En la cuna

de una era de fe

Después de tres siglos de persecuciones y de catacumba en el Imperio Romano, la Iglesia fue liberada por Constantino y brilló sobre la faz de la tierra. Pero, a la par de este merecido triunfo, se puede decir que la Iglesia se encontró también en uno de los momentos más difíciles de su existencia, por haber sido infiltrada por los gérmenes de la corrupción del mundo pagano que Ella había abatido. En efecto, muchos de los convertidos continuaron aferrados al espíritu, a la molicie y a la sensualidad del paganismo antiguo.

Por otra parte, el Imperio Romano de Occidente, oficialmente católico, venía siendo cada vez más hostilizado por los bárbaros, que penetraban en vastas regiones de su territorio. Tal invasión cooperó para agravar la creciente degeneración moral y social de un Imperio que, dentro de poco, se dejaría aplastar por las hordas bárbaras. Éstas, dueñas del terreno, fundaron diversos reinos, los que, por su parte, ya nacían contagiados por la decadencia de los romanos.

Cumple resaltar que, cuando se produjo la estrepitosa embestida de los bárbaros, éstos eran arrianos pervertidos por un tal obispo Ulfilas, o eran completamente paganos. Pero, a un título u otro, se revelaban enemigos de la Iglesia.

Al cabo de algunas décadas, Europa se vio, por lo tanto, en la siguiente situación: los bárbaros se habían establecido en pequeños reinos fundados sobre los restos de la civilización romana, en una mezcla entre católicos, arrianos y gran cantidad de paganos, originando un caos que sólo se resolvería si de allí surgiese algo diferente.

La Iglesia trabajaba en esa transformación con todo empeño, pero según su costumbre. Es decir, ella no opera siempre a partir de grandes hombres, sino a partir de la gracia. Aquellos surgen ocasionalmente y, cuando son santos (o, por lo menos, humildes y castos), se puede con su auxilio realizar buenas obras. Sin embargo, es más seguro el socorro de la gracia divina, bajo cuya protección la Iglesia iba cumpliendo su deber: predicando y enseñando en las parroquias, en las diócesis, conforme al órden puesto por Nuestro Señor Jesucristo, y que ella misma, orientada por el Espíritu Santo, completaba y acomodaba las circunstancias de la época. Y así, día a día, hacía penetrar la gracia en las almas que se abrían para recibirla.

En esta situación, en que los dones celestes soplaban en las más variadas direcciones, brotando aquí y allá algunas flores, y algo de muy grande y de muy bonito estaba por suceder, como consecuencia de esta siembra semi-bien acogida por todas partes.

 

Un joven se da por entero a la gracia

 

Y la consecuencia es exactamente esa: un joven con extraordinaria vocación, oriundo de una familia patricia, resolvió darse totalmente a la gracia divina. Ésta le dijo en el fondo del alma: "Hijo mío, yo te quiero y te quiero por entero. ¿Quieres darte por entero?". Su nombre era Benito.

Sin embargo, para llevar a cabo esta entrega completa, la experiencia le mostraba que no podía permanecer en aquel maremagno, mezcla de barbarie y de cultura romana decadente, en la que se encontraba Europa. Fue así que decidió retirarse sólo a un lugar inhóspito, apartado del convivio de los hombres, donde buscaría santificar su alma. Probablemente él no tenía noción de que la Providencia lo llamaba a ser el árbol del cual brotarían las semillas que se esparcirían por toda Europa, dando origen a la cristiandad medieval. Él se interna en aquella soledad para ser visto tan sólo por Dios y por Nuestra Señora, para que nada perturbase la entrega completa que les hiciera. Allí se dedicaría a la devoción, a la meditación, a la penitencia, para que la gracia tomase cada vez más cuenta de su persona.

 

En la gruta

de Subiaco, pensando

sólamente en Dios

 

Podemos imaginar a San Benito aún joven _como consta que él era _ apuesto, favorecido por los predicados de una familia noble y desapegado de todos estos dotes naturales, dejando la casa paterna a camino de Subiaco. Se trataba de una montaña, una especie de palacio silvestre de grutas, unas sobre otras, formando como qué pisos. Escogió una de ellas y entró.

Tal vez él no lo supiese, pero en una de las grietas superiores vivía, hacía muchos años, en un aislamiento completo, otro ermitaño, mucho mayor que él, llamado San Román. Éste vio llegar al joven asceta y enseguida notó el llamado de Dios en aquella alma. No se hablaban, cada uno manteniendo su existencia recogida.

San Román se alimentaba sólamente de un pan que un cuervo le traía todos los días. Pero San Benito fue para allí sin preocuparse de la alimentación, confiante en Dios. A partir de aquél día, el cuervo pasó a traer dos panes. San Román entendió enseguida para quien era el segundo, consiguió un cesto al cual amarró una cuerda y por este medio hizo bajar la ración suplementaria traída por el pájaro. Así que vio el cesto y su contenido, San Benito notó que, a partir de aquel momento, tendría su nutrición asegurada, comiendo el pan milagrosamente mandado por Dios.

Su único contacto con el mundo exterior era la hora en que veía bajar la cuerda. Había renunciado a todo, olvidándose de sí mismo, pensando solamente en las cosas divinas.

 

En las espinas,

victoria sobre la carne

 

Se puede admitir que San Benito, sin tener plena conciencia de lo que nacería de Subiaco, notaba que algo de muy grande se jugaba en el Cielo cada vez que él daba un paso ascendente en el camino de la fidelidad. Los ángeles cantaban y los demonios rugían. Él sentía todo el odio que el demonio levantaba en su contra y, por lo tanto, cuanto le era nocivo, en las tentaciones con las cuales, a todo instante y de modo tormentoso, éste lo asediaba y a las que tenía que resistir.

En cierto momento, sin culpa propia, las tentaciones contra la pureza aumentaron enormemente. Naturalmente, era la furia del espíritu impuro descargándose sobre un hombre tan extraordinario como aquél. Para vencer estos ataques, San Benito se echó sobre un zarzal erizado de espinas, para que la sensación del dolor ocasionado por éstos ahogase los malos deseos de la carne.

En memoria del heroico y vitorioso acto de su Fundador, los benedictinos siempre conservaron este zarzal con una veneración y un cuidado extraordinario. Siglos después, allí estuvo rezando el gran San Francisco de Asís, que se conmovió a la vista de aquellos arbustos espinosos. Y para significar cuanto fue agradable a Dios el gesto de San Benito, el Povorello plantó en el mismo lugar un rosal. A partir de entonces el rosal y la zarza nacen juntos, entrelazando y perpetuando en aquella gruta la suavidad de San Francisco y la noble austeridad de San Benito.

 

A través de San Benito,

Dios velaba por Europa

Y así, con sucesivos triunfos sobre el mundo, el demonio y la carne, el joven ermitaño llevaba la vida de virtudes que haría de su alma el elemento modelador de toda una familia religiosa, que se extendería a lo largo de los siglos. Se hizo un santo de primera grandeza, el Patriarca de los monjes de Occidente, un varón igualado por pocos en la historia de la Iglesia, porque no es dado al género humano engendrar tantos hombres con semejante envergadura espiritual.

Es preciso notar que, si San Benito cuidaba sólamente de darse enteramente a Dios, Dios tomaba cuenta enteramente de su fiel servidor para, a través suyo, velar sobre Europa.

En efecto, San Benito tuvo un número incontable de hijos espirituales, los religiosos benedictinos, que se extendieron por todo el continente y ejercieron una prodigiosa influencia en la formación y la difusión de la Edad Media. Fueron ellos los que trabajaron por la conversión de los bárbaros, sobre todo en las regiones más difíciles, donde el cristianismo no había penetrado.

Inglaterra, Alemania, Suecia, Noruega, Dinamarca, Bohemia, Austria y también Hungría se conviertieron gracias al impulso de esta inmensa familia religiosa de los benedictinos que emprendían su gesta apostólica de forma altamente prestigiosa. En toda la vida de la Iglesia, la Orden de San Benito conservó una especie de influencia y de categoría que aún guardan un perfume del buen feudalismo medieval.

 

Punto de partida de

la Civilización Cristiana

 

Pero, ¿cómo actuaron los hijos del santo Patriarca?

Ellos se dirigían hasta los pueblos infieles, predicaban misiones y fundaban un monasterio. Éste, en general, edificado en algún lugar desierto. Allí comenzaban a cantar, a practicar la liturgia, a distribuir limosna a los pobres que se presentaban, a derribar bosques, hacer plantaciones regulares y secar pantanos, etc.

Por causa de la influencia que adquirían sobre las almas, especialmente por sus virtudes, las poblaciones y las ciudades iban constituyéndose en torno a sus monasterios. Cuando permanecían solitarios, desde las ciudades iban a visitarlos, y su acción se irradiaba a distancia, auxiliando la actuación del clero secular.

Era una preciosidad para cualquier población tener un monasterio benedictino instalado en sus alrededores. En verdad, no era lo propio de estos conventos y abadías existir en los límites urbanos. Se mantenían siempre apartados, hasta el momento en que no podían más sustraerse de la afluencia de la gente, que deseaba estar cada vez más próxima de ellos, y entonces los cercaba. Su apostolado característico, sin embargo, era el que, desde lejos, se ponía a refulgir con todo su brillo, atrayendo con todo su perfume, haciendo con que los pueblos viniesen a su encuentro. Lo que no deja de ser una bella forma de actuar en beneficio de las almas.

Después de haber convertido Europa, los hijos de San Benito, por medio de la congregación de Cluny _que era una federación de abadías y monasterios benedictinos_ prepararon todo el florecimiento espiritual, cultural, artístico, político, militar, etc., de la Edad Media. No habría sido posible la formación de ésta, ni la del Sacro Imperio Romano Alemán, si no fuese por causa de las ideas, máximas y principios irradiados desde Cluny.

Pero Cluny, por su parte, no habría existido sin Subiaco. Éste fue el verdadero punto de partida de la Civilización Cristiana. Ella surgió del "sí" de aquél joven Benito el cual, desprendiéndose del gran pantano que era la Europa de su tiempo, caminó hasta aquella gruta del Lacio, y allí inició una vida espiritual de cuyos fulgores nacería la cristiandad medieval.

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