causase esta división en dos familias de almas.

      Sucedió entonces que los de la primera familia de almas, más numerosa y más poderosa, comenzaron a desafiar y a perseguir a los de la segunda: surgieron entonces los mártires del tiempo del Imperio Romano. Hombres y mujeres convertidos al cristianismo, que eran hasta ayer respetados y hasta venerados por sus semejantes, que ahora se encuentran allí, en la arena del Coliseo, semidesnudos, insultados y abucheados por una multitud rabiosa. ¿Por qué? Porque abrazaron la creencia en la vida eterna.

Bellezas que envuelven la resurrección de los muertos

      Por lo tanto, no es difícil imaginar el drama y el cambio que la predicación de la resurrección provocó en la vieja humanidad. Cómo no es difícil darnos cuenta de que no podemos tomar como una banalidad lo que dejó pasmado a un antiguo, perplejo a un emperador romano, lo que causaba dolor de cabeza a un filósofo pagano y hacía exultar de alegría a un anciano o a un niño inocente. Debemos tener siempre presente toda la belleza que esta verdad encierra, y cuánto ella fue, a lo largo de la historia de la Iglesia, enseñada y fundamentada, por los mayores y más ilustres exponentes de la Teología católica.

      Para no extendernos, basta evocar el pensamiento del gran Santo Tomás de Aquino, que prueba la resurrección con argumentos sacados de la razón humana y de la Escritura: es un hecho revelado por el Espíritu Santo. Y el presenta como uno de los elementos de la Revelación esta frase de San Pablo: "Cuando tú siembras, no siembras el cuerpo de la planta que ha de nacer, sino que siembras el mero grano". La interpretación fantástica dada por el Doctor Angélico es la siguiente. El grano es el cadáver, y la planta que nacerá es el hombre resucitado, salido de aquél. Esta sentencia se ajusta magníficamente a las palabras de Nuestro Señor en el Evangelio: "Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, no da fruto". Es decir, mientras el hombre no termina su batalla en este mundo y muere, no brotará de él el fruto de su propia resurrección.

      Así, cuando se cierra la tapa del cajón que contiene el cadáver, debemos tener el siguiente pensamiento, inspirado por la Fe: "Si es verdad que la muerte representa un castigo, también es verdad que aquí está la semilla de la resurrección".

      En esto también debemos ver como es bella la continuidad de una vida humana llevada en la virtud y en el amor de Dios, de una existencia virtuosa que pasa sobre la muerte con los ojos puestos en la gloria de la resurrección. Es esta verdad la que nos infunde ánimo, que nos explica la vida, que nos hace seguir siempre adelante, al encuentro de la eterna y completa felicidad.

      Felicidad ésta que el mismo Santo Tomás da como una prueba más de la resurrección. Ya que el hombre busca como meta última la alegría perfecta, y ésta no puede ser encontrada sino en la eterna bienaventuranza, tiene que haber una vida después de la muerte y una resurrección de la carne, bajo pena de que todo en este universo esté errado, fracasado, y no tenga sentido.

      De hecho, ¿para qué vivir si no existe este objetivo, de alcanzar la felicidad sin límites, infinita, sin sombras, donde comprenderemos eternamente, en la medida en que seamos capaces, lo eterno, lo perfectísimo e insondable, que es Dios? Ver a Dios en Dios; ver a Dios en la persona de Nuestro Señor Jesucristo; verlo en Nuestra Señora, en los Ángeles y en los Santos, ¡qué maravilla!

      Ésta es la auténtica alegría. Lo que no sea esto, es una burla en materia de felicidad.

      Por lo tanto, con el auxilio de la Santísima Virgen, llegará para todos nosotros el día en que nuestras almas estarán definitiva y perennemente unidas a nuestros cuerpos. Los dolores y los júbilos efímeros de esta vida habrán cesado y nosotros estaremos en el Cielo por toda la eternidad.

Alegría de la Pascua, anuncio de nuestra resurrección

      Para concluir, viene muy a propósito esta otra enseñanza de Santo Tomás de Aquino. Él se pregunta si la resurrección de los hombres tiene como causa la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, y responde afirmativamente. O sea, hasta la venida de Nuestro Señor, nadie había entrado en el Cielo. Solamente después de la Pasión, Muerte y Resurrección del Cordero de Dios fueron franqueadas para la humanidad las puertas de la bienaventuranza eterna. Y el día de la Pascua es la fiesta por excelencia de su Resurrección, pero trae como consecuencia la perspectiva de la resurrección de todos los hombres en el día del Juicio Final.

      Entonces, se comprende que en la alegría pascual, tan característica, tenemos un poco del anuncio de nuestra propia resurrección, y este sentimiento se refleja en la forma católica de vivir el día de la fiesta de la Resurrección de Jesús.

"La resurrección de los muertos", detalle de la fachada de Notre Dame de París

LAS alegrías de la gloriosa resurrección del Hijo de Dios anuncian nuestra propia resurrección y nos señalan el umbral de la eterna bienaventuranza —abierto para toda la humanidad.