Víctima expiatoria

Santa Teresita del Niño Jesús se podría decir que es de nuestros días. Felizmente, la fotografía ya había sido inventada, por lo que conservamos el retrato auténtico de la gran santita: singularmente bella, de trazos regulares, mirada luminosa y vasta, porte firme, semblante decidido, su fisonomía deja transparecer cualidades que parecen opuestas entre sí, como son la bondad y la firmeza, la distinción y la simplicidad, el perfecto y absoluto dominio de sí y la más atractiva naturalidad.

Fisonomía y biografía deformadas

Si no poseyésemos fotografías de la santa rosa del carmelo, ¿qué idea tendríamos de ella? La que nos presentan muchas de sus imágenes: dulce de una dulzura sentimental y casi romántica; buena de una bondad puramente humana y sin el menor soplo de sobrenatural... en fin, una joven de buenas inclinaciones, aunque exageradamente sensible... nunca una santa, una auténtica y genuina santa, un lucero brillante en el firmamento espiritual de la Iglesia del Dios Verdadero. Si no toda la iconografía, por lo menos cierta iconografía, sin alterar los trazos de la santa, le alteró, sin embargo, la fisonomía.

Lo mismo ocurre con su biografía. Cierta literatura sentimental-religiosa, sin adulterar los datos biográficos de Santa Teresita, encontró medios para interpretar tan unilateral y superficialmente ciertos episodios de su vida, que llegó a desfigurar de algún modo su significado. Las deformaciones iconográficas y biográficas se hicieron todas en una misma dirección: ocultar el sentido profundo, admirable, heróico e inmortal de la vida de la inmortal santita.

Los tesoros de la Redención

El pecado original cometido por Adán y Eva, y los pecados posteriormente practicados por la humanidad, constituyen una ofensa a Dios. Para rescatar esas ofensas, y aplacar la ira divina, era necesario que la humanidad expiase. Esta expiación era como el pago que compensase la falta cometida. Hay en esto, de cierta forma, una restitución. Por el pecado el hombre se apropió indebidamente de placeres, ventajas, deleites a los que no tenía derecho. Para reparar la justicia, era necesario que él abandonase, inmolase todo esto. El sacrificio reparador toma, así, el aspecto de un precio de rescate con el cual se paga la falta cometida. Para rescatar estos pecados, la Santa Iglesia dispone de un tesoro. Veamos su naturaleza.

Evidentemente, no se trata de un tesoro de riquezas materiales. Es un tesoro moral y espiritual, como exige la naturaleza moral de las faltas que se trata de rescatar. Este tesoro se compone, sobre todo y esencialmente, de los méritos infinitamente preciosos de Nuestro Señor Jesucristo que, en el momento de la santa muerte del Salvador, fueron aceptados por Dios, y produjeron la Redención de la humanidad. Los sufrimientos, las virtudes, las expiaciones de los hombres pecadores serían totalmente incapaces de aplacar la cólera divina, pero el santo sacrificio del Hombre-Dios bastaría plenamente para eso. Aún más: una simple gota de su preciosísima sangre era suficiente para redimir a la humanidad entera.

Sin embargo, por designios insondables de la Providencia Divina, de hecho la Redención no se obró en el momento en que se virtió por nosotros la primera sangre del Redentor, sino sólo cuando Él expiró en la Cruz, después de un diluvio de tormentos. Por una disposición igualmente misteriosa, Dios no se contenta con el sacrificio superabundantemente suficiente del Redentor. La humanidad está redimida y, en sí misma, la obra de la Redención está concluida. Pero, para salvar a los pecadores, para expiar sus pecados actuales, para que las almas desviadas aprovechen el Sacrificio del Hombre-Dios, es necesario que también nosotros alcancemos méritos.

El tesoro de la Iglesia se compone, pues, de dos partes. Una, infinitamente preciosa y superabundantemente eficaz: es la de los méritos de Nuestro Señor Jesucristo. Otra pequeñísima, devaluadísima, insignificante: es la de los méritos de los hombres, adquiridos a lo largo de la vida multisecular de la Iglesia. La parte pequeña sólo vale en unión con la parte infinita. Pero — misterio de Dios — en sí misma perfectamente dispensable, esta parte es indispensable, porque Dios así lo quiso: "Quien te creó sin ti, no te salvará sin ti", dice San Agustín. Dios nos creó sin nuestra cooperación, pero para salvarnos quiere nuestra cooperación. Cooperación de apostolado, sí, pero también cooperación en la oración y en el sacrificio. Sin los méritos de los hombres, el tesoro de la Iglesia no estará completo, y la humanidad no aprovechará enteramente los frutos de la salvación.

La necesidad del auxilio de la gracia divina

Visto el asunto desde otro ángulo, debemos recordar el papel de la gracia para la salvación. Ningún hombre es capaz del menor acto de virtud cristiana sin que sea llamado a eso y ayudado por la gracia de Dios. En otros términos, la primera idea, el primer impulso, toda la realización del acto de virtud sobrenatural se hace con el auxilio de la gracia. Y esto es así de tal manera que nadie podría practicar el menor acto de virtud cristiana — ni siquiera el pronunciar con piedad los Santísimos nombres de Jesús y de María — sin el auxilio sobrenatural de la gracia. Todo esto es de fe, y quien lo negase sería hereje. Nuestra voluntad coopera con la gracia, y sin el concurso de nuestra voluntad no hay virtud posible. Pero por sí sóla, sin la gracia, ella es absolutamente incapaz de practicar la virtud sobrenatural.

Ahora bien, como sin virtud nadie agrada a Dios ni se salva, siendo la gracia necesaria para practicar la virtud, es fácil notar que ella es necesaria para la salvación.

Todos los hombres reciben gracias suficientes para salvarse. También esto es de fe. Pero de hecho, por la maldad humana, que es inmensa, muy pocos se salvarían sólo con la gracia suficiente. Es preciso que la gracia sea abundante para vencer la maldad del libre albedrío humano. La abundancia de esta gracia, ¿cómo obtenerla de Dios, justamente airado por los pecados de los hombres? Evidentemente, con el tesoro de la Iglesia.

Pero, como vimos, este tesoro se compone de dos partes, una de las cuales es perfecta e inmutable — la de Dios — y la otra mutable e imperfecta, la de los hombres. Cuanto más deficiente sea la parte humana del tesoro de la Iglesia, menos abundantes serán las gracias. Cuanto menos abundantes sean las gracias, menos numerosas serán las almas que se salven. De donde se concluye que un elemento capital para que las almas se salven es que el tesoro de la Iglesia esté siempre lleno de méritos producidos por los hombres. Los grandes pecadores son los hijos enfermos; para curarlos, la Iglesia prodigaliza sus tesoros. Los grandes santos son los hijos sanos y trabajadores, que reponen a todo momento, en el tesoro de la Iglesia, riquezas nuevas que sustituyan las que se emplean por los pecadores.

Las admirables víctimas expiatorias

Todo esto nos permite establecer una correlación: para grandes pecadores, grandes gastos en el tesoro de la Iglesia. O estos grandes gastos son suplidos por nuevos hechos de generosidad de Dios y de las almas santas, o las gracias se van volviendo menos abundantes, y el número de pecadores aumenta.

De ahí se deduce que nada es más necesario para la dilatación de la Iglesia, que el enriquecer siempre y siempre su tesoro sobrenatural con nuevos méritos.

Evidentemente, se pueden adquirir méritos practicando la virtud por todas partes. Pero hay, en el jardín de la Iglesia, almas que Dios destina especialmente para este fin. Son las que Él llama a la vida contemplativa, en conventos de clausura, donde ciertas almas elegidas se dedican especialmente a amar a Dios y a expiar por los pecados de los hombres. Estas almas piden con valor a Dios que les mande toda las pruebas que quiera, desde que con esto se salven numerosos pecadores. Dios las flagela sin cesar, de una manera o de otra, cogiendo de ellas la flor de la piedad y del sufrimiento para, con estos méritos, salvar nuevas almas. Consagrarse a la vocación de víctima expiatoria por los pecadores: no hay nada más admirable. Y esto lo es tanto más cuanto hay muchos que trabajan, muchos que rezan, pero, ¿quien tiene el coraje de expiar?

Heróica misión de Santa Teresita

Éste es el sentido más profundo de la vocación de los Trapenses, de las Franciscanas, Dominicas y Carmelitas, entre las cuales floreció la suave y heróica Teresita.

Su método fue especial. Practicando la conformidad plena con la voluntad de Dios, ella no pidió sufrimientos, ni los rehusó. Que Dios hiciese de ella lo que quisiese. Jamás le pidió a Dios o a las superioras que apartasen de ella cualquier dolor. Jamás pidió a Dios o a sus superioras cualquier mortificación. Sumisión plena, ese era su camino. Y, en materia de vida espiritual, plena sumisión equivale a la plena santificación.

Su método se caracteriza también por otra nota importante. Santa Teresita no practicó grandes mortificaciones físicas. Ella se limitó simplemente a las prescripciones de la regla. Pero se esmeró en otro tipo de mortificación: hacer, a todo momento, a todo instante, mil pequeños sacrificios. Jamás su propia voluntad. Jamás lo comodo, lo deleitable. Siempre lo contrario de lo que los sentidos pedian. Y cada uno de estos pequeños sacrificios era una pequeña moneda en el tesoro de la Iglesia. Moneda pequeña, sí, pero de oro de ley; cada pequeño acto consistía en el amor de Dios con que era hecho.

¡Y qué amor meritorio! Santa Teresita no tenía visiones, ni aún los movimientos sensibles y naturales que, a veces, hacen tan amena la piedad. Aridez interior absoluta, amor árido, pero admirablemente ardiente; voluntad rígida por la fe, adhiriendo firme y heróicamente a Dios, en la atonía involuntaria e irremediable de la sensibilidad. Amor árido y eficaz, sinónimo, en vida espiritual, de amor perfecto...

Gran camino, camino simple. ¿No es simple hacer pequeños sacrificios? ¿No es más simple no tener visiones, que tenerlas? ¿No es más simple aceptar los sacrificios en lugar de pedirlos?

Camino simple, camino para todos. La misión de Santa Teresita fue la de mostrarnos una vía que pudiésemos seguir. Ojalá ella nos auxilie para recorrer este camino regio, que llevará a los altares no tan sólo a una u otra alma, sino a legiones enteras de ellas.