
Misioneros de la Virgen
Habíamos pedido a dos compañeros nuestros, Javier y Raúl, que se encuentran en El Salvador, que nos mandasen noticias sobre su experiencia misionera en ese país hispanamericano para compartirlo con nuestros lectores, cuando se produjo la terrible catástrofe que hoy conmueve a todo el mundo. Atendiendo nuestro pedido, nos han mandado estas emotivas líneas.
Estoy seguro que el nombre de un pequeño país, llamado El Salvador, resuena hoy más que nunca en sus oídos. Lamentablemente se habla de él por las tragedias y no tanto por sus virtudes, que no son pocas. Soy un misionero, miembro de los Heraldos del Evangelio, destacado en ese rincón del "continente de la esperanza", como lo llama el Santo Padre.
¿Por qué de "la esperanza"?, se preguntará más de uno.
Las
nobles virtudes españolas unidas a los tropicales habitantes de esas tierras
han dado como resultado una raza generosa, amable, bondadosa y muy animosa,
calurosa como el clima, hospitalaria. Ayuda a ello el lugar, de naturaleza volcánica
y con el peligro constante de catástrofes de toda clase. Pero nada de esto explica
a fondo el asunto si no lo vemos desde el punto de vista de la fe. Sí, la fe
católica, apostólica y romana traída a estas tierras por los heroicos misioneros
que llegaron aquí ya hace más de 500 años. Sí, querido lector, es esa fe templada
en numerosos sacrificios entregados con amor, que arroja como resultado un número
altísimo, para nuestros días, de vocaciones, sacerdotales, religiosas y misio-neras,varias
ya di-seminadas por los cinco continentes.
Pero,
¿podrá sostenerse esa fe sin gracias especialísimas, en medio a tanta violencia
y degradación moral como los salvadoreños sufren en estos tiempos? La preservación
de esta fe es el objetivo de las tareas que aquí desarrollamos junto a los más
necesitados. Toda nuestra labor tiene como objetivo primordial el enfervorizamiento
y el fortalecimiento de la fe. Desde las parroquias de las ciudades hasta las
profundidades de la selva, llevando un mensaje de consuelo, de alegría y de
esperanza, los jóvenes custodios y custodias de la Virgen no se
detienen ante ninguna dificultad para cumplir con el mandato del Señor: "id
y evangelizad a todos los pueblos". Llevar a María por valles y montes
significa llevar adelante la nueva evangelización. Por todo ello y conociéndolo
de cerca puedo afirmar que el salvadoreño auténticamente católico no se asusta
ante un terremoto natural de la intensidad que sea, pero sí ante un terremoto
espiritual que destruye los cimientos de las almas y eso no hay ayuda material
que pueda reconstruirlo. Por eso ellos unen el dolor natural producido por la
pérdida de seres queridos a las oraciones llenas de confianza en María "que
ha venido a América a traer la paz".