El Papa bendice
a los participantes
de nuestra campaña

    Con ocasión de la estancia en Roma para agradecer al Santo Padre la aprobación pontificia de los Heraldos del Evangelio, fue solicitada la Bendición Apostólica para todos los miembros de la campaña Salvadme Reina de Fátima.

 

Ciudadanos del Cielo y de la tierra

     El hombre fue creado por Dios en esta tierra para que en ella él hiciese su "noviciado"para aprender a vivir en el Cielo. Durante el mensaje que Su Santidad Juan Pablo II leyó antes del rezo del `Regina Caeli' el día 13 de junio, el Papa nos recuerda que Jesucristo, cuya Ascensión se celebraba en aquel día, es nuestro modelo en ese "noviciado" y nos muestra el camino hacia la verdadera patria junto con su Madre, María Santísima.

  La Ascensión de Jesús es un acontecimiento que ha dejado una huella indeleble en la memoria de los primeros discípulos, tal y como lo testimonian los Evangelios y el libro de los Hechos de los Apóstoles. Cuarenta días después de la resurrección, Jesús llevó a sus discípulos al Monte de los Olivos, «cerca de Betania», y, «mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo» (Lc. 24, 50-51). Naturalmente ellos se quedaron mirando hacia lo alto, pero pronto fueron interpelados por dos ángeles: «¿qué hacéis ahí mirando al cielo? Jesús, vendrá así tal como le habéis visto subir al cielo» (Hechos 1, 11).

     «En la tierra como en el Cielo»: estas palabras que repetimos todos los días en la oración del Padrenuestro expresan bien la nueva condición de los discípulos, transformados por la experiencia del misterio pascual de Cristo. Ellos son al mismo tiempo ciudadanos de la tierra y del cielo.

     En efecto, Cristo se ha convertido en el puente entre el cielo y la tierra: Él es el mediador entre Dios y el hombre, entre el Reino de los cielos y la historia del mundo. Unidos a Él en su mismo Espíritu, los creyentes forman una comunidad nueva, la Iglesia, cuya naturaleza es al mismo tiempo visible y espiritual, peregrinante en el mundo y partícipe de la gloria celeste (cf. «Lumen gentium», 8. 48-51).

     Entre todas las criaturas, María Santísima ha estado como ninguna otra asociada a este misterio. Como nueva Eva, de la que ha nacido el nuevo Adán, indica el camino de nuestro compromiso en la tierra; al mismo tiempo, habiendo sido elevada en cuerpo y alma al cielo, nos invita a tender hacia nuestra auténtica patria, donde nos espera la plenitud de la vida en el amor de Dios Uno y Trino.

     La Iglesia, mientras se adentra en el océano del nuevo milenio, no pierde de vista la estrella polar que orienta su navegación. Esa estrella es Cristo, Señor de los siglos. Junto a Él se encuentra su Madre, que es también Madre nuestra, y que no deja de acompañar a sus hijos en su peregrinación terrena. A ella dirigimos nuestra mirada con sincera esperanza. A ella confiamos las esperanzas y los proyectos de la Iglesia, tal y como han emergido en el consistorio extraordinario que se acaba de concluir. A ella le pedimos para el mundo entero el don de la paz, mientras con confianza renovada cantamos el «Regina caeli».