Nuestra Señora
del Sagrado Corazón
Si hubo una época para cuya miseria sólo puede existir esperanza de remedio en el Sagrado Corazón de Jesús, ésa es la nuestra.
Sería inútil atenuar la enormidad de los crímenes que por todas partes practica la humanidad en nuestros días. En su época, dijo Pío XI, en una de sus Encíclicas, que la degradación moral del mundo contemporáneo era tal que lo colocaba en la inminencia de verse precipitado, de un momento a otro, en condiciones espirituales más miserables que aquellas en las que se encontraba cuando vino al mundo el Salvador. ¿Qué diría de nuestros días?...
El sol de la misericordia divina
Una humanidad perseverante en su impiedad puede esperar todo de los rigores de Dios. Pero Dios, que es infinitamente misericordioso, no quiere la muerte de esta humanidad pecadora, sino que "se convierta y viva". Y, por esto, su gracia busca insistentemente a todos los hombres, para que abandonen sus pésimos caminos y vuelvan al rebaño del Buen Pastor.
Si no hay catástrofes que no deba temer una humanidad impenitente, no hay misericordia que no pueda esperar una humanidad arrepentida. Y para eso no es necesario que el arrepentimiento haya consumado su obra restauradora. Basta que el pecador, aún en el fondo del abismo, se vuelva hacia Dios con un simple inicio de arrepentimiento eficaz, serio y profundo, que él encontrará inmediatamente el socorro de Dios, que nunca se olvidó de él. Lo dice el Espíritu Santo en la Sagrada Escritura: aunque tu padre y tu madre te olviden, yo no me olvidaría de tí. Aún en los casos extremos en que el paroxismo del mal llega a agotar la propia indulgencia materna, Dios no se cansa. Porque la misericordia de Dios beneficia al pecador hasta cuando la justicia divina lo hiere con mil desgracias en el camino de la iniquidad.
Estas dos imágenes esenciales, la de la justicia y la de la misericordia divina, deben ser constantemente puestas delante de los ojos del hombre contemporáneo. De la justicia, para que no suponga temerariamente que puede salvarse sin méritos. De la misericordia, para que no desespere de su salvación, desde que desee enmendarse. Y si las hecatombes de nuestros días ya hablan tan claramente de la justicia de Dios, ¿qué mejor visión para completar este cuadro, que el sol de la misericordia, que es el Sagrado Corazón de Jesús?
Infinito amor hacia los hombres
Dios es caridad. Y por eso, el simple enunciado del Santísimo Nombre de Jesús recuerda la idea del amor. El amor insondable e infinito que llevó a la Segunda Persona de la Santísima Trinidad a encarnarse. El amor, expresado a través de esta humillación incomprensible de un Dios que se manifiesta a los hombres como un niño pobre, que acaba de nacer en una gruta.
El amor, que transparece a través de aquellos treinta años de vida recogida, en la humildad de la más estricta pobreza, y en las fatigas incesantes de aquellos tres años de evangelización, en los que el Hijo del Hombre recorrió caminos y senderos, atravesó montes, rios y lagos, visitó ciudades y aldeas, cruzó desiertos y poblaciones, habló a ricos y pobres, derramando amor y recogiendo, en la mayor parte de los casos, principalmente, ingratitud.
El amor, demostrado en aquella Cena suprema, precedida por la generosidad del lavapiés y coronada por la institución de la Eucaristía. El amor de aquél último beso dado a Judas. El amor de aquella mirada puesta en San Pedro, de aquellas afrentas sufridas con paciencia y mansedumbre, de aquellos sufrimientos soportados hasta la total consumación de las últimas fuerzas, de aquel perdón mediante el cual el buen ladrón se robó el Cielo, de aquél don extremo de una Madre celestial a la humanidad miserable.
Cada uno de estos episodios fue meticulosamente estudiado por los sabios, piadosamente meditado por los Santos, maravillosamente reproducido por los artistas y, sobre todo, inigualablemente celebrado por la liturgia de la Iglesia. Para hablar sobre el Sagrado Corazón de Jesús, sólo hay una forma: es recapitular debidamente cada uno de ellos.
Realmente, venerando al Sagrado Corazón, la Santa Iglesia no quiere otra cosa sino prestar una especial alabanza al amor infinito que Nuestro Señor Jesucristo dispensó a los hombres. Como el corazón simboliza al amor, rindiendo culto al Corazón de Jesús, la Iglesia celebra el Amor.
Nuestra Señora, Abogada de los pecadores
Por más variadas y bellas que sean las invocaciones con las que la Iglesia se refiere a Nuestra Señora, en ninguna de ellas dejaremos de encontrar una relación entre Ella y el amor de Dios, al cual Nuestra Señora supo ser perfectamente fiel, o un poder especial que Ella tiene junto a su Divino Hijo. Ahora, ¿qué es lo que prueban los dones que Dios dio a la Virgen , sino un amor especial del Creador hacia Ella? ¿Y qué es lo que prueba el poder de Nuestra Señora junto a Dios, sino ese mismo amor?
Así, pues, es con toda propiedad que Nuestra Señora puede, al mismo tiempo, ser llamada "espejo de justicia" y "omnipotencia suplicante". Espejo de Justicia, porque Dios la amó tanto, que en Ella concentró todas las perfecciones que una criatura puede tener y, por eso mismo, en ninguna Él se refleja tan perfectamente como en María. Omnipotencia suplicante, porque no hay gracia que se obtenga sin la mediación de Nuestra Señora, y no hay gracia que Ella no nos obtenga.
Por eso, invocar a Nuestra Señora bajo el título del Sagrado Corazón es hacer una síntesis bellísima de todas las demás invocaciones, es recordar el reflejo más puro y bello de la Maternidad Divina, es hacer vibrar, de una sola vez y armónicamente, todas las cuerdas del amor, que tocamos una a una enunciando las varias invocaciones de la letanía lauretana o de la Salve.
Pero hay una invocación que quiero recordar especialmente. Es la de abogada de los pecadores. Nuestro Señor es Juez. Y, por mayor que sea su misericordia, no puede dejar de ejercer también su función de juez. Nuestra Señora, sin embargo, es sólo abogada. Y nadie ignora que no es otra la función del abogado sino el defender al reo. Por eso, decir que Nuestra Señora del Sagrado Corazón es nuestra abogada, implica en decir que tenemos en el Cielo una abogada omnipotente, en cuyas manos se encuentra la llave de un océano infinito de misericordia.
¿Qué hay de mejor para mostrar a esta humanidad pecadora que, si no se le habla de la justicia de Dios se embota cada vez más en el pecado y si se habla de ella desespera de salvarse? Mostremos la justicia: es un deber, cuya omisión ha producido los más lamentables frutos. Al lado de la justicia, que hiere a los impenitentes, no nos olvidemos de la misericordia, que ayuda al pecador seriamente arrepentido a abandonar el pecado y, así, salvarse.