María y su Divino Infante:
unión insondable
Corazón de María,
en el cual
se formó la Sangre
de Jesús, precio de
nuestra redención ----
ruega por nosotros.
Esta jaculatoria de la Letanía del Inmaculado Corazón de María, además de tener su particular unción, encierra en sí un significado sumamente elevado y bello, que viene muy a propósito considerarlo en las vísperas de la Navidad.
"Caro Christi, caro Mariæ"
En efecto, por las leyes comunes de la reproducción de la especie, el hombre trae consigo algo de la sangre del padre y algo de la sangre de la madre. Sin embargo, la preciosísima sangre de Nuestro Señor Jesucristo, así como su carne sacratísima fueron exclusivamente formadas de Nuestra Señora. Y esto porque, tratándose de una milagrosa concepción por parte de una Virgen, en ella no intervino obra de varón. Motivo por el cual podemos repetir lo que, con entera propiedad, afirmó San Agustín: caro Christi, caro Mariae. La carne de Cristo es, de alguna forma, la propia carne de María.
El Hombre-Dios se hizo
esclavo de Nuestra Señora
La consideración de este hecho tan singular y maravilloso nos ayuda a comprender mejor lo que puede haber sido el período en el que Nuestro Señor estuvo en gestación en el seno de María.
No hay mayor sujeción en esta tierra que la de un niño a su madre, que lo carga en su seno, dándole todos los elementos vitales para la consituticón de su parte física. Ahora bien, durante nueve meses consecutivos, Nuestro Señor quiso pertenecer enteramente a Nuestra Señora. Jesús, el esperado de las naciones, el hombre tan perfecto, que no es simplemente hombre, sino Hombre-Dios _porque la Segunda Persona de la Santísima Trinidad se unió hipostáticamente a su naturaleza humana_ Jesús quiso hacerse esclavo de María.
Y desde el instante en que el primer elemento de su cuerpo comenzó a existir, ¡cómo era perfecto! Comenzó a pensar, comenzó a orar y, conociendo perfectamente de qué madre era hijo, debe haberle dicho una palabra de amor. ¿Se puede calcular cuál fue esa primera palabra de afecto y cariño que Él le dirigió a la Santísima Virgen y cuál fue la respuesta que Ella le dirigió al sentir una ternura que venía del Hijo de Dios?
¿Qué le habrá respondido a Jesús? ¿"Dios mío"?, ¿o le habrá dicho "hijo mío"? ¿O tal vez con mayor desvelo y solicitud, lo habrá agradado diciendo "hijito"?
¡Cuánta riqueza de alma es necesario tener para responder adecuadamente a este primer cariño del Verbo Encarnado! ¡Qué noción de los matices y de las situaciones! ¡Qué eximia y completa disponibilidad de alma para corresponder a todo perfectamente y ofrecerle esta premisa incomparable: ¡el primer acto de amor que el género humano le tributaba!
Creciente e insondable unión
Y además, ¿cuántas y cuán elevadas disposiciones de alma debe haber tenido Nuestra Señora cuando notaba que su Hijo se movía dentro de Ella? En esos momentos, ciertamente tenía pensamientos como éste: "¡Dios se mueve en mí! Aquel a quién el Cielo y la tierra no pueden contener está en mi claustro, porque Dios así lo quiso. Y he aquí que se mueve en mí delicadamente, amorosamente, noblemente, con un movimiento lleno de símbolos y de misterios. Oigo, siento y rezo, porque son mensajes para que yo los comprenda, son comunicaciones para que yo las entienda..."
¡Oh recogimiento! ¡Oh oración! ¡Oh preanuncio de lo que deberían ser a lo largo de los siglos las almas eucarísticas que tienen la felicidad sin nombre de, cada día, por algunos instantes tener en su propio pecho a Nuestro Señor Jesucristo! ¡Oh maravilla!
Y así como el Santísimo Sacramento comunica sus gracias y se une a las almas que se transforman en sagrarios vivos, todo indica que, por las leyes de la reciprocidad, a medida que la Santísima Virgen iba dando de su propio cuerpo a Nuestro Señor, Él ciertamente le retribuía comunicándole su espíritu. Nuestra Señora iba creciendo en unión con Él de forma insondable. De tal manera que, cuando la obra purísima de sus entrañas llegó a su fin y Él se encontraba a punto de nacer en la noche de la Navidad, el vínculo entre ambos había alcanzado un ápice inconcebible. Ella estaba lista para ser, en todos los sentidos de la palabra, la Madre del Redentor.
Sin embargo, esta misma insondabilidad nos hace comprender mejor el papel de la Santísima Virgen como intercesora y mediadora. Por lo tanto, debe arraigarse aún más en nuestras almas la convicción de que, para aproximarnos al Divino Infante, es indispensable acercarnos antes a la Santísima Virgen. Quedarnos junto a Ella, amándola de todo corazón, es la fórmula más segura y acertada de estar junto a Dios, porque Dios está sumamento próximo de su Madre, tanto cuanto Él puede estarlo de una criatura.
Nuestra Señora es la Puerta del Cielo, el Arca de la Alianza. Y así como aquél Niño nos vino por medio de María, así también solamente podemos llegar a Él por medio de Ella.
Diálogo inimaginable
El largo período de esta indecible y misteriosa convivencia cesa. Los Ángeles se llenan de júbilo y cantan en los Cielos. En una gruta de los alrededores de Belén, Jesús viene al mundo.
Nuestro espíritu se siente pequeño al tratar de imaginar el embelesamiento de Nuestra Señora al ver el rostro del Niño Jesús, y el arrobamiento que sintió cuando recibió su primera caricia externa... Cuando lo vió volverse hacia San José y manifestarle su afecto. Cuando, notando que Jesús tenía hambre, comprendió que le competía, con su leche indeciblemente preciosa, saciar al Hijo de Dios. Cuando, al verlo pasar frío e incomodidad en el pesebre, desdoblarse en cuidados para arroparlo mejor y para aumentar el confort en medio a las pajas que le servían de cuna. Y cuando, al sentir el aliento de los animales que lo calentaban, decirle con indescriptible amor: "¡Dios mío, tan poco para Quién es tanto!"
Y cuando el Niño, sin decir palabras, le respondió en el fondo del alma: "¿Qué es poco para mí, cuando os tengo a Vos?"
¿Quién puede imaginar semejante diálogo?
Solamente por medio de María
llegamos a su Divino Hijo
Se puede notar por estas consideraciones, cómo la unión de alma entre el Niño Jesús y Nuestra Señora es estrictamente insondable para la mente humana.
Sin embargo, esta misma insondabilidad nos hace comprender mejor el papel de la Santísima Virgen como intercesora y mediadora. Por lo tanto, debe arraigarse aún más en nuestras almas la convicción de que, para aproximarnos al Divino Infante, es indispensable acercarnos antes a la Santísima Virgen. Quedarnos junto a Ella, amándola de todo corazón, es la fórmula más segura y acertada de estar junto a Dios, porque Dios está sumamente próximo de su Madre, tanto cuanto Él puede estarlo de una criatura.
Nuestra Señora es la Puerta del Cielo, el Arca de la Alianza. Y así como aquél Niño nos vino por medio de María, así también solamente podemos llegar a Él por medio de Ella.