"¡Señor, Venga a nosotros tu Reino!"

      Si en todas las épocas de la historia cristiana la fecha de la Navidad abre una claridad alegre y tranquila en el curso normal y laborioso de la vida de todos los días, en nuestra época la tregua natalicia asume un significado es-pecial, porque vale por un gran y universal “sursum corda” -arriba los corazones-, clamado a una humanidad tumultuosa y sufridora, que va sumergiéndose aceleradamente en el caos de la más completa disolución moral y social.

      Tras los últimos acontecimientos mundiales, se ha hecho corriente afirmar que el mundo a dado un giro dramático, y que lo que se denominaba “normalidad” ya no existe, que estamos viviendo los últimos minutos de un mundo que expira entre catástrofes; y que caminamos hacia la civilización del futuro, entre luchas y cruces. Sin embargo para nosotros, católicos, en el umbral de este mundo que nace la lección de la Navidad tiene un significado profundo.

Ruina del mundo antiguo y promesa de un Salvador.

      Meditemos primero en las aspiraciones que la humanidad pre-cristiana nutría a respecto de la venida de un Salvador. El pueblo elegido esperaba la salvación por medio de un Mesías, nacido del tronco de David, conforme a la auténtica promesa de Dios. Todos los otros pueblos de la Tierra, que no habían recibido los mensajes divinos a través de los profetas, conservaban sin embargo una reminiscencia de la promesa de un Salvador, hecha por Dios a Adán y Eva. Por eso, conservaban también, más o menos deformada, la esperanza tradicional en que un Salva-dor habría de regenerar a la humanidad sufridora y pecadora.

      Esta esperanza llegó a su auge en la época en que Nuestro Señor vino al mundo. Como afirmó un famoso historiador, toda la humanidad se sentía entonces vieja y gastada. Las fórmulas políticas y sociales utilizadas no correspondían a los anhelos y expectativas de los hombres del momento, volviéndose cada vez más opresiva. Un inmenso deseo de reforma sacudía a diversos pueblos.

      En todos los países, el contraste entre la riqueza y la miseria era patente. La lucha de clases hervía en muchos lugares; millones de esclavos gemían encadenados bajo un guante que parecía no tener fin. Roma, más que una reina, era una tirana de la humanidad.

      Una inmensa corrupción de costumbres se arrastraba por todo el Imperio Romano, poniendo en riesgo de ruina todas las instituciones políticas. Los escándalos se multiplicaban en las filas de la más alta aristocracia, proyectándose luego a todas las camadas de la sociedad. Augusto intentaba en vano reaccionar contra la creciente decadencia. No surtieron efecto sus leyes reaccionarias. Era en el seno de su propia familia, incluso, que se multiplicaban las aberraciones mas monstruosas. Y todo el mundo sentía que una crisis inmensa amenazaba a la sociedad con una ruina inevitable.

En la gruta de Belén,
la salvación del mundo.

      Fue en este ambiente, mientras los hombres de Estado y los moralistas de la época discutían gravemente sobre tantos y tan insolubles problemas, que, en el portal de Belén, en medio de una oscura noche, rayó para el mundo la salva-ción.

      Es posible que, en el momento exacto en que el Salvador nació, el orgulloso emperador romano estuviese en su palacio, entregado a las más amargas reflexiones que le sugerían el fracaso de su política moralizadora. Es posible que a poca distancia de la casa imperial se prolongase noche adentro alguna de aquellas descabelladas orgías de la época.

      Ni unos ni otros, ni el Emperador ni los sibaritas tenían idea de lo que en aquel momento ocurría en Belén.

      Entretanto, no era ni en el palacio imperial ni en las orgías aristocráticas, ni en los conciliábulos de los conspiradores, que se decidía el destino del mundo. La sociedad del futuro, oriunda de la solución perfecta y completa de los más importantes y vitales problemas de la época, nacía en Belén, y era de las manos virginales de María que el mundo recibía el Mesías que habría de redimirlo con su sangre y reorganizarlo con su Evangelio.

Nuestras esperanzas han de estar en la
Iglesia y en el Papado.

      ¿Cuál es la lección primordial que debemos sacar de ahí?

      En primer lugar, que así como para la humanidad del tiempo de Augusto la solución de los más intrincados problemas sociales y políticos no fue encontrada a no ser en Cristo, así también, en nuestro tiempo, es sólo en la Iglesia, el Cuerpo Místico de Cristo, que debemos concentrar nuestras esperanzas.

      Es posible que, imitando inconscientemente la vigilia de Augusto en la noche de Navidad, mucho césar moderno, la pase indiferente a la piedad de los que oran en las iglesias, mientras él está echado de bruces sobre una mesa de trabajo, intentando encontrar medios para arrancar a su patria del atolladero de la crisis contemporánea.

      Es posible que, en esta noche de Navidad, el silencio de la misma sea roto por las orgías desbandadas. Es posible que mucho conspirador esté tramando la revolución y la guerra, en el silencio de la noche, mientras el pueblo conmemora el nacimiento del Príncipe de la Paz.

      Sin embargo, y a pesar de todo esto, si somos católicos, debemos esperar la salvación exclusivamente de quien representa hoy a Cristo en la Tierra. Es hacia el Papa, y sólo para él en este mundo, que debemos volver nuestros ojos.

 

Los ruegos de María
anticiparan la Redención.

        Mas aún, hay otra reflexión de mayor utilidad. Todos los teólogos concuerdan en afirmar que, si la salvación rayó para el mundo en la época en que lo hizo, lo debemos a las oraciones omnipotentes de María, quien consiguió anticipar el día del nacimiento del Mesías. Nadie puede decir cuántos años o siglos habría aún demorado la Redención sin las preces de María.


      Así, la reorganización del mundo vino de la oración humilde y confiante de la Virgen María, enteramente ignorada por sus contemporáneos, que vivía una vida contemplativa y solitaria, en el pequeño canto donde la Providencia la hizo nacer. Por ello, se puede decir que quien más benefició al mundo no fue quien más estudió ni quien más trabajó, sino quien más y mejor supo orar.

 


Que se realice el Reino de Dios, en
nosotros y fuera de nosotros.

      Si el mundo contemporáneo quisiera salir del caos en que se encuentra, debe, en primer lugar volverse hacia la Iglesia.

      Podemos terminar esta breve meditación de Navidad pensando los siguiente: Dios llamó a muchas almas al estado sacerdotal o al religioso para una vida plena de oración y acción. Nosotros, los legos católicos, somos conscientes de que, unidos a ellos, participamos de su
gran misión y que, juntos, en el plano humano, podemos llevar a cabo una tarea de la cual dependa un anticipo o un retraso en la restauración del reinado social de Nuestro Señor Jesucristo.

      Así, junto al pesebre, podemos decir: “Venga a nosotros Tu reino”. Que nosotros lo realicemos en nosotros mismos para, después, con vuestro auxilio, realizarlo también entorno nuestro.