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En los últimos años de la década del 60 se arrastraban por el mundo diversos movimientos juveniles contestatarios. Al mismo tiempo, el acelerado progreso técnico proporcionaba a la humanidad un confort y un gozo de la vida nunca antes experimentados. Fue cuando algunos jóvenes pasaron a reunirse para conversar, cantar y rezar. A su opción bien se le podía aplicar la expresión del Paul Claudel: La juventud no fue hecha para el placer, sino para el heroísmo.
Para estrechar su amistad, decidieron, en cierto momento, formar un coro.
Años después, habían acumulado buenos conocimientos en varios tipos de canto. Partieron, entonces, para experiencias en el terreno de la música instrumental. Nada de esto había sido planeado. Todo se desarrollaba a un ritmo orgánico y paulatino, animado por la Fe católica y estimulado por la aspiración de evangelizar a través de la música.
Con el paso de los años, los miembros del núcleo inicial fueron madurando. Su original propuesta de vida nunca dejó de atraer jóvenes en número creciente y de diversas nacionalidades. Así llegó el día en que constituyeron el Coro y Banda Sinfónica Internacional Nuestra Señora de Fátima.
En los años subsiguientes, se unirá a ellos la Coral Santa Cecilia. Se forma así un conjunto de voces mixtas que enriquece notablemente su repertorio.
Tras haberse dado a conocer en Brasil, comienzan recibir invitaciones para actuar en otros países. Han hecho giras por Colombia, Perú, Ecuador, Bolivia, Uruguay, Chile, Nicaragua, El Salvador y Guatemala. En los dos últimos años, han recibido una tal avalancha de peticiones para actuar en el mundo entero que, pese a haber realizado una gira cada dos meses, no les ha sido posible atenderlas todas. En vista del modo peculiar de ejecutar su repertorio, de su indumentaria y de una puesta en escena propia, quedaron popularmente conocidos en Hispanoamérica como los Caballeros de la Virgen.
Bautizados recientemente con el nombre de Caballeros del Nuevo Milenio, desean contribuir para que no perezcan los valores culturales y religiosos que, desde sus orígenes, vienen adornando a la Iglesia Católica y a la Civilización Cristiana.
Abren ellos el Tercer Milenio ofreciendo un vastísimo repertorio de las más bellas composiciones destiladas por las diversas culturas y pueblos a lo largo de los siglos, intercalando agradablemente música instrumental y coral.
¿Quiénes son estos jóvenes que, por su forma de ser alegre y original tanto atraen la atención del público? Muchos se preguntan si no son religiosos.
Los Caballeros del Nuevo Milenio se dedican a la evangelización a través del arte musical como simples laicos. Sin embargo, muchos de ellos forman parte de la asociación privada de fieles Heraldos del Evangelio.
Heraldos del EvangelioPara esta sublime misión de hacer florecer una nueva edad de evangelización, son necesarios heraldos del evangelio, experimentados en humanidad, que conozcan a fondo el corazón del hombre de hoy y, al mismo tiempo, sean contemplativos y apasionados por Dios
La finalidad de esta entidad eclesial está definida en los primeros artículos de sus estatutos: Esta Asociación ha nacido con el propósito de ser instrumento de santidad en la Iglesia, ayudando a sus miembros a responder generosamente al llamamiento a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad, favoreciendo y alentando la más íntima unión entre la vida práctica y la fe. La Asociación tiene como finalidad la participación activa, consciente y responsable de sus miembros en la misión salvífica de la Iglesia a través del apostolado, al cual están destinados por el Señor, en virtud del Bautismo y de la Confirmación. Deben, pues, actuar en pro de la evangelización, de la santificación y de la animación cristiana de las realidades temporales.
Los Heraldos del Evangelio están constituidos por jóvenes de ambos sexos que no quieren sino ser proclamadores de un mensaje al mismo tiempo antiguo y nuevo, practicado y sentido en profundidad en el día a día. Por eso, aunque sean simples miembros del laicado católico, muchos de sus miembros llevan un régimen de vida comunitario, a fin de vivir más auténticamente el Evangelio. Su actuación junto a la juventud pretende, sobre todo, formar cristianos convencidos que vengan a ser, en el mundo de hoy, el fermento del buen ejemplo que actúa de levadura en la masa de la sociedad. Lo que no impide que surjan también en sus filas vocaciones religiosas y sacerdotales
Al hablar sobre la espiritualidad de la Asociación, el maestro Juan Clá Scognamiglio comenta: Los Caballeros de la Virgen están constituidos por corazones fervorosos y entusiasmados por la Cátedra de Pedro, por la verdadera devoción a la Santísima Virgen y, sobre todo, por la Eucaristía. Movidos por estos tres amores, buscan la perfección. Es su deseo esculpir un tipo humano que, en la aurora del tercer milenio, sirva de ejemplo para todos los hombres de buena voluntad verdaderamente cristianos.
Todas sus actividades en la vida cotidiana están orientadas para favorecer la formación de este tipo humano. Desde la forma de lavarse las manos hasta el modo de comer, de saludarse, de estudiar, de cantar y de rezar, todo los va moldeando para alcanzar el ideal que persiguen. Y los prepara también para realizar, con desembarazo y autenticidad, su trabajo de evangelización.
Cada nuevo movimiento que el Espíritu Santo suscita en la Iglesia tiene un carisma propio: los franciscanos, por ejemplo, brillan por el desprendimiento de los bienes de este mundo; los carmelitas, por la contemplación y penitencia; los jesuitas, por la obediencia; los dominicos, por la ciencia. ¿Cuál es el carisma de los Heraldos del Evangelio? Ellos sienten en lo más profundo de su alma un deseo, inspirado por el Espíritu Santo, de hacer todo con perfección. Esto significa no sólo vivir la verdad y la virtud, sino, sobre todo, la pulcritud. Todo debe ser hecho con esplendor de verdad, con esplendor de bondad, o sea, con pulcritud, con belleza. De ahí el intenso deseo de vivir en ceremonial, para que todos sus actos, externos e internos, se hagan de forma bella y, así, reflejen mejor a Dios.