
El día 20 de febrero pasado celebramos el 80º aniversario del fallecimiento de Jacinta. En las vísperas de la beatificación solemne de los pastorcitos, queremos prestar nuestro homenaje a Francisco y Jacinta, presentando a nuestros lectores un resumen de sus vidas ejemplares bien como de su espiritualidad, extraidas del Decreto de la Congregación para la Causa de los Santos.
Pequeña historia de los pastorcitos
Hijos del matrimonio formado por Manuel Pedro Marto y Olimpia de Jesús dos Santos, Francisco y Jacinta nacieron en Aljustrel el día 11 de junio de 1908 y 11 de marzo de 1910, respectivamente. Sus padres, humildes agricultores y piadosos cristianos, les dieron una sana educación moral y religiosa. Los dos videntes aprendieron la doctrina cristiana en la familia y en la catequesis que la tía materna, María Rosa dos Santos, enseñaba a los niños del pueblo. Según la costumbre, no frecuentaron ninguna escuela, una vez que no existía en la población ninguna y que, cuando fueron establecidas Jacinta ya estaba enferma y Francisco pudo ir muy pocas veces a ella.
Los dos niños, desde la más tierna infancia mostraron gusto por la oración, la prudencia en la elección de las amistades y un sereno espíritu de obediencia. En cuanto pudieron, comenzaron a trabajar en el pastoreo del rebaño, acompañados muchas veces por su prima Lucía que también era pastora de ovejas. De este modo, los tres niños, unidos por una gran amistad, pasaban el día entero en esta actividad que, a pesar de ser costosa para los niños, la ejecutaban con placer, porque les dejaba tiempo para jugar, para rezar, y les permitía gozar de las bellezas de la naturaleza.
Lo que inesperadamente cambió sus vidas se dio en el año 1916, cuando vieron en tres ocasiones a un ángel que les exhortaba a rezar y a hacer penitencia por la remisión de los pecados y para obtener la conversión de los pecadores. A partir de este momento, los niños aprovechaban todas las ocasiones para hacer lo que el ángel les pedía.
Desde el día 13 de mayo hasta el 13 de octubre de 1917, tuvieron ellos el privilegio de ver y oír varias veces a la Virgen María en la Cova de Iría. Llenos de alegría y gratitud por el don recibido, quisieron inmediatamente responder con todas las fuerzas al apelo de Nuestra Señora, que les pidió oraciones y sacrificios en reparación de los pecados que ofenden a Dios y al Inmaculado Corazón de María, bien como por la conversión de los pecadores.
Jacinta, modelo de mortificación y generosidad
De índole vivaz, expansiva y alegre, Jacinta gustaba de jugar y bailar; cautibaba la simpatía de los otros, si bien que tuviese cierta inclinación para dominar y a no ser contrariada. Cuenta la hermana Lucía en sus memorias: el menor enojo en el juego era suficiente para hacerla apartarse y hacerla `atar el burrito´ en el rincón. Para que volviese a ocupar su lugar en los juegos era necesario hacer su voluntad y que todos se le sometiesen.
Sin embargo, después de las apariciones cambió completamente, y se volvió un modelo de humildad, mortificación y generosidad.
Se separó de las cosas terrenas a fin de volverse hacia lo celeste y, voluntariamente, consagró su vida a prepararse para entrar en el paraiso. Estaba constantemente contemplando a Dios, en coloquios íntimos con Él. Buscaba el silencio y la soledad de la noche para levantarse de la cama y rezar libremente. Decía: ¡Gusto tanto de Nuestro Señor! A veces juzgo tener fuego en el pecho, pero que no me quema.
Jacinta gustaba mucho de contemplar a Cristo Crucificado y se conmovía hasta las lágrimas al oír la narración de la Pasión. Entonces afirmaba ya no querer cometer pecados para no hacer sofrir a Jesús. Alimentó una ardiente devoción eucarística, que la llevaba a hacer frecuentemente largas visitas en la Iglesia parroquial, escondiéndose en el púlpito, donde nadie la pudiese ver o distraer.
Durante su corta vida ofreció cuidadosamente oraciones y sacrificios por el Papa, por la salvación de las almas y por la conversión de los pecadores. Ya durante las apariciones de la Virgen, ella pudo asociarse a la pasión del Señor. En efecto, no pocos sufrimientos sufrió de parte de aquellos que dudaban o no aceptaban la verdad de las apariciones. La llamaban de mentirosa y fraudulenta; llegaron inclusive a azotarla y fue, por algunos días, metida en la cárcel. Resistió con admirable fuerza y paciencia a las amenazas y promesas de la autoridad municipal que, a toda costa, quería prohibirle frecuentar la iglesia parroquial. Además, soportó muchas otras cosas espontáneamente, como si tuviese un hambre insaciable de inmolarse. Contenía su voluntad y su índole, era obediente a sus padres y a sus hermanos mayores.
Su deseo de sufrir se hizo más notorio durante la larga y grave enfermedad que la alcanzó a partir de octubre de 1918. Contaminada por la epidemia broncopulmonar, la llamada gripe española, su estado de salud se agravó poco a poco, de tal manera que tuvo que soportar la idea de ser operada. Sabiendo que le restaba poco tiempo de vida, multiplicó los sacrificios, las penitencias y las privaciones. Pero lo que más le costó fue el tener que dejar a su familia, a fin de ser tratada en el Hospital Dona Estefanía, en Lisboa. Previendo que iba a morir solita, esto es, lejos de sus familiares queridos, dijo: ¡Oh Jesús mío, ahora puedes convertir a muchos pecadores, porque este sacrificio es muy grande!
Faltándole las fuerzas del cuerpo, su alma se hacía más bella a medida que los días iban pasando, por medio del ejercicio constante, alegre y perfecto de las virtudes cristianas. El día 20 de febrero de 1920 pidió los Sacramentos. Apenas recibió el sacramento de la Penitencia, consciente de que estaba próxima su muerte, pidió el Santo Viático, pero el sacerdote, a pesar de las insistencias, lo pospuso para el día siguiente. En aquella misma noche, lejos de sus padres y conocidos, murió en el hospital donde, desde hacía algún tiempo se encontraba internada. Así alcanzó la meta de sus deseos: la felicidad en la vida eterna.
La vida humilde de Francisco
De carácter dócil y condescendiente, Francisco Marto no se irritaba cuando lo contrariaban y, en los juegos, no encontraba dificultades para adecuarse a la voluntad de los otros. Era sensible a la belleza de la naturaleza, a la que contemplaba con simplicidad y admiración; se deleitaba con la soledad de los montes y quedaba extasiado delante de una aurora o de una puesta del sol. Al sol le llamaba candela de Nuestro Señor, a la luna candela de Nuestra Señora, y se llenaba de alegría con la aparición de las estrellas, a las que designaba como candelas de los ángeles. Tal era su inocencia que decía que, al llegar al cielo, había que colocar aceite en la candela de la Virgen María.
Frecuentemente recitaba la oración que les había enseñado el Ángel, y estaba siempre dispuesto a ofrecer sacrificios por la salvación de los que no creen, no esperan y no aman. Se escondía detras de las rocas y de los árboles para rezar solo; otras veces subía a los lugares más elevados y solitarios para entregarse a la meditación y a la oración tan intensamente que no oía las voces de los que le llamaban.
En la alegría, en el fervor y constancia, no se limitó a ser el portavoz de un mesaje de penitencia y oración. Quiso con todas sus fuerzas conformar su vida con el mensaje que anunció, pero con la bondad de las obras más que con las palabras.
Acostumbraba decir: ¡Qué bello es Dios, qué bello! Pero está triste por causa de los pecados de los hombres. Yo quiero consolarlo, quiero sufrir por su amor. Y mantuvo este propósito hasta el fin. Durante las apariciones, soportó con espíritu inalterable y con admirable fortaleza las malas interpretaciones, las injúrias, las persecuciones y aún algunos días de prisión. Resistió respetuosa pero firmemente a la autoridad local que intentó de todo para conocer el secreto revelado por la Santísima Virgen, infundiendo coraje a su prima y a su hermana. En todas las ocasiones en que lo amenazaron con la muerte, respondía: Si nos matan, no importa: vamos al Cielo. El párroco pretendía que él negase lo que había sucedido en el lugar de Cova de Iría, pero él, a pesar de venerar mucho a los sacerdotes, confirmó con energía aquello que había visto.
Mortificaba su voluntad y su carácter, vencía la fatiga, se privaba del alimento para darlo a los pobres, no bebía agua, sobre todo en tiempo de calor, ayunaba en tiempo de cuaresma, traía una cuerda atada al rededor del cuerpo como penitencia, renunciaba a sus juegos preferidos para entregarse por más tiempo a la oración...
Otro marco de su apostolado fue la oración. Buscaba el silencio y la soledad para entregarse totalmente en la contemplación y en el diálogo con Dios. Nutrió una especial devoción a la Eucaristía, y pasaba mucho tiempo en la iglesia, adorando al Santísimo Sacramento, al que llamaba Jesús escondido. Recitaba diariamente los quince misterios del Rosario y muchas veces más, a fin de satisfacer el deseo de Nuestra Señora. Para esto, gustaba de juntar oraciones y jaculatorias que había aprendido en el catecismo y que el Ángel, la Santísima Virgen y piadosos sacerdotes le habían enseñado. Rezaba para consolar a Dios; para honrar a la Madre del Señor, a la que amaba mucho; para ser útil a las almas que expían en el fuego del purgatorio; para auxiliar al Sumo Pontífice en el desarrollo de su importante deber de Pastor universal; rezaba por las necesidades del mundo, transtormado por el odio y por el pecado; rezaba por la Iglesia y por la salvación eterna de las almas. Rezaba solito, con sus familiares, con los peregrinos, manifestando un profundo recogimiento interior y una confianza segura en la bondad divina. Con el propósito firme de sólo desear y hacer aquello que agradase a Dios, evitaba cualquier especie de pecado y, con siete años de edad, comenzó, con frecuencia y piedad, a acercarse al sacramento de la Penitencia.
Fue íntegro de costumbres y palabras. Negligenció completamente los bienes terrenos y su propia salud y vida. Como supo por la Virgen María que su vida sería breve, pasaba sus días en la ardiente espectativa de entrar en el Cielo. Y, de hecho, a pesar de ser robusto y de gozar de buena salud, en octubre de 1918 fue alcanzado por la gripe española. Sufrió con íntima alegría su enfermedad y sus enormes dolores, en oblación a Dios. A Lucía, que le preguntaba si sufría, le respondió: Bastante, pero no importa. Sufro para consolar a Nuestro Señor y, en breve, iré al Cielo. A pesar de estar enfermo recitaba, sin embargo, muchos rosarios, exhortando a los otros a que lo rezasen junto a él. El día 2 de abril recibió santamente el sacramento de la Penitencia y al día siguiente fue finalmente alimentado con el Cuerpo de Cristo, como Santo Viático. Al despedirse de los presentes, les prometió rezar por ellos en el Cielo. Entró piadosamente en la vida eterna, lo que tanto deseaba, el día 4 de abril de 1919.