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Miembros de la Asociación saludan al Santo Padre |
Ante una multitud de 40 mil peregrinos reunidos en Roma para celebrar el Jubileo de los laicos, el Santo Padre afirmó que "sonó la hora de los laicos" en la Iglesia.
"Ser cristianos no ha sido nunca fácil, y tampoco lo es hoy. Seguir a Cristo exige el valor de opciones radicales, que con frecuencia van contra corriente."
"En el umbral del tercer milenio, Dios llama a los creyentes, de modo especial a los laicos, a un renovado impulso misionero. (...) Cristo - continúa el Santo Padre - debe ser anunciado con el testimonio de vida y con la palabra, y el apostolado, antes de ser un compromiso estratégico y organizado, conlleva la grata y alegre comunicación a todos del don del encuentro con Cristo."
El Pontífice quiso resaltar el valor de los documentos del Concilio Vaticano II, en especial por su amplia exposición sobre el papel del laicado católico. "Con el Concilio Vaticano II en la Iglesia ha llegado realmente la hora del laicado y tantos fieles laicos, hombres y mujeres, han comprendido con mayor claridad la propia vocación cristiana, que por su misma naturaleza es vocación al apostolado. A 35 años de su conclusión, digo: Es necesario volver al Concilio. Es necesario releer los documentos del Vaticano II para volver a descubrir su gran riqueza de estímulos doctrinales y pastorales."
"En particular - continuó -, debéis leer aquellos documentos vosotros, laicos, a los que el Concilio ha abierto extraordinarias perspectivas de participación y de compromiso en la misión de la Iglesia."
Al entregar a varios representantes del laicado católico unos ejemplares de los documentos conciliares, Juan Pablo II dijo que "hoy, como entonces, he querido simbólicamente confiar el vasto patrimonio conciliar sobre todo a vosotros, queridos fieles laicos, apóstoles del Tercer Milenio, recordando que fue precisamente a los laicos, gobernantes, hombres de pensamiento y de ciencia, artistas, mujeres, trabajadores, jóvenes, pobres, enfermos, a quienes el Concilio entregó su mensaje final destinado a la humanidad entera."
"La santidad - subrayó - sigue siendo el desafío más grande para los creyentes. Debemos ser gratos al Concilio Vaticano II, que nos ha recordado que todos los cristianos están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad. (...) No tengáis miedo -insistió una vez más- de aceptar este desafío: ¡ser hombres y mujeres santos! No olvidéis que los frutos del apostolado dependen de la profundidad de la vida espiritual, de la intensidad de la oración, de una formación constante y de una adhesión sincera a las directrices de la Iglesia. (...) Si vivís el cristianismo sin compromisos, podréis incendiar el mundo!" Y en este mismo sentido afirmó que hay que "buscar en la oración la fuente de toda fuerza apostólica; sacad del Evangelio la luz que dirige vuestros pasos."
El Papa dijo ante la multitud de fieles que su apostolado, "hoy más que nunca, es indispensable para que el Evangelio sea luz, sal y levadura de una nueva humanidad. (...) El Jubileo invita a todos a un serio examen de conciencia y a una renovación espiritual perdurable para realizar una acción misionera cada vez más incisiva". Y añadió que, como "testigos de Cristo" estaban llamados esencialmente a "llevar la luz del Evangelio a los centros vitales de la sociedad."
El testimonio de los fieles laicos es indispensable para la perseverancia en la fe de muchos. Lo afirmó el Santo Padre al decir que el papel de los laicos "es esencial para la vida de la Iglesia", y subrayó también que gracias "sobre todo al testimonio valiente de fieles laicos, con frecuencia hasta el martirio, la fe no ha desaparecido de la vida de pueblos enteros. El hombre contemporáneo escucha más fácilmente a los testigos que a los maestros" y, de hecho, "si escucha a los maestros lo hace cuando son testigos."
"La primavera cristiana, de la que podemos percibir ya muchos signos, es perceptible en la elección radical de la fe, en la auténtica santidad de vida, en el extraordinario celo apostólico de muchos fieles laicos, hombres y mujeres, jóvenes, adultos y ancianos. Por eso, la presente generación tiene el deber de llevar el Evangelio a la humanidad de mañana."
Todo cristiano recibe desde el bautismo la misión de hacer apostolado. Misión que no puede ser eludida por nadie bajo ningún pretexto. Por eso mismo, Juan Pablo II planteó una serie de preguntas que sirven para cada uno de los fieles como un serio examen de conciencia sobre la fidelidad a esta vocación. "¿Qué he hecho con mi Bautismo y mi Confirmación? ¿Es Cristo realmente el centro de mi vida? La oración, ¿encuentra espacio en mis jornadas? ¿Vivo la vida como una vocación y una misión?"
Estas preguntas deben ser respondidas por los laicos a manera de un balance personal pues, explica el Santo Padre, que "en un clima de secularización generalizada, muchos creyentes sienten la tentación de alejarse de la Iglesia y, por desgracia, se dejan contagiar por la indiferencia o ceden a compromisos con la cultura dominante."
"Entre los fieles no faltan tampoco actitudes selectivas y críticas en relación con el magisterio eclesial" agrega, pero precisa que "la vocación y la misión de los fieles laicos se pueden entender sólo a la luz de una conciencia renovada de la Iglesia como sacramento o signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano y del deber personal de adherir más íntimamente a ella."
El Papa indica que "por este motivo, es más necesario que nunca que los cristianos, iluminados y guiados por la fe, conozcan la Iglesia tal como es, en toda su belleza y santidad, para experimentarla y amarla como a su propia madre."