María, llena de gracia

Fray Bernard, O.P.

Contraportada: María llena de gracia

Antes de la Anunciación, María ya poseía la gracia: Ella siempre la tuvo plenamente, y aún desde su concepción, por un privilegio exclusivo suyo, en vista de su sublime misión.

Sin embargo, en el curso de este incesante progreso de la gracia en María, la Anunciación marca el momento único donde esta Virgen, neófita en su maternidad, es literalmente transformada en su Hijo.

Este Hijo es un tesoro, Él es el principio de la gracia; es su autor por su divinidad, y el instrumento de su producción y difusión entre nosotros, por su humanidad. Conteniendo a Cristo en sí, antes que todo el mundo y para todo el mundo, María recibió de Él una mayor plenitud de gracia que todas las demás criaturas sumadas, y se volvió más cristiana que todos los cristianos juntos.

Y en el momento en que Ella alcanzó el termino de su carrera terrenal, la Bienaventurada Virgen encarnaba verdaderamente, en su persona y en su vida, la más alta perfección y la propia plenitud de la gracia cristiana.

De esta agua viva que María Santísima recogió en el contacto con el Verbo Encarnado, Ella se convirtió en una fuente desbordante de vida eterna y estuvo lista para comunicarla a todos. En el período de la Asunción, los supremos instantes de la Virgen unen concretamente el tiempo con la eternidad, el régimen de la gracia y el de la gloria. Terrena, todavía lo es la Madre de Jesús; celeste, Ella ya lo es — ¡y cuánto!

(Le Mystère de Marie, Desclée de Brouwer, Bruges, 1954. Pp. 91 y 210)