Juan Pablo II incita a los fieles al rezo
y meditación del Rosario
El Papa Juan Pablo II, en carta a los Obispos franceses reunidos en Lourdes, invita a los cristianos a profundizar el significado de la práctica antigua y venerable de la oración a la Madre de Dios.
Como dice san Luis María Grignion de Montfort, recuerda el Pontífice, es imposible que una persona pueda adquirir una unión íntima con Nuestro Señor y una perfecta fidelidad al Espíritu Santo, sin una muy grande unión con la Santísima Virgen. El Papa incita aún vivamente a los fieles a crecer en el conocimiento de los misterios de Cristo por la meditación del Rosario.
1. En el momento en que en Lourdes numerosos peregrinos, alrededor de los Obispos de Francia, reunidos en asamblea plenaria, se preparan a celebrar solemnemente el centenario de la consagración de la basílica de Nuestra Señora del Rosario, tengo la alegría de dirigir a todos mis cordiales saludos y de unirme por la oración a su acción de gracias por los beneficios espirituales obtenidos en este lugar y por las conversiones que allí se han operado.
Con la finalidad de celebrar las maravillas de Dios, es dichoso que los corales litúrgicos de Francia, reunidos cerca de los santuarios, acompañen la oración de los fieles y de aquellos que se asocian a la celebración eucarística gracias a los medios de comunicación.
2. El día 6 de octubre de 1901 mi predecesor, el Papa León XIII, invitaba a todos los Obispos del mundo a compartir el gozo que le daba la consagración de esta iglesia dedicada a Nuestra Señora del Rosario, alegrándose con la ocasión así ofrecida a los cristianos de profundizar el significado de la práctica antigua y venerable de la oración a la Madre de Dios. Con efecto, como brota de toda la tradición litúrgica, la Iglesia tiene en gran consideración el culto a María, indisolublemente ligado a la fe en Cristo.
3. Parábola viva de piedra y de luz, esta basílica despliega a los ojos de los peregrinos los quince misterios de la vida de Cristo, revelando así el sentido profundo del Rosario. Esta oración, centrada en la contemplación de la Encarnación redentora, nos hace participar, guiados por la Virgen María, en los pasos del Salvador. Con esta Madre purísima recorremos la historia de la salvación y, a través de la meditación de los misterios del Rosario, acogemos el amor de Dios, manifestado de manera sublime en el don del Verbo Encarnado. Así, gracias al culto rendido a la Virgen, la Iglesia no pierde jamás de vista su fin último que es glorificar a Dios y conducir los cristianos por una vía totalmente conforme a su voluntad (Paulo VI, Exhortation apost. Marialis cultus, nº 39).
4. En el alborecer del tercer milenio, es a Cristo que somos convidados a conocer, amar e imitar, para vivir en Él la vía trinitaria y para transformar con Él la historia hasta su acabamiento en la Jerusalén celeste (Carta apost. Novo millennio ineunte, nº 29). Como lo dice san Luis María Grignion de Montfort, es imposible que una persona pueda adquirir una unión íntima con Nuestro Señor y una perfecta fidelidad al Espíritu Santo, sin una muy grande unión con la Santísima Virgen (Tratado de la Verdadera Devoción). Yo incito, pues, vivamente a los fieles a crecer en el conocimiento de los misterios de Cristo por la meditación del Rosario, dejando que Él, poco a poco, purifique e ilumine sus almas, para llegar a ser, siguiendo a María, verdaderos discípulos del Señor y para conformar sus vías con la Pasión y la Resurrección del Salvador.
5. Invocando la intercesión de Nuestra Señora de Lourdes y de santa Bernardita, yo os envío la Bendición apostólica, que extiendo con mucho gusto a Monseñor Jacques Perrier, obispo de Tarbes y Lourdes, a todos los obispos, a los corales litúrgicos que se han juntado en Ancoli, a los fieles reunidos y a aquellos que están en comunión con ellos por medio de la radio y de la televisión, así como a todos los peregrinos que, con ocasión de las fiestas del centenario de esta consagración, vendrán a este lugar.
Desde el Vaticano, 7 de octubre de 2001.
IOANNES PAULUS II