Pascua

Dijo San Pablo que, si Cristo no hubiese resucitado, vana sería nuestra Fe. Es en el hecho sobrenatural de la Resurrección que se basa todo el edificio de nuestras creencias. (...)

Cristo, Nuestro Señor, no fue resucitado: resucitó. Lázaro fue resucitado. Estaba muerto. Otro y no él, o sea, Nuestro Señor, lo llamó de la muerte a la vida. En cuanto que al Divino Redentor, nadie lo resucitó. Él mismo se resucitó a sí mismo. No necesitó que nadie lo llamase a la vida. La retomó cuando quiso.

Todo lo que se refiere a Nuestro Señor tiene su aplicación análoga en la Santa Iglesia Católica. Vemos frecuentemente, en la Historia de la Iglesia, que cuando parecía irremediablemente perdida, y todos los síntomas de una catástrofe próxima parecían minar su organismo, siempre sobrevenían hechos que la han sostenido viva contra toda las expectativas de sus adversarios. Hecho curioso: a veces, no son los amigos de la Santa Iglesia los que vienen en su socorro: son sus propios enemigos. En una época delicadísima para el Catolicismo como fue la de Napoleón, ¿no ocurrió el episodio mil y mil veces curioso de haberse reunido un cónclave para la elección de Pío VII, bajo la protección de las tropas rusas, todas ellas cismáticas y que obedecían a un soberano cismático? En Rusia la práctica de la Religión era impedida de mil maneras. Las tropas de ese país aseguraban, sin embargo, en Italia, la libre elección de un Soberano Pontífice, precisamente en el momento en que la vacancia de la Cátedra de Pedro habría acarreado para la Santa Iglesia perjuicios de los que, humanamente hablando, ella tal vez no hubiese podido levantarse jamás.

Éstos son medios maravillosos de que la Providencia echa  mano para demostrar que Ella tiene el supremo gobierno de todas las cosas. Sin embargo, no pensemos que la Iglesia debe su salvación a Constantino, a Carlomagno, a D. Juan de Austria, o a las tropas rusas. Aun cuando ella parece enteramente abandonada, y aun cuando el concurso de los medios de victoria más indispensables en el orden natural parece faltarle, estemos seguros de que la Santa Iglesia no morirá. Como Nuestro Señor, ella se levantará con sus propias fuerzas, que son divinas. Y cuanto más inexplicable sea, humanamente hablando, la aparente resurrección de la Iglesia – aparente, acentuamos, porque la muerte de la Iglesia nunca será real, al contrario de la de Nuestro Señor –, tanto más gloriosa será la victoria.

En estos turbios y tristes días, confiemos pues. Pero confiemos no en esta o en aquella potencia, no en este o en aquel hombre, no en esta o en aquella corriente ideológica, para operar la reintegración de todas las cosas en el Reino de Cristo, sino en la Providencia Divina que obligará nuevamente a los mares a abrirse de par en par, moverá montañas y hará temblar a toda la tierra. Si eso fuese necesario para el cumplimiento de la promesa divina: “las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”.

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Esta certeza tranquila en el poder de la Iglesia, tranquila de una tranquilidad hecha de espíritu sobrenatural, y no de cualquier indiferencia o indolencia, podemos aprenderla a los pies de Nuestra Señora. Sólo Ella conservó íntegra la Fe, cuando todas las circunstancias parecían haber demostrado el fracaso total de su Divino Hijo. Bajado de la Cruz el Cuerpo de Cristo, vertida por mano de los verdugos, no solo la última gota de Sangre, sino también de agua, comprobada la muerte, no sólo por el testimonio de los legionarios romanos, sino por el de los propios fieles que procedieron a sepultarlo, puesta sobre la tumba la piedra inmensa que le debía servir de intransponible cierre, todo parecía perdido. Pero María Santísima creyó y confió. Su Fe se conservó tan segura, tan serena, tan normal en estos días de suprema desolación, como en cualquier otra ocasión de su vida. Ella sabía que Él resucitaría. Ninguna duda, ni aún la más leve, maculó su espíritu. Es a los pies de Ella, por lo tanto, que imploraremos y obtendremos esa constancia en la Fe y en el espíritu de Fe, que debe ser la suprema ambición de nuestra vida espiritual. Medianera de todas las gracias, ejemplo de todas las virtudes, Nuestra Señora no nos rehusará ningún don que le pidamos en este sentido.