El Carmen: del Antiguo Testamento
al triunfo del Inmaculado
Corazón de María

La Iglesia celebra el 16 de julio la fiesta de la Virgen del Carmen. Nos asociamos jubilosos a esta celebración y como modesto homenaje publicamos estas simples líneas.
En su última aparición en Fátima, durante el llamado milagro del sol, la Santísima Virgen hizo ver a la multitud allí reunida una secuencia de cuadros que representaban los Misterios del Rosario. En cada nueva escena que se desarrollaba en el cielo, Ella se mostraba bajo algún título con que los fieles habitualmente la invocan. Y fue así que, en la visión de los Misterios Gloriosos, Ella apareció como Nuestra Señora del Carmen, cuya fiesta la Iglesia celebra el día 16 de julio.
Como todo lo que María Santísima realiza tiene su razón de ser, habrá sin duda una relación entre esa manifestación de Nuestra Señora del Carmen, los Misterios Gloriosos y el mensaje de Fátima que Ella en aquella ocasión revelaba. Nos parece de gran interés, por lo tanto, que procuremos profundizar en esa relación, considerando también la especial belleza que ella encierra.
El término Carmen corresponde al Monte Carmelo, en Oriente. Allí, según una tradición muy respetable y hay todos los motivos para admitirla como verdadera , el Profeta Elías reunió un grupo de discípulos y con ellos constituyó la Orden del Carmen, en honra de la Virgen Madre que debería venir, y a la espera de Ella.
Por lo tanto, el primer filón de devoción a Nuestra Señora, siglos antes de que Ella naciera, fue formado por los hijos del profeta Elías que la esperaban. Y San Elías representa el extremo de esa devoción, porque, como es doctrina común en la Iglesia, él deberá luchar en el fin del mundo contra el Anticristo, último enemigo de Nuestro Señor y de su Madre Santísima. Elías constituye, por lo tanto, una especie de puente entre el comienzo y el fin de la devoción a Nuestra Señora en la historia de la humanidad.
Muy probablemente, en sus comienzos, esa devoción se desarrolló y perseveró en medio de todo tipo de dificultades y objeciones. Pues surgió en el tiempo en que el pueblo elegido se cerraba cada vez más a su propia misión, a su propio espíritu y, por eso, debía rechazar esa veta carmelita que prenunciaba a la Virgen Madre, así como después los herejes de todos los tiempos tuvieron odio a la devoción a Nuestra Señora.
Probablemente, los ermitaños del Monte Carmelo, representantes de las primicias del amor a la Santa Madre de Dios, fueron perseguidos, mal vistos, calumniados y silenciados. A pesar de eso, y en la humildad de su situación, preveían el adviento de Nuestra Señora.
Y ellos tenían razón, pues Ella vino. Y no solo vino, sino que recibió la mayor glorificación que podría ser tributada a una mera criatura: se hizo Esposa del Divino Espíritu Santo, encarnándose en Ella el Verbo, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad.
Al final de su sublime existencia terrena, María tuvo una muerte extremadamente suave: una separación del alma y del cuerpo efectiva y completa, pero de tal manera delicada que la Iglesia, en su lenguaje incomparable, da a la muerte de Nuestra Señora el nombre de dormición. Poco después, por designio y obra de Nuestro Señor Jesucristo, la Santísima Virgen resucitó y fue llevada a los Cielos en cuerpo y alma. Así recibió Nuestra Señora otra glorificación: una resurrección a la manera de la de Jesús, y una Asunción también comparable a su Ascensión. Por cierto, en lenguaje de antaño, Nuestra Señora de la Asunción es igualmente llamada Nuestra Señora de la Gloria, para significar el incomparable brillo de que se revistió su ingreso en el Paraíso celeste.
Ese desenlace de la vida terrena de Nuestra Señora puede ser considerado como el término de la historia del Carmen del Antiguo Testamento (aunque, rigurosamente hablando, ya se estuviera en el Nuevo Testamento). Aquellos carmelitas tuvieron la alegría y la insigne honra de prestar culto a la Santísima Virgen en carne y hueso y no a través de imágenes. Nada impide que presumamos que Nuestra Señora subió al Monte Carmelo y allí se colocó al frente de sus hijos y devotos, en horas de inefable convivencia. Las hipótesis piadosas, enteramente razonables, que se pueden hacer con respecto a eso, son innumerables.
Con la Asunción de Nuestra Señora y su glorificación en el Cielo, esa etapa de la existencia de la Orden carmelita se terminó de modo magnífico, espléndido. Queda establecida una relación entre el Carmen y la gloria: la devoción perseguida, fiel, profética, lucha hasta el momento en que es confirmada por Dios, y pasa a relucir en lo más alto del Cielo, en la persona de la Virgen Madre.
Después, recomienza la historia del Carmen. La Orden, que existía sólo en Oriente Próximo, se desarrolló un poco más, pero se tiene la impresión de que los cristianos de aquella región, en los primeros siglos, no le dieron gran importancia, privándose de los beneficios que ella podría traerles. Esta actitud para con el Carmen fue una de las tantas infidelidades de la Cristiandad oriental, que terminó castigada por las invasiones sarracenas, las cuales, entre otras calamidades, provocaron la huida de los carmelitas hacia Occidente.
En ese continente, los frailes del Carmen comenzaron a vagar, como miembros de una Orden casi desconocida, mal admirada y al borde de la desaparición. La familia religiosa de Elías parecía un tronco seco y viejo, destinado a convertirse en polvo.
Era el instante esperado por Nuestra Señora para hacer florecer, en lo alto de la vara reseca, una flor: San Simón Stock. Este inglés de reconocida virtud había sido elegido para el cargo de General de la Orden. Todavía no ejercía una autoridad efectiva sobre sus súbditos, pues el Carmen aún no poseía una estructura jurídica cohesa y uniforme, capaz de conservar un espíritu, promoverlo y transmitirlo a la posteridad. [Situación que se prolongaba aún después de que el Papa Inocencio IV hubiera aprobado la regla de los Hermanos de Nuestra Señora del Monte Carmelo, en 1245.]
La virtud compensaba, sin embargo, la falta de autoridad. Rezando a Nuestra Señora con mucho fervor, San Simón le imploró que no permitiese la desaparición de la Orden del Carmen. En medio de esa aflictiva situación, la Virgen Santísima se apareció a su buen siervo [en 1251] y le entregó el escapulario, para que lo usara sobre la ropa.
En aquella época los siervos usaban una túnica como traje civil. Sobre ella se ponían una túnica más pequeña, que indicaba, por el color y por características peculiares, la identidad de su señor. El escapulario del Carmen era semejante a esa pequeña túnica. Nuestra Señora, por lo tanto, entregaba a San Simón Stock una librea propia a los siervos de Ella, para que fuera usada por los carmelitas y prometía: Aquéllos que mueran revestidos con él, no sufrirán el fuego del infierno. Quien usa piadosamente el escapulario del Carmen, recibirá la gracia de la perseverancia final y será librado del purgatorio en el primer sábado después de su muerte. [Esta promesa abarca también a los fieles que usen el pequeño escapulario, recibido en simple ceremonia de las manos de un padre carmelita o de otro sacerdote que tenga la facultad de imponerlo. Para beneficiarse del privilegio sabatino, el fiel debe cumplir una condición como la recitación diaria de un rosario - , a criterio del sacerdote.]

A partir de esa misericordiosa intervención de la Madre de Dios, la Orden Carmelita refloreció y conoció otros períodos de glorias, acentuando por toda la Iglesia Católica la devoción a la Santísima Virgen. En el suceder de esplendores iniciado en aquel entonces, nacieron tres soles, para no citar sino a ellos, que brillarán por siempre en el firmamento de la Iglesia: Santa Teresa de Jesús, la Grande, San Juan de la Cruz y Santa Teresita del Niño Jesús.
Recapitulemos, entonces, la grandiosidad de la historia del Carmen: una sucesión de glorias e infortunios que conducen a un debilitamiento que hace prever su desaparición. Pero viene una intervención de Nuestra Señora que salva y da incomparablemente más de lo que tenía antes. La prosperidad en Occidente será mucho mayor que la verificada en Asia.
A la par de su insondable bondad, Nuestra Señora, al intervenir, mostraba también la confianza que se debe tener en Ella, así como su papel central en las obras que ama de modo especial. Aunque éstas lleguen al punto de que todo parezca perdido, deben esperar el momento que Ella se reserva para actuar. Como decía cierto pensador católico, las grandes intervenciones de la Providencia son precedidas por situaciones dramáticas, de manera a dejar clara la inutilidad de cualquier socorro humano. Una vez probado el fracaso de los hombres y en la propia hora de la desolación y del caos Dios interviene y Nuestra Señora se hace presente.
Lección de confianza todavía más necesaria a la vista de lo que sucedió después: mientras la orden fundada por San Elías conocía nuevos brillos y nuevas glorias, la Cristiandad que la había acogido se hacía presa de un inexorable proceso de ruina, que se aceleraba con el correr de los siglos. Hasta que, en 1917, en una colina de Fátima, Nuestra Señora censuró la decadencia, recriminó al mundo por el torrente de pecados en que estaba sumergido y anunció los castigos que caerían sobre la humanidad, caso ésta no se arrepintiese y se enmendase de sus faltas. Después, expresándose con las famosas palabras que guardamos en nuestras almas, hizo la promesa del reinado de Ella:¡Por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará!
Y aquí volvemos a la consideración de aquel vínculo al cual nos referíamos en el comienzo de este artículo: en el ápice de las apariciones en que Nuestra Señora proclama la realización de su realeza, bajo la forma de triunfo de su Corazón Inmaculado, Ella aparece revestida por el traje de su más antigua devoción la del Carmen. Y , de ese modo, efectúa una síntesis entre lo históricamente más remoto, lo más reciente el culto al Inmaculado Corazón de María y el futuro glorioso, que es la victoria y el reinado de ese mismo Corazón.
He aquí varias de las razones por las cuales la fiesta de Nuestra Señora del Carmen nos es muy grata a todos los hijos y devotos de la Santísima Virgen.
En el momento en que la Orden del Carmen se veía amenazada de extinción, Nuestra Señora aparece a San Simón Stock y le entrega el escapulairo, la librea de los siervos de Ella, rico en privilegios espirituales y promesas de florecimiento de la Orden fundada por San Elías
